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DIARIO DE UN CARPINTERO

Ole Thorstensen  

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Fragmento

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Trabajo la madera; después de conseguir el diploma de oficial, me convertí en un maestro artesano, o lo que la mayoría de la gente llama «carpintero».

Como aprendiz aprendí la profesión, y como profesional especializado, a llevar un negocio. Para mí la profesión, el trabajo de la madera, la artesanía, es más enriquecedor que la gestión del negocio, por eso el diploma de oficial es lo que más me importa.

Las profesiones artesanales no tienen ningún misterio. Mi trabajo se realiza por encargo y depende por completo de la demanda, de los encargos que se hagan.

Soy un contratista, un emprendedor, un hombre de negocios… Son palabras que suelen utilizarse para definir lo que hago. Soy carpintero, esa es la palabra que uso yo, y tengo un modesto negocio de carpintería.

Las pequeñas empresas del sector de la construcción llevan a cabo lo que puede denominarse encargos menores; las grandes corporaciones no se ocupan de esa clase de trabajos. Las grandes construyen nuevas barriadas, nuevas zonas urbanizables, hospitales, colegios, de vez en cuando una guardería y otros edificios menores.

Los pequeños contratistas reforman cuartos de baño, de uno en uno; cambian las ventanas de las casas; construyen garajes. Muchas de las casas de reciente construcción también las han edificado ellos, así como las casetas para sus buzones. Gran parte del mantenimiento y la modernización de los casi dos millones y medio de viviendas que existen en este país corren a cargo de pequeños contratistas.

Somos muchos y estamos en todas partes, por lo que es lógico que formemos un grupo heterogéneo. Compartimos gremio, somos artesanos, y como tales sabemos mejor que nadie que todos hacemos el trabajo de forma diferente. Podemos ser rápidos, lentos, buenos, malos, serios, alegres, baratos, caros, honrados, y algunos menos honrados; todas ellas características asociadas a nuestra profesión, a nuestro trabajo y a nuestra forma de ejecutarlo.

Vivo en Tøyen, Oslo, y suelo trabajar en la ciudad, sobre todo en el este. A veces trabajo también en la zona oeste, y he tenido encargos tan al sur como Ski y Ås, y tan al oeste como Asker. Al ser de fuera, he acabado conociendo Oslo a través del trabajo. Cuando voy por la ciudad con otras personas, a veces me paro, señalo y comento: «Allí puse una puerta», «Allí construí la buhardilla», «El baño de esa casa lo reformé yo»… Para ser alguien sin apenas sentido de la orientación, resulta una forma práctica de conocer la ciudad, porque jamás olvido un trabajo realizado.

No tengo empleados, ni oficina ni local propios. Guardo las herramientas y el material que no aguanta las heladas, como la cola y otros productos por el estilo, en el trastero del piso donde vivo. Los tornillos, clavos y esa clase de cosas están en la buhardilla. Las herramientas son como una prolongación de mi persona, por eso mantenerlas en orden y cuidarlas es una forma de demostrar el respeto que siento por mi profesión, por el trabajo y por mí mismo.

Aparco el vehículo que uso, una furgoneta vieja y no muy grande, en la calle, cerca de casa, donde encuentro sitio. Todos los días, después del trabajo, llevo al piso las herramientas y el material que utilizo. No es seguro dejarlo en el coche, ya que a través de las ventanillas se ve el interior. Así, si alguien mira dentro, verá que la furgoneta está vacía y que no tiene sentido forzarla.

Vivo en una tercera planta, lo que supone subir y bajar continuamente. Me he convertido en un auténtico experto a la hora de planificar los trabajos y coger lo que necesito cuando voy a cargar la furgoneta, así me ahorro algo de tiempo y trajín.

El salón me sirve de oficina. No es un piso grande, pero guardo las carpetas y los papeles en un mueble con puertas para no tenerlos a la vista. El trabajo administrativo tiene que hacerse, pero tener la oficina en casa puede ser agotador. Es como llevar a la espalda una pesada mochila que hay que seguir cargando una vez terminada la excursión. Nunca consigo llegar a un lugar donde descansar de verdad, donde poder girarme y contemplar el paisaje que acabo de cruzar. Cuando termino el trabajo de construcción, tengo que abrir las puertas del armario y sacar las carpetas y los documentos, encender el ordenador y pagar los impuestos, escribir correos, archivar papeles, rellenar formularios, calcular presupuestos. Las horas que dedico a esa tarea se me hacen muy largas, mucho más que las que dedico a los materiales y las herramientas.

Mi negocio es una empresa unipersonal; soy un autónomo que no distingue entre lo privado y lo profesional. Estoy en contacto físico con los materiales y las herramientas que utilizo, y no puedo separar la economía del resultado de mi trabajo. La relación entre mi persona, el taladro, el coche, el suelo que pongo, la casa que construyo y la contabilidad es muy estrecha.

Hay períodos en que la intensidad de dicha relación es tremenda, pero no solo en un sentido negativo. Siento que lo que hago significa mucho para mí, además de para los clientes para quienes trabajo en sus hogares. Económica y profesionalmente estoy expuesto, sin la protección que la mayoría de las personas dan por supuesta en su vida laboral.

Yo vivo de hacer cosas perecederas que pueden sustituirse por otras y derribarse. Eso también es parte de mi profesión. Las cosas de las que nos rodeamos son decisivas para nuestras vidas y, al mismo tiempo, insignificantes; por eso decimos que «no pasó nada cuando ardió la catedral», porque no se perdió ninguna vida.

El trabajo que tengo ahora en Kjelsås toca a su fin; tres semanas más y habrá desaparecido de mi cuaderno de encargos. Y así sucede siempre: voy a trabajar y hago cosas mientras estoy pendiente del si

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