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DIME LO QUE DESEAS

Jude Deveraux  

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Fragmento

Prólogo

Prólogo

Langley, Virginia. 1970

—Ponte fuerte y broncéate bien. ¿Crees que el cerebro te alcanzará para hacer las dos cosas?

El hombre era tan alto como Kit, unos centímetros menos de un metro ochenta, pero mucho más corpulento. Kit se preguntó si su propio cuerpo triplicado sería tan ancho como el del oficial que, con sus cortos cabellos negros, parecía un oso de tebeo.

—Sí, señor.

La espalda de Kit estaba tan recta que parecía de acero.

—Y cuando te recojamos en otoño y te bajes los pantalones, no quiero ver tu culo blanco y reluciente. ¿Ha quedado claro?

—Sí, señor, debo tomar el sol desnudo.

En cuanto hubo pronunciado las palabras supo que había cometido un error: el tono era demasiado elitista, demasiado propio de su condición, que, por supuesto, no le permitía ser «uno de los chicos». Su padre no engrasaba coches. Su padre había detenido un par de guerras tribales en Oriente Medio, pero eso no era algo de lo que Kit pudiera jactarse.

Cuando el hombretón se inclinó hacia delante, Kit mantuvo el tipo y se obligó a no retroceder.

—Qué ha sido eso, ¿un comentario? ¿Una broma? ¿Te burlas de mí, chico?

—¡No, señor! —contestó, casi gritando.

El sudor le recorría la nuca.

Eran las seis de la mañana y lo habían sacado de una sesión de entrenamiento para llevarlo al despacho de ese hombre, pero no le había importado; tenía diecinueve años y era el más joven de los reclutas —algunos de ellos habían pasado un par de años en Vietnam—, de modo que era el blanco de todas las pullas.

«¿Ya te han destetado, chaval? ¿Ya no llevas pañales?»

«Echas de menos a tu mamá, ¿verdad?»

«Hace unos años tuve un ligue de una noche con una chica llamada Montgomery. ¿Crees que puedo ser tu papá?»

Kit no había dejado de sonreír, pero cada dardo había aumentado su decisión de llevar a cabo una tarea para la cual estaba especialmente dotado.

El hombretón retrocedió un paso.

—Te... bañarás —dijo en tono burlón— como quieras, pero en septiembre quiero que tú y tu narizota tengáis el aspecto de haber vivido en el desierto desde que te parieron. ¿Queda claro?

—Sí, señor.

El hombre retrocedió otro paso y contempló a Kit con mirada desdeñosa. Como todos los miembros de la familia de su padre, Kit era alto y delgado, más parecido a un corredor que ese individuo, que quizás era capaz de levantar coches.

—No sé en qué estarían pensando cuando te eligieron —masculló—, solo eres un crío, y tan flacucho que podrías pasar por el ojo de una cerradura —añadió, meneando la cabeza—. ¿He de recordarte que nadie, ni siquiera tu famoso padre, debe saber la misión para la que algún idiota te escogió?

—No, señor, no es necesario.

—¿Crees, Montgomery, que podrás reunirte con tu parentela sin contarles el motivo... cómo lo dijiste..., por el que tomas el sol desnudo?

—No estaré con ellos, señor.

Kit no le dirigía la mirada directamente, sino más allá de su hombro.

—Ah, es verdad —dijo el hombre en tono de desprecio—. Eres rico. Por eso tienes muchas casas, ¿verdad?

Kit no sabía si debía contestar o guardar silencio. Llevaba días pensando que no le convenía pasar el verano con su familia antes de embarcar: eran demasiado intuitivos y curiosos. Sabrían que tramaba algo y harían lo que fuera para averiguar de qué se trataba. Y como los conocía bien, sabía que eran muy capaces de impedir que llevara a cabo su propósito.

Nadie debía saber que se entrenaba para una misión secreta en Libia. Un joven llamado Muamar al Gadafi acababa de hacerse con el control del país y Kit debía averiguar qué planes tenía. Gracias a la carrera diplomática de su padre, Kit dominaba el árabe y sus dialectos: los conocía todos, desde el clásico, pasando por el libanés —que era medio francés—, hasta el árabe gutural que hablaban los saudíes.

Por otra parte, Kit había heredado la nariz aguileña de la familia de su padre y los ojos oscuros del linaje italiano de su madre. Moreno y vistiendo las ropas idóneas, podría sentarse en un souk y fumar en pipa de agua sin llamar la atención.

Meses atrás, un amigo de su padre, un antiguo embajador estadounidense en Siria, había pasado una semana en la casa de su padre en El Cairo. Kit había notado que el hombre lo observaba mientras él jugaba al fútbol con los egipcios, comía shawarma comprado a un vendedor callejero y discutía acaloradamente con un taxista árabe. Justo antes de partir, el embajador pidió hablar con Kit en privado y empezó por preguntarle si quería ayudar a su país. Esta cuestión fue un dramático preámbulo que apeló al profundo patriotismo de Kit y, sin dudar ni un instante, el muchacho aceptó.

No resultó fácil mentir a su familia y decirles que quería dejar la universidad durante un año para viajar por el mundo. El único que pareció adivinar la verdad fue su padre. Lo miró fijamente unos momentos y luego dijo:

—¿Qué podemos hacer para ayudarte a preparar este... este viaje?

—Sácame de aquí —contestó Kit sin reflexionar, pero su padre asintió con aire comprensivo.

Dos días después, Kit recibió una invitación para pasar el verano en Tattwell, una vieja plantación que pertenecía a unos parientes de su madre, los Tattington.

Cuando Kit guardó silencio tras la pregunta de su superior, el hombre agitó la mano.

—Vale, puedes irte. Solo recuerda que yo estaré entre los que vengan a recogerte, así que más te vale estar en forma y bien bronceado para entonces. ¡Y ahora largo!

Kit llegó a Summer Hill, Virginia, esa misma noche y al día siguiente miró a los ojos a la mujer que amaría durante el resto de su vida. Pero la señorita Olivia Paget no compartía estos sentimientos. De hecho, su corazón iba exactamente en sentido opuesto. Y, como si su vida dependiera de ello, Kit se empecinó en conseguir que cambiara de parecer.

Capítulo 1

1

Summer Hill, Virginia. En la actualidad

«Arrepentimiento», pensó Olivia mirando en torno al pequeño restaurante. En un programa de entrevistas de la tele que había visto esa mañana, la joven y perfecta entrevistadora de cabellos de brillo poco natural preguntó a un viejo actor si había algo de lo cual se arrepentía en su larga carrera en el mundo del espectáculo.

El hombre dijo que no, desde luego. Que su vida había sido estupenda y que no cambiaría nada. ¿Acaso podía decir otra cosa? ¿Que se arrepentía de haberse casado con su segunda mujer, que lo despojó de todo lo que había conseguido en cuarenta años de carrera en el cine? ¿Que ojalá no hubiera aceptado actuar en las tres películas de terror realmente malas cuando estaba sin un céntimo? ¿Y los doce años que pasó entregado a las drogas y el alcohol? Pero entonces los críticos afirmaron que actuaba mejor cuando estaba borracho. Tras la rehabilitación se volvió serio y aburrido, y un coprotagonista dijo que el bourbon parecía ser la gasolina que alimentaba su dicha.

Pero el actor dijo que no se arrepentía de nada. «¡Brindaré por eso!», pensó Olivia.

¿Qué habría dicho Olivia si esa entrevistadora, enfundada en un vestido más ceñido que la piel de una serpiente, le hubiese preguntado de qué se arrepentía en su vida?

«Del sexo —habría contestado—. Me perdí esos años preciosos del sexo joven. Empotrada contra una pared, follando en el asiento delantero de un coche con la palanca de cambios clavada en la espalda, el sudor goteando de la nariz de ambos, el amanecer tras haber disfrutado toda la noche y al día siguiente estar tan dolorida que apenas puedes dar un paso. Me arrepiento de haberme perdido eso. ¡Un verano no fue suficiente!»

Se imaginó la cara que pondría la entrevistadora, con su congelado maquillaje de alta definición que le daba una apariencia como de plástico. ¿Se mostraría severa y diría: «Eso no es lo que se supone que debes contestar.»? ¿El canal borraría lo que Olivia había dicho? ¿Quizá Robin Williams sonreiría desde el cielo y diría: «Así se hace, muchacha.»?

Para Olivia, uno de los grandes misterios de la vida era el motivo por el cual los jóvenes creían que las necesidades, las ideas, los deseos sexuales —todos y cada uno de estos— desaparecían con la edad. ¿En qué momento una persona dejaba de ser «sexy» y pasaba a ser «mona»? «Son una pareja tan mona...» Eso era lo que los chicos decían automáticamente sobre las personas mayores de... Olivia no estaba segura de cuándo. ¿Y a qué edad se suponía que uno debía olvidar que una vez mantuvo relaciones sexuales? Olvida esos días que pasaste desnuda junto al estanque. El aroma de la hierba aplastada bajo tu cuerpo, el agua tan tibia cubriendo tu piel y él, lamiendo las gotas. Si alguien de más de cincuenta años hacía un comentario sexual, los chicos se espantaban. ¿A qué edad una volvía a ser virgen?

—Hola.

Ella alzó la vista y vio a un joven alto y fornido —al menos a ella le parecía joven— de unos treinta años, tal vez algunos más. Era bastante apuesto y su mirada poseía una suerte de energía feroz que, en opinión de Olivia, sin duda le permitía obtener lo que quisiera. La camisa y los pantalones que llevaba parecían informales, pero ella se dio cuenta de que estaban hechos a medida. Sin embargo, su aspecto desenvuelto parecía artificial, como si fuera un actor interpretando un papel.

—¿Es usted la señora Montgomery? —preguntó el recién llegado.

Hablaba en el tono de un locutor, sin deje alguno, pero ella hubiese apostado que era algo aprendido.

—Sí. ¿Y usted viene de parte de la doctora Hightower?

—Sí. ¿Me permite? —preguntó amablemente y aguardó a que Olivia le indicara que podía tomar asiento en la silla frente a ella. Se sentó y luego llamó a la camarera. Tal como Olivia supuso, la empleada no tardó nada, y cuando él pidió un café observó complacida que su interlocutor no se quedaba mirando a la joven y bonita camarera—. Jeanne, la doctora Hightower, dijo que usted nos llevaría hasta la casa.

—Sí, pero hemos de esperar a Elise, la otra inquilina. Me envió un mensaje de texto y dijo que llegaría dentro de unos minutos.

Cuando la camarera le sirvió el café, también depositó un plato de pequeñas galletas de limón en la mesa

—Invita la casa. Para... —dijo, echando un vistazo a Olivia— los dos.

Olivia cono

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