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DIVINA LOLA

Cristina Morató  

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Fragmento

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A Pilar Latorre por su amistad, apoyo y complicidad

 

Lolita mía, el mundo te odia y te persigue; pero por mucho que se esfuercen tus enemigos para desunirnos, mi corazón se estrechará más cada vez con el tuyo. Cuanto más te odian, más amada eres, y más firmemente adquieres lo que desearían quitarte; jamás me separaré de ti.

Carta del rey Luis de Baviera

a Lola Montes

(Munich, 6 de julio de 1847)

Tiene mal de ojo y traerá mala suerte a todo hombre que una su destino al de ella.

ALEJANDRO DUMAS, París, 1846

Si todo lo que se ha escrito sobre mí fuera cierto, merecería ser enterrada viva.

LOLA MONTES, Autobiografía, 1858

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La pequeña salvaje

Habían pasado trece años desde que se despidió de ella por última vez y, sin embargo, la noticia de su muerte le afectó profundamente. En todo ese tiempo el rey Luis I de Baviera no había podido olvidar a su amada Lola Montes, la hermosa bailarina española que una soleada mañana de otoño irrumpió como un torbellino en su gabinete de palacio. Cómo no recordar aquel 8 de octubre de 1846 cuando la vio elegantemente ataviada con un vestido negro de terciopelo que resaltaba su espléndida figura y la palidez de su piel. Se enamoró de ella al instante; le cautivó su belleza, su fogosidad y su arrebatadora personalidad.

Durante los meses siguientes se entregó a ella con una devoción enfermiza, sin importarle el escándalo ni la mala fama que la precedían. En la conservadora corte de Baviera se rumoreaba que el soberano había perdido la cabeza por una mujer marcada por el escándalo que pretendía interferir en los asuntos de Estado. Luis, ajeno a las críticas, accedió a todos sus caprichos. La colmaba de regalos, le concedió el título de condesa, le ofreció una generosa pensión y compró para ella una palaciega mansión donde la visitaba a diario. Ahora, ya anciano, recordaba con una sonrisa en los labios aquella época feliz en la que se sintió rejuvenecer. Aún se estremecía al rememorar las tardes en las que leían El Quijote frente a la chimenea y dejaban pasar las horas soñando con una vida juntos lejos de la aburrida corte de Munich. Es cierto que sentía debilidad por las mujeres hermosas y había sido un incorregible conquistador, pero Lola, tan distinta a las demás, fue su gran amor. Aunque por ella perdió el trono y el respeto de sus súbditos, no le guardaba ningún rencor. Siempre había estado al tanto de las aventuras de su amante obligada a abandonar Baviera como una fugitiva y convertida pronto en toda una celebridad. Su embajador en París le hacía llegar los recortes de la prensa que hablaban de sus escándalos, sus amoríos y de los éxitos que cosechaba como actriz y bailarina en sus giras por Estados Unidos y Australia.

Sin duda Lola Montes había sido una mujer poco convencional. Podía ser amable, generosa, considerada y hasta dócil, pero también la más temeraria, violenta y salvaje. Cabalgaba como una amazona, fumaba cigarrillos, era diestra con el revólver y se defendía a golpe de fusta de los hombres que se atrevían a contradecirla. En una época en la que las mujeres se dedicaban a las tareas domésticas, ella había dado la vuelta al mundo y actuado en los más importantes escenarios teatrales desde Londres hasta Sidney, aunque su talento como bailarina dejaba mucho que desear. El rey conservaba celosamente cientos de cartas que le había escrito a lo largo de su tormentosa relación y los poemas que le inspiró siendo su musa y amante. También guardaba como una reliquia el pie de Lola esculpido en mármol que antaño besaba todas las noches antes de acostarse. Pero el día que recibió esta carta procedente de Nueva York, le embargó de nuevo la nostalgia:

Señor:

Durante mi primera infancia, fui compañera de colegio en Escocia de una niña que nunca pensé que me llamaría a su lado en su lecho de muerte para pedirme que escribiera a Su Majestad. A menudo me hablaba de Su Majestad, y de su amabilidad y benevolencia, que ella sentía en lo más profundo de su ser. Me rogó que le contara que había cambiado de vida y compañías.

Así, ahora cumplo la promesa que le hice a la difunta señora Lola Montes, a quien yo conocí como Eliza Gilbert, y añadiré que me pidió que le hiciera saber que mantuvo una estima sincera por su inmensa amabilidad hasta el fin de su vida.

Falleció como una auténtica penitente, y acudió a su Salvador en busca de perdón y aceptación, para triunfar únicamente en Su gloria.

He tenido el honor de ser la obediente y humilde servidora de Su Majestad,

MARIA E. BUCHANAN

Luis se quedó un instante pensativo y los ojos se le humedecieron: «Lolita mía, ¿alguna vez me amaste?».

Nada hacía imaginar que la pequeña que acababa de venir al mundo aquel día frío y ventoso de febrero de 1821 en el pueblo de Grange, Irlanda, se convertiría en una de las mujeres más famosas de su época. Era una niña saludable y risueña de hermosas facciones, muy parecida a su madre. De su padre, Edward Gilbert, alférez del ejército británico, heredaría su valor y sed de aventuras. El apuesto oficial había llegado al condado de Cork con el 25.º Regimiento de Infantería para aplacar la rebelión en los dominios irlandeses del rey Jorge III de Inglaterra. Alto, robusto y vigoroso, lucía unas pobladas patillas rubio claro y un fino bigote que le daban un aire varonil. Entre todas las chicas irlandesas solteras hubo una que atrajo especialmente su atención. Se llamaba Eliza Oliver, tenía catorce años —ocho menos que él— y trabajaba como aprendiz de sombrerera aunque pertenecía a una buena familia. Era una hermosa muchacha de profundos ojos negros, tez pálida y largo cabello rizado. Lo que Eliza vio en aquel apuesto militar, de carácter alegre y de espléndida figura enfundado en su uniforme rojo, fue el sueño de escapar de una vida triste y anodina.

Los Oliver eran una conocida y poderosa familia protestante de terratenientes del condado de Cork. La joven se sentía orgullosa de sus raíces, aunque todos sabían que era hija ilegítima. Su padre, Charles Silver Oliver, era miembro del Parlamento y un personaje muy influyente en su comunidad. Antes de contraer matrimonio a los cuarenta años había tenido cuatro hijos con su amante Mary Green. La pareja residía en Castle Oliver, una antigua y solariega mansión familiar situada en la campiña, al sur del condado de Limerick. Allí vino al mundo Eliza en 1805, el mismo año en que su padre tomó por esposa a una dama de la buena sociedad. Aunque de aquel matrimonio nacieron siete herederos legítimos, el señor Oliver no abandonó a sus bastardos. Eliza, Mary y sus hermanos John y Thomas también llevaban el apellido de un padre que se preocupó de su manutención. Tras la muerte de su madre, los chicos entraron a trabajar como aprendices de tenderos y las dos hermanas con la señora Hall, una sombrerera de Cork que les enseñó el oficio. Cuando el distinguido señor Charles Oliver falleció de manera inesperada en 1817, les dejó como herencia la considerable suma de 500 libras a cada uno, que recibirían al cumplir los veintiún años.

En la primavera de 1820 el alférez Edward Gilbert y su bella prometida hacían planes para contraer matrimonio. El suyo fue un noviazgo fugaz pues muy pronto el regimiento del novio debía abandonar Cork para mantener la seguridad en una región del norte amenazada por los rebeldes. Ante la inminente partida la pareja se casó el 29 de abril en la iglesia de Cristo, en presencia de algunos de los miembros más destacados de la alta burguesía protestante de la ciudad. Comenzaba para Eliza una vida itinerante junto a un esposo que cambiaría con frecuencia de destino. Cuando se enteró de que estaba embarazada tenía quince años y ya no podía seguir a Edward por los abruptos y polvorientos caminos de la campiña irlandesa. A mediados de invierno la pareja se instaló en una sencilla casa de piedra gris junto al mar azotada por la lluvia y el viento en el pueblo de Grange, en el condado de Sligo. En este remoto rincón del norte de Irlanda vino al mun

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