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DóNDE ATERRIZAR

Bruno Latour  

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Fragmento

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Este ensayo se propone aprovechar la elección de Donald Trump, el 11 de noviembre de 2016, para relacionar tres fenómenos que algunos comentaristas ya han identificado, pero cuyos vínculos no siempre advierten —lo que equivale a no ver la inmensa energía política que podría derivarse de su asociación—.

A comienzos de los años noventa, justo después de la «victoria contra el comunismo», simbolizada por la caída del Muro de Berlín, en el mismo momento en que algunos creían que el curso de la historia había terminado,[2] empieza subrepticiamente otra historia.

Una historia marcada, ante todo, por lo que se ha dado en llamar «desregulación», que otorga a la palabra «globalización» un sentido cada vez más peyorativo. Pero dicha historia señala también, en todos los países simultáneamente, el inicio de una explosión cada vez más vertiginosa de las desigualdades. Por último, y aunque sea lo menos señalado, comienza en esta época la empresa de negar de forma sistemática la existencia de la mutación climática («clima» se toma aquí en el sentido general de las relaciones de los humanos con sus condiciones materiales de existencia).

Este ensayo, pues, propone percibir esos tres fenómenos como síntomas de una misma situación histórica. Todo parece indicar que una buena parte de las clases dirigentes (lo que hoy se llama, de forma muy imprecisa, las «élites») ha llegado a la conclusión de que ya no hay suficiente espacio en la tierra para ellas y para el resto de sus habitantes.

Por consiguiente, las élites han terminado por considerar inútil la idea de que la historia se dirige a un horizonte común donde «todos los hombres» podremos prosperar de igual manera. Desde los años ochenta, las clases dirigentes ya no pretenden dirigir, sino ponerse a salvo fuera del mundo. De esa fuga, de la que Donald Trump es apenas un síntoma entre muchos, todos sufrimos las consecuencias, enajenados como estamos por la ausencia de un mundo común que compartir.

La hipótesis es que las posiciones políticas asumidas desde hace cincuenta años nos resultan incomprensibles si no se concede un lugar central a la cuestión del clima y su negación. Sin la idea de que hemos entrado en un «nuevo régimen climático»,[3] no se pueden comprender la explosión de las desigualdades, el alcance de las desregulaciones ni la crítica de la mundialización, ni, sobre todo, el pavor que da origen al anhelo de regresar a las antiguas protecciones del Estado nacional —lo que muy injustificadamente se viene llamando el «ascenso del populismo»—.

Para resistir a esta pérdida de orientación común, será necesario «aterrizar» en alguna parte. De ahí la importancia de saber cómo orientarse. Y, en consecuencia, de trazar algo así como un mapa de las posiciones impuestas por este nuevo paisaje en el que se redefinen no solamente los afectos de la vida pública, sino también lo que está en juego.

Las reflexiones que siguen, escritas en un estilo voluntariamente abrupto,

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