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DOMINACIóN

C.J. Sansom

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Fragmento

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

Cita

Nota

Prólogo

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Epílogo

Agradecimientos

Nota bibliográfica

Nota histórica

Otros títulos del mismo autor

En memoria de mis padres,

TREVOR SANSOM (1921-2000)

y

ANN SANSOM (1924-1990),

que entre 1939 y 1945 sufrieron grandes penurias

y aportaron su grano de arena para derrotar a los nazis.

Y de

ROSALITA,

R.I.P. 19.2.2012

Toda la furia y el poder del enemigo caerán muy pronto sobre nosotros. Hitler sabe que tendrá que destruirnos en esta isla o perder la guerra. Si somos capaces de enfrentarnos a él, toda Europa podrá ser liberada y la vida del mundo podrá avanzar hacia tierras altas, anchas y bañadas por el sol; mas si fracasamos, el mundo entero, incluido Estados Unidos y todo lo que hemos conocido y nos ha importado, se hundirá en el abismo de una nueva era oscura, aún más siniestra y tal vez más prolongada debido a las luces de una ciencia pervertida.

WINSTON CHURCHILL, 18 de junio de 1940

Todo lo que sucede con posterioridad a las cinco de la tarde del 9 de mayo de 1940 es imaginario.

Prólogo

Sala del Gabinete, nº 10 de Downing Street,
Londres 16.30 horas, 9 de mayo de 1940

Churchill fue el último en llegar. Llamó una sola vez, con golpes bruscos, y entró. Al otro lado de los altos ventanales ya menguaba el cálido día de primavera y se alargaban las sombras en el Horse Guards Parade. Al fondo de la mesa alargada y con forma de ataúd que dominaba la sala del Gabinete se hallaba sentado Margesson, el jefe de Disciplina del partido conservador, junto con el primer ministro Chamberlain y el ministro de Exteriores lord Halifax. Cuando Churchill se aproximó a ellos, Margesson, que iba formalmente vestido como siempre, con un inmaculado traje de mañana de color negro, se puso en pie.

—Winston.

Churchill hizo un gesto de asentimiento en dirección al jefe de Disciplina y le dirigió una mirada de advertencia. Margesson, que obedecía las órdenes de Chamberlain, le había puesto las cosas difíciles al oponerse a la política que practicó el partido respecto de la India y de Alemania en los años anteriores a la guerra. Se giró hacia Chamberlain y hacia Halifax, que había sido la mano derecha del primer ministro en la tarea de apaciguamiento de Alemania llevada a cabo por el gobierno.

—Neville. Edward.

Ambos hombres mostraban un gesto de disgusto; hoy no había ni rastro de la habitual expresión semiburlona de Chamberlain, ni tampoco de la cortante arrogancia que el día anterior había creado un ambiente hostil en la Cámara de los Comunes, durante el debate que trató de la derrota militar sufrida en Noruega. Noventa conservadores habían votado con la oposición o se habían abstenido; Chamberlain había salido de la cámara acompañado de voces que le gritaban: «¡Váyase!» El primer ministro tenía los ojos enrojecidos a causa de la falta de sueño, o puede que por haber llorado... aunque costaba trabajo imaginar a Neville Chamberlain llorando. La tarde anterior, por toda la Cámara de los Comunes se esparció el rumor de que sus líderes no eran capaces de sobrevivir.

Halifax tenía mejor cara. El ministro de Exteriores llevaba su alto y delgado corpachón tan erguido como siempre, pero su semblante presentaba una palidez mortal, una piel blanca y estirada sobre unas facciones largas y huesudas. Corría el rumor de que se sentía reacio a asumir el poder, de que no tenía las entrañas necesarias para ser primer ministro, cosa que era cierta en sentido literal, pues en los momentos de tensión lo asaltaba un intenso dolor de tripas.

Churchill se dirigió a Chamberlain en un tono de voz grave y serio y con un ceceo pronunciado:

—¿Cuáles son las noticias de última hora?

—Que ha habido un nuevo agrupamiento de fuerzas alemanas en la frontera de Bélgica. En cualquier momento podría tener lugar un ataque.

Hubo unos instantes de silencio, durante los cuales pareció sonar con más fuerza el tictac de un reloj que había encima de la repisa de mármol de la chimenea.

—Siéntate, por favor —dijo Chamberlain. Churchill tomó asiento en una silla y Chamberlain continuó, empleando un tono de serena tristeza—: Ya hemos dedicado un tiempo considerable a debatir la votación que tuvo lugar ayer en los Comunes. Nuestra impresión es que existen graves dificultades en el hecho de que yo siga desempeñando el cargo de primer ministro. He tomado la decisión de que debo dimitir. El apoyo que me presta el partido está disminuyendo rápidamente. Si ha de haber un voto de confianza, puede que quienes se abstuvieron ayer voten contra el gobierno. Y los sondeos realizados en el partido laborista indican que este solo se sumaría a una coalición si hubiera un primer ministro nuevo. Me resulta imposible continuar en medio de este grado de antipatía personal.

Chamberlain miró de nuevo a Margesson, casi como si estuviera pidiéndole socorro, pero el jefe de Disciplina se limitó a asentir con tristeza y a decir:

—Si queremos tener una coalición en este momento, cosa que necesitamos de forma perentoria, es esencial que haya unidad nacional.

Contemplando a Chamberlain, Churchill no pudo por menos de compadecerlo. Lo había perdido todo; llevaba dos años intentando satisfacer las exigencias de Hitler, convencido de que el Führer había terminado en Múnich con sus pretensiones de reclamar territorios, cuando en realidad unos meses más tarde invadió Checoslovaquia, y a continuación Polonia. Después de que cayera Polonia siguieron varios meses de inacción militar, de «guerra falsa». El mes anterior Chamberlain había dicho en la Cámara de los Comunes que Hitler había «perdido el autobús» de la campaña de primavera, para de repente pasar a invadir y ocupar Noruega expulsando a las fuerzas británicas. La siguiente sería Francia.

Chamberlain miró primero a Churchill, luego a Halifax, y seguidamente habló otra vez, todavía en un tono desprovisto de expresión:

—La cosa está entre vosotros dos. Yo me sentiré muy gustoso, si así lo deseáis, de prestar mis servicios ya sea al uno o al otro.

Churchill afirmó con la cabeza y se reclinó en su silla. Luego miró a Halifax, que lo miró a su vez con una expresión fría y escrutadora. Churchill sabía que Halifax tenía casi todas las cartas en la mano, que la mayoría del partido conservador quería que fuera él el siguiente primer ministro. Había sido virrey de la India, llevaba varios años en un ministerio de alto nivel y era un aristócrata templado, firme, olímpico, que gozaba a un mismo tiempo del respeto y la confianza de los demás. En cambio a Churchill la mayoría de los conservadores jamás le habían perdonado que tuviera un pasado liberal ni que se hubiera opuesto a su propio partido en la cuestión de Alemania. Lo consideraban un aventurero, un hombre poco de fiar, carente de buen juicio. Chamberlain quería a Halifax, y Margesson también, al igual que la mayor parte del Gabinete. Y al igual —Churchill lo sabía perfectamente— que el amigo de Halifax: el rey. Pero Halifax no tenía pasión dentro del cuerpo, ni un solo gramo. Churchill odiaba a Hitler, en cambio Halifax lo trataba con una especie de desprecio patricio; en una ocasión había dicho que los únicos a quienes el Führer hacía la vida difícil en Alemania eran unos cuantos sindicalistas y los judíos.

En cambio, Churchill contaba con el apoyo del público desde el mes de septiembre, cuando se declaró la guerra; Chamberlain se había visto obligado a volver a aceptarlo en el Gabinete cuando las advertencias que había hecho respecto de Hitler resultaron al fin ser ciertas. Pero ¿de qué modo había que jugar aquel único as? Churchill se arrellanó un poco más en su silla. «No digas nada», pensó, «veamos qué postura adopta Halifax, veamos si desea siquiera el puesto, y hasta qué punto.»

—Winston —empezó Chamberlain, esta vez en tono interrogante—. En el debate de ayer estuviste muy agresivo con los laboristas. Y siempre has sido un feroz opositor suyo. En tu opinión, ¿podría suponer eso un obstáculo para ti?

Churchill no respondió, pero se levantó de repente y fue hasta la ventana para contemplar la luminosa tarde primaveral. «No contestes», se dijo para sus adentros. «Que Halifax se elimine solo.»

En aquel instante el reloj de la chimenea dio las cinco con un repique agudo y metálico. Nada más terminar, se oyó al Big Ben marcando la hora con voz tonante. Cuando se disipó la última campanada fue cuando Halifax habló por fin:

—En mi opinión —dijo—, yo sería de más ayuda tratando con los laboristas.

Churchill se volvió y lo miró de frente adoptando de pronto una expresión severa.

—Las pruebas que habrás de afrontar, Edward, serán terribles.

El gesto de Halifax era de cansancio, de profunda aflicción, en cambio esta vez se le apreciaba determinación en el semblante. Después de todo, había encontrado valor dentro de sí.

—Por eso precisamente, Winston, deseo tenerte a ti a mi lado en un Gabinete de Guerra nuevo y más pequeño. Serías ministro de Defensa, asumirías la responsabilidad total de dirigir la guerra.

Churchill estudió la oferta moviendo lentamente su pesada mandíbula de un lado al otro. Si él estuviera al frente de la campaña solidaria de la población civil ante la guerra, tal vez pudiera imponerse a Halifax y convertirse en primer ministro en todo excepto en el título. Todo dependía de las otras personas que nombrase Halifax. De modo que preguntó:

—¿Y los demás? ¿A quién vas a nombrar?

—De los conservadores, estaremos tú, yo y Sam Hoare; a mi modo de ver, esa combinación es la que mejor refleja el equilibrio de las opiniones que existen dentro del partido. De los laboristas, Attlee; Lloyd George representará a los liberales; y como figura nacional, el hombre que nos llevó a la victoria en 1918. —Halifax se volvió hacia Chamberlain—. Pienso que en estos momentos podrías sernos de gran utilidad, Neville, por ser el líder de los Comunes.

Era una mala noticia, la peor. Lloyd George, pese a que últimamente había dado marcha atrás, durante toda la década de los años treinta había idolatrado a Hitler y había afirmado que era el George Washington de Alemania. Y Sam Hoare era el gran apaciguador, el antiguo enemigo de Churchill. Attlee, a pesar de su falta de seguridad en sí mismo, era un luchador. Pero estos dos constituirían minoría.

—Lloyd George tiene setenta y siete años —apuntó Churchill—. ¿Está en condiciones de soportar semejante peso?

—Estoy convencido de ello. Y servirá para insuflar moral. —Halifax ya hablaba con mayor resolución—. Winston —dijo—, me gustaría mucho tenerte a mi lado en esta hora.

Churchill titubeó. Aquel nuevo Gabinete de Guerra iba a ponerle trabas. Sabía que Halifax había decidido aceptar el cargo de primer ministro de mala gana e impulsado por su sentido del deber. Haría todo lo que estuviera en su mano, pero no tenía puesta el alma en la lucha que se avecinaba. Al igual que tantos otros, había luchado en la Gran Guerra y temía ver otra vez todo aquel derramamiento de sangre.

Churchill contempló durante unos instantes la idea de dimitir del Gabinete; pero ¿de qué iba a servirle eso? Además, Margesson tenía razón: lo más importante en aquel momento era la unidad nacional. Haría todo lo que pudiera, mientras pudiera. Ya había pensado, aquel mismo día, que por fin le había llegado la hora; pero, después de todo, no iba a llegarle todavía.

—Puedes contar conmigo —dijo con gravedad.

1

Noviembre de 1952

Casi todos los pasajeros que iban en el metro a la estación Victoria se dirigían, al igual que David y su familia, al desfile del Remembrance Sunday. Como aquella mañana hacía frío, todo el mundo, hombres y mujeres, vestía abrigos negros de invierno. También eran negros los bolsos y las bufandas, o bien marrones. El único toque de color era el rojo vivo de las amapolas que llevaban todos en el ojal. David condujo a Sarah y a la madre de esta al interior de un vagón, encontraron dos bancos de madera vacíos y se sentaron unos frente a otros.

Mientras el metro salía traqueteando de la estación de Kenton, David miró a su alrededor. Todos lucían caras tristes y apagadas, acordes con el día. Había relativamente pocos varones de cierta edad, porque la mayoría de los veteranos de la Gran Guerra, como el padre de Sarah, seguramente ya se encontraban en el centro de Londres, preparándose para marchar frente al Cenotafio. El propio David era un veterano de la segunda guerra, el breve conflicto que tuvo lugar entre 1939 y 1940 y que la gente denominó campaña de Dunquerque o guerra de los judíos, según el gusto político de cada cual. Pero David, que había servido en Noruega, y los demás supervivientes de aquel ejército derrotado y humillado —cuya retirada de Europa fue seguida tan rápidamente por la rendición de Inglaterra— no tenían sitio en las ceremonias del Remembrance Day. Ni tampoco los soldados británicos que habían muerto en los interminables conflictos de la India, y actualmente de África, que se iniciaron a partir del Tratado de Paz de 1940. En la actualidad, el Remembrance Day tenía un adicional tinte diplomático: el de rememorar la matanza que tuvo lugar cuando lucharon Alemania e Inglaterra entre 1914 y 1918; el de recordar que aquello no debía suceder de nuevo. Inglaterra debía seguir siendo una aliada de Alemania.

—Hay muchas nubes —comentó la madre de Sarah—. Espero que no se ponga a llover.

—No va a estropearse el día, Betty —respondió David en tono tranquilizador—. Los del tiempo han dicho que solo va a estar nublado.

Betty asintió. Era una mujer regordeta, de sesenta y tantos años, y había pasado toda la vida concentrada en cuidar del padre de Sarah, que había perdido la mitad de la cara en la batalla del Somme de 1916.

—A Jim se le hace muy incómodo desfilar cuando está lloviendo —dijo—. Se le mete el agua por detrás de la prótesis, y, naturalmente, no puede quitársela.

Sarah tomó a su madre de la mano. Su rostro, cuadrado y provisto de una barbilla redonda y fuerte, heredada de su padre, mostraba una expresión solemne. Tenía una melena rubia, rizada en las puntas y enmarcada por un modesto sombrerito negro. Betty le dirigió una sonrisa. El metro se detuvo en una estación y se subió más gente. Sarah se volvió hacia David y le dijo:

—Hay más pasajeros que de costumbre.

—Gente que quiere ver por primera vez a la reina, imagino.

—Espero que podamos encontrarnos sin problemas con Steve e Irene —dijo Betty, otra vez preocupada.

—He quedado con ellos al lado de las taquillas de billetes de Victoria —le dijo Sarah—. Y allí estarán, no te preocupes.

David miró por la ventanilla. No sentía el menor deseo de pasar la tarde con su cuñada y con el marido de esta. Irene era una persona de buen carácter, aunque tenía la cabeza llena de pájaros y no paraba de hablar; en cambio a Steve lo odiaba, con aquella mezcla que tenía de encanto empalagoso y arrogancia, aquella política suya de Camisa Negra. Como de costumbre, iba a tener que hacer un esfuerzo para mantener la boca cerrada.

El tren aminoró hasta que se detuvo con una leve sacudida, justo antes de penetrar en un túnel. De alguna parte llegó un siseo que indicaba que se había echado el freno.

—Hoy no, por favor —dijo alguien—. Estos retrasos van a peor. Es una vergüenza.

David se fijó en que, fuera del vagón, la vía pasaba junto a varias hileras de casas adosadas, construidas con el típico ladrillo londinense sucio de hollín. De las chimeneas se elevaba un humo de color gris y en los patios traseros se veía ropa tendida. Las calles estaban vacías. Justo por debajo de ellos había una tienda de comestibles que lucía un prominente letrero en el escaparate: «Aceptamos cartillas de racionamiento.»

De pronto se notó una sacudida y el tren avanzó hacia el interior del túnel, pero unos instantes después se detuvo de nuevo. David vio su cara reflejada en el cristal de la oscurecida ventanilla, y su cabeza enmarcada por el bulto que formaba el abrigo negro y sus anchas solapas. El sombrero de bombín que llevaba puesto le tapaba el cabello, corto y negro, del cual se veían apenas unos cuantos rizos rebeldes. Tenía unas facciones regulares y libres de arrugas gracias a las cuales parecía tener menos años de los treinta y cinco que tenía, una ausencia de señales que resultaba engañosa. De repente le vino a la memoria un recuerdo de la infancia, una frase que su madre decía constantemente a todas las mujeres que llegaban de visita: «¿A que es un niño muy guapo, a que dan ganas de comérselo?» Expresado con su duro acento de Dublín, David se moría de vergüenza al oírla. A continuación le vino otro recuerdo de manera espontánea, de cuando él tenía siete años y ganó la Copa de Saltos de Trampolín que se disputaba entre colegios. Se acordó de cuando se subió al trampolín más alto, teniendo debajo un mar de rostros, y la tabla tembló ligeramente bajo sus pies. Dos pasos al frente y luego el salto, derecho hacia aquella gran extensión de agua en calma, un momento de pánico y después la euforia de zambullirse en el silencio.

Steve e Irene estaban aguardando en Victoria. Irene, la hermana mayor de Sarah, también era alta y rubia, pero tenía un hoyito en la barbilla como su madre. Su abrigo negro estaba adornado con un grueso cuello de piel marrón. Steve era atractivo al estilo bohemio, y lucía un bigote negro y fino con el que parecía Errol Flynn, pero en versión pobre. Llevaba un sombrero negro de ala estrecha con el que se cubría la gruesa capa de brillantina que le empapaba el pelo. A David le llegó el punzante olor a sustancia química en el momento de estrecharle la mano.

—¿Qué tal va el funcionariado, viejo? —preguntó Steve.

—Vamos tirando —sonrió David.

—¿Seguís vigilando de cerca el imperio?

—Algo así. ¿Cómo están los chicos?

—Estupendos. Más altos y más revoltosos a cada semana que pasa. Puede que el año que viene los traigamos, empiezan a tener edad suficiente. —David captó una sombra que cruzaba el semblante de Sarah y supo que estaba acordándose de su hijo muerto.

—Tenemos que darnos prisa en coger el metro hasta Westminster —dijo Irene—. Mirad cuánta gente.

Se sumaron al gentío que se dirigía a las escaleras mecánicas. Conforme se iban juntando unos con otros, fueron ralentizando el paso hasta convertirse en una masa que avanzaba muy despacio y en silencio. Aquello le recordó a David su época de soldado, concretamente el día en que, con andar cansino, subió con el resto de las exhaustas tropas a bordo de los barcos que estaban evacuando las fuerzas británicas de Noruega, allá por 1940.

Entraron en Whitehall. La oficina de David se hallaba situada justo detrás del Cenotafio. Muchos hombres, al pasar por delante de este, todavía se quitaban el sombrero en señal de respeto, de manera inconsciente, si bien cada año eran menos los que pasaban. Ya habían transcurrido treinta y cuatro años desde que finalizó la Gran Guerra. El cielo tenía un color entre blanco y gris, el aire era frío. Todo el mundo exhalaba el aliento en forma de nubes de vapor mientras, educadamente y en silencio, se apresuraba a buscar un hueco detrás de las barreras metálicas colocadas frente al alto rectángulo blanco del Cenotafio, defendido este por una fila de policías vestidos con gruesos abrigos. Algunos eran agentes corrientes y llevaban el casco habitual, pero muchos eran auxiliares del Cuerpo Especial, tocados con sus altas

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