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DON QUIJOTE DE LA MANCHA (LOS MEJORES CLáSICOS)

Miguel de Cervantes  

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Fragmento

INTRODUCCIÓN

1. PERFILES DE LA ÉPOCA

A Miguel de Cervantes le tocó vivir, pues nació a mediados del XVI y murió en 1616, la España de Felipe II y Felipe III: uno de los períodos más controvertibles —con la grandeza imperial a la espalda— de nuestra historia, a la vez que, paradójicamente, el más resplandeciente de nuestra literatura. Más concretamente, el autor desarrolla su actividad literaria, mutatis mutandis, en los cincuenta años centrales de lo que solemos denominar «Siglos de Oro»: en los últimos veinte años del siglo XVI y en los dieciséis primeros del XVII; justamente a caballo entre el Renacimiento y el Barroco o, lo que es lo mismo, en el eje central tanto de la decadencia imperialista como del máximo esplendor de nuestra literatura clásica. Pero no es sólo que le tocase asumir biográfica y estéticamente tal coyuntura histórica y cultural, sino que, además, la vida y la obra de Cervantes se alzan como el mejor exponente de uno y de otro extremo: acaso, uno de los hombres más desafortunados y controvertidos de su época; con absoluta seguridad, nuestro mayor escritor de todos los tiempos y el mejor novelista universal.

Desde el punto de vista histórico y político, en efecto, durante el período en cuestión, la España Imperial, con todo su esplendor, es conducida hasta su desmoronamiento definitivo: en los últimos años de Felipe II merma alarmantemente la hegemonía exterior (Armada Invencible); luego, con Felipe III, arrecia el resquebrajamiento interior y, en fin, con el cuarto Felipe cuaja la ruina más absoluta (separación de Portugal, independencia de Holanda, etc.); la Paz de Westfalia (1648) daría la puntilla a un Imperio decadente desde hacía tantos y tantos años. Las incesantes guerras exteriores —ya expansionistas, ya religiosas—, el endeudamiento y la presión de los banqueros extranjeros, la emigración a las Indias y el retorno muchas veces fracasado, la despoblación y el abandono del campo, las pestes, la inexorable expulsión de los moriscos…, sumieron ciertamente a la España áurea en una insalvable penuria económica, luego agravada por el gobierno veleidoso de los grandes validos y privados (el duque de Lerma o el condeduque de Olivares servirán de muestra inequívoca).

Al mismo tiempo y compás, el humanismo renacentista, tan abierto de miras y tan impregnado de las ideas reformistas de cariz erasmiano, queda soterrado por las intransigencias contrarreformistas hispanas. Los españoles seguirán inmersos en su obsesión casticista de cuño religioso, con sus distingos entre cristianos viejos y nuevos (judíos y moros convertidos recientemente al catolicismo), según marcan los consabidos estatutos de limpieza de sangre, atizando así vivamente el malestar social (comercio de títulos seudonobiliarios, represión inquisitorial convertida en espectáculo público mediante los Autos de Fe, expulsión masiva de los moriscos, etc.) y obstaculizando catastróficamente el desarrollo económico (exención de tributos a los nobles, desprecio del trabajo manual, condena de la actividad financiera, etc.). La decadencia histórica estaba garantizada desde todos los frentes: militar, político, económico, social, religioso…, pero de ella germinaría la Edad Dorada de nuestra literatura clásica.

Afortunadamente, en contraste frontal con la crisis generalizada, durante los años que nos ocupan escriben nuestros autores más sobresalientes (Fray Luis, San Juan, Alemán, Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, etc.) y, como consecuencia, ven la luz las obras clásicas por excelencia de nuestra historia literaria (el Guzmán de Alfarache, Fuenteovejuna, las Soledades, el Buscón… y, claro está, el Quijote), a la vez que se perfilan poco a poco sus grandes géneros: la novela moderna, el teatro clásico y la poesía lírica; o lo que tanto monta, Cervantes, Lope y Góngora. Gracias a tan frenética y fructífera actividad creativa, el legado renacentista, de ascendente italiano, se aclimata definitivamente a la cultura hispana impuesta por las circunstancias históricas antes reseñadas: la literatura adquiere el cuño «áureo» del Barroco y, en consecuencia, las grandes ficciones idealistas del quinientos ceden su espacio a una cosmovisión desilusionada y pesimista, donde parecen imperar sólo el engaño y el desengaño; en la misma línea, los perfiles rectilíneos y heroicos del XVI se ven suplantados por un canon artístico cifrado en el extremismo y la desproporción, sin más objetivos que el retorcimiento y la distorsión; y, por el mismo camino, el «escribo como hablo», tenido por ideal estilístico desde Valdés, deja paso al conceptismo y al culteranismo, encaminados a potenciar y complicar hasta el delirio las posibilidades ya semánticas, ya estéticas, del lenguaje.

Pero mucho más relevante que todo eso, por lo que aquí interesa, es notar que Cervantes se desenvolvió en el cogollo mismo de esa coyuntura histórico-cultural; y no sólo eso, sino que la protagonizó, la sufrió y rentabilizó como ningún otro: la protagonizó encarnando biográficamente el viejo ideal de la conjunción entre armas y letras que, si de un lado, lo animaría a alistarse como soldado y participar, no sin orgullo imperialista, en Lepanto, de otro lo arrojaría a competir literariamente, aunque con muy desigual fortuna, en los tres grandes géneros a partir siempre de una formación claramente renacentista; la sufrió —decimos—, pagando sus ínfulas de grandeza imperial con un cautiverio seguido de un penoso cargo de recaudador de abastos, a la vez que teniendo que ceder terreno creativo ante el empuje de Lope de Vega en teatro y ante los grandes poetas del tiempo en el arte de las musas; y, en fin, la rentabilizó —queremos sostener—, concibiendo una literatura sin parangón, siempre apegada a la realidad de su tiempo y siempre comprometida con el experimentalismo estético, que lo convertiría en el escritor inmortal que es. Sin duda alguna, en la trayectoria que va de La Galatea (1585) al Persiles (1617), pasando por el Quijote y las Ejemplares, se plasma, mejor que en la obra completa de ningún otro escritor, el proceso que va del Renacimiento al Barroco, pasando en este caso por el Manierismo. Claro que Cervantes es Cervantes, ni más ni menos: aun alzándolo como exponente inconfundible de su tiempo y de la literatura de su época, sus creaciones quizá no sean definibles ni como renacentistas, ni como manieristas ni como barrocas; al menos, trascendieron con mucho a su tiempo y desde hace mucho son y seguirán siendo, simplemente, cervantinas. Ello porque la obra literaria de Cervantes es tan hija de su tiempo como capaz de definir y engrandecer su época.

2. CRONOLOGÍA

AÑO

AUTOR-OBRA

HECHOS HISTÓRICOS

HECHOS CULTURALES

1547

Bautizo, el 9 de octubre, en Santa María la Mayor (Alcalá de Henares). Quizá nació el 29 de septiembre, día de San Miguel.

Batalla de Mühlberg.
Enrique II sucede a Francisco I en Francia.

J. Fernández: Don Belianís de Grecia (1547-1579).

1551

Traslado de los Cervantes a Valladolid, a la Corte, y encarcelamiento del padre por deudas.

1553

Regreso de la familia a Alcalá y comienzo del deambular por el Sur.

1554

El futuro Felipe II, hijo de Carlos V, casa con María Tudor y es nombrado rey de Nápoles.

Aparecen las cuatro primeras ediciones del Lazarillo de Tormes.

1555

Paz de Augsburgo.

D. Ortúñez de Calahorra: El caballero del Febo.

1556

Abdicación de Carlos V y coronación de Felipe II.

M. de Ortega: Felixmarte de Hircania.

1558

Mueren Carlos V y M.ª Tudor.
Dieta de Francfort.
Advenimiento de Isabel de Inglaterra.

1559

Paz de Cateau- Cambrésis.
Felipe II casa con Isabel de Valois.

J. de Montemayor: La Diana.

1561

La Corte se traslada a Madrid, capital del reino.

Historia del Abencerraje y de la hermosa Jarifa.

1563

Comienzo de El Escorial. Fin del Concilio de Trento.

Pedro de Luján: El caballero de la Cruz (II).

1564

Su padre en Sevilla, de nuevo metido en deudas. Miguel pudo asistir al colegio de los jesuitas.

Fracaso turco ante Orán.

G. Gil Polo: La Diana enamorada. A. de Torquemada: Don Olivante de Laura.

1565

Su hermana Luisa ingresa en el convento carmelita de Alcalá, del que sería priora (Luisa de Belén).

Fracaso turco ante Malta. Revuelta de los Países Bajos.

J. de Contreras: Selva de aventuras. J. de Timoneda: El Patrañuelo.

1566

Los Cervantes en Madrid, donde el escritor escribe sus primeras poesías con la ayuda de Alonso Getino de Guzmán.

Compromiso de Breda.
El duque de Alba gobernador de los Países Bajos.

L. de Zapata: Carlo famoso.

1568

Discípulo de López de Hoyos, quien le encarga unos poemas laudatorios para las exequias de Isabel de Valois.

Mueren el príncipe Carlos e Isabel de Valois. Sublevación de los moriscos de Granada en las Alpujarras.

B. Díaz del Castillo: Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

1569

Se traslada a Roma, por haber herido a Antonio de Sigura, donde sirve de camarero al futuro cardenal Acquaviva.

A. de Ercilla: La Araucana. J. de Timoneda: Sobremesa y alivio de caminantes.

1570

Inicia su carrera militar, luego compartida con su hermano Rodrigo en la compañía de Diego de Urbina.

Los turcos ocupan Chipre. Felipe II casa con Ana de Austria. Se organiza la Liga Santa.

A. de Torquemada: Jardín de flores curiosas.

1571

Desde el esquife de la galera Marquesa, combate en la batalla de Lepanto. Es herido en el pecho y en la mano izquierda («El manco de Lepanto»).

Batalla de Lepanto. Fin de la guerra de las Alpujarras.

1572

Aún tullido de la mano izquierda, sigue en la milicia y participa, como «soldado aventajado» en varias campañas: Navarino, Túnez, La Goleta, etc.

Fr. Luis de León es encarcelado por la Inquisición.

L. de Camoens: Los Lusiadas.

1573

Don Juan de Austria toma Túnez y La Goleta. Mateo Vázquez secretario de Felipe II.

J. Huarte de San Juan: Examen de ingenios.

1574

M. de Santa Cruz: Floresta española. Fundación del Corral de La Pacheca en Madrid.

1575

Embarca en Nápoles, rumbo a Barcelona, cuando es apresado por Arnaut Mamí y llevado cautivo a Argel por cinco años.

Segunda bancarrota de Felipe II.

1576

Primer intento de fuga fallido.

Don Juan de Austria, regente de los Países Bajos. Fr. Luis de León es liberado.

1577

Segundo intento, también fallido, por delación de El Dorador. Se declara único responsable.

Hasán Bajá rey de Argel.

San Juan de la Cruz es apresado.

1578

Tercer intento, otra vez frustrado. Condenado a recibir dos mil palos.

Asesinato de J. de Escobedo. Proceso contra A. Pérez. Muere Juan de Austria. Nace el futuro Felipe III.

A. de Ercilla: Segunda parte de La Araucana.

1579

Cuarto intento, junto con sesenta cautivos, abortado por Juan Blanco de Paz.

Caída de Antonio Pérez.

Se inauguran los primeros teatros madrileños.

1580

Es rescatado por los trinitarios Fr. Juan Gil y Fr. Antón de la Bella cuando estaba a punto de partir a Constantinopla. El 27 de octubre desembarca en Denia.

Felipe II es nombrado rey de Portugal.

P. de Padilla: Tesoro de varias poesías. F. de Herrera: Anotaciones a las obras de Garcilaso. T. Tasso: La Jerusalén liberada.

1581

Procura rentabilizar su hoja militar, sin conseguir más que una oscura misión en Orán, desde donde viaja a Lisboa para dar cuentas a Felipe II.

Independencia de los Países Bajos.

1582

Solicita a Antonio de Eraso, secretario del Consejo de Indias, ir a América. Se integra en las camarillas literarias, se dedica al teatro y a redactar La Galatea.

F. de Herrera: Poesías. L. Gálvez de Montalvo: El pastor de Fílida.

1583

El Romancero de Padilla lleva al frente un soneto de Cervantes.

Lope de Vega participa en la expedición a la isla Terceira. P. de Padilla: Romancero. J. de la Cueva: Comedias y tragedias. Fr. L. de León: De los nombres de Cristo.

1584

Tiene una hija, Isabel de Saavedra, con Ana Franca de Rojas, pero se casa con Catalina de Salazar.

Felipe II se traslada a El Escorial.

J. Rufo: La Austriada.

1585

Se dedica al teatro (El trato de Argel y La Numancia), a la poesía y a la novela. Logra publicar La Galatea.

P. de Padilla: Jardín espiritual. San Juan de la Cruz: Cántico espiritual. Santa Teresa: Camino de perfección.

1586

Se dedica a viajar, sobre todo a Sevilla; desde allí regresa para recibir la dote de Catalina de Salazar.

L. Barahona de Soto: Las lágrimas de Angélica. López Maldonado: Cancionero.

1587

Sevilla, comisario de abastos en la Armada Invencible. Excomuniones, denuncias y algún encarcelamiento.

Comienzan los preparativos para la Armada Invencible.

C. de Virués: El Monserrate. B. González de Bobadilla: Las ninfas y pastores de Henares.

1588

Fracaso de la Armada Invencible.

El Greco: El entierro del conde de Orgaz. Santa Teresa: Libro de la vida y Las Moradas.

1590

Poemas y novelas cortas: El cautivo, El celoso extremeño, Rinconete y Cortadillo, etc.

Antonio Pérez se fuga a Aragón.

A. de Villalta: Flor de varios y nuevos romances. B. de Vega: El pastor de Iberia.

1591

Prosigue por Jaén, Úbeda, Estepa, etc.

Revuelta de Aragón.

1592

Encarcelado en Écija por venta ilegal de trigo. Se compromete a entregar a Rodrigo Osorio seis comedias.

Cortes de Tarazona. Clemente VIII, Papa.

S. Vélez de Guevara: Flor de romances (4.ª y 5.ª partes).

1593

Últimas labores como comisario de abastos. Escribe el romance de La casa de los celos.

1594

Como ex comisario, se hace cargo de la recaudación de las tasas atrasadas en Granada, con tan mala fortuna que quiebra el banquero, Simón Freire, donde deposita el dinero y vuelve a ser encarcelado.

1595

Gana las justas poéticas dedicadas a la canonización de San Jacinto.

Advenimiento de Felipe IV de Francia.

G. Pérez de Hita: Guerras civiles de Granada.

1596

Escribe un soneto satírico al saco de Cádiz.

Saco de Cádiz por los ingleses, al mando de Howard y Essex.

A. López Pinciano: Philosophía antigua poética. J. Rufo: Las seiscientas apotegmas.

1598

Muere Ana Franca. Compone el soneto Al túmulo de Felipe II.

Paz de Vervins con Francia. Muere Felipe II. Felipe III, rey. Gobierno del duque de Lerma.

Se decreta el cierre de los teatros. Lope de Vega: La Arcadia y La Dragontea.

1599

Su hija Isabel entra al servicio de su tía Magdalena bajo el nombre de Isabel de Saavedra.

Epidemia de peste en España. Felipe III casa con Margarita de Austria.

Mateo Alemán: Guzmán de Alfarache (I). Lope de Vega: El Isidro.

1600

Cervantes abandona Sevilla y debe de andar dedicado de lleno al Quijote.

Se abren los teatros. Nace Calderón de la Barca. Romancero general de 1600.

1601

La Corte se traslada a Valladolid.

J. de Mariana: Historia de España.

1603

El matrimonio Cervantes se instala en Valladolid, en el suburbio del Rastro de los Carneros.

Muere Isabel de Inglaterra.

A. de Rojas: El viaje entretenido. F. de Quevedo redacta El Buscón.

1604

El Quijote en imprenta. Surgen las primeras alusiones al mismo.

Toma de Ostende.

M. Alemán: Guzmán de Alfarache (II). Lope de Vega: Primera parte de Comedias y El peregrino en su patria.

1605

Se publica con éxito El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en Madrid, en la imprenta de Juan de la Cuesta, a costa de Francisco de Robles. Hay varias ediciones piratas. Otro encarcelamiento del escritor por el asesinato de Gaspar de Ezpeleta, debido a la mala fama de la familia.

Nacimiento del futuro Felipe IV. Embajada de lord Howard.

F. López de Úbeda: La pícara Justina.

1606

Otra vez tras la Corte, se muda a Madrid, donde luego se instalará en el barrio de Atocha.

La Corte vuelve a trasladarse a Madrid.

1607

Nueva bancarrota en España.

J. de Jáuregui: Aminta.

1609

Ingresa en la Congregación de los Esclavos del Santísimo Sacramento del Olivar.

Tregua de los Doce Años en los Países Bajos. Se decreta la expulsión de los moriscos.

Lope de Vega: Arte nuevo de hacer comedias.

1610

Intento fallido de acompañar al conde de Lemos a Nápoles, por el rechazo de Argensola, a cargo de la comitiva.

El conde de Lemos virrey de Nápoles. Toma de Larache. Enrique IV es asesinado en Francia.

1612

El matrimonio Cervantes se traslada a la calle Huertas. Asiste a las academias de moda (la del conde de Saldaña, en Atocha). El Quijote es traducido al inglés por Thomas Shelton.

D. de Haedo: Topographía e historia general de Argel. J. de Salas Barbadillo: La hija de Celestina. Lope de Vega: Tercera parte de comedias y Los pastores de Belén.

1613

Ingresa en la Orden Tercera de S. Francisco, en Alcalá. Novelas ejemplares, editadas por Juan de la Cuesta en Madrid.

L. de Góngora: Primera Soledad y El Polifemo.

1614

Segunda parte del Quijote. Sale el apócrifo de Avellaneda. Viaje del Parnaso, en Madrid, por la viuda de A. Martín.

César Oudin: primer Quijote al francés. A. Fdez. de Avellaneda: Segunda parte del Quijote. Lope de Vega: Rimas sacras.

1615

Se muda a la calle de Francos. Publica en Madrid sus Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados. Aparece la Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha, en Madrid, editada por Juan de la Cuesta, en casa de Francisco de Robles.

Luis XIII de Francia casa con Ana de Austria, hija de Felipe III. Isabel de Borbón, futura reina, llega a España.

1616

Enfermo de hidropesía, el 22 de abril, una semana después que Shakespeare, el autor del Quijote fallece y es enterrado al día siguiente, con el sayal franciscano, en el convento de las Trinitarias Descalzas de la actual calle de Lope de Vega (Madrid). Al año siguiente, su viuda publica Los trabajos de Persiles y Sigismunda.

Muere Shakespeare.

3. VIDA Y OBRA DE MIGUEL DE CERVANTES

3.1. Vida

Cervantes fue bautizado, el 9 de octubre de 1547, en la parroquia de Santa María la Mayor, de Alcalá de Henares, con el nombre de Miguel, por lo que se ha supuesto que pudo haber nacido el 29 de septiembre, día del Santo. Era el cuarto hijo del matrimonio formado por Rodrigo y Leonor, sin más posibles que el oficio de «médico cirujano» del padre, lo que debió de acarrearle una infancia llena de privaciones y quizá de vagabundeos familiares (Córdoba y Sevilla) en busca de mejor suerte. El caso es que desde 1566 la pareja está instalada en Madrid y el joven Cervantes estudiando con Juan López de Hoyos, bajo cuyo amparo se estrena poéticamente con unas composiciones dedicadas a la muerte de Isabel de Valois.

Tres años después lo hallamos en Roma al servicio del cardenal Acquaviva, sin que sepamos cómo ni por qué —acaso por algún altercado con Antonio de Sigura—, y, en seguida, convertido en soldado, junto con su hermano Rodrigo, y embarcado en la galera Marquesa para participar en la batalla de Lepanto (1571) —reputada por él como «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros»— con notable valor, lo que le acarrearía dos arcabuzazos en el pecho y uno en la mano izquierda que se la dejaría tullida. Así y todo, sigue unos años en la milicia hasta que en 1575 decide regresar a España con cartas de recomendación del duque de Sessa y del mismísimo don Juan de Austria, sin duda con la esperanza de obtener algún cargo oficial como recompensa a su hoja de servicios. Pero, fatídicamente, la galera que lo traía, El Sol, es apresada por los corsarios berberiscos y nuestro soldado aventajado hecho cautivo en Argel, donde permanecería durante cinco largos años, no sin volver a dar muestras de su valor al intentar fugarse, asumiendo toda la responsabilidad, hasta cuatro veces, bien que sin lograrlo y, sorprendentemente, sin que lo ejecutasen por ello. Tendría que esperar a septiembre de 1580 para que lo rescatasen los padres trinitarios y poder pisar la tierra patria un mes después, cuando desembarcase en Valencia. Por si no bastase de miserias, a su llegada a la Corte comprobaría que sus méritos militares no serían recompensados nunca; ni siquiera con alguna vacante en Indias, a la que aspiró y se le denegó sistemáticamente.

Pero el valeroso «manco» había aprendido a «tener paciencia en la adversidad» y, pese a tan desalentadora suerte, éstos son para él tiempos relativamente felices y aun triunfales: con la euforia del regreso y el orgullo imperialista sin desmoronarse, se dedica de lleno a las letras. Se integra bien en el ambiente literario de la Corte, mantiene relaciones amistosas con los poetas más destacados y se dedica a redactar La Galatea, que vería la luz en Alcalá de Henares, en 1585. Simultáneamente, sigue de cerca la evolución del teatro, acelerada por el nacimiento de los corrales de comedias, llevando a cabo una actividad dramática —si nos fiamos de su palabra— muy fecunda y exitosa («compuse en este tiempo hasta veinte comedias o treinta, que todas ellas se recitaron sin que se les ofreciese ofrenda de pepinos ni de otra cosa arrojadiza»), aunque tan sólo se nos han conservado dos piezas (El trato de Argel y La Numancia) y algún contrato referente a títulos no conservados.

Entretanto, saca tiempo para relacionarse con Ana Franca de Rojas (esposa de Alonso Rodríguez), de quien nacería, en 1584, su única hija: Isabel. Sin embargo, muy pronto viaja a Esquivias, donde conoce a Catalina de Salazar, de diecinueve años, con quien contrae matrimonio, cuando él rondaba los treinta y ocho, ese mismo año. De momento, se instala con su mujer en Esquivias, pero los viajes continuos irán en aumento y, pasados tres años, el recién casado abandonará a su esposa para no reunirse con ella definitivamente hasta principios del XVII.

En 1587 reaparece instalado en Sevilla, donde, al fin, obtiene el cargo de comisario real de abastos para la Armada Invencible; años después sería encargado de recaudar las tasas atrasadas en Granada, habiéndole denegado una vez más el oficio en Indias («Busque por acá en qué se le haga merced») que volvería a solicitar en 1590. Tan miserables empleos lo arrastrarían a soportar, hasta finales de siglo, un continuo vagabundeo mercantilista por el sur (Écija, Castro del Río, Úbeda, etc.), sin lograr más que excomuniones, denuncias y algún encarcelamiento (Castro del Río, en 1592, y Sevilla, en 1597), al parecer siempre turbios y nunca demasiado largos. Como contrapartida, el viajero entraría en contacto directo con las gentes de a pie, y aun con los bajos fondos, adquiriendo una experiencia humana magistralmente literaturizada en sus obras.

Tan largo período administrativo, lleno de sinsabores, lo aparta del quehacer literario: «Tuve otras cosas en que ocuparme, dejé la pluma y las comedias» —diría él mismo—, pero sólo relativamente. El escritor se mantiene en activo: como poeta, sigue cantando algunos de los sucesos más sonados (odas al fracaso de la Invencible, soneto al saqueo de Cádiz o «Al túmulo de Felipe II» y numerosas composiciones sueltas aparecidas en obras de otros autores amigos); como dramaturgo, se compromete en 1592 con Rodrigo Osorio a entregarle seis comedias, entre las cuales han de contarse varias de las incluidas en el tomo de Ocho comedias y ocho entremeses (1615); como novelista, redacta varias novelas cortas (El cautivo, Rinconete y Cortadillo, El celoso extremeño, etc.) y, mucho más importante, esboza nada menos que la primera parte del Quijote y, quizá, el comienzo del Persiles. En esta etapa se cimenta, por tanto, el grueso de su creación futura, que no vería la luz hasta los últimos años de su vida.

Con el comienzo del siglo, Cervantes se despide de Sevilla y sólo sabemos de él que anda dedicado al Quijote de lleno, seguramente espoleado por el éxito alcanzado por Mateo Alemán con el Guzmán de Alfarache (1599-1604). Lo seguro es que en 1603 el matrimonio Cervantes está en Valladolid, nueva sede de la Corte con Felipe III, conviviendo con la parentela femenina: sus hermanas Andrea y Magdalena, su sobrina Costanza, hija de la primera, su propia hija Isabel y, por añadidura, una criada, María de Ceballos. Todas estaban bien experimentadas en desengaños amorosos, aunque debidamente cobrados, lo que les valió el mal nombre de «Las Cervantas», pero nuestro desventurado soldado y recaudador, ahora empeñado en imponerse como novelista, sin oficio ni beneficio, no tenía dónde caerse muerto y no podía sino refugiarse al arrimo de sus parientas…

Por fin, casi al filo de los sesenta años, la fortuna le daría un respiro al viejo excautivo y, a principios de 1605, de forma un tanto precipitada, ve la luz El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, en la imprenta madrileña de Juan de la Cuesta, con un éxito inmediato y varias ediciones piratas. Aunque la alegría del éxito se vería turbada en seguida por un nuevo y breve encarcelamiento, también injusto, motivado por el asesinato de Gaspar de Ezpeleta a las puertas de los Cervantes, la suerte de nuestro escritor estaba echada y la gloria de nuestro novelista era ya imparable. ¡Le rondaba en la cabeza tanta literatura por perfilar y dar a la imprenta…!

Otra vez al arrimo de la Corte, se traslada a Madrid en 1606, para dedicarse exclusivamente a escribir, sin mayor impedimento que alguna que otra mudanza (Atocha, Huertas, Francos) y el ingreso en alguna orden religiosa (Orden Tercera de San Francisco), pues la edad no andaba ya «para burlarse con la otra vida» (aunque no le faltaron ganas de integrarse en la camarilla literaria que acompañó al conde de Lemos a Nápoles, de la que sería excluido por Argensola). Amparado en su prestigio como novelista, se centra pacientemente en su oficio de escritor y va redactando gran parte de su producción literaria, aprovechando títulos y proyectos viejos. Así, tras ocho años de silencio editorial desde la publicación de la novela que lo inmortalizaría, da a la luz una verdadera avalancha literaria: Novelas ejemplares (1613), Viaje del Parnaso (1614), Ocho comedias y ocho entremeses nuevos nunca representados (1615) y Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha (1615). La lista se cerraría, póstumamente, con la aparición, gestionada por su viuda, de Los trabajos de Persiles y Sigismunda, historia setentrional (1617).

Pero tan febril actividad creativa no se iba a imponer a la edad, que rondaba ya casi los setenta años, y el genial escritor arrastraba una grave hidropesía que acabaría con su vida en 1616: el 18 de abril recibe los últimos sacramentos; el 19 redacta, «puesto ya el pie en el estribo», su último escrito: la sobrecogedora dedicatoria del Persiles; el 22, poco más de una semana después que Shakespeare, el autor del Quijote fallece y es enterrado, al día siguiente, con el sayal franciscano, en el convento de las Trinitarias Descalzas de la actual calle de Lope de Vega. Nada se sabe del paradero de sus restos mortales.

3.2. La obra

Ante una andadura biográfica tan sobrada de calamidades y penurias, bien cabría esperar una literatura acompasadamente sombría y resentida… Pues nunca tan al revés: se nos manifiesta resplandeciente, humanamente grandiosa y estéticamente radiante; en cabal contraste con su peripecia vital, la trayectoria literaria cervantina evoluciona desde los buceos experimentales en los tres grandes géneros (poesía, prosa y teatro), hasta la consolidación de una factura inconfundiblemente personal en cada uno de ellos; irrepetiblemente cervantina en el caso de la novela y definitivamente acabada si se trata del Quijote. Su mayor logro estriba en ser el primero —a su decir— que noveló en lengua castellana y en habernos legado lo que denominamos «la primera novela moderna»: el Quijote. Pero ello no anulará sus permanentes desvelos poéticos y teatrales.

La producción poética cervantina ocupa un espacio nada despreciable en el conjunto de sus obras completas: se halla diseminada a lo largo y ancho de sus escritos y recorre su biografía desde los inicios literarios hasta el Persiles. Viene alentada por una vocación profunda, de raigambre entre garcilacista y manierista, cultivada ininterrumpidamente (aunque no siempre con la inspiración necesaria) y no carente de aciertos, como bien se demuestra en algún soneto satírico-burlesco («Vimos en julio otra Semana Santa» y «¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza!») o en el largo poema menipeo titulado Viaje del Parnaso (1614), donde narra autobiográficamente, en ocho capítulos, un viaje fantástico al monte Parnaso, a bordo de una galera capitaneada por Mercurio, emprendido por muchos poetas buenos con el fin de defenderlo contra la plaga de poetastros que azota el panorama de la época. Más allá de la alegoría, la primera persona responde a un planteamiento claramente seudoautobiográfico, imbuido de evocaciones relacionadas con la vida del autor, gracias a las cuales el Viaje termina convertido en un verdadero testamento literario y espiritual donde se despliegan los mejores recursos literarios cervantinos: humor, ironía, perspectivismo, etc.

Al igual que la poesía, el teatro fue cultivado por Cervantes con asiduidad y empeño vocacionales: apuesta por él —decidido a medirse con Lope de Vega— desde sus más tempranos inicios literarios, recién vuelto del cautiverio, hasta sus últimos años, de modo que la cronología de sus piezas abarca desde comienzos de los ochenta hasta 1615, dejando escasos períodos inactivos. Al margen de las periodizaciones establecidas por la crítica, de las vacilaciones de orientación (más o menos próxima ya a los preceptos clásicos, ya a las recetas del arte nuevo), y del fracaso en los corrales que confinaría el grueso de su producción a la imprenta, el hecho es que las piezas conservadas ofrecen un ramillete interesantísimo de experimentos dramáticos donde figuran cuantas modalidades puedan imaginarse: la tragedia (La Numancia), la tragicomedia (El trato de Argel) y la comedia; y dentro de la última, de cautivos (Los baños de Argel, La gran sultana, El gallardo español), de santos (El rufián dichoso), caballerescas (La casa de los celos), de capa y espada (El laberinto de amor, La entretenida), y aun alguna inclasificable si no es como «cervantina» (Pedro de Urdemalas), etc. Y eso, olvidando los supuestos títulos perdidos (El trato de Constantinopla y muerte de Selim, La confusa, La gran turquesca, La batalla naval, La Jerusalén, La Amaranta o la del mayo, El bosque amoroso, La Única, La bizarra Arsinda y El engaño a los ojos), bajo los que podrían esconderse realidades tan tangibles como el reciente descubrimiento de La conquista de Jerusalén.

Mención aparte inexcusable merecen los ocho entremeses, aunque tampoco fueran representados nunca. La obsesión por las «reglas» clásicas al margen, Cervantes los aborda en absoluta libertad, tanto formal como ideológica, desplegando por entero su genialidad creativa para ofrecernos auténticas joyitas escénicas, cuya calidad artística nadie les ha regateado jamás. Logra diseñar ocho «juguetes cómicos», protagonizados por los tipos ridículos de siempre (bobos, rufianes, vizcaínos, estudiantes, soldados, vejetes, etc.) y basados en las situaciones bufas convencionales, pero enriquecidos y dignificados con lo más fino de su genio creativo, de modo que salen potenciados hasta alcanzar cotas magistrales de trascendencia inalcanzable. Entre burlas y veras, el Manco de Lepanto no deja de poner en solfa los más sólidos fundamentos de la mentalidad áurea: las relaciones maritales (El juez de los divorcios), las armas y las letras (La guarda cuidadosa), los celos (El viejo celoso), la justicia (La elección de los alcaldes de Daganzo), los casticismos más recalcitrantes (Retablo de las maravillas), etc.

Pero sin duda —como anticipamos— es en el terreno novelesco donde Cervantes logra imponerse a sus contemporáneos y donde obtiene logros capitales e imperecederos que le valdrían el título de creador de la novela moderna y aun de más grande novelista universal. En este género, sin acotar por las poéticas, encontraría el espacio suficiente para plasmar literariamente su compleja visión de las cosas, acertando de lleno en la elaboración de una fórmula literaria magistral, ya reconocida por sus contemporáneos y admirada por los mejores novelistas mundiales de todos los tiempos. En ella cuajarían sus mejores títulos: tras la concesión a la moda pastoril de La Galatea (1585), El ingenioso hidalgo (1605), las Novelas ejemplares (1613), la Segunda parte del ingenioso caballero (1615) y, póstumamente, la Historia de los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617). El genial escritor había hallado, ¡por fin!, su acomodo intelectual y, consciente de ello, renovó todos los géneros narrativos de su tiempo (caballeresca, pastoril, bizantina, picaresca, cortesana, etc.), atreviéndose, incluso, a «competir con Heliodoro», el novelista griego por antonomasia.

Y, sorprendentemente, para llevar a cabo tan descomunal empresa no contaba con más guía que su genio creativo, pues la novela se entendía por entonces a la italiana, como relato breve, y no estaba contemplada teóricamente en las retóricas. La fórmula novelesca aplicada hay que ir a buscarla a sus propias obras, y no pasa de unas cuantas claves un tanto desdibujadas: verismo poético de los hechos, admiración de los casos, verosimilitud de los planteamientos, ejemplaridad moral, decoro lingüístico, etc. Son los mismos principios, por otro lado, que rigen el resto de sus creaciones, siempre situadas en esa franja mágica que queda a caballo entre la vida y la literatura, la verdad y la ficción, la moral y la libertad… Sin más recursos, Cervantes alumbra un realismo fascinante, bautizado como «prismático» por muchos, donde sólo se salvaguarda el perspectivismo y la libertad de enfoque de quien habla, para mayor asombro y convencimiento de los que escuchamos.

La Galatea responde ya a ese universo creativo, aunque, obra primeriza, lo ofrece sólo en esbozo. En buena

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