Loading...

DON QUIJOTE DE LA MANCHA

Miguel de Cervantes  

0


Fragmento

Índice

Portadilla

Nota preliminar de Francisco Rico

El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha I

Tasa y Testimonio de las erratas

Privilegio real

Dedicatoria al Duque de Béjar

Prólogo

Al libro de don Quijote de la Mancha, Urganda la desconocida

Amadís de Gaula a don Quijote de la Mancha

Don Belianís de Grecia a don Quijote de la Mancha

La señora Oriana a Dulcinea del Toboso

Gandalín, escudero de Amadís de Gaula, a Sancho Panza, escudero de don Quijote

Del Donoso, poeta entreverado, a Sancho Panza y Rocinante

Orlando furioso a don Quijote de la Mancha

El Caballero del Febo a don Quijote de la Mancha

De Solisdán a don Quijote de la Mancha

Diálogo entre Babieca y Rocinante

Primera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Capítulo I. Que trata de la condición y ejercicio del famoso y valiente hidalgo don Quijote de la Mancha

Capítulo II. Que trata de la primera salida que de su tierra hizo el ingenioso don Quijote

Capítulo III. Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero

Capítulo IV. De lo que le sucedió a nuestro caballero cuando salió de la venta

Capítulo V. Donde se prosigue la narración de la desgracia de nuestro caballero

Capítulo VI. Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo

Capítulo VII. De la segunda salida de nuestro buen caballero don Quijote de la Mancha

Capítulo VIII. Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación

Segunda parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Capítulo IX. Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron

Capítulo X. De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses

Capítulo XI. De lo que le sucedió a don Quijote con unos cabreros

Capítulo XII. De lo que contó un cabrero a los que estaban con don Quijote

Capítulo XIII. Donde se da fin al cuento de la pastora Marcela, con otros sucesos

Capítulo XIV. Donde se ponen los versos desesperados del difunto pastor, con otros no esperados sucesos

Tercera parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Capítulo XV. Donde se cuenta la desgraciada aventura que se topó don Quijote en topar con unos desalmados yangüeses

Capítulo XVI. De lo que le sucedió al ingenioso hidalgo en la venta que él se imaginaba ser castillo

Capítulo XVII. Donde se prosiguen los innumerables trabajos que el bravo don Quijote y su buen escudero Sancho Panza pasaron en la venta que por su mal pensó que era castillo

Capítulo XVIII. Donde se cuentan las razones que pasó Sancho Panza con su señor don Quijote, con otras aventuras dignas de ser contadas

Capítulo XIX. De las discretas razones que Sancho pasaba con su amo y de la aventura que le sucedió con un cuerpo muerto, con otros acontecimientos famosos

Capítulo XX. De la jamás vista ni oída aventura que con más poco peligro fue acabada de famoso caballero en el mundo como la que acabó el valeroso don Quijote de la Mancha

Capítulo XXI. Que trata de la alta aventura y rica ganancia del yelmo de Mambrino, con otras cosas sucedidas a nuestro invencible caballero

Capítulo XXII. De la libertad que dio don Quijote a muchos desdichados que mal de su grado los llevaban donde no quisieran ir

Capítulo XXIII. De lo que le aconteció al famoso don Quijote en Sierra Morena, que fue una de las más raras aventuras que en esta verdadera historia se cuenta

Capítulo XXIV. Donde se prosigue la aventura de la Sierra Morena

Capítulo XXV. Que trata de las extrañas cosas que en Sierra Morena sucedieron al valiente caballero de la Mancha, y de la imitación que hizo a la penitencia de Beltenebros

Capítulo XXVI. Donde se prosiguen las finezas que de enamorado hizo don Quijote en Sierra Morena

Capítulo XXVII. De cómo salieron con su intención el cura y el barbero, con otras cosas dignas de que se cuenten en esta grande historia

Cuarta parte del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha

Capítulo XXVIII. Que trata de la nueva y agradable aventura que al cura y barbero sucedió en la misma sierra

Capítulo XXIX. Que trata de la discreción de la hermosa Dorotea, con otras cosas de mucho gusto y pasatiempo

Capítulo XXX. Que trata del gracioso artificio y orden que se tuvo en sacar a nuestro enamorado caballero de la asperísima penitencia en que se había puesto

Capítulo XXXI. De los sabrosos razonamientos que pasaron entre don Quijote y Sancho Panza, su escudero, con otros sucesos

Capítulo XXXII. Que trata de lo que sucedió en la venta a toda la cuadrilla de don Quijote

Capítulo XXXIII. Donde se cuenta la novela del «Curioso impertinente»

Capítulo XXXIV. Donde se prosigue la novela del «Curioso impertinente»

Capítulo XXXV. Donde se da fin a la novela del «Curioso impertinente»

Capítulo XXXVI. Que trata de la brava y descomunal batalla que don Quijote tuvo con unos cueros de vino tinto, con otros raros sucesos que en la venta le sucedieron

Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la historia de la famosa infanta Micomicona, con otras graciosas aventuras

Capítulo XXXVIII. Que trata del curioso discurso que hizo don Quijote de las armas y las letras

Capítulo XXXIX. Donde el cautivo cuenta su vida y sucesos

Capítulo XL. Donde se prosigue la historia del cautivo

Capítulo XLI. Donde todavía prosigue el cautivo su suceso

Capítulo XLII. Que trata de lo que más sucedió en la venta y de otras muchas cosas dignas de saberse

Capítulo XLIII. Donde se cuenta la agradable historia del mozo de mulas, con otros extraños acaecimientos en la venta sucedidos

Capítulo XLIV. Donde se prosiguen los inauditos sucesos de la venta

Capítulo XLV. Donde se acaba de averiguar la duda del yelmo de Mambrino y de la albarda, y otras aventuras sucedidas, con toda verdad

Capítulo XLVI. De la notable aventura de los cuadrilleros y la gran ferocidad de nuestro buen caballero don Quijote

Capítulo XLVII. Del extraño modo con que fue encantado don Quijote de la Mancha, con otros famosos sucesos

Capítulo XLVIII. Donde prosigue el canónigo la materia de los libros de caballerías, con otras cosas dignas de su ingenio

Capítulo XLIX. Donde se trata del discreto coloquio que Sancho Panza tuvo con su señor don Quijote

Capítulo L. De las discretas altercaciones que don Quijote y el canónigo tuvieron, con otros sucesos

Capítulo LI. Que trata de lo que contó el cabrero a todos los que llevaban al valiente don Quijote

Capítulo LII. De la pendencia que don Quijote tuvo con el cabrero, con la rara aventura de los disciplinantes, a quien dio felice fin a costa de su sudor

El Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha II

Tasa, Fe de erratas, Aprobaciones y Privilegio

Prólogo al lector

Dedicatoria al Conde de Lemos

Capítulo I. De lo que el cura y el barbero pasaron con don Quijote cerca de su enfermedad

Capítulo II. Que trata de la notable pendencia que Sancho Panza tuvo con la sobrina y ama de don Quijote, con otros sujetos graciosos

Capítulo III. Del ridículo razonamiento que pasó entre don Quijote, Sancho Panza y el bachiller Sansón Carrasco

Capítulo IV. Donde Sancho Panza satisface al bachiller Sansón Carrasco de sus dudas y preguntas, con otros sucesos dignos de saberse y de contarse

Capítulo V. De la discreta y graciosa plática que pasó entre Sancho Panza y su mujer Teresa Panza, y otros sucesos dignos de felice recordación

Capítulo VI. De lo que le pasó a don Quijote con su sobrina y con su ama, y es uno de los importantes capítulos de toda la historia

Capítulo VII. De lo que pasó don Quijote con su escudero, con otros sucesos famosísimos

Capítulo VIII. Donde se cuenta lo que le sucedió a don Quijote yendo a ver su señora Dulcinea del Toboso

Capítulo IX. Donde se cuenta lo que en él se verá

Capítulo X. Donde se cuenta la industria que Sancho tuvo para encantar a la señora Dulcinea, y de otros sucesos tan ridículos como verdaderos

Capítulo XI. De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el carro o carreta de «Las Cortes de la Muerte»

Capítulo XII. De la extraña aventura que le sucedió al valeroso don Quijote con el bravo Caballero de los Espejos

Capítulo XIII. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque, con el discreto, nuevo y suave coloquio que pasó entre los dos escuderos

Capítulo XIV. Donde se prosigue la aventura del Caballero del Bosque

Capítulo XV. Donde se cuenta y da noticia de quién era el Caballero de los Espejos y su escudero

Capítulo XVI. De lo que sucedió a don Quijote con un discreto caballero de la Mancha

Capítulo XVII. De donde se declaró el último punto y extremo adonde llegó y pudo llegar el inaudito ánimo de don Quijote con la felicemente acabada aventura de los leones

Capítulo XVIII. De lo que sucedió a don Quijote en el castillo o casa del Caballero del Verde Gabán, con otras cosas extravagantes

Capítulo XIX. Donde se cuenta la aventura del pastor enamorado, con otros en verdad graciosos sucesos

Capítulo XX. Donde se cuentan las bodas de Camacho el rico, con el suceso de Basilio el pobre

Capítulo XXI. Donde se prosiguen las bodas de Camacho, con otros gustosos sucesos

Capítulo XXII. Donde se da cuenta de la grande aventura de la cueva de Montesinos, que está en el corazón de la Mancha, a quien dio felice cima el valeroso don Quijote de la Mancha

Capítulo XXIII. De las admirables cosas que el extremado don Quijote contó que había visto en la profunda cueva de Montesinos, cuya imposibilidad y grandeza hace que se tenga esta aventura por apócrifa

Capítulo XXIV. Donde se cuentan mil zarandajas tan impertinentes como necesarias al verdadero entendimiento de esta grande historia

Capítulo XXV. Donde se apunta la aventura del rebuzno y la graciosa del titerero, con las memorables adivinanzas del mono adivino

Capítulo XXVI. Donde se prosigue la graciosa aventura del titerero, con otras cosas en verdad harto buenas

Capítulo XXVII. Donde se da cuenta de quiénes eran maese Pedro y su mono, con el mal suceso que don Quijote tuvo en la aventura del rebuzno, que no la acabó como él quisiera y como lo tenía pensado

Capítulo XXVIII. De cosas que dice Benengeli que las sabrá quien le leyere, si las lee con atención

Capítulo XXIX. De la famosa aventura del barco encantado

Capítulo XXX. De lo que le avino a don Quijote con una bella cazadora

Capítulo XXXI. Que trata de muchas y grandes cosas

Capítulo XXXII. De la respuesta que dio don Quijote a su reprehensor, con otros graves y graciosos sucesos

Capítulo XXXIII. De la sabrosa plática que la duquesa y sus doncellas pasaron con Sancho Panza, digna de que se lea y de que se note

Capítulo XXXIV. Que cuenta de la noticia que se tuvo de cómo se había de desencantar la sin par Dulcinea del Toboso, que es una de las aventuras más famosas de este libro

Capítulo XXXV. Donde se prosigue la noticia que tuvo don Quijote del desencanto de Dulcinea, con otros admirables sucesos

Capítulo XXXVI. Donde se cuenta la extraña y jamás imaginada aventura de la dueña Dolorida, alias de la condesa Trifaldi, con una carta que Sancho Panza escribió a su mujer Teresa Panza

Capítulo XXXVII. Donde se prosigue la famosa aventura de la dueña Dolorida

Capítulo XXXVIII. Donde se cuenta la que dio de su mala andanza la dueña Dolorida

Capítulo XXXIX. Donde la Trifaldi prosigue su estupenda y memorable historia

Capítulo XL. De cosas que atañen y tocan a esta aventura y a esta memorable historia

Capítulo XLI. De la venida de Clavileño, con el fin de esta dilatada aventura

Capítulo XLII. De los consejos que dio don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la ínsula, con otras cosas bien consideradas

Capítulo XLIII. De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza

Capítulo XLIV. Cómo Sancho Panza fue llevado al gobierno, y de la extraña aventura que en el castillo sucedió a don Quijote

Capítulo XLV. De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula y del modo que comenzó a gobernar

Capítulo XLVI. Del temeroso espanto cencerril y gatuno que recibió don Quijote en el discurso de los amores de la enamorada Altisidora

Capítulo XLVII. Donde se prosigue cómo se portaba Sancho Panza en su gobierno

Capítulo XLVIII. De lo que le sucedió a don Quijote con doña Rodríguez, la dueña de la duquesa, con otros acontecimientos dignos de escritura y de memoria eterna

Capítulo XLIX. De lo que le sucedió a Sancho Panza rondando su ínsula

Capítulo L. Donde se declara quién fueron los encantadores y verdugos que azotaron a la dueña y pellizcaron y arañaron a don Quijote, con el suceso que tuvo el paje que llevó la carta a Teresa Sancha, mujer de Sancho Panza

Capítulo LI. Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos

Capítulo LII. Donde se cuenta la aventura de la segunda dueña Dolorida, o Angustiada, llamada por otro nombre doña Rodríguez

Capítulo LIII. Del fatigado fin y remate que tuvo el gobierno de Sancho Panza

Capítulo LIV. Que trata de cosas tocantes a esta historia, y no a otra alguna

Capítulo LV. De cosas sucedidas a Sancho en el camino, y otras que no hay más que ver

Capítulo LVI. De la descomunal y nunca vista batalla que pasó entre don Quijote de la Mancha y el lacayo Tosilos en la defensa de la hija de la dueña doña Rodríguez

Capítulo LVII. Que trata de cómo don Quijote se despidió del duque y de lo que le sucedió con la discreta y desenvuelta Altisidora, doncella de la duquesa

Capítulo LVIII. Que trata de cómo menudearon sobre don Quijote aventuras tantas, que no se daban vagar unas a otras

Capítulo LIX. Donde se cuenta del extraordinario suceso, que se puede tener por aventura, que le sucedió a don Quijote

Capítulo LX. De lo que sucedió a don Quijote yendo a Barcelona

Capítulo LXI. De lo que le sucedió a don Quijote en la entrada de Barcelona, con otras cosas que tienen más de lo verdadero que de lo discreto

Capítulo LXII. Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse

Capítulo LXIII. De lo mal que le avino a Sancho Panza con la visita de las galeras, y la nueva aventura de la hermosa morisca

Capítulo LXIV. Que trata de la aventura que más pesadumbre dio a don Quijote de cuantas hasta entonces le habían sucedido

Capítulo LXV. Donde se da noticia de quién era el de la Blanca Luna, con la libertad de don Gregorio, y de otros sucesos

Capítulo LXVI. Que trata de lo que verá el que lo leyere o lo oirá el que lo escuchare leer

Capítulo LXVII. De la resolución que tomó don Quijote de hacerse pastor y seguir la vida del campo en tanto que se pasaba el año de su promesa, con otros sucesos en verdad gustosos y buenos

Capítulo LXVIII. De la cerdosa aventura que le aconteció a don Quijote

Capítulo LXIX. Del más raro y más nuevo suceso que en todo el discurso de esta grande historia avino a don Quijote

Capítulo LXX. Que sigue al de sesenta y nueve y trata de cosas no excusadas para la claridad de esta historia

Capítulo LXXI. De lo que a don Quijote le sucedió con su escudero Sancho yendo a su aldea

Capítulo LXXII. De cómo don Quijote y Sancho llegaron a su aldea

Capítulo LXXIII. De los agüeros que tuvo don Quijote al entrar de su aldea, con otros sucesos que adornan y acreditan esta grande historia

Capítulo LXXIV. De cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte

Nota complementaria. La pérdida del rucio según la segunda y la tercera edición

Anexos

Un prólogo al «Quijote»

Nota al texto

Esta edición

Vida y obras de Cervantes

Observaciones sobre la lengua del «Quijote»

Guía bibliográfica

Ilustraciones

La España del «Quijote»

La Mancha y entornos

El Mediterráneo e itinerario del Cautivo

Cueva de Montesinos

Barcelona a mediados del siglo XVI

Armadura del siglo XVI

Venta de Alhama y planta de la Posada del Potro

Página del «Amadís de Gaula»

Portada de la «Crónica del Gran Capitán»

Portada de la «Crónica de don Florisel»

Portada de la edición de Manuel Martín (1765)

Grabado de la edición de Ibarra (1780)

Índices

Refranes

Temas y pasajes memorables

Citas, obras y autores

Nombres

Palabras, locuciones y modismos

Sinopsis

Primera parte

Segunda parte

Créditos

EL INGENIOSO HIDALGO don Quijote de la Mancha se publicó en Madrid con fecha de 1605, a expensas del librero Francisco de Robles e impreso por Juan de la Cuesta. El autor, Miguel de Cervantes (Alcalá de Henares, 1547-Madrid, 1616), era hijo de un modesto “cirujano” (es decir, practicante), había servido en los tercios de Italia, luchando y siendo herido en la batalla de Lepanto (1571), y había sufrido cinco años de cautiverio en Argel. De vuelta en España, intentó en vano conseguir un cargo de algún relieve y subsistió como comisario de abastos en Andalucía, escribiendo para el teatro, colaborando en negocios editoriales y tratos financieros, administrando los bienes de su esposa o socorrido por el Conde de Lemos. La conducta de las mujeres de su familia fue a menudo objeto de escándalo, pero del Cervantes íntimo se sabe bien poco: apenas consta sino que en los últimos años extremó su religiosidad.

Tanto en verso como en prosa, Cervantes aspiró siempre a alcanzar un público amplio, con obras «de honesto entretenimiento, que deleiten con el lenguaje y admiren y suspendan con la invención» (Quijote, II, 16), sin merma de la verosimilitud y la coherencia. En el decenio de 1580 había estrenado con buen éxito varias comedias y dado a la luz una ficción pastoril, La Galatea, pero en 1605 se le consideraba un escritor pasado de moda, al margen de la prestigiosa vanguardia literaria de un Lope de Vega o un Luis de Góngora. El Ingenioso hidalgo, que había comenzado a escribir fragmentariamente bastantes años atrás, le ganó una inmensa popularidad, que sin embargo él no se dio prisa en acrecentar ni explotar sacando nuevos libros: las Novelas ejemplares no quiso publicarlas hasta 1613, y la continuación del Ingenioso hidalgo (que los editores titularon Segunda parte del ingenioso caballero don Quijote de la Mancha) tuvo que esperar a 1615. Cervantes no llegó a dar la última mano a Los trabajos de Persiles y Sigismunda, la novela de aventuras que reputaba como su obra maestra y que se publicó póstuma en 1617.

En el presente volumen se ofrece un texto crítico del Quijote establecido a partir del examen de todas las ediciones significativas, antiguas y modernas, y con la aplicación de los métodos filológicos más rigurosos. Las notas son tan abundantes como ha parecido necesario para asegurar una adecuada comprensión, pero se han redactado siempre con la máxima claridad y concisión y se han dispuesto del modo que menos pesara sobre el texto cervantino y menos coartara la libertad del lector.

En los «Anexos», al final del volumen, se incluyen un estudio de conjunto de la novela, la justificación de los criterios textuales y gráficos adoptados, e informaciones sobre la vida y escritos de Cervantes, la lengua del Quijote y la bibliografía de la obra, así como varios mapas, esquemas e ilustraciones que complementan la anotación a pie de página. Para que el lector pueda más fácilmente hacerse una idea de determinados contenidos (refranes, citas, etc.) y apreciar la riqueza del lenguaje cervantino, los copiosos índices se han distribuido bajo diversos epígrafes. La «Sinopsis del argumento» permite localizar rápidamente los principales episodios del relato.

Francisco Rico

Como era frecuente en la época, todos los elementos de la portada se presentan sintácticamente enlazados entre sí («El ingenioso hidalgo…, compuesto por…, dirigido a…, véndese…»), pero distinguidos por los tipos y tamaños (mayúsculas, cursiva, etc.).

La composición tipográfica se centra en torno a un emblema utilizado por diversos impresores, desde el siglo XV: un halcón en la mano del cazador y con la cabeza cubierta por un capirote que se le quitará cuando llegue el momento de acometer su presa; al fondo, un león dormido con los ojos abiertos; el lema en latín (‘Tras las tinieblas espero la luz’) procede del libro de Job, XVII, 12.

El emblema es una de la varias marcas empleadas en la imprenta de Pedro Madrigal († 1593), que durante unos años (hasta 1607) estuvo regida por Juan de la Cuesta, yerno de la propietaria. El editor de la obra fue el librero y negociante Francisco de Robles, especializado en publicaciones oficiales y obras jurídicas; y fue Robles quien determinó y financió todos los aspectos del volumen, que Cuesta se limitó a confeccionar materialmente.

TASA[1]

Yo, Juan Gallo de Andrada, escribano de Cámara del Rey nuestro Señor, de los que residen en el su Consejo, certifico y doy fe que, habiéndose visto por los señores de él un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha,[2] compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra, tasaron cada pliego[3] del dicho libro a tres maravedís y medio;[4] el cual tiene ochenta y tres pliegos, que al dicho precio monta el dicho libro doscientos y noventa maravedís y medio, en que se ha de vender en papel;[5] y dieron licencia para que a este precio se pueda vender, y mandaron que esta tasa se ponga al principio del dicho libro, y no se pueda vender sin ella. Y para que de ello conste, di el presente en Valladolid, a veinte días del mes de diciembre de mil y seiscientos y cuatro años.

Juan Gallo de Andrada

TESTIMONIO DE LAS ERRATAS

Este libro no tiene cosa digna de notar que no corresponda a su original.[6] En testimonio de lo haber correcto di esta fe. En el Colegio de la Madre de Dios de los Teólogos de la Universidad de Alcalá, en primero de diciembre de 1604 años.

El Licenciado Francisco Murcia de la Llana[7]

NOTAS A LA TASA Y AL TESTIMONIO DE LAS ERRATAS

[1] Los libros de la época debían insertar al principio una serie de documentos análogos al copyright, el depósito legal y otros requisitos modernos: la Tasa, con el precio de venta al público, de acuerdo con el número de pliegos; el Testimonio o fe de erratas, para certificar que el texto impreso se adecuaba al manuscrito presentado para su censura, salvo en las erratas expresamente señaladas; el privilegio real, con indicación del plazo durante el cual se autorizaba la publicación; y la licencia o Aprobación, eclesiástica, civil o de ambas procedencias, que en el caso de la Primera parte del Quijote, sin embargo, no llegó a imprimirse (véase la n. 16). Según es obvio, los preliminares administrativos no forman parte del texto del Quijote y en la presente edición se publican a mero título de curiosidad documental, como, por ejemplo, el facsímil de la portada.

[2] Con esa forma del título pidió Cervantes la licencia oficial para publicar el Quijote, presentándolo como «de lectura curiosa, apacible y de grande ingenio».

[3] ‘cuadernillo, hoja de papel que, doblada una o varias veces, se agrupa con otras del mismo tipo para formar un libro’.

[4] El maravedí era la principal unidad monetaria. Un real tenía 34 maravedíes. En 1605, alrededor de un quilo de carnero costaba en Castilla unos 28 maravedíes; un pollo, 55; una docena de huevos, 63.

[5] ‘sin encuadernar’.

[6] Copia en limpio visada por la censura y usada en la imprenta para la composición del libro.

[7] Francisco Murcia de la Llana, médico, escritor y corrector de libros, firmó el testimonio de erratas de la mayoría de las obras de Cervantes.

EL REY

Por cuanto por parte de vos, Miguel de Cervantes, nos fue fecha relación que habíades compuesto un libro intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, el cual os había costado mucho trabajo y era muy útil y provechoso, y nos pedistes y suplicastes[8] os mandásemos dar licencia y facultad para le poder imprimir, y privilegio por el tiempo que fuésemos servidos, o como la nuestra merced fuese; lo cual visto por los del nuestro Consejo, por cuanto en el dicho libro se hicieron las diligencias que la premática últimamente por Nos fecha sobre la impresión de los libros dispone,[9] fue acordado que debíamos mandar dar esta nuestra cédula para vos, en la dicha razón, y Nos tuvímoslo por bien. Por la cual, por os hacer bien y merced, os damos licencia y facultad para que vos, o la persona que vuestro poder hubiere, y no otra alguna, podáis imprimir el dicho libro, intitulado El ingenioso hidalgo de la Mancha, que desuso se hace mención,[10] en todos estos nuestros reinos de Castilla,[11] por tiempo y espacio de diez años,[12] que corran y se cuenten desde el dicho día de la data de esta nuestra cédula. So pena que la persona o personas que sin tener vuestro poder lo imprimiere o vendiere, o hiciere imprimir o vender, por el mismo caso pierda la impresión que hiciere, con los moldes y aparejos de ella, y más incurra en pena de cincuenta mil maravedís, cada vez que lo contrario hiciere. La cual dicha pena sea la tercia parte para la persona que lo acusare, y la otra tercia parte para nuestra Cámara, y la otra tercia parte para el juez que lo sentenciare. Con tanto que todas las veces que hubiéredes de hacer imprimir el dicho libro, durante el tiempo de los dichos diez años, le traigáis al nuestro Consejo, juntamente con el original que en él fue visto, que va rubricado cada plana y firmado al fin de él de Juan Gallo de Andrada, nuestro escribano de Cámara, de los que en él residen, para saber si la dicha impresión está conforme el original;[13] o traigáis fe en pública forma de como por corrector nombrado por nuestro mandado se vio y corrigió la dicha impresión por el original, y se imprimió conforme a él, y quedan impresas las erratas por él apuntadas, para cada un libro de los que así fueren impresos, para que se tase el precio que por cada volumen hubiéredes de haber. Y mandamos al impresor que así imprimiere el dicho libro no imprima el principio ni el primer pliego de él,[14] ni entregue más de un solo libro con el original al autor, o persona a cuya costa lo imprimiere, ni otro alguno, para efecto de la dicha corrección y tasa, hasta que antes y primero el dicho libro esté corregido y tasado por los del nuestro Consejo; y estando hecho, y no de otra manera, pueda imprimir el dicho principio y primer pliego, y sucesivamente ponga esta nuestra cédula y la aprobación, tasa y erratas, so pena de caer e incurrir en las penas contenidas en las leyes y premáticas de estos nuestros reinos. Y mandamos a los del nuestro Consejo y a otras cualesquier justicias de ellos guarden y cumplan esta nuestra cédula y lo en ella contenido. Fecha en Valladolid, a veinte y seis días del mes de setiembre de mil y seiscientos y cuatro años.

YO EL REY

Por mandado del Rey nuestro Señor:

Juan de Amézqueta[15]

APROBACIÓN[16]

Por mandado de Vuestra Alteza he visto un libro llamado El ingenioso hidalgo de la Mancha compuesto por Miguel de Cervantes Saavedra y me parece, siendo de ello Vuestra Alteza servido, que se le podrá dar licencia para imprimirle, porque será de gusto y entretenimiento al pueblo, a lo cual en regla de buen gobierno se debe de tener atención,[17] allende de que no hallo en él cosa contra policía y buenas costumbres. Y lo firmé de mi nombre, en Valladolid, a XI de setiembre 1604.

Antonio de Herrera[18]

NOTAS AL PRIVILEGIO REAL

[8] En la época no se usaban aún las formas acabadas en -steis.

[9] Pragmática de 7 de septiembre de 1558, que regula la impresión de libros y el proceso de censura previa; en 1590 se completó con otras disposiciones.

[10] ‘mencionado más arriba’.

[11] La segunda edición, de 1605, añade el privilegio para Portugal, y dice tenerlo para Aragón.

[12] Era el lapso de tiempo más frecuente en los privilegios de impresión; Cervantes lo había pedido por veinte años.

[13] ‘conforme al original’.

[14] El primer pliego contenía la portada y los preliminares con la tasa y demás documentos.

[15] Consejero y secretario de Cámara de Felipe III.

[16] La imprenta tenía previsto incluir cuando menos esta aprobación junto a la tasa y la fe de erratas, pero, por alguna razón accidental, no llegó a hacerlo. El texto ha sido descubierto en 2008 por Fernando Bouza en el Archivo Histórico Nacional.

[17] La aprobación despacha el Quijote con las mismas fórmulas condescendientes que en multitud de otros textos análogos y en otros libros del propio Cervantes. Los biempensantes de la época no pasaban de tolerar las obras de ficción como mal menor, para dar «gusto y entretenimiento al pueblo».

[18] Historiador y cronista de amplia producción (1549-1626), bien situado en la sociedad y en la Corte, intervino en la publicación de un opúsculo (sobre unas fiestas vallisoletanas de 1605) en cuya preparación se ha conjeturado que tuvo que ver Cervantes.

AL DUQUE DE BÉJAR[1]

MARQUÉS DE GIBRALEÓN, CONDE DE BENALCÁZAR Y BAÑARES, VIZCONDE DE LA PUEBLA DE ALCOCER, SEÑOR DE LAS VILLAS DE CAPILLA, CURIEL Y BURGUILLOS

En fe del buen acogimiento y honra que hace Vuestra Excelencia a toda suerte de libros, como príncipe tan inclinado a favorecer las buenas artes, mayormente las que por su nobleza no se abaten al servicio y granjerías del vulgo,[2] he determinado de sacar a luz al Ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha al abrigo del clarísimo nombre de Vuestra Excelencia, a quien, con el acatamiento que debo a tanta grandeza, suplico le reciba agradablemente en su protección, para que a su sombra, aunque desnudo de aquel precioso ornamento de elegancia y erudición de que suelen andar vestidas las obras que se componen en las casas de los hombres que saben, ose parecer seguramente[3] en el juicio de algunos que, no conteniéndose en los límites de su ignorancia, suelen condenar con más rigor y menos justicia los trabajos ajenos; que, poniendo los ojos la prudencia de Vuestra Excelencia en mi buen deseo, fío que no desdeñará la cortedad de tan humilde servicio.

Miguel de Cervantes Saavedra

NOTAS A LA DEDICATORIA AL DUQUE DE BÉJAR

[1] Don Alonso López de Zúñiga y Sotomayor, duque de Béjar desde 1601; en 1604 residía en Valladolid con la corte. La dedicatoria que sigue, sustancialmente tomada de otra de Fernando de Herrera, no salió de la pluma de Cervantes, sino que debe atribuirse al editor, Francisco de Robles.

[2] granjerías: ‘intereses’.

[3] ‘con seguridad, sin miedo’.

PRÓLOGO

Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que quisiera que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse.[1] Pero no he podido yo contravenir al orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante. Y, así, ¿qué podía engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío, sino la historia de un hijo seco, avellanado,[2] antojadizo y lleno de pensamientos varios[3] y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel,[4] donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación? El sosiego, el lugar apacible, la amenidad de los campos, la serenidad de los cielos, el murmurar de las fuentes, la quietud del espíritu son grande parte[5] para que las musas más estériles se muestren fecundas y ofrezcan partos al mundo que le colmen de maravilla y de contento. Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires. Pero yo, que, aunque parezco padre, soy padrastro de don Quijote, no quiero irme con la corriente del uso,[6] ni suplicarte casi con las lágrimas en los ojos, como otros hacen, lector carísimo, que perdones o disimules las faltas que en este mi hijo vieres, que ni eres su pariente ni su amigo, y tienes tu alma en tu cuerpo y tu libre albedrío como el más pintado,[7] y estás en tu casa, donde eres señor de ella, como el rey de sus alcabalas,[8] y sabes lo que comúnmente se dice, que «debajo de mi manto, al rey mato»,[9] todo lo cual te exenta[10] y hace libre de todo respeto y obligación, y, así, puedes decir de la historia todo aquello que te pareciere, sin temor que te calumnien por el mal ni te premien por el bien que dijeres de ella.

Sólo quisiera dártela monda y desnuda, sin el ornato de prólogo, ni de la innumerabilidad y catálogo de los acostumbrados sonetos, epigramas y elogios que al principio de los libros suelen ponerse.[11] Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille,[12] y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete[13] y la mano en la mejilla, pensando lo que diría, entró a deshora[14] un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo,[15] me preguntó la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz así las hazañas de tan noble caballero.[16]

—Porque ¿cómo queréis vos que no me tenga confuso el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo cuando vea que, al cabo de tantos años como ha que duermo en el silencio del olvido, salgo ahora, con todos mis años a cuestas, con una leyenda seca como un esparto,[17] ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina, sin acotaciones en las márgenes y sin anotaciones en el fin del libro, como veo que están otros libros, aunque sean fabulosos y profanos, tan llenos de sentencias de Aristóteles, de Platón y de toda la caterva de filósofos, que admiran a los leyentes y tienen a sus autores por hombres leídos, eruditos y elocuentes?[18] Pues ¿qué, cuando citan la Divina Escritura? No dirán sino que son unos santos Tomases y otros doctores de la Iglesia, guardando en esto un decoro tan ingenioso,[19] que en un renglón han pintado un enamorado destraído[20] y en otro hacen un sermoncico cristiano, que es un contento y un regalo oílle o leelle. De todo esto ha de carecer mi libro, porque ni tengo qué acotar en el margen, ni qué anotar en el fin, ni menos sé qué autores sigo en él, para ponerlos al principio, como hacen todos, por las letras del abecé, comenzando en Aristóteles y acabando en Xenofonte y en Zoílo o Zeuxis,[21] aunque fue maldiciente el uno y pintor el otro. También ha de carecer mi libro de sonetos al principio, a lo menos de sonetos cuyos autores sean duques, marqueses, condes, obispos, damas o poetas celebérrimos; aunque si yo los pidiese a dos o tres oficiales amigos,[22] yo sé que me los darían, y tales, que no les igualasen los de aquellos que tienen más nombre en nuestra España. En fin, señor y amigo mío –proseguí–, yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente[23] soy poltrón[24] y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos. De aquí nace la suspensión y elevamiento,[25] amigo, en que me hallastes, bastante causa para ponerme en ella la que de mí habéis oído.[26]

Oyendo lo cual mi amigo, dándose una palmada en la frente y disparando en una carga de risa,[27] me dijo:

—Por Dios, hermano, que ahora me acabo de desengañar de un engaño en que he estado todo el mucho tiempo que ha que os conozco, en el cual siempre os he tenido por discreto y prudente en todas vuestras acciones. Pero ahora veo que estáis tan lejos de serlo como lo está el cielo de la tierra. ¿Cómo que es posible que cosas de tan poco momento[28] y tan fáciles de remediar puedan tener fuerzas de suspender y absortar un ingenio tan maduro como el vuestro,[29] y tan hecho a romper y atropellar por otras dificultades mayores? A la fe, esto no nace de falta de habilidad, sino de sobra de pereza y penuria de discurso. ¿Queréis ver si es verdad lo que digo? Pues estadme atento y veréis como en un abrir y cerrar de ojos confundo todas vuestras dificultades y remedio todas las faltas que decís que os suspenden y acobardan para dejar de sacar a la luz del mundo la historia de vuestro famoso don Quijote, luz y espejo de toda la caballería andante.

—Decid –le repliqué yo, oyendo lo que me decía–, ¿de qué modo pensáis llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión?

A lo cual él dijo:

—Lo primero en que reparáis de los sonetos, epigramas o elogios que os faltan para el principio, y que sean de personajes graves y de título, se puede remediar en que vos mismo toméis algún trabajo en hacerlos, y después los podéis bautizar y poner el nombre que quisiéredes, ahijándolos[30] al Preste Juan de las Indias o al Emperador de Trapisonda,[31] de quien[32] yo sé que hay noticia que fueron famosos poetas;[33] y cuando no lo hayan sido y hubiere algunos pedantes y bachilleres que por detrás os muerdan y murmuren de esta verdad, no se os dé dos maravedís, porque, ya que[34] os averigüen la mentira, no os han de cortar la mano con que lo escribistes. En lo de citar en las márgenes los libros y autores de donde sacáredes las sentencias y dichos que pusiéredes en vuestra historia, no hay más sino hacer de manera que venga a pelo algunas sentencias o latines que vos sepáis de memoria, o a lo menos que os cuesten poco trabajo el buscalle, como será poner, tratando de libertad y cautiverio:

Non bene pro toto libertas venditur auro.[35]

Y luego, en el margen, citar a Horacio, o a quien lo dijo.[36] Si tratáredes del poder de la muerte, acudir luego con

Pallida mors aequo pulsat pede pauperum tabernas
Regumque turres.[37]

Si de la amistad y amor que Dios manda que se tenga al enemigo, entraros luego al punto por la Escritura Divina, que lo podéis hacer con tantico de curiosidad[38] y decir las palabras, por lo menos, del mismo Dios:[39] «Ego autem dico vobis: diligite inimicos vestros». Si tratáredes de malos pensamientos, acudid con el Evangelio: «De corde exeunt cogitationes malae».[40] Si de la instabilidad de los amigos, ahí está Catón, que os dará su dístico:

Donec eris felix, multos numerabis amicos.
Tempora si fuerint nubila, solus eris.[41]

Y con estos latinicos y otros tales os tendrán siquiera por gramático,[42] que el serlo no es de poca honra y provecho el día de hoy. En lo que toca al poner anotaciones al fin del libro, seguramente[43] lo podéis hacer de esta manera: si nombráis algún gigante en vuestro libro, hacelde[44] que sea el gigante Golías, y con solo esto, que os costará casi nada, tenéis una grande anotación, pues podéis poner: «El gigante Golías, o Goliat, fue un filisteo a quien el pastor David mató de una gran pedrada, en el valle de Terebinto, según se cuenta en el libro de los Reyes…»,[45] en el capítulo que vos halláredes que se escribe. Tras esto, para mostraros hombre erudito en letras humanas y cosmógrafo, haced de modo como en vuestra historia se nombre el río Tajo,[46] y vereisos luego con otra famosa anotación, poniendo: «El río Tajo fue así dicho por un rey de las Españas; tiene su nacimiento en tal lugar y muere en el mar Océano, besando los muros de la famosa ciudad de Lisboa, y es opinión que tiene las arenas de oro», etc. Si tratáredes de ladrones, yo os diré la historia de Caco,[47] que la sé de coro;[48] si de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Laida y Flora,[49] cuya anotación os dará gran crédito; si de crueles, Ovidio os entregará a Medea;[50] si de encantadores y hechiceras, Homero tiene a Calipso y Virgilio a Circe;[51] si de capitanes valerosos, el mismo Julio César os prestará a sí mismo en sus Comentarios,[52] y Plutarco os dará mil Alejandros.[53] Si tratáredes de amores, con dos onzas[54] que sepáis de la lengua toscana,[55] toparéis con León Hebreo[56] que os hincha las medidas.[57] Y si no queréis andaros por tierras extrañas, en vuestra casa tenéis a Fonseca, Del amor de Dios,[58] donde se cifra todo lo que vos y el más ingenioso acertare a desear en tal materia. En resolución, no hay más sino que vos procuréis nombrar estos nombres, o tocar estas historias en la vuestra, que aquí he dicho, y dejadme a mí el cargo de poner las anotaciones y acotaciones; que yo os voto a tal[59] de llenaros las márgenes y de gastar cuatro pliegos en el fin del libro. Vengamos ahora a la citación de los autores que los otros libros tienen, que en el vuestro os faltan. El remedio que esto tiene es muy fácil, porque no habéis de hacer otra cosa que buscar un libro que los acote todos, desde la A hasta la Z, como vos decís. Pues ese mismo abecedario pondréis vos en vuestro libro; que puesto que[60] a la clara se vea la mentira, por la poca necesidad que vos teníades de aprovecharos de ellos, no importa nada, y quizá alguno habrá tan simple que crea que de todos os habéis aprovechado en la simple y sencilla historia vuestra; y cuando no sirva de otra cosa, por lo menos servirá aquel largo catálogo de autores a dar de improviso autoridad al libro. Y más, que no habrá quien se ponga a averiguar si los seguistes o no los seguistes, no yéndole nada en ello. Cuanto más que, si bien caigo en la cuenta, este vuestro libro no tiene necesidad de ninguna cosa de aquellas que vos decís que le falta, porque todo él es una invectiva contra los libros de caballerías, de quien nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San Basilio, ni alcanzó Cicerón,[61] ni caen debajo de la cuenta de sus fabulosos disparates las puntualidades de la verdad, ni las observaciones de la astrología,[62] ni le son de importancia las medidas geométricas, ni la confutación de los argumentos de quien se sirve la retórica, ni tiene para qué predicar a ninguno, mezclando lo humano con lo divino, que es un género de mezcla de quien no se ha de vestir ningún cristiano entendimiento.[63] Sólo tiene que aprovecharse de la imitación en lo que fuere escribiendo, que, cuanto ella fuere más perfecta, tanto mejor será lo que se escribiere. Y pues esta vuestra escritura no mira a más que a deshacer la autoridad y cabida que en el mundo y en el vulgo tienen los libros de caballerías, no hay para qué andéis mendigando sentencias de filósofos, consejos de la Divina Escritura, fábulas de poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos, sino procurar que a la llana, con palabras significantes, honestas y bien colocadas, salga vuestra oración y período sonoro y festivo,[64] pintando en todo lo que alcanzáredes y fuere posible vuestra intención, dando a entender vuestros conceptos sin intricarlos y escurecerlos. Procurad también que, leyendo vuestra historia, el melancólico se mueva a risa,[65] el risueño la acreciente, el simple no se enfade,[66] el discreto se admire de la invención, el grave no la desprecie, ni el prudente deje de alabarla. En efecto,[67] llevad la mira puesta a derribar la máquina mal fundada[68] de estos caballerescos libros, aborrecidos de tantos y alabados de muchos más; que, si esto alcanzásedes, no habríades alcanzado poco.

Con silencio grande estuve escuchando lo que mi amigo me decía, y de tal manera se imprimieron en mí sus razones, que, sin ponerlas en disputa, las aprobé por buenas y de ellas mismas quise hacer este prólogo, en el cual verás, lector suave, la discreción de mi amigo, la buena ventura mía en hallar en tiempo tan necesitado tal consejero, y el alivio tuyo en hallar tan sincera y tan sin revueltas la historia del famoso don Quijote de la Mancha, de quien hay opinión, por todos los habitadores del distrito del campo de Montiel,[69] que fue el más casto enamorado y el más valiente caballero que de muchos años a esta parte se vio en aquellos contornos. Yo no quiero encarecerte el servicio que te hago en darte a conocer tan noble y tan honrado caballero; pero quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas. Y con esto Dios te dé salud y a mí no olvide. Vale.[70]

NOTAS AL PRÓLOGO

[1] discreto: ‘juicioso y perspicaz’.

[2] ‘mustio’.

[3] ‘dispares, discordes’.

[4

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta