Loading...

DONDE LA PALABRA CALLA

Dr. Gustavo A. Berti   Alicia Schneider  

0


Fragmento

Agradecimientos

A nuestras familias.

A aquellos padres que desde el comienzo creyeron en esta propuesta inédita, trabajando incansablemente con amor y perseverancia a lo largo de los años, convirtiéndose así en protagonistas de esta historia. En esos nombres, los pioneros de nuestros grupos, están representados todos los padres que formaron parte, ayudando a construir lo que es hoy Renacer.

A Alicia y Néstor Monge, Any y Ricardo Mendizábal, Aldo y Chela Ponce, Delfina y Humberto Olivetti, Eva y Jorge Crivello, Susana y Jorge Dahl, Susana y Pedro Landa, Doris y Carlos Cerutti, Esther y Reynaldo Medina, Lydia y Edgardo Perucca,

A Susana y Horacio Scotta, a María Angélica y Hugo Izquierdo, a Susana y Norberto Raviolo, Cristina y Miguel Merlo por su permanente apoyo. A Silvina Oudshoorn, a Rubén Piñero (quienes llevaron adelante el primer intento gráfico de Renacer), a José y Tatá Divizia (quienes más tarde plasmaron en un boletín electrónico la tarea y pensamiento de Renacer).

A Norma Cabral y Chino Behar, Amalia Lafuente, a Enrique y Ana Conde, quienes desgrabaron nuestras charlas a lo largo de los años y realizaron la ardua tarea de pasarlas al papel para que llegaran a diferentes lugares del mundo.

A los hermanos.

A Viktor Frankl por su reconocimiento y apoyo en el inicio de nuestra tarea.

A Elisabeth Lukas por su respeto, apoyo y por compartir su experiencia en la Psicoterapia Humanista.

A Hugo Dopaso, con quien compartimos afecto e inquietudes sobre el morir y la muerte.

A Agustín Rebechi y Juan Antonio Durante por su reconfortante pensamiento y amistad.

A Tomás Abraham quien nos escuchó, alentó y apoyó en este proyecto.

A nuestras editoras Florencia Cambariere y Magalí Etchebarne quienes trabajaron con mucho cariño y respeto en el manuscrito original, ofreciendo sugerencias y aportes para que este libro se concretara.

Prólogo

por Tomás Abraham

Un día mi hija —psicóloga— me habló del grupo Renacer. En ese momento yo estaba escribiendo La empresa de vivir. La cuarta parte del texto se llama “Psicología” e intentaba presentar un fresco sobre la hipocondría global de la sociedad terapéutica de nuestros días. Tomé en serio la literatura de autoestima, leí algunos libros de los autores más conocidos del género. Mi libro, además de pensar lo que ocurría en la aldea global del fin de milenio, era una crítica a los prejuicios y convencionalismos de la intelectualidad que despreciaba a la literatura relacionada con el management y la gestión empresarial, la ignorancia de los temas económicos, y lo concerniente a las formas del dolor y su expresión en nuestra cultura. Fue en ese momento que me informé de las actividades que agrupan a padres que perdieron a sus hijos.

El grupo Renacer se inventó a sí mismo. Han construido una red de padres y madres en nuestro país y en otros para compartir la experiencia y buscar un sentido a la vida en homenaje a los hijos que se fueron. Hacen una crítica radical, severa, a todos los intentos de autocompasión, de abandono de sí, una crítica que sólo ellos pueden hacer, porque nace de la misma fuente doliente.

No buscan ninguna asesoría científica, médica, psicológica ni religiosa. En ese sentido, como dice Gustavo Berti, es una revolución cultural.

El dolor que se padece con la muerte de un hijo no es imaginable por quien no lo sufre. Sólo podemos aproximarnos con nuestra escucha y nuestra atención, para comprender algo de lo que hacen. Porque lo que sienten no es transmisible, salvo por quienes han padecido la misma herida. Nos dicen que no existe en nuestra lengua una palabra que nombre a un padre que perdió a sus hijos. Decir que no hay nombre no quiere decir que no haya cosa sino que no se ha pensado en la cosa.

Porque de dolor se trataba. Y no de la felicidad. Mis lecturas de Michel Foucault me descubrieron el pensamiento de los filósofos estoicos, en especial de Séneca, y en aquellos días, además, leía la obra de Primo Levi.

Sintetizo el marco de referencia filosófica de los clásicos con relación al sufrimiento. La preceptiva estoica es una derivación de las enseñanzas de Sócrates y del legado griego. El logos manda. La razón impera. Es nuestro timón. Saber gobernar la nave de la vida nos libera de las sujeciones de la pasión.

Los filósofos de la antigüedad eran conscientes de la premura y de las exigencias a las que nos someten los impulsos corporales. Platón, cuando decía que el cuerpo es la cárcel del alma, no sólo hablaba de un encierro sino de un sometimiento, de una pasividad. Pero el filósofo ateniense consideraba que sólo la muerte nos libera y que la vida es una preparación para la muerte.

El estoicismo moral propone una vía intermedia. El historiador Paul Veyne dice que los estoicos diseñaron un sistema inmunológico a prueba de dolores. La finalidad consiste en saber soportar el infortunio, la desdicha, pero a diferencia del cristianismo que en sus albores lo justificaba por el vía crucis de nuestra vida terrena, en este caso, hay una apuesta a la comprensión, a la integración de nuestra vida individual en la totalidad del orden cósmico.

Por eso afirmaba Séneca: “Hay destino, pero también hay azar… filosofemos”.

Filtrar nuestras impresiones y representaciones, pasarlos por la criba racional, separar la paja del

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta