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DOS CHICAS DE SHANGHAI

Lisa See  

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Fragmento

Chicas bonitas

—Con esas mejillas tan coloradas, nuestra hija parece una campesina del sur de China —protesta mi padre, ignorando deliberadamente la sopa que tiene delante—. ¿No puedes hacer nada para remediarlo?

Mama se queda mirándolo, pero ¿qué va a decir? Yo tengo un rostro bonito —hay quienes lo consideran adorable—, pero no tan luminoso como las perlas que me dan nombre. Me ruborizo con facilidad. Además, mis mejillas capturan el sol. Cuando cumplí cinco años, mi madre empezó a frotarme la cara y los brazos con cremas a base de perlas, y a poner perlas molidas en las gachas de arroz del desayuno, que llamamos jook, con la esperanza de que esa esencia blanca impregnara mi piel. Pero no ha funcionado. Ahora me arden las mejillas, y eso es exactamente lo que odia mi padre. Me encojo en la silla. Siempre me encojo en presencia de baba, pero aún más cuando él aparta la vista de mi hermana y me mira. Soy más alta que mi padre, y eso no lo soporta. Vivimos en Shanghai, donde el coche más alto, el muro más alto o el edificio más alto transmiten el mensaje claro e inequívoco de que su propietario es una persona de gran importancia. Y yo no soy una persona importante.

—Pearl se cree muy lista —continúa baba. Lleva un traje de estilo occidental, de buen corte. En su cabello sólo se aprecian algunos mechones canosos. Últimamente se lo ve nervioso, pero hoy está más malhumorado de lo habitual. Quizá no haya ganado su caballo favorito, o los dados no hayan caído del lado que quería—. Pero es todo menos lista.

Otra crítica típica de mi padre, extraída de Confucio, que escribió: «Una mujer culta es una mujer indigna.» La gente dice que soy un ratón de biblioteca, y eso, en 1937, no se considera un cumplido precisamente. Pero mi inteligencia no me ayuda a protegerme de las palabras de baba.

La mayoría de las familias comen en una mesa redonda, formando un todo unido, sin cantos afilados entre ellos. Nosotros tenemos una mesa cuadrada de teca, y siempre ocupamos el mismo sitio: mi padre junto a mi hermana May, en un lado de la mesa, y mi madre enfrente de ella, para que los dos puedan compartirla por igual. Todas las comidas, día tras día, año tras año, son un recordatorio de que yo no soy la hija favorita y nunca lo seré.

Mientras mi padre sigue enumerando mis defectos, lo aparto de mi pensamiento y finjo interesarme por nuestro comedor. Normalmente, en la pared contigua a la cocina hay colgados cuatro pergaminos que representan las cuatro estaciones. Esta noche los han retirado y en la pared han quedado unas tenues siluetas. Esos pergaminos no son lo único que falta. Antes teníamos un ventilador de techo, pero el año pasado a baba se le ocurrió que sería más distinguido que los sirvientes nos abanicaran mientras comíamos. Esta noche no están los sirvientes, y en la habitación hace un calor sofocante. Siempre iluminan la estancia una araña art déco y unos apliques a juego, de cristal grabado amarillo y rosa; pero hoy tampoco están. No le doy mucha importancia; deduzco que han quitado los pergaminos para evitar que los bordes de seda se doblen con la humedad, que baba les ha dado la noche libre a los criados para que celebren una boda o un cumpleaños con sus familias, y que han bajado temporalmente las lámparas para limpiarlas.

El cocinero —que no tiene esposa ni hijos— retira nuestros cuencos de sopa y sirve los platos de gambas con castañas de agua, cerdo estofado con salsa de soja, guarnición de verduras y brotes de bambú, anguila cocida al vapor, verduras Ocho Tesoros, y arroz, pero el calor me quita el apetito. Preferiría unos sorbos de zumo helado de ciruelas amargas, una sopa fría de judías verdes dulces con menta, o un caldo de almendras dulces.

Cuando mama dice: «Hoy el reparador de cestos me ha cobrado más de la cuenta», me relajo. Si las críticas que me dedica mi padre son predecibles, también es predecible que mi madre recite sus tribulaciones cotidianas. Está muy elegante, como siempre. Lleva un moño pulcramente recogido en la nuca con alfileres de ámbar. Su vestido, un cheongsam de seda azul oscuro con mangas tres cuartos, está expertamente confeccionado para adaptarse a su edad y categoría. En la muñeca luce un brazalete de jade tallado, de una sola pieza; el ruidito que produce al golpear contra la mesa resulta familiar y reconfortante. Mama lleva los pies vendados, y sigue otras muchas costumbres igualmente anticuadas. Nos pregunta qué hemos soñado e interpreta la presencia en nuestros sueños de agua, zapatos o dientes como buenos o malos augurios. Cree en la astrología, y a May y a mí nos recrimina o nos elogia por algo atribuyéndolo a que nacimos en el año de la Oveja y el del Dragón, respectivamente.

Mama tiene suerte. Su matrimonio concertado con baba parece relativamente apacible. Por la mañana lee sutras budistas; a la hora de comer coge un rickshaw y va a visitar a sus amigas, esposas de posición social similar a la suya; con ellas juega al majong hasta tarde y se queja del tiempo, la indolencia de los sirvientes y la ineficacia de sus últimos remedios para el hipo, la gota o las hemorroides. No tiene ningún motivo de inquietud, y sin embargo, su callada amargura y su persistente preocupación impregnan todas las historias que nos cuenta. «No hay finales felices», suele decir. Pero es hermosa, y sus andares de pies de loto son tan delicados como la oscilación de los tallos de bambú verdes agitados por la brisa primaveral.

—A esa criada perezosa de la casa de al lado se le ha caído el orinal de la familia Tso y ha puesto toda la calle perdida —dice—. ¡Y el cocinero! —Emite un débil silbido de desaprobación—. Nos ha servido unas gambas tan pasadas que el olor me ha quitado el apetito.

Nosotras no le llevamos la contraria, pero el olor que nos asfixia no proviene de los excrementos derramados ni de las gambas pasadas, sino de mama. Como hoy los sirvientes no han aireado la habitación, el olor a sangre y pus que rezuman los vendajes que mantienen la forma de los diminutos pies de mi madre se me pega a la garganta.

Ella todavía está enumerando sus quejas cuando baba la interrumpe:

—Esta noche no podéis salir, niñas. Quiero hablar con vosotras.

Se dirige a May, que lo mira y compone esa adorable sonrisa suya. No somos malas hijas, pero tenemos planes para esta noche, y quedarnos para que baba nos sermonee sobre la cantidad de agua que derrochamos al bañarnos o porque no comemos hasta el último grano de arroz de nuestros cuencos no entra en esos planes. Generalmente, baba reacciona ante el encanto de May devolviéndole la sonrisa y olvidando sus preocupaciones, pero ahora parpadea varias veces y luego me mira. Una vez más, me encojo en la silla. En ocasiones, pienso que ésta es mi única expresión sincera de amor filial: encogerme ante mi padre. Me considero una chica moderna de Shanghai. No quiero creer en esa doctrina de obediencia, obediencia y obediencia que les enseñaban a las niñas en el pasado. Pero la verdad es que May —por mucho que la adoren— y yo somos sólo chicas. Nadie perpetuará el apellido familiar, y nadie venerará como antepasados a nuestros padres cuando llegue el momento. Mi hermana y yo somos las últimas de la estirpe Chin. Cuando éramos pequeñas, nuestro nulo valor se traducía en que nuestros padres se interesaran muy poco por controlarnos. No merecíamos su preocupación ni su esfuerzo. Más tarde sucedió algo extraño: se enamoraron —loca, perdidamente— de su hija menor. Eso nos permitió conservar cierta libertad, de modo que lo

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