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DRáCULA

Bram Stoker  

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Fragmento

Título original: Dracula

Traducción: Nuria González Esteban

1.ª edición: octubre, 2016

© Ediciones B, S. A., 2016

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-557-9

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Diseño de portada e interior: Donagh I Matulich

Maquetación ebook: emicaurina@gmail.com

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

 

PRIMERA PARTE DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER

I. DIARIO DE JONATHAN HARKER

II. DIARIO DE JONATHAN HARKER

III. DEL DIARIO DE JONATHAN HARKER

IV. DIARIO DE JONATHAN HARKER

V. CARTA DE LA SEÑORITA MINA MURRAY A LA SEÑORITA LUCY WESTENRA

VI. DIARIO DE MINA MURRAY

VII. RECORTE DEL DAILYGRAPH, 8 DE AGOSTO

VIII. DIARIO DE MINA MURRAY

IX. CARTA DE MINA HARKER A LUCY WESTENRA

X. CARTA DEL DOCTOR SEWARD AL HONORABLE ARTHUR HOLMWOOD

XI. DIARIO DE LUCY WESTENRA

XII. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XIII. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XIV. DIARIO DE MINA HARKER

XV. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XVI. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XVII. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XVIII. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XIX. DIARIO DE JONATHAN HARKER

XX. DIARIO DE JONATHAN HARKER

XXI. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XXII. DIARIO DE JONATHAN HARKER

XXIII. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XXIV. DIARIO FONOGRÁFICO DEL DOCTOR SEWARD, NARRADO POR VAN HELSING

XXV. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XXVI. DIARIO DEL DOCTOR SEWARD

XXVII. DIARIO DE MINA HARKER

NOTA

PRIMERA PARTE DEL DIARIO

DE JONATHAN HARKER1

El invitado de Drácula

Cuando salí de excursión, Múnich estaba iluminada por un hermoso sol, y el aire se llenaba de la alegría del comienzo del verano. El coche ya estaba en movimiento cuando Herr Delbrück (el dueño del hotel Las Cuatro Estaciones, donde me alojaba) corrió hacia mí para desearme un buen paseo; luego, con la mano en la puerta, le habló al cochero:

—Sobre todo, vuelve antes de que anochezca. Ahora hay sol, pero tal vez el viento norte traiga una tormenta. Ya sé que no hace falta recomendarte prudencia, amigo, porque sabes tan bien como yo que esta noche no hay que andar por los caminos.

Sonrió al pronunciar las últimas palabras.

—Ja, mein Herr —asintió Johann, con expresión cómplice y tocando su gorra con dos dedos a modo de saludo.

Después azuzó a los caballos con energía.

Cuando ya estábamos fuera de la ciudad le pedí que se detuviera.

—Dime, Johann —le pregunté—, ¿por qué el dueño del hotel se ha referido de forma tan especial a la noche que se avecina?

—Walpurgis Nacht!2 —respondió el cochero, después de persignarse.

Sacó un reloj del bolsillo, un enorme reloj alemán de plata, del tamaño de una raíz, lo miró, frunció el entrecejo y se encogió levemente de hombros, con un movimiento de disgusto.

Comprendí que aquella era su forma de protestar respetuosamente contra aquel rechazo inútil, por lo que volví a dejarme caer en mi asiento. Al instante el carruaje volvió a ponerse en marcha a toda velocidad, como si deseara recuperar el tiempo perdido. De vez en cuando los caballos enderezaban bruscamente la testuz, relinchando, como si un olor que solo ellos podían percibir les inspirase temor. Cada vez que los veía asustados de este modo, yo, a mi pesar bastante inquieto también, contemplaba el paisaje que me rodeaba. El camino estaba batido por el viento, ya que desde hacía un buen rato estábamos subiendo por una ladera para llegar a una especie de meseta. Poco después distinguí una senda que aparentemente era muy poco frecuentada y que, según me pareció vislumbrar, bajaba hacia un pequeño valle. Sentí muchos deseos de seguirla y, aun a riesgo de molestar a Johann, le pedí que se detuviese otra vez y le expliqué mis deseos de continuar por ese camino. Buscando toda clase de pretextos, me contestó que era imposible… y mientras hablaba, cada tanto se persignaba varias veces. Como mi curiosidad se había despertado, le hice muchas preguntas, a las que respondió con evasivas, sin dejar de consultar su reloj a cada rato… a modo de protesta. Y ya no pude más:

—Johann —le dije con firmeza—, yo bajaré por este camino. No te obligo a acompañarme, pero me gustaría saber por qué te niegas a ir por ahí.

Por toda respuesta, con un movimiento rápido, saltó del coche. Una vez en tierra, cruzó las manos y me suplicó que no me adentrase en aquella senda. Como mezclaba su alemán con expresiones inglesas, creo no haberme equivocado con respecto al sentido de sus palabras. Seguía con la sensación de que quería decirme algo… advertirme de algo, cuya sola idea, sin duda alguna, lo atemorizaba enormemente, pero se reprimía y repetía simplemente, después de santiguarse:

—Walpurgis Nacht! Walpurgis Nacht!

Hubiera querido discutir con él, pero ¿cómo se puede discutir cuando no se conoce el idioma del interlocutor? Johann tenía una gran ventaja sobre mí, porque, aunque trataba constantemente de emplear las pocas palabras inglesas que conocía, siempre terminaba por excitarse y hablaba exclusivamente en alemán… y otra vez me enseñaba su reloj para darme a entender que las horas corrían. Los caballos también estaban impacientes y relinchaban cada tanto; al ver esto, el cochero se ponía pálido y miraba aterrorizado a su alrededor. De repente, tomó las riendas y condujo a los animales varios metros más lejos. Luego se persignó, me enseñó el lugar en cuestión, hizo avanzar el carruaje un poco más hacia la ruta opuesta y con el dedo apuntando una cruz que se alzaba allí, me dijo, primero en alemán y después en mal inglés:

—Allí enterraron al que se mató.

Me acordé entonces de la antigua costumbre de enterrar a los suicidas cerca de las encrucijadas.

—¡Ah, un suicida! —exclamé—. Sí, muy interesante.

No obstante, seguía sin comprender por qué los caballos estaban tan asustados.

Mientras discutíamos, oímos a lo lejos un grito que era a la vez un ladrido y un aullido; sonaba muy remoto, sí, pero los caballos comenzaron a encabritarse y Johann pasó grandes dificultades para apaciguarlos. Se volvió hacia mí, con voz temblorosa:

—Parecía un lobo. Sin embargo, por esta región no los hay.

—¿No? ¿Hace mucho tiempo que los lobos no se acercan a la ciudad?

—Hace mucho tiempo, al menos en primavera y verano. Pero a veces se los ve… en la nieve.

Acariciaba a los animales, intentando calmarlos. De pronto, el sol quedó oculto por enormes nubarrones que, en muy pocos instantes, cubrieron todo el cielo. Casi al mismo tiempo, un viento helado comenzó a soplar… mejor dicho, una sola ráfaga de aire helado, que no debía de ser un anuncio de tormenta, ya que, casi en el mismo momento, el sol brilló de nuevo.

Haciendo visera con la mano, Johann examinó el horizonte.

—No tardaremos mucho en tener una tormenta de nieve.

Volvió a consultar su reloj y, sosteniendo las riendas con más firmeza, ya que seguramente el nerviosismo de los caballos le hacía temer lo peor, subió otra vez al pescante, dispuesto a reanudar el viaje.

En cuanto a mí, todavía deseaba saber algunas cosas.

—Hábleme del lugar al que lleva este camino —le dije, y señalé hacia abajo.

Se persignó de nuevo y murmuró una plegaria antes de responderme:

—Está maldito.

—¿Qué es lo que está maldito? —inquirí.

—El pueblo.

—Entonces, ¿hay un pueblo?

—No, no. Nadie vive allá desde hace cientos de años.

Me de

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