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DREAMOLOGY

Lucy Keating

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Fragmento

28 de agosto

Estoy en medio del gran vestíbulo del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York, frente al ala egipcia, exactamente a un metro del lugar donde vomité el día de mi décimo cumpleaños. Pero esta vez no hay riñoneras, ni se oye el chirriar de las zapatillas de deporte contra el lustroso suelo. Esta vez, a mis pies, no hay un charco de color rosa recién vomitado (helado de fresa, para más información) salpicado de trocitos de cereales («Solo porque es tu cumpleaños», había dicho papá por primera y última vez). En esta ocasión lo que hay es un vestido de pedrería de seis kilos idéntico al que llevó Beyoncé en la entrega de los premios Grammy. Esta noche las luces brillan con intensidad y la gente está hablando en susurros y mirando en mi dirección. Esta noche, por alguna razón, soy alguien importante. Bebo champán y me paseo por las salas admirando las obras de arte. Y es ahí donde me encuentra Max, en la sección de los Impresionistas, delante de las bailarinas de Degas.

—Yo también sé bailar.

Me rodea la cintura y la temperatura de mi cuerpo sube al instante.

—Demuéstramelo —digo.

No necesito desviar la mirada del cuadro para notar sus ojos en mí, para saber que está sonriendo. Tengo grabados en mi cerebro todos los rasgos de su rostro, todos sus gestos. Vivo con el miedo constante de olvidarle.

Me coge del brazo, me da una vuelta y cierro los ojos. Cuando los abro estamos en el jardín de la azotea, bailando. Los arbustos están cubiertos de lucecitas centelleantes.

—Estás muy guapo con esmoquin —susurro cerca de su cuello.

—Gracias. Es el que llevó Beyoncé en los Grammy —dice muy serio, y ambos estallamos en carcajadas.

Sin darme tiempo a recuperar el aliento, Max me abraza con más fuerza y me besa, inclinándome tanto hacia atrás que pierdo el equilibrio y la cabeza. Hasta hoy ignoraba que un mareo pudiera ser agradable.

—Te he echado de menos —dice entonces, y me da otra vuelta.

El repartidor del Joe’s Pizza de la 110 aparece en la azotea con gesto impaciente.

—¿Tienes hambre? —me pregunta Max—. He pedido algo de comer.

Pero dentro de la caja no hay una pizza, sino una galleta Oreo gigante, cortada en ocho porciones como si fuera una tarta. Cogemos un pedazo cada uno. Nada más llevármelo a la boca vislumbro un brillo travieso en los ojos de color grisazulado de Max, que con un gesto rápido me estampa su galleta en la mejilla. ¡Paf! Inmediatamente le lanzo yo la mía.

Corremos por las galerías, agazapándonos detrás de estatuas romanas y esquivando a mecenas indignados, mientras nos arrojamos puñados de tarta Oreo. En ese momento veo que un guardia de seguridad del museo se acerca a nosotros a paso ligero. Cuando lo observo con detenimiento me doy cuenta de que es mi profesor de Ciencias de secundaria. Un tipo que siempre me cayó mal. Corremos más deprisa.

Cuando finalmente llego al patio de la tumba de Perneb, me detengo y me vuelvo hacia Max. Ambos estamos cubiertos de galleta. Las joyas de la exposición de indumentaria europea adornan mis brazos y mi cuello y Max lleva un yelmo en la cabeza. Parecemos una pareja de reyes que han perdido el juicio. Seguro que el país que gobernáramos se sublevaría contra nosotros.

Max dice algo pero no puedo oírlo a través del yelmo. Levanta la visera, dejando ver unas mejillas acaloradas.

—Tiempo muerto —repite.

Nos tumbamos en el patio de la tumba y escuchamos la música sinfónica y el murmullo de las conversaciones que continúan fuera. Sobre nuestras cabezas, donde debería estar el techo del Met, hay un cielo estrellado.

—¿Sabías que cuando los reyes egipcios fallecían se hacían enterrar con sus seres queridos? —le digo.

—Creo que solo enterraban a los criados, para que pudieran servirles en el más allá —me corrige Max, siempre tan sabelotodo.

—Si yo me muriera, haría que te enterraran conmigo. —Ruedo sobre el costado para mirarle.

—¡Muchas gracias! —exclama—. Es, con mucho, lo más espeluznante que me has dicho nunca.

Un resoplido débil retumba contra los muros de piedra y me percato de que hay un jabalí africano tendido junto a Max, mirándolo afectuosamente.

—¿Quién es? —pregunto.

—Agnes. —Señala a la cerda con la cabeza—. Ha estado siguiéndome desde el ala de Oceanía. Creo que se ha enamorado de mí.

—Pues ya estás poniéndote en la cola, Agnes —le espeto descansando la cabeza en el pecho de Max y aspirando hondo. Como siempre, huele a jabón de la ropa con un ligero aroma de madera. Los latidos de su corazón me arrullan.

—No te duermas —me suplica—. No hemos tenido suficiente tiempo.

Pero no estoy de acuerdo. Esta noche ha sido perfecta, no podría desear nada más.

—Nos vemos pronto —digo, rezando para no dormirme hasta oírle decir a él esas mismas palabras.

Es nuestra frase, una costumbre casi supersticiosa, para asegurarnos de que volveremos a encontrarnos.

—Nos vemos pronto —responde al fin con un suspiro.

Los párpados se me cierran despacio, mientras escucho a Agnes resoplando suavemente en mi oído.

1

Los museos están para ser visitados,

no para vivir en ellos

Jerry está roncando directamente en mi boca y su cálido aliento perruno me acaricia con cada exhalación.

—Ahora entiendo lo de Axgnes —murmuro.

—¿Quién es Agnes? —pregunta mi padre desde el asiento del conductor.

Por debajo de su voz me llega el tenue sonido de un intermitente, regular como un metrónomo.

—Nadie —contesto enseguida, sin que él se percate de la rapidez con la que lo he hecho.

Mi padre es un cerebrito. Reconocido neurocientífico —lo que no quiere decir mucho a menos que tú también lo seas—, comprende cosas sobre la mente que para la mayoría son un misterio. Pero en los temas del corazón es un desastre. No tengo interés alguno en hablarle de Max, por lo que en momentos como este tales deficiencias son una ventaja.

Me desperezo y me incorporo.

—Creo que me he dormido —digo con la voz algo ronca.

—Siempre sucumbes al traqueteo, desde que eras un bebé —explica mi padre, permanentemente en modo profesor—. Aviones, trenes, coches... Jerry y tú lleváis horas durmiendo, pero has elegido el momento idóneo para despertarte. —Sonríe por el retrovisor—. Echa un vistazo a tu nueva ciudad.

Hace un gesto torpe con el brazo a lo Vanna White, como si Boston fuera un rompecabezas de letras gigantes todavía por completar. Estamos dejando la I-90 y el centro histórico nos saluda cortés desde el otro lado de un pintoresco río Charles. La imagen hace que la ciudad de Nueva York, donde hemos vivido diez años, parezca... en fin, Nueva York. ¿Hay algo que se le pueda comparar?

El sonido de los neumáticos de nuestro coch

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