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DULCE DESTINO (DULCE LONDRES 6)

Eva Benavídez  

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Fragmento

Prólogo

Y cuando las sombras me cubrían

y la oscuridad se había apoderado de mí, te vi.

Brillando como el sol, con tu luz y claridad.

Mi alma despertó de su letargo.

Mi corazón latió de nuevo.

Desde entonces, te he buscado.

Por las noches largas, frías y solitarias, cierro los ojos y puedo verte.

Estás allí, como siempre, en cada uno de mis sueños.

Bailando sobre el hielo como un ser mágico, como un hada de invierno.

Extracto del libro Sueños de invierno.

Era una noche fría de invierno cuando, sumido en la oscuridad, un pequeño niño temblaba sobre el sucio y raído jergón en el que se encontraba.

Sus ojos estaban fijos en el pequeño trozo de cielo estrellado, que podía ver a través del cristal enrejado polvoriento. La luna dibujaba un fino halo de luz que se colaba en la habitación de aquel sótano, y él, sin fuerzas, anhelaba poder atraparla.

Había decidido rendirse. Las heridas dolían demasiado, su alma estaba deshecha, y solo le pedía a Dios que lo llevase con él.

No lo sabía, pero tenía la esperanza de que, tal vez, si lograba dormir para siempre, podría despertar en un lugar mejor, en un sitio donde nadie lo golpease, donde ese monstruo de ojos grises no existiera y donde él pudiese correr y ser libre.

Siempre había querido correr, ver más que aquellas cuatro paredes, conocer la sensación de la brisa tocando su piel y del sol acariciando su cuerpo.

A menudo soñaba que estaba lejos de allí y que era un niño diferente. Una mujer de rostro dulce y bondadosos ojos verdes lo despertaba, le daba besos y jugaba con él. Luego despertaba y seguía en aquella húmeda prisión, oscura y mugrienta, y solo deseaba morir.

¿Cómo lograr que su espíritu abandonara ese cuerpo? No lo sabía, pero tal vez, pronto, lo averiguase, pues las palizas que aquel perro le daba eran cada vez peores y más duras. No lograba moverse en varios días después de alguna, pero no era capaz de obedecerle sin luchar. Algo dentro de él lo impulsaba a revelarse cada vez que intentaban someterlo.

Pero ya no; estaba cansado, demasiado destruido. Tenía miedo, mucho miedo. Y abrazándose a sí mismo, sollozó quebrantado, mientras se preguntaba, otra vez, por qué nadie lo quería, dónde estaba su familia. El monstruo decía que merecía aquello, pero él no recordaba qué travesura había cometido para merecer que lo dejasen allí. Antes había rogado perdón, prometido no volverlo a hacer; entonces se dio cuenta de que no había nada que pudiera decir para conmover a su carcelero. Jamás le permitiría salir de aquel lugar.

Había dejado de comer, sospechaba que era el único modo de poder ser libre. Así que, cuando le traían la asquerosa comida, se limitaba a tirársela a Runy, su único amigo allí, un pequeño ratón que lo acompañaba hacía mucho. Cada vez se sentía más débil, y eso le alegraba.

No supo en qué momento sus ojos se cerraron, pero lo alivió dejar de sentir y pensar. Estaba, otra vez, en aquel lugar, un prado inmenso, rodeado de colinas y altos árboles, y un cielo azul sin límites se extendía ante él.

La felicidad lo embargó y, estirando los brazos, comenzó a correr, riendo fuerte, sintiendo el viento despeinar su largo cabello color ébano. El sol lo encandiló unos segundos, y se detuvo.

Cuando fue capaz de ver con claridad, abrió los ojos sorprendido; frente a él había una gran extensión de algo extraño. Con tiento se acercó y se agachó para tocar aquella superficie con la punta del dedo; era dura y fría, del color del agua.

Entonces la vio. Una criatura mágica volaba sobre la superficie, con pies ligeros y cuerpo esbelto; el cabello rubio cubría toda su pequeña espalda y acariciaba sus rodillas, cubiertas por un largo camisón blanco. Ella se deslizaba sobre la superficie helada y hacía piruetas increíbles que la dejaban sin aliento. De repente, su cabeza se volvió y sus miradas se encontraron. Él se asustó y retrocedió, pero ella no parecía asombrada de verlo. Al contrario, lo saludó con una diminuta mano y le sonrió con calidez. Sus ojos... sus ojos lo dejaron paralizado. Eran muy verdes, pero bañados de puntitos de sol. Parecía un ángel, un ser de belleza etérea. Un hada dorada. Mirarla era como ser cubierto por un manto de paz y felicidad. Y sin percatarse, se encontró sonriéndole también.

—No estás solo. Siempre que me busques, estaré aquí —dijo, suavemente, su voz dulce y musical, y todo su cuerpo se estremeció. Tembló y cerró sus ojos mientras guardaba ese sonido, que calaba en su interior hasta iluminarlo todo.

Cuando sus párpados se abrieron, estaba otra vez donde siempre. La luz del amanecer ya iluminaba el lugar, y él había dejado de temblar, sentía una inexplicable energía renovada. La oscuridad se había marchado, y también la de

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