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DULCE INTRODUCCIóN AL CAOS

Marta Orriols  

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Fragmento

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Caminaban aún por las calles con aquella necesidad de acercarse mucho el uno a la otra. Se reían de la imagen que formaban abrazados, el brazo de él rodeando la cintura de ella, la figura contundente que dibujaban, las manos agarradas con urgencia, la alegría líquida y el desbarajuste de piernas y pies intentando adaptarse a la marcha conjunta. Fumaban los dos. Los cigarrillos en la mano añadían un punto más de complejidad a aquel caminar juntos, las risas entre volutas de humo y aquella condición indestructible de quien se sabe enamorado. Jugaban a pisarse las sombras que proyectaban en los adoquines húmedos por la noche, a darles forma hasta configurar una sola silueta oscura que los englobaba a los dos. Parecían actores de una película en blanco y negro de la Nouvelle Vague, un poco irreverentes, no muy sentimentales y con aquella actitud existencialista ante un universo absurdo. Aunque no lo manifestaba, a él le parecía que construían el principio de algo.

De vez en cuando, si habían hecho el amor y consideraban tácitamente que había sido excepcional, se fotografiaban con una vieja Polaroid envueltos en las sábanas. Sobre el papel fotosensible, el flash y el tiempo han ido degradando la ropa de cama hasta convertirla en una mancha de un blanco apagado. También han palidecido los rostros, que han adquirido un aire fantasmagórico; sí, los rostros fantasmagóricos de dos cretinos extasiados. Siempre con el cigarrillo colgando, el pelo alborotado y la mirada falsamente rebelde que les confería un aire punk, como de carátula de disco. Les hacía aquella gracia imprecisa.

Cuando, festivos, empezaban a idear un mundo en común y aún no podían preverse los gestos, se tatuaron la misma estrella diminuta en la concavidad del final de la mandíbula, justo detrás del lóbulo de la oreja. Hay quien podría pensar que habían sido cobardes, que esconder un tatuaje es no acabar de creérselo, que cuando uno arriesga debe hacerlo sin pensárselo demasiado. También se podría opinar que tatuarse la misma estrella insignificante no supone ningún riesgo, que no es más que el resultado de un ataque de exuberancia sentimental. Una estrella. Se suponía que la de ella influiría en el destino de él, y la de él, en el de ella. La cándida iconografía en la piel madura. Todavía les queda por delante una inmensidad de tiempo, pero en él la sensación de hedonismo despreocupado ha empezado a menguar desde que ha cumplido los treinta y tres; se sabe instalado en una libertad volátil, en parte impuesta por un sistema que facilita una especie de resistencia a la madurez. Intentar vivir bien le parece un objetivo lo bastante sólido, y hacerlo al lado de alguien que rezuma vitalidad, una poción legendaria que garantiza la vida eterna. Es un adulto con una estrella tatuada detrás de la oreja; ya se encarga de recordárselo su madre cuando le repite con un discurso rítmico, casi rapeando, que ella a su edad ya tenía dos hijos, trabajaba, llevaba la casa y mandaba dinero al pueblo. ¿Y crees que alguien me ayudaba?, añade siempre con una nota de resentimiento. Su madre es una crítica feroz de la infructuosa transición hacia una supuesta edad adulta.

La juventud ya no les proporcionaba descuentos ni seguros de viaje totalmente gratis, pero ellos la llevaban incrustada como una patología poética y confundían los riesgos, o no querían creer que habría otros que les negarían aquella manera de vivir para siempre como falsos espíritus libres. Cuando caminaban tan cerca el uno de la otra, tatuarse la misma estrella detrás de la oreja era el mayor riesgo, y la vida quizá iba de eso, solo de eso, de lugares comunes repetidos por doquier y a lo largo de los años, de los siglos; un mundo primitivo como las piedras, no controlado por la razón y engañosamente armónico.

Hubo aquella primera señal de cambio un año atrás; cuando formalizaron un alquiler común y empezaron a reunir bajo el mismo techo las cosas de ambos: los respectivos tics, el barómetro dorado que había sido del padre de él, los olores corporales, los amigos, las amigas, los libros, una pequeña gallina de cerámica de un viaje que ella había hecho a Perú, las cámaras de ella y la claqueta de él. Y también el perro. La adopción de Rufus había sido, sin saberlo, la última gota de indolencia deliberada, la extraña calma antes de la tormenta.

—¡Hostia, Dani, saca al perro de una vez! ¡Ya vigilo yo la cena!

—Que no, cariño, que están todos a punto de llegar. Lo bajo luego un momento, cuando todos se hayan sentado.

—Pero aprovecha ahora que no ll

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