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ECOS DE MUERTE (DETECTIVE WILLIAM MONK 23)

Anne Perry  

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Fragmento

Lista de personajes

William Monk — comandante de la Policía Fluvial del Támesis.

Hester Monk — su esposa, enfermera en la clínica de Portpool Lane.

Hooper — brazo derecho de Monk.

Scuff — también llamado Will, hijo adoptivo de los Monk, aprendiz de Crow.

Crow — médico que atiende a los pobres.

Hyde — médico forense.

Imrus Fodor — víctima de un asesinato.

Antal Dobokai — farmacéutico.

Señora Harris — vecina de Imrus Fodor.

Señora Durridge — asistenta de Fodor.

Ferenc Ember — médico húngaro.

Lorand Gazda — hombre de mediana edad que perdió ambas manos en la revolución húngara.

Roger Haldane — hombre de negocios.

Adel Haldane — su esposa.

Tibor Havas — paciente de Crow.

Herbert Fitzherbert — médico que sirvió en la Guerra de Crimea.

Sir Oliver Rathbone — abogado y viejo amigo de los Monk.

Claudine Burroughs — voluntaria en la clínica de Portpool Lane.

Squeaky Robinson — antiguo dueño de burdel, ahora contable en la clínica de Portpool Lane.

Agoston Bartos — joven húngaro.

Bland — ferretero.

Ruby Bland — trabaja en la ferretería de su padre.

Stillman — joven agente de la Policía Fluvial.

Drury — anticuario.

Worm — golfillo que ahora vive en la clínica de Portpool Lane.

Viktor Rosza — banquero húngaro.

Holloway — joven agente de policía.

Kalman Pataki — un húngaro.

Señora Wynter — amable mujer acaudalada.

Charles Latterly — hermano de Hester.

Candace Finbar — pupila de Charles.

Justice Aldridge — juez que preside el Old Bailey.

Elijah Burnside — abogado.

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—Mal asunto, señor.

El policía negó con la cabeza mientras se hacía a un lado en el embarcadero para permitir que el comandante Monk, de la Policía Fluvial del Támesis, subiera la escalera desde la patrullera de dos remos en la que había llegado con su ayudante, Hooper. Este también subió al muelle pisándole los talones.

Hacia el sur, el Pool de Londres ya bullía de actividad. Enormes grúas izaban montones de fardos de las bodegas de los barcos y las movían pesadamente sobre los muelles. El agua estaba atestada de buques anclados que aguardaban su turno, barcazas cargando sus mercancías, transbordadores que iban y venían de una orilla del río a la otra. Los mástiles negros eran una maraña de líneas sobre el telón de fondo de la ciudad y su humo.

—¿Qué tiene de inusual? —preguntó Monk—. ¿Quién es la víctima?

—Uno de esos húngaros.

A Monk le picó la curiosidad.

—¿Húngaros?

—Sí, señor. Hay unos cuantos en esta zona. No miles, pero sí bastantes.

El policía los condujo entre pilas de madera hasta un depósito franco, donde abrió la puerta de un almacén.

Monk lo siguió, y Hooper tras él.

El interior era como el de cualquier otro almacén, abarrotado de madera, cajas sin abrir y fardos de mercancías diversas, salvo que no había nadie trabajando.

El policía percibió la mirada de extrañeza de Monk.

—Los he mandado a casa. Para que no embrollaran más las cosas —agregó—. Mejor que no vean nada de esto.

—¿Lo encontró uno de ellos? —preguntó Monk.

—No, señor. Ni siquiera sabían que estaba aquí. Pensaban que se encontraba en su casa, que es donde debería haber estado.

Monk se puso a su lado, dirigiéndose hacia la escalera que subía a las oficinas.

—¿Pues quién fue?

—Un tal señor Dob... algo. Nunca sé decir bien sus nombres.

—Pase usted primero —ordenó Monk—. Supongo que habrá mandado aviso al forense.

—Sí, claro, señor. ¡Y no he tocado nada, créame!

Monk sintió un escalofrío premonitorio pero no respondió.

En lo alto de la escalera enfilaron un pasillo corto hasta una puerta. En el interior se oía un murmullo de voces. El policía llamó una vez, la abrió y se hizo a un lado para cederle el paso a Monk.

La habitación era bastante espaciosa para ser un despacho, y la luz era buena. No era la primera vez que Monk se enfrentaba a la muerte. En buena medida, formaba parte de su trabajo. Sin embargo, aquello era más violento de lo normal y el olor a sangre fresca impregnaba el aire. Parecía cubrirlo todo, como si aquel pobre hombre hubiese ido trastabillando, chocando contra las sillas, la mesa e incluso las paredes. Ahora yacía bocarriba, y la bayoneta asegurada al cañón de un rifle del ejército le sobresalía del pecho como un mástil roto, torcido y como si fuese a caer en cualquier momento.

Monk pestañeó.

El hombre de mediana edad que estaba arrodillado en el suelo junto al cadáver se volvió y levantó la vista hacia él.

—Comandante Monk. Ya me figuraba que mandarían a buscarle a usted —dijo secamente—. Nadie querrá ocuparse de esto si puede endilgárselo a otro. Este lugar se abre al río, así que supongo que el caso es suyo.

—Buenos días, doctor Hyde —saludó Monk con desaliento. Hacía bastante tiempo que conocía y respetaba al forense

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