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EDUCAR SIN PERDER LOS NERVIOS

Tania García  

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Fragmento

Presentación

PRESENTACIÓN

La vida, tan intensa y efímera. Tan bonita y a la vez tan difícil.

Más difícil se torna, quizá, cuando nos convertimos en madres y padres, ya que es el momento en el que salen a la luz todas las emociones sentidas, pero no expresadas libremente durante nuestra infancia y adolescencia, y que habitaban, por tanto, dormidas en nuestro interior.

Nos encontramos, de repente, perdiendo los nervios por cosas que antes de nuestra maternidad/paternidad no constituían ningún problema, y que ahora se han convertido en muchas de nuestras obsesiones. Momentos que anteriormente se consideraban sosegados, como por ejemplo salir de casa para ir a trabajar, ahora son para muchos un auténtico calvario.

Parece que al convertirnos en padres tengamos que volvernos automáticamente exigentes, con normas, horarios y peticiones hacia nuestros hijos, como si creyéramos, de forma errónea, que, de lo contrario, se van a volver unas personas dependientes, irresponsables, descarriladas, sin objetivos. Incluso, llegamos a pensar que pueden transformarse en unos adultos con malos sentimientos hacia los demás.

Y es que así nos lo ha enseñado la sociedad y la familia. Hemos integrado que los padres son superiores a los hijos, que estos, además, deben hacer en todo momento lo que sus padres digan o piensen, y que solo será aceptado aquello bien considerado por sus progenitores.

Nos han adoctrinado para no mostrar apoyo a nuestros hijos cuando se enfadan, cuando lloran, cuando no les apetece hacer algo, cuando tienen celos o rabia, o bien se muestran intolerantes... Nos han inculcado que cuanta más ayuda se les proporcione, menos resueltos serán y peores herramientas tendrán para la vida; nos han obligado a creer que la mano dura es lo que funciona, que cuanto más difícil se lo pongamos, más fuertes serán. Y nosotros, ignorantes de las emociones reales de nuestros hijos (y de nuestras propias emociones), hemos caído uno a uno, nos lo hemos creído, pese a saber que, cuando nos sentíamos enfadados, tristes, rabiosos e incomprendidos en nuestra infancia y adolescencia, lo único que necesitábamos era apoyo, diálogo, empatía y amor. Por ello, guardamos en el recuerdo como oro en paño cada vez que, en el pasado, recibimos comprensión y escucha, abrazos y guía en nuestros enfados. Y rememoraremos esos momentos y nos aferraremos a ellos con todo nuestro dolor y amor en el corazón cuando alguno de nuestros padres falte (o si quizá alguno ya nos falta).

El trabajo más grande al que nos enfrentamos, pues, es conseguir ser realmente conscientes de que esta teoría es totalmente perjudicial para los niños y las niñas. Es decir, pensar que los hijos deben ser a imagen y semejanza de sus padres es dañino para ellos: los hace sentirse seres inseguros e inferiores y con unos niveles de autoestima muy bajos. Además, estos aspectos no solo se mantienen en su vida presente,

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