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EJERCICIOS RESPIRATORIOS

Anne Tyler  

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Fragmento

1

Maggie e Ira Moran tenían que asistir a un funeral en Deer Lick, Pensilvania. La amiga de infancia de Maggie acababa de perder a su marido. Deer Lick se hallaba situado junto a una estrecha carretera rural, unas noventa millas al norte de Baltimore, y el funeral estaba previsto para el sábado a las diez y media de la mañana; así que Ira calculó que tendrían que ponerse en marcha alrededor de las ocho. Esto le puso de mal humor. (No pertenecía al tipo de hombre madrugador.) Por otra parte, el sábado era el día de la semana en que estaba más ocupado en el trabajo y no tenía a nadie que pudiera sustituirle. Además tenían el coche en el taller. Necesitaba numerosas reparaciones y lo más pronto que podrían recogerlo era el sábado mismo a primera hora, a las ocho en punto. Ira dijo que sería mejor que no fueran, pero Maggie contestó que tenían que ir. Ella y Serena eran amigas de toda la vida. O de casi toda la vida: cuarenta y dos años, desde el primer curso con la señorita Kimmel. Acordaron levantarse a las siete, pero Maggie probablemente puso mal el despertador y se quedaron dormidos más de la cuenta. Tuvieron que vestirse a toda prisa y desayunar con precipitación, apañándoselas con café instantáneo y cereales fríos. Después, Ira se dirigió a pie al almacén, para dejar una nota a sus clientes, y Maggie fue andando al taller. Debido al funeral, se había puesto su mejor vestido —estampado con ramitos azules y blancos, y con las mangas en forma de capa— y unos elegantes zapatos de charol negro. Los zapatos no eran de tacón muy alto, pero aun así la forzaban a aminorar el paso; estaba más acostumbrada a las suelas de crepé. Otro problema era que, por algún motivo, la entrepierna de los pantys se le había bajado hasta medio muslo, lo que la obligaba a dar pasos cortos, de manera poco natural, como un pequeño y torpe juguete de cuerda avanzando por la acera.

Por fortuna, el taller se encontraba a tan sólo unas manzanas. (En aquella parte de la ciudad todo se entremezclaba: pequeñas casas de madera como la suya descansaban sobre estudios fotográficos, exiguos salones de belleza, escuelas de conducción y consultorios de podología.) Y el tiempo era perfecto: un día de septiembre, cálido, soleado, en el que soplaba la brisa suficiente para refrescarle la cara. Se dio unos toquecitos en el flequillo, que solía rizársele formando un copete. Asió con fuerza bajo el brazo el bolso de vestir. Dobló la esquina de la izquierda y allí estaba Harbor Body and Fender, con las verdes y descascarilladas puertas del garaje ya levantadas y el interior cavernoso, que olía a algún tipo de pintura de penetrante olor y que le hizo pensar en esmalte para uñas.

Tenía el cheque a punto y el encargado le dijo que las llaves estaban en el coche, de forma que podía marcharse en un abrir y cerrar de ojos. El coche se hallaba aparcado en la parte trasera del taller; un viejo Dodge de color gris azulado. Ahora su aspecto era bastante mejor que el de años atrás. Había enderezado el parachoques posterior, cambiado la destrozada puerta del maletero, planchado media docena de arrugas aquí y allá, y tapado las motas de herrumbre de las puertas. Ira tenía razón: al fin y al cabo, no había necesidad de comprar un coche nuevo. Se puso al volante. Al girar la llave de contacto, se encendió la radio: Baltimore AM, de Mel Spruce, un programa de comunicación telefónica directa con el público. De momento lo dejó puesto. Ajustó el asiento, que habían desplazado hacia atrás para alguien más alto, e inclinó hacia abajo el retrovisor. Su propio rostro apareció de súbito en el espejo, redondo y ligeramente brillante; sus ojos azules parecían más pequeños, como si estuviera preocupada por algo, cuando en realidad sólo estaba esforzándose para ver en la penumbra. Cambió la velocidad y avanzó con suavidad hacia la parte delantera del taller, donde el encargado, de pie ante la puerta de su oficina, miraba con el ceño fruncido un bloc de notas. La pregunta del día en Baltimore AM era: «¿Qué hace ideal a un matrimonio?» Una mujer había llamado para decir que eran los intereses comunes. «Como si los dos miraran la misma clase de programas televisivos», explicó. A Maggie le traía por completo sin cuidado qué hacía que un matrimonio fuera ideal. (Llevaba casada veintiocho años.) Bajó la ventanilla y gritó:

—¡Hasta luego!

El encargado levantó la vista del bloc de notas. Pasó despacio ante él; una mujer responsable de sí misma, con los labios pintados y zapatos de medio tacón y, por una vez, conduciendo un coche sin abolladuras.

En la radio una voz suave dijo: «Bueno, estoy a punto de casarme de nuevo. La primera vez fue sólo por amor. Se trataba de un amor genuino y verdadero pero no funcionó en absoluto. El próximo sábado me caso para tener seguridad».

Maggie echó un vistazo a la radio y dijo:

—¿Fiona?

Tenía la intención de frenar, pero en lugar de eso aceleró y salió disparada del garaje, yendo a parar directamente a la calle. Un camión de Pepsi que se aproximaba por la izquierda chocó contra el parachoques izquierdo frontal de su coche, única pieza que, hasta la fecha, nunca se había estropeado.

Tiempo atrás, cuando Maggie jugaba a béisbol con sus hermanos, solía hacerse daño, pero, por miedo a que la obligaran a retirarse, decía que estaba bien. Se levantaba y corría sin cojear, aunque la rodilla la estuviera matando. Ahora había recordado aquello porque, cuando el encargado se acercó a toda prisa gritando «¿Qué demo…? ¿Está usted bien?», Maggie miró hacia adelante con dignidad y le dijo: «Desde luego. ¿Por qué lo pregunta?», y arrancó de nuevo antes de que el conductor de Pepsi pudiera bajar del camión, lo que, a juzgar por su expresión, con toda probabilidad fue una suerte. Pero en realidad el parachoques hacía un ruido muy preocupante: como si un trozo de hojalata se arrastrara sobre grava; de forma que, tan pronto como giró por la esquina y los dos hombres —uno rascándose la cabeza, el otro agitando los brazos— desaparecieron del retrovisor, se detuvo. Fiona ya no hablaba por la radio. En su lugar, una mujer comparaba con rudeza a sus cinco maridos. Maggie apagó el motor y salió del coche. Constató cuál era el problema. El parachoques se había aplastado y el neumático rozaba contra él. Le maravilló incluso que la rueda pudiera girar. Se puso en cuclillas en la acera, sujetó con ambas manos el borde del parachoques y tiró de él con todas sus fuerzas. (Recordó cómo solía agazaparse entre las altas hierbas que rodeaban el campo de juego y cómo, a hurtadillas y con muecas de dolor, despegaba la pernera de los tejanos que se le había adherido a la mancha de sangre en la rodilla.) Trocitos de pintura gris azulado cayeron sobre su regazo. Alguien pasó caminando a sus espaldas, pero ella fingió que no se daba cuenta y tiró de nuevo con fuerza.

Esta vez el parachoques se movió, no mucho, pero lo suficiente para impedir que topara con el neumático. Se levantó y se sacudió el polvo de las manos. Luego subió otra vez al coche, donde sólo estuvo quieta un minuto.

—Fiona —dijo de nuevo.

Cuando volvió a poner el motor en marcha, la radio anunciaba créditos bancarios, y la apagó.

Ira, con su traje azul marino, que le daba un aspecto raro y extrañamente elegante, esperaba ante la tienda. Un mechón de pelo negro salpicado de cabellos grises le caía por la frente. Sobre él, un rótulo de metal se balanceaba a consecuencia de la brisa: MARCOS SAM. SE ENMARCAN CUADROS. SE COLOCAN MARCOS DE CARTÓN. EXPONEMOS PROFESIONALMENTE SUS BORDADOS. Sam era el padre de Ira. Se había desentendido del negocio desde que su «débil corazón» le hiciera caer enfermo treinta años atrás. Maggie siempre ponía entre comillas lo de «débil corazón». Ignoró adrede las ventanas del piso situado encima de la tienda, donde Sam pasaba, con las dos hermanas de Ira, sus grises, lánguidos y quejumbrosos días. Era muy probable que estuviera allí de pie, mirando. Maggie aparcó junto a la acera y se desplazó al asiento del viajero.

Merecía la pena observar el rostro de Ira a medida que éste iba aproximándose al coche. Primero adoptó una expresión complacida y de aprobación, después rodeó el capó y se paró en seco al ver el parachoques izquierdo. Su cara larga, huesuda y cetrina le llegó hasta los pies. Sus ojos, tan pequeños que resultaba difícil saber si eran negros o simplemente castaño oscuro, se convirtieron en dos ranuras achinadas y perplejas que miraban hacia abajo. Abrió la portezuela, entró en el coche y le lanzó una mirada pesarosa.

—Surgió una situación imprevista —dijo Maggie.

—¿Desde el taller hasta aquí?

—Oí a Fiona por la radio.

—¡Pero si sólo son cinco manzanas! Sólo cinco o seis manzanas.

—Ira, Fiona se casa.

Ha dejado de pensar en el coche, observó ella con alivio. Su rostro adoptó una expresión más relajada. Ira miró a Maggie y dijo:

—¿Fiona qué?

—Fiona, tu nuera. ¿Cuántas Fionas conocemos? Fiona, la madre de tu única nieta, ahora va y se casa con un completo desconocido nada más que para tener seguridad.

Ira desplazó su asiento hacia atrás y arrancó. Parecía estar escuchando algo. Tal vez el ruido de la rueda que rozaba, aunque el tirón que ella le había dado al parachoques funcionaba.

—¿Dónde lo has oído? —preguntó Ira.

—Por la radio, mientras conducía.

—¿Y anuncian una cosa así por la radio?

—Ha sido ella la que ha llamado.

—Parece algo bastante… presuntuoso, si quieres que te diga la verdad —dijo Ira.

—No, ella sólo… Y dijo que Jesse es el único hombre al que ha amado de verdad.

—¿Dijo eso por la radio?

—Se trataba de un programa de llamadas directas del público, Ira.

—Bueno, pero no sé por qué hoy en día todo el mundo ha de ir por ahí divulgando sus intimidades.

—¿Tú crees que Jesse lo habrá oído? —preguntó Maggie. Se le acababa de ocurrir esa posibilidad.

—¿Jesse? ¿A estas horas? Raro que se levante antes del mediodía.

Maggie no replicó, aunque podía haberlo hecho. El caso era que Jesse solía madrugar y, de todos modos, trabajaba los sábados. Ira estaba insinuando que era un inútil. (Ira era mucho más duro con su hijo que Maggie. No veía en él ni la mitad de las cualidades que poseía.) Maggie miró al frente y observó cómo dejaban atrás las tiendas y las casas, los pocos transeúntes que paseaban con sus perros. Había sido el verano más seco que recordaba y las aceras presentaban aspecto agrietado. El aire flotaba como una tela de seda. Delante de la tienda de ultramarinos Poor Man un niño provisto de un trapo limpiaba con esmero el polvo de los radios de una bicicleta.

—Así que saliste de la calle Empry —dijo Ira.

—¿Empry?

—Donde está el taller…

—Sí, la cal

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