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EL AGUA QUE FALTA

Noelia Pena  

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Fragmento

Líneas

De múltiples maneras las líneas divisorias que hemos aprendido a trazar, y entre cuyos límites nos movemos a lo largo de nuestra vida, nos hacen aún más difícil vivir. El pequeño horizonte de seguridades, que tanto nos esforzamos en decorar, acaba tomando la forma de un espacio no sólo limitado, sino limitante. ¿Cómo puede ser que hayamos llamado seguridad a los escasos tres pasos que conseguimos dar antes de tropezar con la siguiente pared? ¿Nos protege de algo esta fina pared? Ni tan sólo de nosotros mismos. Pero levantamos muros y añadimos todo tipo de paneles divisores a un mundo que nunca parece llegar a estar suficientemente dividido.

Mientras, sin darnos apenas cuenta, el tiempo, el mismo tiempo que hace oxidar algunos metales, oxida también la Historia, hace que se rompa por el mango el cazo con todas las explicaciones que en él guardamos. Las líneas se desprenden y se rompen, se pierden junto a la seguridad de unas divisiones sólo sostenidas por la costumbre, cierto hábito que nos llegó a hacer confundir la realidad nombrada con la única realidad posible, creer que llamábamos a las cosas por su nombre cuando decíamos «separación de poderes» o «estado de bienestar».

Enseguida nos agachamos para recoger los pedazos, con esmero los juntamos y los devolvemos al cazo, esperando conseguir de alguna forma engañar al tiempo, pero el tornillo está oxidado; nuestra historia también lo está. Todas las explicaciones, esas que hasta hace poco repetíamos para tranquilizarnos, parecen escritas en un idioma extranjero. El cazo nos resbala de las manos. Pero no es el miedo a lo desconocido lo que nos pone nerviosos, sino nuestras ganas de inventarlo y no saber exactamente por dónde comenzar.

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Espacio de enunciación

Tomar la palabra no es pedir el turno de intervención sino abrir un espacio de enunciación nuevo. La violencia del lenguaje consiste en decir lo que aún no está dicho, lo que no existe porque no ha sido aún nombrado. El acto de creación es a la vez un acto de violencia. Tomar la palabra lo es en la medida en que significa hablar en momentos en los que no somos invitados a hablar; significa interrumpir la secuencia que organiza y controla la producción y límites de los discursos. Nunca se dan unas condiciones ideales previas a la toma de la palabra. La palabra se toma en momentos en los que el escenario no está preparado para desarticular nuestro discurso, pero tampoco para impedir nuestro acto de habla. Hablaremos en donde no se nos espera. Vale decir, abriremos un espacio para traer a la palabra nuestros temas.

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Perder el miedo

Dejar de sentir que estamos solas frente a la realidad es nuestro comienzo. Esto significa dejar de tener miedo. Significa desafiar la norma que el capitalismo impone sobre nuestros cuerpos, norma que hace de nuestra soledad mordaza que nos impide expresar qué nos sucede. Es en nuestra negociación diaria con múltiples micromiedos donde enfermamos. «¿Cómo perdemos el miedo?» es la única pregunta que no dejaremos nunca de hacernos. ¿Estamos preparadas para devolver la mirada a quien necesite unos ojos?

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La aguja

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