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EL AMIGO

Joakim Zander  

5


Fragmento

5 de agosto – Beirut

Algunas cosas van deprisa. Jacob Seger aterriza en Beirut presa del desconcierto. Se ha dormido en el avión y quizá continúe medio dormido mientras sigue la corriente de pasajeros en dirección al puesto de control y los policías fuertemente armados, o militares, o lo que sean los que le hacen preguntas sobre por qué está en Beirut, cuánto tiempo piensa quedarse y por qué no tiene pase diplomático si va a trabajar en la embajada sueca.

—Becario —dice—. Estoy en prácticas. No soy diplomático.

Todavía no, quiere añadir mientras poco a poco se va despertando. Todavía no soy diplomático.

Este es solo uno de los primeros pasos. Primero tiene que acabar la licenciatura de Ciencias Políticas en la Universidad de Upsala. Siempre y cuando logre sacarse ese examen de estadística que va arrastrando —y también estas prácticas en Beirut— antes de redactar el trabajo final de carrera. Luego vendrá el Ministerio de Asuntos Exteriores, ya en serio. Su objetivo. Lo que lleva cuatro años soñando mientras se ha ido comprando The Economist, empollando cifras de exportación suecas, premios Nobel y jefes de gobierno de oscuros países asiáticos para superar la prueba de acceso. Pasaporte azul de diplomático y atractivos maletines de piel de ternero. Solo tiene que ponerse las pilas con el francés y el árabe.

Una pequeña ola de angustia más que conocida lo arrolla en el mostrador mientras el hombre uniformado lo examina desanimadamente con su mirada neutral y cansada. Las lenguas son su talón de Aquiles, sabe lo importantes que resultan para la carrera diplomática. Pero se le retuercen las tripas solo de imaginarse metido en una clase practicando vocabulario. Tampoco ayuda que su profesor de árabe, Hassan Aziz, un iraquí de unos sesenta años de edad, con pelo cano y grueso y corbata de punto, incluso llegara a ofrecerle clases privadas en su piso de las afueras de Estocolmo.

«Veo que de verdad tienes interés, Jacob —solía decirle Hassan en tono de rendición después de las clases en la Folkuniversitetet en Upsala—. Pero también tienes que practicar por tu cuenta. Si quieres, puedes venir a mi casa algún día y repasamos juntos».

Pero Jacob había sentido una aversión física ante la mera idea de tener que estudiar en casa. Y no se veía capaz de invertir horas en tren y metro para ir hasta el extrarradio donde vivía Hassan. No tenía ánimos para esforzarse, solo quería saberlo, sin más. Como en Matrix. «I know Kung Fu».

Aparta la idea. No importa. Se pondrá con ello, el francés, el árabe. Sabe que no puede fracasar ahí, sería demasiado injusto. Él está hecho para esta vida, para los aeropuertos y las grandes misiones.

Nota que se vuelve a llenar de vigor cuando el policía o el militar o lo que sea le devuelve el pasaporte, vuelve a sentir inflarse sus expectativas cuando deja atrás el puesto de control y sigue los carteles verdes que le indican la salida.

La terminal de llegadas está llena de aire húmedo y asfixiante del Mediterráneo, mezclado con gases de tubos de escape, humo de tabaco y taxistas con carteles escritos a mano en grafías árabes que Jacob debería saber descifrar, después de sus seis meses de curso. Pero abatido se da cuenta de que no puede.

De pronto siente un escalofrío de preocupación. ¿En la embajada pondrán a prueba su nivel de árabe? Al fin y al cabo, lo que le hizo conseguir el puesto fue haber dicho que tenía un nivel intermedio alto de árabe. ¿Era mentira? Decide verlo como una cuestión de definiciones.

Los viajeros se apretujan y empujan en dirección al aparcamiento y las colas de los taxis mientras Jacob se detiene para mirar a su alrededor.

Le habían dicho que alguien vendría a buscarlo. Alguien de la embajada. Había esperado toparse con un cartel que rezara «Seger» entre los taxistas, y desliza de nuevo la mirada por todos ellos pero con el mismo resultado penoso. Había esperado un Mercedes o un Volvo de color negro, el número dos de la embajada en el asiento de atrás, preparado con un briefing y las primeras tareas de Jacob. Algún trato o alguna reunión con el gobierno libanés, quizá que lo mandaran directamente en una misión de investigación a un campamento de refugiados o un cóctel en la embajada francesa. Muy ingenuo, obviamente, está claro que no se empieza por ahí, no el primer día. Pero algo se había esperado, un indicio de que todo eso está ahí. La misión. La posibilidad de demostrar que él es alguien con futuro. Alguien digno de recordar. Alguien por quien apostar.

Pero no hay nadie esperándolo. Nadie que sostenga un cartel con su nombre. Nadie con aspecto europeo y buscando con mirada estresada.

Jacob saca su teléfono. Se ha encargado de hacer que su tarjeta SIM funcione en el país nuevo, solo un pequeño detalle en los preparativos. Sabe que aquí sale caro llamar, y si hay algo que no tiene es dinero. Pero saca su móvil del bolsillo y busca el número que le dieron hace varias semanas de una tal Agneta Adelheim.

Es importante mostrarse ágil a la hora de actuar. No ser una víctima de las circunstancias, tomar el control de la situación y gestionarla.

Siente una suerte de alegría cuando vuelve a ver el nombre de Adelheim. No un jodido Andersson cualquiera. Incluso se ha molestado en comprobar que es de una familia noble. Eso le inspira confianza. Es aquí adonde se dirige, a este mundo de diplomáticos y nombres nobles. Un pequeño escalofrío de placer le sube por la espalda mientras pulsa el nombre en la agenda y escucha los tonos que se suceden.

Pero la mujer no lo coge y ni siquiera le salta un buzón de voz. Después de quince tonos corta la llamada, cierra los ojos y se reclina en el banco.

Siente el frío del cemento contra su rubia nuca rapada. Está en el aeropuerto de Beirut. Su primera vez en Oriente Próximo. Su primera vez fuera de Europa. Por un instante tiene la sensación de que se va a ahogar, separa los labios para coger aire y abre los ojos de par en par.

—No, no, no —dice para sí en voz alta.

Es cuestión de usar la cabeza. De ser espabilado.

Vuelve a llamar a Agneta Adelheim. Cuando descuelga al segundo tono, Jacob nota una ola de alivio.

—Dios mío —dice ella después de que Jacob se haya presentado—. Cuánto lo siento. Me había hecho a la idea de que llegabas la semana que viene. En media hora estoy ahí.

Jacob cuelga y se levanta, se sacude la decepción. Se habían olvidado de él. Es un contratiempo, pero esas cosas pasan. Estarán muy ocupados. No es de extrañar que se les escapen cosas. No puedes controlarlo todo. Pero eso no significa que Jacob no pueda dejarlos boquiabiertos.

De su maletín de piel marrón recién estrenado saca un ejemplar del diario Dagens Nyheter. Lo lleva consigo desde que se ha subido al avión en Estocolmo, pero aún no lo ha abierto. Será mejor ponerse al día con las últimas noticias, piensa, y ojea la portada, sobre todo en busca de algo relacionado con Beirut y Oriente Próximo. Ha leído en internet sobre las revueltas en el distrito donde están los edificios del gobierno. Sobre las basuras que no se recogen y que llenan las calles de olores apestosos y enfermedades porque el gobierno es corrupto y disfuncional. Pero no aparece nada. Lo único de lo que se habla es de un escándalo en el que, por lo visto, está metida la Säpo, los servicios secretos suecos, y que ha sacudido todo el país. Recuerda haber oído algo en las noticias ayer mismo, pero estaba demasiado pasado de vueltas como para poder retenerlo.

En cambio, ahora sí tiene tiempo. Al menos media hora, y cuando despliega el periódico ve la foto de una chica pelirroja de unos treinta años, vestida con ropa formal. Tiene los ojos verdes y se la ve con actitud contenida pero firme en una especie de rueda de prensa.

«RUSIA APOYABA LOS DISTURBIOS EN LOS BARRIOS PERIFÉRICOS», dice el titular.

Jacob devora el artículo en cuestión de minutos y lee el editorial y los artículos relacionados en las siguientes páginas. Una empresa rusa con vínculos directos con el Kremlin ha influido en un catedrático sueco para que, de cara a un Consejo de Ministros de la UE, escribiera un informe de experto favorable con el propósito de convencer al Consejo de que apoyara el aumento de la privatización de los cuerpos policiales europeos. Además, en relación con una reunión de ministros de la UE en Estocolmo la semana pasada, la misma empresa habría ayudado a organizar y atizar los disturbios que se habían desatado en varios barrios de la periferia de la capital sueca. La finalidad habría sido desestabilizar a la policía y abrir camino para que empresas con conexiones rusas pudieran adueñarse de ciertas competencias policiales. Y todo esto ante la mirada y la permisividad de la Säpo.

Jacob vuelve a la portada y mira la foto de la mujer. Gabriella Seichelmann. Abogada en uno de los bufetes más prestigiosos de Suecia. Ella es la que lo ha destapado todo. Hay más gente implicada, pero ella es la cara pública. La que tiene los testimonios y documentos que los periodistas han podido ver pero con el compromiso de no publicarlos, pues tienen el sello de confidencialidad. Los que han visto los documentos los ratifican, pero la Säpo se niega a hacer ningún tipo de comentario.

Jacob baja el periódico. Es como un thriller de espionaje. Es emocionante, y al mismo tiempo nota que durante la lectura se le han despertado una especie de celos. La abogada no puede ser mucho mayor que él. ¿Cinco, seis años como mucho? Suelta un suspiro. Poder estar en medio de todo eso. Plantarle cara a los poderes fácticos. Conseguir toda esa atención. De pronto se siente tan insignificante. Su puesto en prácticas y el examen de estadística que se le resiste. Su incapacidad de aprender las lenguas que necesita para una carrera que aun así no se acerca a lo que ya ha conseguido esa tal Seichelmann. ¿Debería haber estudiado Derecho?

Su teléfono tintinea y Jacob vuelve a sacarlo. A lo mejor Agneta ya ha llegado. Pero es Simon.

¿Has aterrizado, baby?

«Baby». Jacob nota cómo aumenta su irritación. ¿Cuánto va a tardar Simon en entender que lo que tuvieron en primavera ya acabó? Apenas se han visto en todo el verano. ¿Hace falta decir las cosas directamente?

Sí, fue emocionante. Mucho más abrumador para Jacob de lo que le hizo saber a Simon. Y podría haber llegado a ser algo más, algo en lo que la palabra «baby» habría encajado. Si Jacob se hubiese soltado. Si se hubiese dejado llevar. Si se lo hubiese permitido a sí mismo. Pero había ido tan rápido. A las tres semanas Simon le había empezado a sugerir que se fueran a vivir juntos. Jacob también lo había sentido, ese deseo de estar juntos todo el tiempo. De no querer dejar nunca la cama. Pero se había forzado, se había negado a entregarse a lo carnal. No había ido a Upsala para eso. Ese no era el plan. En absoluto. Y luego Simon había empezado a hablar de conocer a los padres de Jacob.

«Al menos podrías hablarme de ellos, ¿no? —le había dicho—. Me juego lo que quiera

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