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EL AMOR DE UNA MUJER GENEROSA

Alice Munro  

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Fragmento

El amor de una mujer generosa

Hace ya dos décadas que existe un museo en Walley dedicado a la conservación de fotografías y mantequeras y arreos de caballo y un viejo sillón de dentista y una rudimentaria mondadora de manzanas y otras curiosidades tales como los pequeños aisladores de porcelana y vidrio que se utilizaban en los antiguos postes telegráficos.

También se conserva allí una caja roja sobre la que se puede leer: D. M. WILLENS, OPTOMETRISTA; y junto a la caja una pequeña placa con la siguiente leyenda: «A pesar de que esta caja de instrumentos de optometrista no es muy antigua, guarda un considerable interés local, ya que perteneció al señor D. M. Willens, quien en 1951 pereció ahogado en el río Peregrine. Es de suponer que la caja, que se salvó del fatal accidente, la recuperó el mismo donante anónimo que más tarde la legaría a este museo».

El oftalmoscopio recuerda a un muñeco de nieve. Al menos la parte superior, la parte que está sujeta al mango hueco. Un disco grande, con otro más pequeño encima. Un agujero en el disco grande por el que mirar mientras las distintas lentes se van alternando. El mango pesa porque aún conserva las pilas. Si se quitasen y se insertase una vara con un disco en cada extremo, se podría enchufar a un cable eléctrico; pero tal vez fuera preciso utilizar el instrumento en lugares donde no había corriente eléctrica.

El retinoscopio parece más complicado. Debajo del aro circular que se coloca en la frente hay algo que asemeja la cabeza de un elfo, de rostro plano y redondo y con un capirote metálico, inclinado en un ángulo de cuarenta y cinco grados hacia una fina varilla sobre la que debería brillar un diminuto haz de luz. El rostro plano es de cristal, una especie de espejo oscuro.

Todo el aparato parece negro, pero en realidad está pintado. En ciertas partes, allá donde el optometrista debe de haberlo manoseado con mayor frecuencia, la pintura ha desaparecido, dejando a la luz destellos de un metal plateado.

I. JUTLAND

Aquel lugar se llamaba Jutland. Una vez hubo allí un molino y un pequeño asentamiento, pero a finales del siglo pasado todo aquello había desaparecido y, a fin de cuentas, el lugar nunca había llegado a ser gran cosa. Mucha gente creía que se llamaba así en honor de una famosa batalla naval librada durante la Primera Guerra Mundial, pero la verdad es que estaba en ruinas mucho antes de que se celebrara la tal batalla.

Los tres muchachos que llegaron allí un sábado a primera hora de la mañana a principios de la primavera de 1951 creían, al igual que la mayoría de los niños, que su nombre procedía de las viejas tablas de madera que sobresalían de la tierra de la ribera y de las otras estacas, rectas y gruesas, que formaban una irregular empalizada en las aguas cercanas. (En realidad, eran los restos de una presa construida antes de la época del cemento.) Las tablas y un montón de piedras usadas para los cimientos, una lila, unos cuantos manzanos enormes deformados por una enfermedad causada por los hongos y el somero lecho del caz del molino que se llenaba de ortigas cada verano eran los únicos signos de una existencia anterior.

Al volver de la carretera del pueblo había un camino, o más bien un sendero, que nunca llegó a cubrirse de grava y que figuraba en los mapas como una línea de puntos, una carretera apenas transitable. Solo de vez en cuando pasaban por allí los coches de quienes en verano iban a bañarse al río o los de las parejas que por la noche buscaban un lugar para pasar un rato. El único tramo en el que se podía dar la vuelta se encontraba antes de llegar al caz, pero lo invadían tantas ortigas, perifollos y, en los años lluviosos, cicutas salvajes, que a veces los coches tenían que salir dando marcha atrás hasta la carretera principal.

En aquella mañana de primavera se veían claramente las huellas del coche junto al borde del agua, pero los muchachos no se fijaron en ellas porque no pensaban más que en nadar; si es que a aquello se lo podía llamar nadar: volverían al pueblo y contarían que se habían bañado en Jutland antes de que la nieve desapareciese.

Hacía más frío allí, río arriba, que en la ribera cercana al pueblo. Todavía no había una sola hoja en los árboles de la orilla: el único verde visible lo formaban los manchones de puerros en el suelo y las caléndulas de pantano frescas como la espinaca, que se extendían a lo largo de los arroyuelos que desembocaban en el río. Y en la ribera de enfrente, debajo de unos cedros, vieron lo que andaban buscando: un banco de nieve largo, a ras de tierra y tenaz, gris como las piedras.

Aún no había desaparecido.

Así que podrían saltar al agua y sentir el frío apuñalándoles como una daga helada. Dagas de hielo alzándose tras sus ojos y aguijoneando el interior de sus cráneos. Luego sacudirían unas cuantas veces brazos y piernas y por fin saldrían, tiritando y castañeándoles los dientes. Meterían sus entumecidos miembros en sus ropas y sentirían la dolorosa recuperación de sus cuerpos por la sangre sobresaltada y el alivio de haber convertido sus jactancias en algo verdadero.

Las huellas que no advirtieron atravesaban de lleno el caz del molino, donde nada crecía entonces, únicamente la hierba aplastada de color pajizo del año anterior. Atravesaban el caz y se dirigían al río, sin dar la vuelta. Los muchachos las pisaron. Pero para entonces ya estaban tan cerca del agua como para que les llamara la atención algo más extraordinario que unas simples huellas de automóvil.

Había en el agua una estela de color azul pálido que no era un reflejo del cielo. Se trataba de un coche volcado dentro del estanque, con las ruedas delanteras y el morro enterrados en el fango y el parachoques del maletero a punto de salir a la superficie. En aquellos tiempos, el azul claro era un color poco corriente para un automóvil, y su forma curvilínea tampoco era muy corriente. Lo reconocieron enseguida. El cochecito inglés, el Austin, era el único de su marca en el condado. Su propietario era el señor Willens, el optometrista. Cuando iba al volante parecía un personaje de tebeo, porque era un hombre bajo aunque fornido, de hombros fuertes y cabeza grande. Daba la impresión de ir embutido en su cochecito, como en un traje a punto de estallar.

El coche tenía una escotilla en el techo que el señor Willens abría cuando hacía calor. Ahora estaba abierta. Los muchachos no distinguían bien lo que había adentro. El color del coche daba nitidez al agua, pero esta no era muy transparente y oscurecía cualquier cosa que no resplandeciera. Los muchachos se agacharon, luego se tumbaron panza abajo y asomaron sus cabezas, como si fueran tortugas, para intentar ver algo. Allí dentro había una cosa oscura y peluda, semejante al rabo de un animal grande, que sobresalía por el agujero del techo y se movía pausadamente en el agua. Enseguida se dieron cuenta de que se trataba de un brazo, cubierto por la manga de una chaqueta de tela gruesa y con pelusa. Les pareció que dentro del coche el cuerpo de un hombre —tenía que ser el cadáver del señor Willens— se encontraba en una posición extraña. La fuerza del agua, pues incluso en el estanque del molino era mucha la presión en esa época del año, debía de haberlo levantado del asiento, zarandeándolo de tal forma que uno de sus hombros casi tocaba el techo y uno de sus brazos asomaba por la escotilla. Su cabeza debía de haber sido impulsada contra la puerta y la ventanilla del asiento del conductor. Una de las ruedas delanteras estaba más atrapada en el fondo del río que la otra, lo que significaba que el coche estaba inclinado tanto de un lado a otro como del morro al maletero. En realidad, la ventanilla debía de estar abierta y la cabeza asomándose para que el cuerpo hubiera terminado en aquella posición. Pero no podían verlo. Tenían la imagen del rostro del señor Willens tal y como lo habían conocido, un rostro grande y cuadrado que a menudo fruncía el ceño con aire teatral aunque nunca amenazador. Sus ralos cabellos rizados eran rojizos o dorados a la altura de la coronilla, y se los peinaba en diagonal por encima de la frente. Sus cejas eran más oscuras que su pelo, gruesas y peludas como orugas pegadas a los ojos. La cara ya de por sí les parecía grotesca, igual que les parecían grotescas todas las caras de los adultos, de modo que no les asustaba verla ahogada. Pero todo lo que alcanzaban a ver era aquel brazo y una mano pálida. Pudieron ver la mano con gran claridad una vez que se acostumbraron a observarla a través del agua. Flotaba allí, trémula y vacilante, como una pluma, aunque su aspecto era tan sólido como el de la masa de pan. E igual de vulgar, una vez que te hacías a la idea de que estaba allí. Las uñas de los dedos parecían unas caritas pulcras, con su inteligente mirada de saludo, su sensato renegar de las circunstancias.

— Qué fuerte —dijeron aquellos chicos, cada vez con más energía y con un tono de creciente respeto, incluso de gratitud—. Qué fuerte.

Era su primera salida del año. Habían atravesado el puente sobre el río Peregrine, de doble arco y de una sola calzada, al que en el lugar llamaban la Puerta al Infierno o la Trampa Mortal, aunque lo peligroso de verdad era la curva cerrada de su extremo sur y no el puente en sí.

Había un arcén para los peatones, pero no lo utilizaron. Ni siquiera recordaban haberlo utilizado nunca. Tal vez hacía años, cuando eran pequeños y los llevaban de la mano. Pero para ellos aquel tiempo se había esfumado; se negaban a reconocer que había existido, aun cuando les mostraban como prueba una foto o se veían obligados a escuchar anécdotas durante las conversaciones familiares.

Caminaron a lo largo del pretil de hierro que corría por el puente al lado opuesto del arcén. Tenía una anchura de unos veinte centímetros y se elevaba aproximadamente treinta centímetros sobre el suelo del puente. El río Peregrine corría veloz con su carga de hielo y nieve, ahora derretidos, hacia su desembocadura en el lago Huron. Apenas cabía dentro de sus orillas después de las inundaciones anuales que transformaban las llanuras en un lago, arrancaban los árboles jóvenes y destrozaban cualquier bote o cabaña a su alcance. Con los residuos de los campos que la enfangaban y la pálida luz del sol sobre su superficie, el agua parecía un dulce de leche a punto de hervir. Pero si caías dentro te helaba la sangre y te empujaba al lago, y eso si antes no te habías partido la crisma contra las pilastras.

Los automóviles hicieron sonar sus cláxones como advertencia o reproche a los críos, pero estos no les hicieron ningún caso. Siguieron adelante en fila india con tal decisión que se dirían sonámbulos. Luego, al llegar al extremo norte del puente, atajaron hacia las llanuras, en busca de los senderos que recordaban del año anterior. Las inundaciones eran tan recientes que no resultaba fácil seguir aquellos senderos. Tenían que abrirse paso a patadas por entre la maleza aplastada y saltar de un montículo de hierba enlodada a otro. A veces saltaban de cualquier manera y terminaban aterrizando en el lodo o en los charcos residuales de las

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