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EL AMOR NO ES NADA DEL OTRO MUNDO

Félix J. Palma

4


Fragmento

1

Había sido una de las noches más patéticas de su vida, pero sus 256 amigos de Facebook debían creer que había sido una noche inolvidable. ¿Complicado? Qué va. Era algo que podía conseguir retocando lo suficiente las fotos de la velada. No sería la primera vez. En realidad, Ismael contaba con una amplia experiencia en ese campo. Así que, a pesar de que eran más de las dos de la madrugada y al día siguiente tenía que levantarse temprano para ir a trabajar, descargó las fotos del móvil en su portátil y las estudió con ojo de marchante de arte.

Había quedado para cenar con el único compañero de trabajo con el que tenía amistad, Óscar, el director de Sistemas de su empresa, y eso, por sí solo, ya vaticinaba que la noche no iba a ser muy divertida. Óscar era un tipo gordo y medio alopécico que solo hablaba de series, películas y programas de ordenador raros. Si intentabas hablar de otros temas con él, como, por ejemplo, «chicas» o «el verdadero sentido de la vida», terminabas, no sabías muy bien cómo, hablando de series, películas y programas de ordenador raros. Con solo verlo cualquiera podría deducir que la noche no acabaría convirtiéndose precisamente en una juerga descontrolada donde podía suceder cualquier cosa, desde el homicidio accidental de una prostituta, hasta el robo de un enano de jardín. Pero el informático era el único de sus conocidos que, como él, aún seguía soltero, así que a veces, cuando la soledad le calaba los huesos, Ismael le mandaba un mensaje proponiéndole salir a tomar unas copas. Sabía que luego se arrepentiría, pero se consolaba pensando que, aunque la noche fuera un verdadero tostón, al menos por unas horas estarían expuestos a la vida, a las ocurrencias del destino. Quién sabía lo que podía pasarles a dos tipos como ellos, todavía jóvenes y en edad de merecer, sin ninguna deformidad aberrante ni infecciones venéreas en su historial médico.

Aunque esta noche, para no variar, tampoco les había pasado nada mínimamente emocionante. Por suerte, la docena de fotos que ahora observaba contenían un inmenso potencial. Las primeras habían sido tomadas en el bar donde habían comido unos pinchos antes de emprender la gran aventura nocturna. Un par de ellas mostraban la mesa desde diferentes y artísticos ángulos: unos bodegones donde se podía ver dos reveladoras jarras vacías, otras dos prometedoramente llenas, y varios platos que parecían destinados a alimentar a un regimiento completo. La tercera foto mostraba a los dos amigos; la habían tomado unos guiris que comían en la mesa de al lado y que se habían prestado a hacerles aquel favor. Y allí estaba él, con una cerveza en la mano, delgaducho, vulgar, con cara de no creerse que ya había cumplido treinta y ocho años y todavía no había logrado construir nada importante en su vida profesional, y mucho menos en la sentimental. Y a su lado estaba Óscar, embutido en una camiseta de Star Wars, asombrosamente despeinado para el poco pelo que tenía, con su cara de luna de Méliès a la que solo le faltaba el cohete clavado en el ojo. No podía decirse que ninguno de los dos tuviera aspecto de haber triunfado en la vida, o a esas alturas pudiera hacerlo ya. De hecho, parecían dos perdedores de manual. Quizá en un plató de televisión, con una buena iluminación y unas risas enlatadas celebrando cada uno de sus comentarios, resultaran más simpáticos que la pandilla de Big Bang Theory, pero sin nada de aquello parecían exactamente lo que eran: unos pardillos patéticos, alejados de la realidad y extraviados desde tiempos inmemoriales en el laberinto del celibato. Gracias a Dios, existían los filtros. Además, los guiris se habían apuntado después a una tanda de selfies, y aunque Ismael sospechaba que solo lo habían hecho con el ánimo de burlarse de ellos, aquella intención no podía apreciarse en las imágenes. Cualquiera que las mirara sin haber estado allí, lo único que vería sería un montón de tíos muertos de risa por la evidente vis cómica de Óscar al posar, mientras Ismael pululaba por ahí en medio sonriendo a medias, todo elegancia y serenidad. Le gustaba especialmente una foto en la que él parecía decir algo a los guiris («¿Nos devolvéis the telephon, please?», creía recordar), mientras estos se descojonaban en su cara. Esa foto era perfecta. Si recortaba al gilipollas que, situado a su espalda, le dedicaba un gesto obsceno con el dedo, cualquiera pensaría en el acto que estaba dotado de un excepcional sentido del humor. Y si era lo suficientemente ambiguo en sus comentarios, nadie sospecharía que ni Óscar ni él conocían de una mierda a aquellos tíos.

Pasó a estudiar el resto de las fotos, que habían sido hechas en el garito del centro al que habían emigrado después del atracón de pinchos, tras librarse a duras penas del cargante grupito de neonazis. Allí, Óscar le había tomado una foto en la que aparecía con la misma falsa sonrisa y empuñando la que parecía la misma cerveza. Mmm… Si la pasaba a blanco y negro, y le metía un poco de grano de película, probablemente podría transformar su empanamiento en el halo de un poeta maldito. El resto, por suerte, era bastante más prometedor. Óscar había derramado accidentalmente su bebida en la camiseta de una chica que hablaba con otra junto a la barra, y mientras le pedía disculpas con expresión azorada, Ismael había aprovechado para acercarse a ellos y proponer espontáneamente un selfie. Oportunidades así no se podían dejar pasar. Cogidas por sorpresa, las pobres chicas habían sonreído por compromiso ante los numerosos disparos del móvil de Ismael, quien, tras las torpes disculpas del informático, había intentado pegar la hebra, pero sin el menor éxito. Resultaba evidente que, en ningún momento, a las chicas se les había pasado por la cabeza considerarlos una opción para acabar la noche, ni siquiera para empezarla. Pero las fotos, ay, contaban otra historia: en ellas se las veía guapas y sonrientes en compañía de Óscar, quien, por culpa de su azoramiento, parecía haber ingerido alguna sustancia estupefaciente, y de él, que, mal iluminado, parecía incluso estar pasándoselo bien. De hecho, los cuatro parecían estar divirtiéndose juntos, aunque ninguno de los dos amigos supiera el nombre de la chica que esa noche echaría su camiseta a la lavadora con gesto asqueado.

Ismael suspiró y se puso manos a la obra. Una vez seleccionadas las fotos, borró un par en las que no había tenido tiempo de apuntalar en sus labios la sonrisa forzada que había mantenido durante toda la noche, y recortó a Óscar de otra en la que su boca mostraba una mueca retorcida, casi monstruosa, que era mejor que no viera la luz. Aplicó diversos filtros, y después las fue colgando en su muro, añadiendo textos en el tono desapasionado de quien está acostumbrado a vivir acosado por la diversión, involucrado a su pesar en fiestas que se desmadraban a las primeras de cambio sin que nadie supiera cómo. Las observó entonces como si no fuesen suyas, satisfecho con el resultado. Era sorprendente cómo con un par de retoques aquí y allá había convertido una de las noches más deprimentes de su vida en una divertida velada. Esperó un rato, fantaseando con una vida como la que había sublimado en la pantalla, llena de excesos y emociones impredecibles. A los diez minutos, empezaron a aparecer los primeros «me gusta», aunque con cuentagotas. Normal, ¿quién iba a estar levantado a aquellas horas de la madrugada y, además, un domingo? Probablemente solo los insomnes, los opositores, los psicópatas que estuvieran armando alguna bomba casera, y los que acabaran de llegar de un largo fin de semana de farra demasiado descompuestos o puestos como para meterse en la cama del tirón.

Como no parecía haber mucha actividad, Ismael vagabundeó un rato por su muro y después entró a curiosear en los perfiles de algunos de sus amigos. Exceptuando media docena de compañeros del trabajo —entre los que había tenido cuidado de no

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