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EL AROMA DEL TIEMPO

Núria Pradas  

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Fragmento

1

Cuatro hombres trasportaban el ataúd. En sus rostros, se dibujaban las tristes huellas de quienes acarrean el peso de la muerte. Detrás, cabizbajo, caminaba Pablito volteando una gorra con las manos como si de un juguete se tratara. El último juguete de su niñez. A su lado iba Enric, un muchacho de su edad, un poco más alto y corpulento que él, y, detrás de ambos, Quimeta, la madre de Enric, vestida de luto y seguida de cerca por el cura, el padre Bernat. Unos cuantos vecinos, pocos, acompañaban la comitiva: manchas negras y tristes, arrastrando pies y almas por los suelos embarrados del barrio de Horta.

El exiguo cortejo se dirigía lenta y fatigosamente hacia la iglesia de San Juan. Después, una vez terminadas las exequias, aún les quedaría por recorrer un buen trecho hasta llegar al cementerio que contemplaba el barrio desde la lejanía. Allí quedaría Ramiro, durmiendo el sueño eterno al lado de Marie, su mujer. Ella llevaba esperándolo un tiempo; no mucho. Ambos habían partido de este mundo demasiado pronto.

Después, arropando al huérfano, regresarían todos al mismo lugar de donde habían salido: a la calle de Aiguafreda, la calle de las lavanderas.

El día era desapacible.

Al sacar el ataúd de Ramiro de casa, una espesa masa de nubes grises había cubierto el sol con su velo opaco. Parecía como si la mañana se vistiera, también ella, de luto.

El día era triste.

Las calles estaban vacías y las persianas de las tiendas bajadas en señal de duelo. Al pasar la fúnebre comitiva por la Bajada del Mercado, el pequeño huérfano alzó un momento los ojos que todo el tiempo mantenía clavados en el suelo, extrañado ante el silencio que le hurgaba en los oídos privándolo de la música cotidiana de las calles. Se fijó en que algunos hombres y mujeres salían de sus comercios y talleres para despedir a su padre en aquel viaje que acababa de emprender. El último. Con el rabillo del ojo vio a Mundeta, la del horno de pan, y a la señora Ramona de la mercería, que se santiguaban. Y antes de agachar de nuevo la cabeza aún pudo distinguir a Manuel, el frutero, y al señor Oliveres, el farmacéutico, ambos de pie ante las puertas de sus establecimientos con la mirada baja y las gorras en la mano en señal de respeto.

Sintió en sus hombros el brazo reconfortante de Enric, su amigo, que le sonreía para alentarlo. Pablito se limpió la nariz con la manga.

Conocía cada una de las piedras de aquellas calles por donde pasaban. Las calles de su niñez. Calles de gente sentada al fresco y de niños jugando; y de lavanderas ruidosas que al atardecer vaciaban los lavaderos llenando las calles de agua sucia. Entonces, los mayores se apresuraban a recoger sillas y niños, y salían a todo correr entre el ruido del agua, las risas de los chiquillos, y de algún que otro chapoteo travieso seguido de una regañina y, a veces, de algún bofetón.

Pablito pensó que todo eso había terminado. Que todo se lo estaba llevando la lluvia que comenzaba a repiquetear contra las ventanas de las casas del barrio y formaba charcos donde, ahora, solo chapoteaba la melancolía.

Los paraguas empezaron a abrirse como aves negras y fúnebres. Pero él rehuyó el cobijo que le ofrecía el cura. El agua le hacía bien. Lo limpiaba por fuera, aunque la tristeza siguiera asomándose a sus ojos y le mordiera el estómago. Las lágrimas le quemaban en la garganta y él hacía esfuerzos para no llorar. Abrió la boca para que las gotas de lluvia empujaran las lágrimas hacia abajo. Las tragó. Tragaba agua limpia de lluvia y lágrimas. Y mientras las tragaba, esas lágrimas iban convirtiéndose en rabia. Una rabia desconocida y sorprendente, porque Pablito no sabía qué era la rabia. Solamente tenía diez años y a los once años aún es pronto para enojarse con la vida.

En la iglesia, Pablito escuchó las palabras del padre Bernat sin parpadear; inmóvil, con la gorra quieta en las manos. De vez en cuando, se echaba hacia atrás aquel mechón de pelo espeso y rebelde que se empeñaba en caerle encima de los ojos. El olor a incienso parecía querer ahogarlo. Aquel olor le quedaría pegado a la nariz y grabado en la memoria, unido para siempre al recuerdo de la muerte. Como el olor a tierra mojada que perfumaba el cementerio cuando llegaron, después de que la lluvia cesara.

Perfumes de ausencias.

Abrieron el nicho y quedaron al descubierto los restos del ataúd donde descansaba su madre. Quimeta, que había sido la mejor amiga de Marie, se acercó a Pablito y le susurró algo al oído para distraerlo. Intentaba llevárselo de allí con zalamerías para ahorrarle el funesto espectáculo. Pero Pablito siguió tozudamente plantado ante el nicho con el corazón latiendo enfurecido contra el pecho. Enric, igual de terco, tampoco quiso moverse del lado de su amigo, aunque su madre, Quimeta, lo empujaba insistentemente hacia atrás.

Pablito tan solo tenía seis años cuando su madre murió. Había olvidado su rostro y también su voz. Pero vivía en su corazón a través de todo lo que su padre le contaba de ella. Para él, su madre era eso: una imagen que había creado su imaginación como si fuera un personaje de un libro querido.

Había prometido a su padre que no dejaría caer esa imagen en el olvido. Que siempre tendría un lugar en el corazón para su madre. Que cuidaría de su tumba y que le seguiría llevando flores cada quince de agosto, el día de su santo, y el primer día de noviembre, que es el día en que los vivos se acercan a sus muertos.

Padre e hijo conversaron mucho durante los últimos días de vida de Ramiro. Él le contó muchas cosas y le dijo que procurase no olvidarlas. Le pidió también que recordara siempre de dónde venía y quién era. Ninguno de los dos, sin embargo, habló de la muerte que se acercaba de nuevo. Ramiro sabía que pronto, muy pronto, él también pasaría a formar parte del mundo de los recuerdos. Fue por eso que se apresuró a aleccionar a su hijo. Después, ya nada importaría. Ramiro estaba convencido de que después de la muerte solo queda el silencio.

Pablito, de pie ante el nicho donde descansaba su madre y en donde pronto encerrarían a su padre, a pesar de sus pocos años, fue consciente de su soledad y de que aquellos a los que tanto había amado comenzaban a habitar el mundo nebuloso de los recuerdos. Quizás por eso, para impedir que desaparecieran del todo, siguió con la mirada anclada en el ataúd de su madre, y no la apartó ni siquiera cuando lo abrieron y sacaron los restos de quien lo había traído a este mundo, que ahora le parecía tan triste. Tan desolado.

Y así siguió, inmóvil y con la mirada clavada en el negro agujero incluso cuando introdujeron en él la caja de Ramiro.

Y cuando cerraron el nicho.

Pam, pam.

Encerrados.

Y no lloró.

Porque aquel dolor tan grande que sentía tan solo podía ser llorado por dentro. En soledad. En completa soledad.

2

Quimeta le dijo al padre Bernat que esa noche ella y su hijo Enric la pasarían en casa de los Soto acompañando a Pablito.

—Tendré que madrugar para coger el carro e ir a buscar la ropa para lavar, pero prefiero que el crío duerma en su propia cama esta noche. Enric le hará compañía, lo distraerá. ¡Son tan amigos! Ya sabe usted que nacieron solo con diez días de diferencia y desde que llegaron a este mundo no se han separado nunca.

El cura se dejó caer en una silla del comedor, cansado y abatido, y afirmó con la cabeza. La mujer se ató un delantal a la cintura y comenzó a trajinar por la casa mientras desgranaba en voz alta los tristes pensamientos que le rondaban por la cabeza:

—Mañana será otro día. Le haré sitio en casa, faltaría más. Todo el tiempo que haga falta. ¡Pobrecito mío! ¡Pobre Pablito!

Soltó un largo y melancólico suspiro:

—Qué triste es la vida a veces, ¿verdad, padre?

—Sí que lo es, Quimeta.

—Primero María y ahora Ramiro. Ya me dirá... ¿Qué va a ser ahora de esta pobre criatura?

—Esperemos que todo vaya bien, mujer. No llamemos aún al mal tiempo que el mal tiempo suele llegar por sí solo.

Quimeta no sabía estarse quieta. Mientras hablaba con el cura había batido un par de huevos y ahora ponía una sartén al fuego.

—Le haré una tortilla a Pablito, que el pobre debe de tener el estómago en los pies. Esta mañana les he preparado un buen desayuno a él y a Enric. Mi chico se lo ha zampado en dos segundos. Y es que Enric come como una lima, ¿sabe, padre? Pero Pablito ni lo ha probado. Qué lástima, ¡pobrecito!

El cura no respondió, absorto como estaba en sus pensamientos. De repente, levantó la cabeza y dijo:

—Quimeta, hazme el favor de decirle al niño que venga. Le tengo que explicar... Bueno, esto...

Dijo mientras sacaba una carta del bolsillo de la sotana.

Pablito salió de la habitación y tomó asiento en el comedor delante del cura. Si hubiera sido por él, se habría quedado encerrado en su habitación el resto de su vida, sin ver a nadie, sin tener que hablar con nadie. Con la única compañía de Enric, que nunca había sido muy hablador. Pero eso no lo podía hacer. Sobre todo, porque una de las últimas cosas que le había dicho su padre cuando ya ni podía levantarse de la cama era que obedeciera en todo al padre Bernat, porque él lo ayudaría.

El sacerdote puso la carta sobre la mesa y la cubrió con sus manos rechonchas de dedos cortos y regordetes.

—¿Sabes qué es esto, Pablito?

—Una carta —respondió el muchacho, haciendo un gran esfuerzo.

—Bueno, hombre; quiero decir si sabes..., si imaginas qué dice.

El chico negó con la cabeza. ¿Cómo quería que lo supiera si estaba cerrada? El cura, a veces, decía unas cosas muy extrañas. ¿Era, acaso, hora de adivinanzas?

El padre Bernat, sin parar atención al rostro enojado de Pablito, empezó a soltar un largo discurso en el que los nombres de Ramiro y Marie ocuparon un lugar destacado, seguidos siempre, eso sí, de aquel enpazdescansen que olía a muerto.

—Tu madre, aunque aquí en el barrio todo el mundo la conocía como María, se llamaba realmente Marie, porque era francesa.

Calló y esperó unos segundos a que el niño le respondiera. Pero Pablito no dijo nada. Ni siquiera levantó la vista del suelo.

—Marie Huard; eso tú ya lo sabías, ¿no es así?

Él asintió con la cabeza.

—¿Y qué más sabes de tu madre? —insistió el cura.

Quizás Pablito no sabía mucho más sobre los orígenes de su madre; o quizás no tenía ni pizca de ganas de hablar. Sea como fuere, no añadió nada; se limitó a hundir la barbilla en el pecho y a levantar los hombros en un gesto que no invitaba al diálogo.

El cura entrecruzó los dedos y apoyó los codos en la mesa. Y, entonces, olvidando los circunloquios, empezó a entrar en materia, sin prisas, escogiendo las palabras, y deseando de todo corazón no equivocarse en sus decisiones y que aquella triste historia terminara de la mejor manera par

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