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EL ARTE DE LA RESURRECCIóN (PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA 2010)

Hernán Rivera Letelier  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Cita

Carta

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

XIII Premio Alfaguara de Novela

Premio Alfaguara de Novela

Premios Alfaguara

Créditos

A mi padre, predicador a los cuatro vientos.

N. S. J. no necesita presentación
es conocido en el mundo entero
baste recordar su gloriosa muerte en la cruz
seguida de una resurrección no menos espectacular
un aplauso para N. S. J.

NICANOR PARRA

Sermones y Prédicas del Cristo de Elqui

Carta pastoral escrita por el obispo de La Serena,

monseñor José María Caro,

25 de febrero de 1931

Queridos hijos del Señor:

Lo que ha estado pasando entre vosotros ha llenado de amargura el alma de vuestro obispo.

Se ha presentado entre vosotros un pobre iluso de los que hay muchos en el manicomio, y al cual los fieles, que lo son todos para ir a la iglesia, para cumplir su santa religión y para cumplir sus deberes, lo han acogido como el enviado de Dios, como el mismo Mesías, nada menos, y le han formado su comitiva de apóstoles y creyentes.

Mientras que los fieles sensatos e instruidos han estado tolerando el escándalo sufrido por semejante blasfemia y alucinación y por las irrisiones de las personas sin fe, siempre prontas en su mezquino criterio para aprovechar cualquiera ocasión de manifestar su falta de conocimiento y aprecio de las cosas y personas más dignas de universal veneración... ¿Cómo ha podido suceder esa contagiosa alucinación? Dios lo ha permitido para castigo de unos y humillación de muchos.

Todos somos bastante sensatos para descubrir cuándo alguien está en su sano juicio y cuándo lo ha perdido. Si entre vosotros se levantara un pobre campesino y os dijera seriamente: «Yo soy el rey de Inglaterra» y se rodeara de ministros a semejanza de ese rey, y se vistiera con un traje especial para manifestar esa dignidad... ¿habría alguna persona cuerda, una sola, que no viera la perturbación mental que ese pobre padecía? ¿No sucedería lo mismo si dijera que es el Padre Santo?

Y, sin embargo, hay quienes no han visto su perturbación mental porque el pobre enfermo no se ha imaginado ser un personaje de la Tierra, sino nada menos que el mismo Rey de los Reyes y Señor de los Señores.

Repito que los manicomios están llenos de cosas semejantes... ¿Y hay entre vosotros quienes se dejan guiar por alucinados?

Yo espero que vosotros, que habéis sufrido ante tal espectáculo, ayudaréis con vuestra caridad, con vuestras oraciones y con vuestros consejos a disipar esa contagiosa ilusión.

Os pido, por el amor de Dios y de nuestro hermano, que todos debemos tener, que hagáis todos, con vuestro párroco a la cabeza, todo esfuerzo para apartar del peligro a los que puedan caer en él, y por volver en sí a los que se han dejado alucinar.

Espero, por otra parte, que cuando las autoridades se hayan dado cuenta del mal, como os lo he indicado, pondrán pronto remedio para que se acabe del todo.

Os deseo paz y felicidad en el Señor.

José María Caro

1.

La pequeña plaza de piedra parecía flotar en la reverberación del mediodía ardiente cuando el Cristo de Elqui, de rodillas en el suelo, el rostro alzado hacia lo alto —las crenchas de su pelo negreando bajo el sol atacameño—, se sintió caer en un estado de éxtasis. No era para menos: acababa de resucitar a un muerto.

De los años que llevaba predicando sus axiomas, consejos y sanos pensamientos en bien de la Humanidad —y anunciando de pasadita que el día del Juicio Final estaba a las puertas, arrepentíos, pecadores, antes de que sea demasiado tarde—, era la primera vez que vivía un suceso de magnitud tan sublime. Y había acontecido en el clima árido del desierto de Atacama, más exactamente en el erial de una plaza de oficina salitrera, el lugar menos aparente para un milagro. Y, por si fuera poco, el muerto se llamaba Lázaro.

Era cierto que en todo este tiempo de peregrinar los caminos y senderos de la patria había sanado a muchas personas de muchos males y dolencias, y hasta había levantado de su lecho putrefacto a más de algún moribundo desahuciado por la ciencia médica. Requerido a su paso por enjambres de enfermos de toda índole y pelaje —sin contar la fauna de ciegos, paralíticos, deformes y mutilados que le traían en andas, o que llegaban a la rastra en pos de un milagro—, él los ungía y bendecía sin distingo de credo, religión o clase social. Y si por medio de su imposición de manos, o de una receta de remedios caseros a base de yerbas medicinales —que también las daba—, el Padre Eterno tenía a bien restablecerle la salud a alguno de estos pobres desdichados, ¡aleluya, hermano!, y si no, ¡aleluya también! Quién era él para aprobar o des

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