Loading...

EL ASESINATO DE GARCíA LORCA

Ian Gibson  

5


Fragmento

Epígrafes

Asesinato

Dos voces de madrugada en Riverside Drive

¿Cómo fue?

Una grieta en la mejilla.

¡Eso es todo!

Una uña que aprieta el tallo.

Un alfiler que bucea

hasta encontrar las raicillas del grito.

Y el mar deja de moverse.

¿Cómo? ¿Cómo fue?

Así.

¡Déjame! ¿De esa manera?

Sí.

El corazón salió solo.

¡Ay, ay de mí!

GARCÍA LORCA,

Poeta en Nueva York (1929)[*]

«Yo creo que el ser de Granada me inclina a la comprensión simpática de los perseguidos. Del gitano, del negro, del judío... del morisco, que todos llevamos dentro.»

GARCÍA LORCA 1931[**]

«Fue un momento malísimo, aunque digan lo contrario en las escuelas. Se perdieron una civilización admirable, una poesía, una astronomía, una arquitectura y una delicadeza únicas en el mundo, para dar paso a una ciudad pobre, acobardada; a una “tierra del chavico”, donde se agita actualmente la peor burguesía de España.»

GARCÍA LORCA, junio de 1936, sobre la «Toma»

de Granada en 1492[***]

«Desde entonces no sabemos nada, sino su propia muerte, el crimen por el que Granada vuelve a la Historia con un pabellón negro que se divisa desde todos los puntos del planeta.»[****]

PABLO NERUDA, 1947

Prólogo

PRÓLOGO

He contado en Aventuras ibéricas (Barcelona, Ediciones B, 2017) cómo nació en Granada, en 1965, mi indagación sobre el asesinato del autor de Bodas de sangre y el contexto en que se llevó a cabo. No es cuestión de volver aquí sobre aquel año apasionante... y los cuatro siguientes. El resultado de mis pesquisas fue La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca, publicado en París por la editorial Ruedo Ibérico, hoy mítica, en 1971. Se prohibió enseguida en España, pero miles de ejemplares cruzaron la frontera, máxime a raíz de recibir el Premio Internacional de la Prensa en la Feria del Libro de Niza en 1972. Se comentó el acontecimiento en la prensa española —notablemente por José María Pemán en ABC—[*] y el libro se tradujo al francés, inglés y otros idiomas.

Con la evidencia de que al régimen de Franco le quedaba poco tiempo, el mundo editorial español iba abonando ya para entonces el terreno para la explosión de títulos sobre la República y la Guerra Civil que se avecinaba. Por lo que le tocaba al poeta granadino, signo de los tiempos fue el oportunismo de la publicación por Planeta, en marzo de 1975 —siete meses antes de la muerte del Caudillo—, del libro de José Luis Vila-San-Juan García Lorca, asesinado. Toda la verdad.

En abril de 1979 la editorial Crítica de Barcelona publicó una nueva edición revisada y ampliada de mi estudio. Ello me permitió incorporar aportaciones no solo de la mencionada obra de Vila-San-Juan sino de muchos trabajos —libros, artículos de prensa, ensayos— aparecidos alrededor del mundo a partir de la muerte del dictador. Tuvo numerosas reediciones con la inclusión de más documentación. Pero no procedente de una obra cuya publicación se demoraba, al parecer, eternamente. Me refiero a Los últimos días de García Lorca, del periodista y escritor granadino Eduardo Molina Fajardo, que, por desgracia, solo vería la luz en 1983, editado por Plaza y Janés, cuatro años después de la muerte repentina de su autor a finales de 1979.

En la edición de mi libro publicada por Círculo de Lectores en 1986 (luego reimpresa por Punto de Lectura en 2005) ya se notaba la presencia del de Molina Fajardo. Hoy, en esta nueva de Ediciones B, mucho más. Solo tuve un breve encuentro con él en 1965 mientras iniciaba mi investigación. Ocurrió en su despacho del diario Patria, ya para entonces agonizante (y hoy museo del pintor granadino Juan Guerrero). Alguien, no recuerdo quién, me dijo que Molina poseía muchos datos sobre la muerte de Lorca y que debería hablar con él. Me recibió amablemente. Lo que yo no sabía es que preparaba un libro sobre el trágico suceso.

Como falangista —durante un tiempo jefe provincial del «Movimiento»—[1] y director de Patria, Molina Fajardo tenía acceso a documentos inalcanzables para mí, así como a muchas personas implicadas en los acontecimientos de 1936 que jamás habrían hablado con un extranjero. En algunas ocasiones sus confidentes así lo declaran. El 7 de abril de 1969, por ejemplo, un antiguo falangista que estaba en el pueblo de Víznar cuando allí mataron a García Lorca le relata cómo fue la última noche del poeta. Se llama Pedro Cuesta Hernández. El hombre hubiera preferido no hablar, pero Molina Fajardo, que va acompañado de un cura de ideología afín, es quien es, y Cuesta apenas tiene más remedio que colaborar. «Insistimos en escucharle —nos informa el autor— y teniendo en cuenta nuestra identidad falangista, acepta a narrar lo ocurrido.»[2] En otra ocasión, en 1975, almuerza con una persona llamada Miguel Serrano Ocaña, que se incorporó al alzamiento en los primeros días. Y nos cuenta: «Coloco una cinta en el cassette y comenzamos a hablar, no sin antes decirme: “No te creas que me gusta comentar estas cosas, estos recuerdos, pero lo hago por gusto por tratarse de ti. Con otro no hablaría.”»[3]

Providencial, pues, el tenaz empeño de Molina Fajardo, y encomiable su laboriosa recopilación de declaraciones y datos, a menudo nada halagüeños para la Falange Española Tradicionalista de las JONS, a la cual él mismo pertenece.

Los testimonios de los entrevistados por Molina nos meten en la plena «intrahistoria» de lo ocurrido en la ciudad en 1936. Muchas de las conversaciones —unas cincuenta, desarrolladas entre 1968 y 1979, sobre todo en 1969— fueron grabadas, y es de esperar que, con el resto de los copiosos materiales reunidos por el escritor y periodista, sean accesibles a futuros estudiosos cuando sus herederos los entreguen al Museo-Casa Natal de Federico García Lorca en Fuente Vaqueros, como se acordó en su momento. Allí formarían, junto con las numerosas grabaciones nuestras, un archivo sonoro único.[4]

Al margen de las entrevistas, el texto preliminar de Molina Fajardo —unas sesenta páginas impresas de un total de 424— estaba, por desgracia, sin terminar cuando murió tan a deshora. Fue preparado para la imprenta por su viuda, Ángeles González, e hijos, adoptándose «un estilo sencillo, totalmente distinto al de la pluma que lo pensó escribir». Según ella, la muerte de su marido convirtió la obra «en boceto de lo que pudo ser».[5] Pero el conjunto es muy enjundioso, insustituible. Lo he releído con lupa e incorporado muchos de sus datos, siempre con el debido reconocimiento. Sin el paciente y minucioso trabajo del escritor granadino, aunque truncado, se habría perdido para siempre, en resumidas cuentas, una riquísima información sobre las circunstancias que rodearon el asesinato de Lorca.

El libro de Molina Fajardo, dignamente reeditado por la editorial Almuzara en 2011, tiene otro gran mérito: la inclusión de un cuidadoso índice «toponomástico» que lo convierte en herramienta de trabajo extraordinaria. En un país donde demasiado a menudo, por pereza, se siguen publicando libros de investigación sin índice alguno, es de elogiar el buen hacer de Plaza y Janés en 1983.

Otros muchos libros y artículos han enriquecido mi trabajo de los últimos años. En particular La verdad sobre el asesinato de García Lorca, de Miguel Caballero Pérez y Pilar Góngora (Madrid, Ibersaf, 2007) —exhaustivo estudio sobre el trasfondo social de la familia del poeta en la Vega de Granada, con implicaciones para su persecución y muerte—, y Lorca, el último paseo, de Gabriel Pozo Felguera (Granada, Ultramarina, 2009), que brinda nuevos datos sobre el diputado de la CEDA, Ramón Ruiz Alonso, principal delator responsable del atroz crimen. También me ha hecho reflexionar el estudio de Miguel Caballero Pérez, Las trece últimas horas en la vida de García Lorca (Madrid, La Esfera de los Libros, 2011), pese a discrepar con algunas de sus aseveraciones, omisiones y conclusiones.

Todo lo relacionado con la vida, obra y muerte de García Lorca suscita ya un interés mundial. En vísperas del 120 aniversario de su nacimiento en el corazón de la Vega de Granada, algunos no podremos descansar hasta no conocer, por fin, el paradero exacto de sus últimos restos, escamoteados desde hace más de ochenta años.

IAN GIBSON

Madrid, 15 de diciembre de 2017

1. García Lorca y la Segunda República

1

GARCÍA LORCA

Y LA SEGUNDA REPÚBLICA

Solo por ignorancia total de las actividades de Federico García Lorca durante los años de la República, máxime bajo el Frente Popular, o por la determinación de silenciarlas, se podría seguir alegando la «apoliticidad» del poeta. Su compromiso social e identificación con quienes sufren era ya evidente en su primer libro, Impresiones y paisajes (1918), y no hizo más que agudizarse durante el resto de su breve vida. Hay que tener en cuenta, además, que por aquellos años, cuando el fascismo amenazaba con destruir las mismas bases de la democracia europea, era difícil, si no imposible, que un joven de tendencias liberales no se situara políticamente, aunque sin ser militante de un partido, como fue su caso.

Dos años antes de la llegada de la República en 1931, él y otros varios escritores de su generación habían negado de manera explícita ser apolíticos, publicando un documento que demostraba su insatisfacción con el régimen dictatorial del general Miguel Primo de Rivera, su deseo de buscar nuevos senderos políticos y su intuición de que nacería pronto la España tan largamente esperada. El texto, fechado en abril de 1929 y olvidado hasta su reimpresión en 1969 en las Obras completas de José Ortega y Gasset, puede parecernos hoy ingenuo. Pero en su día significaba una importante toma de conciencia por parte de un grupo de jóvenes que creían que, sin unos profundos cambios políticos, España se desmoronaría (véase Apéndice I, 1).

Dos meses después García Lorca se fue a Nueva York, donde entró por vez primera en contacto con la vida de una metrópoli (Madrid era un pueblo en comparación con «aquel inmenso mundo»).[1] Siempre se había identificado con los pobres y los marginados, pero en Nueva York —la Nueva York de la depresión— pudo contemplar el sufrimiento humano sin paliativos. La experiencia fue crucial y confirmó su rebeldía contra la injusticia y su fe en la misión redentora del arte. Ahí están los poemas del ciclo neoyorquino para testimoniarlo.

Cuando desembarcó en Cuba después de su temporada en el «Senegal con máquinas»,[2] un periodista habanero subrayó el intenso interés que le suscitaban los problemas sociales y políticos:

García Lorca, además de gran poeta, es, como José María [Chacón y Calvo] me afirmó, «un muchacho encantador», lo más lejos posible de esos artistas encasquillados en el arte por el arte, curioso por cuanto a su alrededor ocurre, apasionado, mejor diría exaltado, por los problemas políticos y sociales de España, de Cuba, del mundo [...] Su interés por los problemas político-sociales se revela en estos hechos: que espontáneamente y sin conocerlo fue a felicitar al doctor Cosme de la Torriente porque leyó «que había ganado un pleito en que defendía los derechos individuales y políticos», y está más entusiasmado con la celebración del mitin nacionalista que el propio Mendieta o Carlos Manuel Álvarez Tabío.[3]

No perdería nunca su preocupación por las dificultades de América Latina, y en muchas ocasiones expresaría su solidaridad con los revolucionarios de distintos países del continente.

Regresó a España en el verano de 1930. Al año siguiente es la llegada de la Segunda República. Para el poeta, como para los otros firmantes del documento dirigido a Ortega, suponía la epifanía de la España soñada.

En 1932 Fernando de los Ríos, ministro de Instrucción Pública del Gobierno de Manuel Azaña, nombró a García Lorca director del teatro universitario La Barraca. Como se sabe, uno de los propósitos del mismo era llevar el drama clásico español a las aldeas y los pueblos de provincias. Bajo la inspiración del poeta, La Barraca fue un éxito rotundo, la expresión, como él mismo decía, «del espíritu de la juventud de la España nueva».[4] «Toda esta modesta obra —explicó en otra ocasión— la hacemos con absolu

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta

Información básica sobre Protección de Datos

En Penguin Random House Grupo Editorial, S.A.U , trataremos tus datos personales sólo bajo tu expreso consentimiento para la prestación del servicio solicitado al registrase en nuestra plataforma web y/o para otras finalidades específicas que nos haya autorizado.
La finalidad de este tratamiento es para la gestión del servicio solicitado e informarte sobre nuestros productos, servicios, novedades, sorteos, concursos y eventos. Por nuestra parte nunca se cederán tus datos a terceros, salvo obligación legal.
En cualquier momento puedes contactar con nuestro Delegado de Protección de Datos a través del correo lopd@penguinrandomhouse.com y hacer valer tus derechos de acceso, rectificación, y supresión, así como otros derechos explicados en nuestra política que puede consultar en el siguiente enlace