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EL ASESINO INDELEBLE

Marcos Nieto Pallarés  

5


Fragmento

1

Café con whisky

«Joder... Hoy es uno de esos días..., la cabeza me va a estallar.»

Las luces de mi Mustang iluminaban la noche y el inicio de esos bosques que parecían abrirse a medida que avanzábamos. Penetraba en la oscuridad guiado por la línea de alquitrán que el hombre había posado allí, entre los troncos. Between Forests no era más que un poblacho de mala muerte, un cúmulo de almas alojadas en las entrañas de una marea de pinos. La mina de carbón más importante del condado se encontraba en aquel enclave dejado de la mano de Dios. Sin el oscuro mineral, Between Forests no era nada.

—No lo entiendo —murmuró mi compañero al tiempo que se encendía un cigarro y se acomodaba en el asiento—. Han encontrado al muchacho allí mismo, empapado en su sangre. ¡Para qué cojones nos quieren!

—No lo sé —admití frotándome las sienes—. La llamada me ha pillado en compañía de diez latas de cerveza vacías... Ni el agua helada ha conseguido centrarme. —Mi voz no tenía fuerza alguna—. Supongo que habrán detectado algo extraño.

—Esto me da mala espina.

—¿Por qué?

—Por nada en especial. Un simple presentimiento. —Dan me hizo uno de sus acostumbrados reconocimientos visuales—. Oye, ¿estás bien? ¿Quieres que conduzca? Te veo un poco... para el arrastre.

—Hay que tener cuidado con ellos... —divagué en voz alta, luchando contra la incesante fuerza que el sueño ejercía sobre mis párpados.

Ignoré sus últimos comentarios. Dan padecía por ambos —y en realidad no le faltaba razón—, pero yo sabía que la jaqueca y el hecho de dormir no iban de la mano, que aquella noche no nos estrellaríamos contra un pino.

«Aún no ha llegado la hora de morir, compañero.»

—¿Tener cuidado con los presentimientos? —preguntó tras darle una calada al cigarro.

—Si se interpretan bien, pueden contener indicios del porvenir. Si miras con recelo al futuro, puede que este te revele alguno de sus misterios.

«El futuro... —pensé centrado en la carretera, acosado por esas punzadas de las que no podía escapar—. Alguien debería inventar un artilugio con el que se pudiera fisgar en él. Así, cada cual decidiría si vivir la vida antes de toparse de bruces con ella. De haber existido ese artilugio en mi adolescencia... —cavilé, abstrayéndome en la línea blanca que dividía la calzada— no estaría aquí en este preciso instante, y me habría ahorrado mucho dolor.»

—Debes dejar de leer libros sobre metafísica y esos rollos, en serio. A veces no sé si estás aquí o en una dimensión paralela. Para lelos, más bien.

—Sí... —suspiré sonriente, sintiéndome muy cansado. Necesitaba un café, y pronto.

—¿Te duele mucho? —preguntó Dan tocándose con el dedo índice la sien izquierda.

—Sabes que sí.

Aparqué en una de las pocas gasolineras que había en el trayecto. El coche no necesitaba repostar, pero yo sí.

Anduve con Dan a mi derecha hacia la tienda que había junto a los surtidores. Fuera el calor seguía ralentizándolo todo incluso tras la puesta de sol. La luna, llena y grande, iluminó nuestros pasos asistida por una luz artificial escasa, a tono con la atmósfera que llevaba acompañándonos desde que abandonamos Pittsburgh. Lejos de las características estridencias de la ciudad, entre los bosques cercanos al pueblo de Between Forests, donde se había encontrado un cadáver, reinaba una lóbrega calma; un sosiego que a mi sesera, debo decirlo, le sentaba de maravilla. Con todo, necesitaba «automedicarme».

Entramos en el pequeño establecimiento, de no más de veinte metros cuadrados. Al oír la puerta, el dependiente, al que pillamos hojeando un diario deportivo, alzó la vista por encima de las hojas.

—Díganme, señores.

—Dos cafés dobles, por favor —le pedí al hombre obeso de barba prominente—. Y, por favor, déjeme echarle un poco de ese licor que guarda usted por ahí...

Le guiñé el ojo.

El calor impregnaba la atmósfera, la condensaba haciéndola densa, pesada, desagradable. Una mosca zumbó posándose en la frente húmeda del dependiente;

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