Loading...

EL ATELIER DE LOS DESEOS

Agnès Martin-Lugand  

0


Fragmento

1.

Como cada domingo a las doce, no quería ir. Co mo cada domingo a las doce, me rezagaba, hacía todo lo posible por arañar un poco de tiempo. Pe ro...

—¡Iris! —exclamó Pierre—. ¿Qué estás haciendo?

—Vale, ya voy.
—Date prisa, vamos a llegar tarde.
¿Por qué mi marido tenía tanto empeño en ir a comer a casa de mis padres? Yo, por mi parte, habría dado cualquier cosa por librarme. La única ventaja era que la ocasión me permitía estrenar mi nuevo vestido. Había conseguido darle el toque final la noche antes, y estaba satisfecha con el resultado. Intentaba, mal que bien, no perder práctica y conservar mis dotes de costurera. Además, en aquellos momentos me evadía de todo: de mi mortalmente aburrido trabajo en el banco, de mi vida rutinaria y del desmoronamiento de mi pareja. Ya no tenía la impresión de estar apagándome. Al contrario, me sentía viva: cuando formaba equipo con mi máquina de coser, con la que diseñaba mis modelos, palpitaba.

Me miré al espejo una última vez y lancé un suspiro.

Encontré a Pierre en la entrada. Me esperaba tamborileando en su teléfono. Me detuve a observarlo un instante. Hacía casi diez años que nos conocíamos y su ropa de los domingos no había variado un

ápice: camisa Oxford, pantalones chinos y sus eternos zapatos náuticos.

—Ya estoy aquí —dije.

Se sobresaltó, como si le hubiese pillado en falta, y se guardó el móvil en el bolsillo.

—Ya era hora —gruñó poniéndose la chaqueta. —Mira, lo terminé ayer. ¿Qué te parece? —Muy bonito, como de costumbre.

Ya había abierto la puerta de la calle y se dirigía al coche. Ni siquiera me había echado un vistazo. Como de costumbre.

A las doce horas y treinta minutos justos, nuestro coche se detenía delante de la casa de mis padres. Mi padre abrió la puerta. La jubilación no le sentaba bien: estaba ganando peso y el cuello de la camisa le quedaba cada vez más apretado. Estrechó la mano de su yerno y se tomó el tiempo justo de besar a su hija antes de llevarse a Pierre al salón para tomar el oporto de costumbre. Yo fui un momento a saludar a mis dos hermanos mayores, que ya iban por la segunda copa. Uno estaba acodado en la chimenea, el otro leía el periódico en el sofá, y juntos comentaban la actualidad política. Después me dirigí a la cocina para unirme al clan de mujeres. Mi madre, con el delantal a la cintura —llevaba casi cuarenta años haciendo aquello—, vigilaba la cocción de su pierna de cordero dominical y abría latas de judías verdes mientras mis cuñadas se ocupaban del almuerzo de su prole. Los más pequeños estaban tomando el pecho, y los mayores hicier

Sigue leyendo y recibe antes que nadie historias como ésta