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EL AVISO (E-ORIGINAL)

Paul Pen  

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Fragmento

PRÓLOGO

Martes, 12 de septiembre de 2006

Tras su primer día de colegio, Leo salió de clase con la cabeza agachada, mirando al suelo. Se dejó llevar por la corriente de niños. Rodeado de gritos, risas y carreras, avanzó hacia la calle principal, más de un paso por detrás del resto de sus compañeros. El sol de septiembre en Arenas parecía derretir el asfalto, creando en su relieve charcos de agua inexistentes. Las franjas blancas de un paso de cebra invitaban a cruzar al otro lado, allí donde se levantaba la tienda del americano. El lugar que cada tarde se convertía en tierra prometida de azúcar y diversión para los alumnos del colegio. El Open. En realidad la tienda se llamaba de otra forma, pero la palabra escrita en neón que brillaba por las noches en morado y amarillo sobre la puerta había acabado por convertirse en su verdadero nombre. Algunos decían que el señor Palmer, el dueño, se había traído el cartel con él desde Estados Unidos.

Leo se paró junto al paso de cebra cuando el montón de niños se detuvo. Alzó la mirada sin apenas levantar la cabeza. El semáforo estaba en rojo para los peatones.

—¿Veis esta cicatriz? —dijo uno de los niños, señalándose la barbilla—. Me pusieron cuatro puntos.

Infló el pecho mientras extendía una mano con el pulgar recogido.

—Por eso me llaman Brecha.

La presentación originó suspiros de asombro y gritos de admiración. Brecha los recibió levantando los brazos. Sobre su cabeza, el semáforo cambió a verde.

—¡Vamos al Open! —gritó.

Convertido ya en líder, Brecha guió el viaje de sus nuevos compañeros al otro lado de la calle. Para la clase que acababa de formarse bajo la tutoría de Alma Blanco, era la primera oportunidad de realizar la tradicional peregrinación escolar que se repetiría a diario. Todos siguieron a Brecha. Un niño corrió hasta él y lo agarró por el hombro. «Yo soy Edgar», le dijo. Con apenas seis años, parecía tener claro a quién era conveniente arrimarse. Detrás, dos niñas se miraron sin saber qué hacer. Temerosas, se dieron la mano. Y comenzaron a andar.

Leo notó que el grupo se desvanecía a su alrededor.

También percibió la presión de sus pies contra el asfalto. Inclinó el tronco hacia delante, ligeramente, como haría alguien antes de comenzar a andar, pero los dedos de sus pies aumentaron la presión. El resto del cuerpo quedó anclado al suelo. Mientras su tronco regresaba a una posición vertical, Leo dudó una última vez si obedecer las órdenes de mamá o si cruzar hacia el Open con el resto de sus nuevos compañeros. Esa misma mañana ella le había pedido que esperara a que le recogiera donde se encontraba ahora. Después le había dado el primer beso de despedida relevante en la vida de un niño. Forzando otra vez la vista para mirar sin apenas levantar la cabeza, pudo ver a los demás niños avanzar por el paso de cebra.

La duda de Leo duró apenas unos segundos.

Pero unos segundos que resultaron ser decisivos.

El niño que había agarrado a Brecha por el hombro miró hacia atrás, hacia el séquito que había convertido en suyo con un simple gesto. Sonrió cuando comprobó que todos le seguían. Entonces reparó en Leo, que permanecía quieto al otro lado de la calle, la cara dirigida al suelo. El niño sacudió el hombro de su líder. Brecha se giró para saber qué ocurría. Desanduvo el camino para acercarse a Leo. El resto del grupo también cambió de sentido y se arremolinó junto a ambos.

—¿Qué pasa, eres sordo o qué? —preguntó. Leo no contestó. Siguió mirando al suelo.

—Te estoy hablando —insistió Brecha—. ¿Eres sordo?

Leo negó con la cabeza. Después respondió:

—Y si lo fuera... ¿cómo iba a responder a tu pregunta?

Un murmullo comenzó a subir de volumen entre el grupo de niños. Brecha chistó y levantó un brazo para detenerlo.

—Anda, el listillo de la clase —dijo—. Por eso llevas ese parche en el ojo, ¿no?

—Se llama ojo vago —trató de defenderse Leo—. Y me lo quitan en un mes.

—Se llama ojo vago, se llama ojo vago —repitió Brecha como un cántico, con voz aguda y sacudiendo los hombros con las manos extendidas a la altura del pecho mostrando las palmas—. ¿Es por eso que no vienes a la tienda del americano, porque no ves bien?

Leo volvió a sacudir la cabeza en señal de negación.

—Entonces ya sé lo que te pasa. —Brecha hizo un silencio dramático. Lo alargó varios segundos. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz más grave—: Tienes miedo del Open. Te da miedo que te peguen un tiro.

La declaración fue seguida de un súbito silencio.

Primero algún murmullo y luego nada. Las cabezas giraron y las bocas se abrieron. Todas las miradas se dirigieron primero a Brecha y después a Leo. Él encogió los hombros. Levantó por fin la cabeza para mirar al grupo. A Brecha. Se colocó una mano en la frente para hacerse sombra sobre su único ojo abierto.

Brecha trató de mantener fija la mirada, pero los nervios le traicionaron y en dos ocasiones sus ojos se le escaparon rápidamente a un lado y a otro. Quería conocer la reacción del grupo a sus palabras. Porque lo que había dicho no era un comentario cualquiera. Había vociferado frente a todos el secreto innombrable del Open. El secreto que hacía de la tienda del americano el lugar ideal para que los críos de Arenas inventaran historias. La noche del disparo, hacía años. Y el chico que murió. En realidad, todos habían oído a sus padres o a sus hermanos mayores hablar de ello alguna vez. A sus madres recordarlo en la caja del supermercado. Pero la mirada que les dirigían justo después, y el súbito cambio de tema que siempre se forzaba a continuación, habían dejado claro a todos los niños del pueblo que eso era algo de lo que no se debía hablar. Como no se hablaba tampoco de aquella silueta oscura que sólo algunos habían llegado a ver aparecerse tras las cortinas del cuarto principal de la casa al final del camino de arena. El del Open era un secreto que no se podía compartir. Y menos aún gritar a plena luz del día a la puerta del colegio.

Quizá para romper el silencio, pero sobre todo para no mostrar ni un rastro de duda o debilidad, Brecha infló el pecho por segunda vez esa tarde, clavó su mirada en la de Leo y le dijo:

—Eres un miedica. —Después le gritó—: ¡Miedica!

Entonces Brecha miró al niño que le había agarrado por los hombros. Señaló a Leo con un golpe de cabeza y le volvió a insultar. Edgar entendió la orden.

—Miedica —repitió, uniendo su voz a la de Brecha—. ¡Miedica! ¡Miedica!

Entre los dos, comenzaron a repetir la palabra como una consigna. Una tercera voz se unió a la repetición. Después, una cuarta. Las dos niñas temerosas que se habían dado la mano comenzaron también a gritar el insulto. Pronto, todo el grupo gritaba a Leo. En algún momento, alguien dejó caer la palabra «gallina», y el nuevo insulto fue ganando adeptos por imitación hasta que el coro al completo entonaba la nueva forma de ataque.

Un coche comenzó a pitar a la jauría enloquecida. A pesar de que el semáforo había vuelto a cambiar a rojo, los niños seguían en medio de la calle. La conductora daba pequeños golpes con el pie sobre el acelerador. También hacía sonar sus uñas, enganchando la del dedo índice en el pulgar para luego soltarla. Golpeó el centro del volante otra vez, con más fuerza. Mantuvo el pitido constante para imponer su sonido sobre el ruido de los críos. Poco a poco, el griterío fue remitiendo y, cuando Brecha decidió cruzar en dirección a la tienda del americano, el grupo le siguió. Leo se quedó solo a las puertas del colegio mientras lo que esa misma mañana pudo haberse convertido en una pandilla de amigos con la que explotar petardos en los b

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