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EL BARCO DE LOS MUERTOS (MAGNUS CHASE Y LOS DIOSES DE ASGARD 3)

Rick Riordan  

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Fragmento

1

Percy Jackson se empeña en matarme

—Inténtalo otra vez —me dijo Percy—. Esta vez sin morirte.

De pie en el penol del buque Constitution, mientras contemplaba el puerto de Boston sesenta metros por debajo, deseé tener las defensas naturales de un buitre. Así podría vomitar sobre Percy Jackson y hacer que se largase.

La última vez que me había hecho saltar, solo una hora antes, me había roto todos los huesos del cuerpo. Mi colega Alex Fierro me había llevado corriendo al Hotel Valhalla, y había llegado justo a tiempo para morir en mi cama.

Por desgracia, era un einherji, uno de los guerreros inmortales de Odín. No podía morirme definitivamente mientras expirase dentro de los límites del Valhalla. Treinta minutos más tarde, me desperté como nuevo. Y aquí estaba ahora, listo para seguir sufriendo. ¡Viva!

—¿Es estrictamente necesario? —pregunté.

Percy estaba apoyado contra las jarcias, y el viento formaba pequeñas ondas en su cabello moreno.

Parecía un chico normal: camiseta de manga corta naranja, vaqueros, zapatillas de piel blancas Reebok. Si lo vierais andando por la calle, no pensaríais: «¡Eh, mira, un semidiós hijo de Poseidón! ¡Alabados sean los dioses del Olimpo!». No tenía branquias ni manos palmeadas, aunque sus ojos eran de color verde mar: el tono que me imaginaba que debía de tener mi cara en ese momento. El único detalle raro de Jackson era el tatuaje que tenía en la cara interna del antebrazo: un tridente oscuro como la madera quemada, con una línea debajo y las letras SPQR.

Me había dicho que las letras significaban Sono pazzi quelli romani («Esos romanos están locos»).

—Mira, Magnus —me dijo—. Vas a navegar en territorio hostil. Un montón de monstruos y dioses marinos y quién sabe qué otras cosas intentarán matarte, ¿vale?

—Sí, me lo imagino.

Con lo que quería decir: «Por favor, no me lo recuerdes. Por favor, déjame en paz».

—En algún momento —continuó Percy— te tirarán del barco, puede que desde más altura. Tendrás que saber sobrevivir al impacto, evitar ahogarte y volver a la superficie, listo para luchar. Y no será fácil, sobre todo en agua fría.

Yo sabía que tenía razón. Por lo que mi prima Annabeth me había contado, Percy había vivido aventuras aún más peligrosas que yo. (Y yo vivía en el Valhalla. Moría al menos una vez al día.) Le agradecía mucho que hubiera venido desde Nueva York para ofrecerme consejos de supervivencia acuática, pero ya me estaba hartando de que las cosas me salieran siempre mal.

El día anterior me había mordido un gran tiburón blanco, me había estrangulado un calamar gigante y me habían picado mil medusas furibundas. Había tragado varios litros de agua marina tratando de contener la respiración y había descubierto que no se me daba mejor el combate cuerpo a cuerpo a diez metros de profundidad que en tierra firme.

Esa mañana, Percy me había llevado a dar una vuelta por el barco y había intentado impartirme unos conocimientos básicos de navegación, pero yo seguía sin saber distinguir el palo de mesana del castillo de popa.

Y allí estaba ahora: incapaz de tirarme de un mástil.

Miré abajo, donde Annabeth y Alex Fierro nos observaban desde la cubierta.

—¡Tú puedes, Magnus! —me alentó ella.

Él me levantó los dos pulgares, o eso creo... Era difícil saberlo desde tan alto.

Percy respiró hondo. Hasta el momento había tenido paciencia conmigo, pero noté que la tensión acumulada durante el fin de semana también empezaba a afectarle. Cada vez que me miraba, le temblaba el ojo izquierdo.

—Tranqui, tío —dijo—. Te haré otra demostración, ¿vale? Empieza en posición de paracaidista y extiéndete como un águila para reducir la velocidad de descenso. Luego, justo antes de caer al agua, estírate como una flecha: la cabeza en alto, los talones abajo, la espalda erguida, el trasero apretado. La última parte es muy importante.

—Paracaidista... —dije—. Águila, flecha, trasero.

—Eso es —asintió Percy—. Obsérvame.

Saltó del penol y descendió hacia el puerto perfectamente extendido como un águila. En el último momento, se estiró con los talones hacia abajo, cayó al agua y desapareció sin apenas formar ondas. Un instante más tarde, salió a la superficie con las palmas levantadas como diciendo: «¿Lo ves? ¡No tiene ningún misterio!».

Annabeth y Alex aplaudieron.

—¡Venga, Magnus! —me gritó Alex—. ¡Te toca! ¡Pórtate como un hombre!

Supongo que pretendía hacer una gracia. La mayoría de las veces Alex se identificaba con una chica, pero ese día sin duda era un chico. A veces yo metía la pata y me equivocaba de pronombre para referirme a él/ella, de modo que a Alex le gustaba devolverme el favor burlándose de mí sin piedad. Para eso estaban los amigos.

—¡Tú puedes, primo! —chilló Annabeth.

Debajo de mí, la superficie oscura del agua relucía como una plancha para gofres recién fregada, lista para aplastarme.

«Está bien», me dije.

Salté.

Durante medio segundo, me sentí bastante seguro. El viento pasó silbando junto a mis oídos. Estiré los brazos y logré no gritar.

«Está bien», pensé. «Puedo hacerlo.»

Entonces fue cuando mi espada, Jack, decidió aparecer volando de repente y entablar una conversación conmigo.

—¡Hola, señor! —Las runas grabadas a lo largo de su hoja de doble filo brillaron—. ¿Qué haces?

Yo me agitaba, tratando de colocarme en posición vertical para el impacto.

—¡Ahora no, Jack!

—¡Ah, ya lo pillo! ¡Te estás cayendo! ¿Sabes? Una vez Frey y yo nos estábamos cayendo...

Antes de que pudiera continuar su fascinante relato, me estampé contra el agua.

Como Percy me había advertido, el frío embotó mi organismo. Me hundí, momentáneamente paralizado, sin aire en los pulmones. Me dolían los tobillos como si hubiera saltado de un trampolín de ladrillos. Pero por lo menos no estaba muerto.

Busqué heridas graves. Cuando eres un einherji, te vuelves un experto en escuchar tu dolor. Puedes tambalearte por el campo de batalla del Valhalla, herido de muerte, exhalando tu último aliento, y pensar tranquilamente: «Ah, así que esto es lo que se siente cuando te aplastan la caja torácica. ¡Interesante!».

Esta vez me había roto el tobillo izquierdo con seguridad. El derecho solo estaba torcido.

Tenía fácil arreglo. Invoqué el poder de Frey.

Un calor como el sol del verano se extendió desde mi pecho a mis extremidades. El dolor disminuyó. No se me daba tan bien curarme a mí mismo como curar a los demás, pero noté que mis tobillos empezaban a sanar, como si un enjambre de abejas amigas corriese por debajo de mi piel untando las fracturas con barro y tejiendo de nuevo los ligamentos.

«Ah, mucho mejor», pensé mientras flotaba a través de la fría oscuridad. «Pero aparte de eso debería estar haciendo otra cosa. Claro, respirar.»

La empuñadura de Jack se acercó a mi mano como un perro que reclama atención. Rodeé el puño de cuero con los dedos, y la espada me levantó y me sacó del puerto cual Dama del Lago propulsada por cohetes. Aterricé jadeando y tiritando en la cubierta del Constitution al lado de mis amigos.

—Vaya. —Percy dio un paso atrás—. Esta vez te ha salido distinto. ¿Estás bien, Magnus?

—Perfectamente —contesté tosiendo, y soné como un pato con bronquitis.

Percy observó las runas brillantes de mi arma.

—¿De dónde ha salido esa espada?

—¡Hola, soy Jack! —dijo Jack.

Annabeth contuvo un grito.

—¿Esa cosa habla?

—¿«Cosa»? —repitió Jack—. Oiga, señora, un poco de respeto. ¡Soy Sumarbrander! ¡La Espada del Verano! ¡El arma de Frey! ¡Llevo aquí mucho tiempo! ¡Y también soy colega!

Ella frunció el entrecejo.

—Magnus, cuando me dijiste que tenías una espada mágica, ¿por casualidad se te pasó por alto mencionar que... sabe hablar?

—Puede ser... —Sinceramente no me acordaba.

Durante las últimas semanas, Jack había estado a su aire haciendo lo que fuese que hacían las espadas mágicas conscientes. Percy y yo habíamos usado espadas de prácticas del Hotel Valhalla para entrenar. No se me había pasado por la cabeza que Jack podía aparecer de repente y presentarse sin más. La verdad es que el hecho de que hablase era lo menos raro de él. Que se supiera la banda sonora entera de Jersey Boys de memoria..., eso sí que era raro.

Parecía que Alex Fierro estuviera haciendo esfuerzos para no reírse. Ese día iba vestido de rosa y verde, como siempre, aunque nunca le había visto ese conjunto en concreto: unas botas de piel con cordones, unos tejanos rosa ultraceñidos, una camisa de vestir color lima por fuera y una corbata fina a cuadros que llevaba suelta como un collar. Con sus gruesas Ray-Ban negras y su pelo verde cortado de forma irregular, parecía salido de la portada de un disco de new wave de alrededor de 1979.

—No seas maleducado, Magnus —me reprendió—. Haz las presentaciones como es debido.

—Ejem, claro —dije—. Jack, estos son Percy y Annabeth. Son semidioses... de los griegos.

—Ajá. —Jack no parecía impresionado—. Una vez coincidí con Hércules.

—¿Quién no? —murmuró Annabeth.

—Tienes razón —contestó Jack—. Pero supongo que si sois amigos de Magnus... —Se quedó totalmente inmóvil. Las runas desaparecieron. Acto seguido saltó de mi mano y se fue volando hacia Annabeth, sacudiendo la hoja como si olfatease el aire—. ¿Quién es ella? ¿Dónde está esa nena?

Annabeth retrocedió hacia la barandilla.

—Alto ahí, espada. ¡Estás invadiendo mi espacio vital! —Pórtate bien, Jack —la regañó Alex—. ¿Qué haces?

—E

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