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EL BAZAR DE LOS SUEñOS

Jojo Moyes  

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Fragmento

Agradecimientos

Me gustaría dar las gracias a Sophie Green y Jacquie Bounsall, quienes, a pesar de no parecerse a mis personajes principales, me sirvieron en cambio de inspiración para escribir El bazar de los sueños, así como la tienda de Sophie: la Radiante y Alocada Sophie Green; sin olvidarme de todos aquellos clientes cuyas historias individuales, cotilleos, escándalos y chistes contribuyeron a dar forma a este libro. Todavía me asombra lo que es capaz de contarte la gente si te quedas tras una caja registradora el tiempo suficiente…

Mis más sentidas gracias a todos los que trabajan en Hodder and Stoughton por su incansable apoyo y entusiasmo, y sobre todo a Carolyn Mays, Jamie Hodder-Williams, Emma Longhurst, Alex Bonham y Hazel Orme.

Gracias a Sheila Crowley y Jo Frank, cuya impagable pericia como agentes me ayudó a finalizar el libro, y también a Vicky Longley y Linda Shaughnessy, de AP Watt. Mi agradecimiento para Brian Sanders, por sus amplísimos conocimientos sobre el mundo de la pesca, y a Cathy Runciman, por conocer Argentina tan a fondo. A Jill y John Armstrong les quiero agradecer que me proporcionaran un espacio para escribir bien lejos de mi rebosante cesto de la ropa sucia, y a James y Di Potter darles mi más sentido reconocimiento por haberme iluminado en temas como la agricultura y la cría de animales. Gracias asimismo a Julia Carmichael y al personal de Harts, de Saffron Walden, por su apoyo, y a Hannah Collins por ponerme en contacto con Ben, quien sabe mejor que nadie cómo sacarse el trabajo de encima.

Mis tardías gracias a Grant McKee y Jill Turton, que fueron los primeros en editar mis libros: siento haber vendido vuestro coche.

Mis disculpas y también mi agradecimiento para Saskia y Harry, quienes ahora ya comprenden que cuando mamá habla sola, y de vez en cuando se olvida de preparar la cena, no es que manifieste síntomas precoces de locura, sino que, en realidad, está pagando la hipoteca.

Mis más sentidas gracias sobre todo a Charles, que me soporta cada día, enamorándose de mis personajes masculinos, y que ahora ya sabe tanto del proceso de escribir una novela que muy bien podría publicar una de su propia cosecha. Por todo eso, muchísimos besos.

Primera parte

1

Buenos Aires, 2001:

El día que asistí al parto de mi primer bebé

Era la tercera vez esa semana que el aire acondicionado se había estropeado en el Hospital de Clínicas, y el calor era tan intenso que las enfermeras habían dispuesto unos ventiladores de plástico de esos que funcionan con pilas para intentar mantener frescos a los enfermos de cuidados intensivos. Habían llegado trescientos aparatos en una caja, obsequio de un agradecido y genuino superviviente del negocio de importación y exportación, uno de los pocos usuarios del hospital público que todavía se consideraba lo bastante rico en dólares para hacer regalos.

Los ventiladores de plástico azul, sin embargo, resultaron ser casi tan fiables como las promesas de aquel paciente, el cual se había comprometido a conseguir más medicamentos y equipamiento médico, y mientras el hospital se sumía en el ruidoso calor estival de Buenos Aires, se oía por todas partes algún que otro repentino «¡Hijo de puta!» de las enfermeras (incluso las más devotas) al verse obligadas estas últimas a tener que aporrearlos para ponerlos en marcha.

Yo no me percataba del calor. Temblaba con un miedo gélido, propio de la comadrona recién titulada a quien le acaban de comunicar que asistirá a su primer parto. Beatriz, la veterana que había supervisado mi formación, me lo anunció con aparente naturalidad, propinándome un fuerte golpe en el hombro con su mano gordezuela y morena antes de marcharse para ver si podía robar un poco de comida de la sala geriátrica con la que alimentar a una de sus madres primerizas.

—Están en la dos —me dijo, señalando la sala de partos—. Multigrávida, con tres hijos, aunque este no quiere salir. No seré yo quien le culpe precisamente. —Se rió sin ganas y me empujó hasta la puerta—. Volveré dentro de unos minutos. —Al verme titubear frente a la puerta, prestando atención a los ahogados quejidos de dolor que procedían del interior, la comadrona me azuzó—. Vamos, Turco, solo puede salir por un sitio el niño, ¿sabés?

Entré en la sala de partos con el sonido de la risa de las demás comadronas todavía tintineando en mis oídos.

Tenía pensado presentarme investido de una cierta autoridad, para darme valor a mí mismo, así como a mis pacientes, pero la mujer estaba arrodillada en el suelo, empujando el rostro de su marido con sus blancos nudillos y mugiendo como una vaca, así que pensé que un apretón de manos no era lo más apropiado para la situación.

—Necesita medicamentos, por favor, doctor —me dijo el padre como pudo a través de la palma que tenía aferrada a la mejilla. Su voz, advertí, acusaba la deferencia con la cual yo me dirigía a mis superiores del hospital.

—¡Dios mío de mi vida! ¿Por qué durará tanto? —La mujer lloraba para sus adentros, balanceándose hacia delante y hacia atrás, en cuclillas. Tenía la camiseta empapada de sudor y el pelo, peinado hacia atrás en una cola de caballo, estaba tan mojado que dejaba entrever las pálidas estrías de cuero cabelludo.

—Los dos últimos vinieron muy rápidos —me explicó el padre, acariciándole el pelo—. No entiendo por qué este no sale.

Cogí el historial que colgaba de los pies de la cama. La mujer llevaba casi dieciocho horas de parto: mucho tiempo para un primerizo, por no hablar de un cuarto bebé. Luché contra el impulso de llamar a gritos a Beatriz y me quedé contemplando las notas fijamente, intentando aparentar experiencia mientras recitaba mentalmente los pasos a seguir del protocolo médico en función del sonido de los lamentos de la mujer. Abajo, en la calle, alguien había subido muchísimo el volumen de la música procedente de la radio de un coche: el golpeteo sintetizado e insistente de la cumbia. Se me ocurrió que podría cerrar las ventanas pero la idea de que esa habitacioncilla oscura se caldeara todavía más me resultó insoportable.

—¿Puede ayudarme a subirla a la cama? —le pregunté al marido cuando ya había agotado mi tiempo contemplando las notas.

El hombre se puso en pie de un salto, contento, creo, de que alguien fuera a actuar. Tras levantar a la mujer le tomé la presión arterial y, sin que ella me soltara el pelo, cronometré las contracciones y le palpé el estómago. Tenía la piel ardiente y resbaladiza. La cabeza del bebé estaba completamente encajada. Le pregunté al marido por su historial previo pero no hallé ningún indicio en su relato. Miré a la puerta y deseé que por ella apareciera Beatriz.

—No hay que preocuparse de nada —le dije, secándome la cara y deseando que mis palabras fueran ciertas.

Fue en ese momento cuando vi a la otra pareja, de pie y casi sin moverse en el otro extremo de la habitación, cerca de la ventana. No tenían el aspecto de quienes visitan habitualmente los hospitales públicos: quedarían mejor, con su ropa cara y de colores vistosos, en el hospital suizo situado al otro lado de la plaza. El pelo de la mujer, teñido en una peluquería buena, iba recogido hacia atrás, en un moño elegante, a pesar de que el maquillaje no había sobrevivido al sofocante calor que superaba los cuarenta grados y se le había cuarteado junto a los ojos en líneas y conglomerados que le chorreaban confiriendo brillos a su rostro. Asía a su marido por el brazo y miraba de hito en hito la escena que se desarrollaba ante sus ojos.

—¿Necesita medicinas? —preguntó, volviéndose hacia mí—. Eric podría conseguirle medicinas.

«¿La madre?», pensé con aire ausente. Algo me decía que esa mujer era demasiado joven.

—Ya es demasiado tarde para las medicinas —le dije, intentando que mi voz sonara confiada.

Todos me miraban con aire expectante. No había señal alguna de Beatriz.

—Voy a examinarla —dije. Dado que a juzgar por las apariencias nadie iba a detenerme, no me quedó otra alternativa que someterla a un breve examen.

Le coloqué los talones contra las nalgas y esperé a que relajara las rodillas. Aguardé hasta la siguiente contracción y, con toda la suavidad que pude, palpé el borde del cérvix, maniobra dolorosa cuando el parto ya está avanzado, pero la mujer estaba tan cansada por aquel entonces que apenas gimió. Me quedé en pie durante un minuto, intentando interpretar lo que veía. A pesar de estar absolutamente dilatada, yo no podía notar la cabeza del niño… Me pregunté, durante unos segundos, si aquello no se trataría de otra broma que me gastaban las comadronas, como la muñeca que me pidieron que mantuviera calentita en la incubadora. De repente, noté un leve sobresalto de excitación. Les dediqué una sonrisa tranquilizadora y me dirigí al armarito del instrumental, esperando que aquello que yo buscaba no lo hubiera afanado ya otro departamento. Allí estaba; igual que una aguja curva de hacer ganchillo: mi varita mágica. La sostuve en la palma de la mano, sintiendo una especie de euforia por lo que iba a ocurrir: por lo que yo, en persona, iba a hacer que ocurriera.

El aire se estremeció con otro quejido de la mujer que yacía en la cama. Estaba un poco asustado por tener que actuar sin supervisión, pero sabía que era injusto esperar más; por otro lado, ahora que ya no funcionaba el monitor que controlaba el latido cardíaco fetal, no tenía modo alguno de saber si el bebé corría peligro.

—Aguántela para que se esté quieta, por favor —le dije al marido y, cronometrando con muchísima atención entre contracción y contracción, introduje el gancho y perforé un diminuto agujerito en el volumen de aguas que advertí bloqueaba el avance de la criatura. A pesar de los lamentos de la mujer y del tráfico exterior, oí el hermoso y minúsculo sonido explosivo de la membrana que se rendía ante mí y, de repente, salió un borbotón de fluido y la mujer se incorporó y me dijo, algo sorprendida y no sin cierta premura:

—Necesito empujar.

En ese momento llegó Beatriz. Advirtió la herramienta en mi mano, la renovada determinación en el rostro de la mujer y, ayudando al marido a sostenerla, me hizo una señal para que prosiguiera.

Después de eso me flaquea la memoria. Sí que recuerdo, no obstante, haber visto una mata suave y sorprendente de pelo oscuro, haber cogido la mano de la parturienta hasta situarla sobre la cabecita y así darle ánimos para afrontar la situación. Me acuerdo de que le ordené que empujara y que jade

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