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EL BEBEDOR DE LáGRIMAS

Ray Loriga  

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Fragmento



Índice

Portadilla

Índice

Dedicatoria

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Capítulo IV

Capítulo V

Capítulo VI

Capítulo VII

Capítulo VIII

Capítulo IX

Capítulo X

Capítulo XI

Capítulo XII

Capítulo XIII

Capítulo XIV

Sobre el autor

Créditos

Grupo Santillana

 

 

«¿Por qué vivís en el fuego que no cesa?».

William Blake

CAPÍTULO I

Adela es joven, no cabe duda, pero no es eso lo que quiere ser.

Los olmos de Carnwell tienen doscientos años, Adela apenas dieciocho, a veces las leyendas protegen a las mujeres más jóvenes, a veces las destruyen; Adela está más que dispuesta a arriesgarse. Dicen que en Carnwell hay palomas negras, pero nadie ha vivido para verlas y luego contarlo. Dicen que en Carnwell las palomas negras llevan el nombre de la muerte. Dicen que hasta los cuervos las temen. La universidad de Carnwell está llena de leyendas que ya nadie cree, pero que en otro tiempo fueron importantes y sin ellas esta universidad no sería muy diferente de cualquier otra en cualquier rincón del mundo.

Creer o no creer es cosa de cada cual, al menos hasta que el pasado no se atreva de nuevo a levantar su espada contra el presente. O hasta que las palomas negras se acerquen...

El primer día del nuevo curso en la universidad de Carnwell, se ignorasen o no las leyendas, tenía sus propias tradiciones y no era desde luego parecido a ningún otro día en la vida de una chica, sobre todo en la vida de una chica de pueblo pequeño como Adela.

La primera experiencia en solitario, lejos ya de la sofocante manta familiar cosida con cariño y retazos arrancados o conservados de entre una historia que le era ajena, se presentaba como una oportunidad única para empezar a conocerse y darse a conocer. En la vieja Nueva Augusta, Misisipi, donde había nacido y donde Adela había pasado lo que a ella le parecía una eternidad, apenas podía una adolescente saber nada de sí misma, tal era el peso de la mirada de los demás. Nadie en la vieja Nueva Augusta tenía verdaderamente una aventura propia más allá de lo que se esperaba o ya se sabía de ellos y sus ancestros, más allá de la tradición y la conducta imaginada que se extendía sobre cada cual como una condena que impregnaba a la vez el pasado y el futuro. Al entrar en la cafetería saltaba la chapa de su refresco de costumbre, Doctor Pepper light; al caminar distraída por el centro comercial, las vendedoras de Gap, intuitivamente, recordaban su talla exacta. En Nueva Augusta no había nada sorprendente.

Adela, como las chicas de su edad, lo tenía todo asegurado en esa tierra, un pasado conocido y un futuro preconcebido. Lo que no podía encontrar cerca de su casa y a pesar de su entusiasmo era un presente, un tiempo propio.

La vida en Nueva Augusta podía ser cualquier cosa menos nueva. Todo se repetía, por encima de la imprecisa voluntad de sus más jóvenes habitantes. En Nueva Augusta tampoco había nada mágico, inquietante o fabuloso: sobrevivir al aburrimiento era ya un pequeño milagro.

La población de Nueva Augusta había descendido desde sus gloriosos dos mil ciudadanos en la década pasada, hasta los actuales seiscientos noventa pueblerinos, seiscientos ochenta y nueve ahora que Adela se había largado de este diminuto infierno.

Adela soñó siempre con estar algún día fuera de Nueva Augusta, en otro mundo, entre otra gente.

Ese día por fin había llegado.

La universidad, con su campus a la inglesa, sus explanadas de hierba, sus mil y un olmos, sus pistas de atletismo, cum

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