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EL BESO DE LA NOCHE (CAZADORES OSCUROS 5)

Sherrilyn Kenyon  

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Fragmento

Thrylos

La Atlántida.

Legendaria. Mística. Próspera. Misteriosa. Sublime y mágica.

Hay quienes afirman que nunca existió.

Pero también hay quienes se creen a salvo en este mundo moderno, con sus avances tecnológicos y sus armas. Se creen a salvo de los poderes malévolos de antaño. Incluso creen que los hechiceros, los guerreros y los dragones dejaron de existir hace mucho tiempo.

Son idiotas que se aferran a la ciencia y a la lógica, y a la creencia de que estas los salvarán. Jamás serán libres ni estarán a salvo, no mientras se nieguen a ver lo que tienen delante de las narices.

Porque los mitos y las leyendas de la Antigüedad hunden sus raíces en la verdad y, en ocasiones, la verdad no nos hace libres. En ocasiones, nos esclaviza.

Pero acompañadme, vosotros que sois ecuánimes de corazón, y dejadme que os narre la historia del paraíso más perfecto que ha existido jamás. Más allá de las Columnas de Hércules, en el gran Egeo, existió una vez una tierra orgullosa que dio cobijo a la raza más avanzada que jamás haya pisado este mundo.

Creada en los albores del tiempo por el dios primigenio Arcón, la Atlántida tomó su nombre de la hermana mayor del dios, Atlantia, que significa «airosa belleza». Arcón creó la isla con la ayuda de su tío, el dios del mar Ydor, y de su hermana Eda, la diosa de la Tierra, como regalo para su esposa, Apolimia, con el fin de que sus hijos poblaran el continente, donde tendrían lugar de sobra para crecer y jugar.

La dicha de Apolimia fue tal que se echó a llorar e inundó la Tierra, convirtiendo a la Atlántida en una ciudad dentro de otra ciudad. Dos islas gemelas rodeadas por cinco canales de agua.

Ese sería el lugar donde daría a luz a su prole inmortal.

Sin embargo, no tardaron en descubrir que la gran Destructora, Apolimia, era estéril. A petición de Arcón, Ydor habló con Eda y juntos crearon una raza de atlantes que poblara la isla y alegrara el corazón de Apolimia.

Funcionó.

Rubios y de piel clara en honor a la diosa-reina, los atlantes eran muy superiores a cualquier otra raza. Solo ellos reportaban consuelo a Apolimia y hacían sonreír a la gran Destructora.

Justos y pacíficos, como los dioses de antaño, los atlantes desconocían la guerra. La pobreza. Utilizaban sus poderes psíquicos y mágicos para vivir en armonía con la naturaleza. Acogían con los brazos abiertos a los extranjeros que llegaban a sus costas y compartían con ellos sus dones de sanación y prosperidad.

No obstante, a medida que pasaba el tiempo y otros panteones y razas se alzaban para desafiarlos, los atlantes se vieron obligados a luchar por su hogar.

Para proteger a los suyos, los dioses atlantes se vieron abocados a un conflicto permanente con el advenedizo panteón griego. Para ellos, los griegos no eran más que niños luchando por la posesión de ciertas cosas que jamás podrían comprender. Intentaron lidiar con ellos como lo haría cualquier padre con su retoño: con paciencia y mesura.

Pero los dioses griegos se negaron a escuchar sus sabios consejos. Zeus y Poseidón, entre otros, estaban celosos de las riquezas y la serenidad que reinaban en la Atlántida.

No obstante, era Apolo quien la codiciaba con más ansia.

Astuto e implacable, el dios puso en marcha un plan para arrebatarles la isla a los dioses primigenios. A diferencia de su padre y de su tío, sabía que los griegos jamás podrían derrotar a los atlantes en una guerra abierta. El único modo de conquistar la antigua civilización era desde el interior.

Así pues, cuando Zeus expulsó de su hogar en Grecia a la beligerante raza que él había creado, los apolitas, reunió a su prole y la guió a través del mar hasta las costas de la Atlántida.

Los atlantes se compadecieron de los apolitas, una raza con poderes psíquicos y creada a semejanza de los dioses, que habían sufrido la persecución de los griegos. Los recibieron como si de parientes se tratara y les permitieron residir en la isla siempre y cuando acataran las leyes atlantes y no causaran disputas.

Los apolitas cumplieron el trato de cara a la galería. Hacían sacrificios a los dioses atlantes, pero jamás rompieron el pacto que habían sellado con su padre, Apolo. Todos los años elegían a la doncella más hermosa y la enviaban a Delfos como muestra de agradecimiento por la bondad que Apolo les había demostrado al entregarles un nuevo hogar que un día gobernarían como dioses supremos.

En el año 10500 a.C. enviaron a Delfos a la hermosa aristócrata Clito. Apolo se enamoró de ella al instante y juntos engendraron cinco parejas de gemelos.

A través de esta amante y de sus hijos Apolo predijo su destino. En última instancia, iban a ser ellos quienes lo sentaran en el trono de la Atlántida.

Mandó de vuelta a la isla a su amante y a sus hijos, los cuales entraron a formar parte de la familia real atlante por vínculos matrimoniales. Al igual que los apolitas se habían unido a los nativos de la isla y habían mezclado ambas razas, dando lugar a una prole mucho más fuerte, así lo hicieron sus propios hijos. Salvo que él se encargó de que sus vástagos no diluyeran el linaje real, para así asegurarse la fuerza y la lealtad de la corona atlante.

Tenía planes para la Atlántida y sus hijos. Gracias a ellos, gobernaría el mundo y derrocaría a su padre, tal como este hizo con Cronos.

Según la leyenda, el mismo Apolo visitaba a cada una de las reinas atlantes para engendrar al heredero al trono. Cuando nacía el primer hijo varón de cada pareja real, el dios consultaba su oráculo para descubrir si sería ese niño quien derrocaría a los dioses atlantes.

La respuesta era siempre negativa.

Hasta el año 9548 a.C.

Como era su costumbre, Apolo hizo una visita a la reina atlante, cuyo esposo había muerto hacía más de un año. Se le apareció como un espíritu y engendró su hijo en ella mientras dormía y soñaba con su marido muerto.

También fue ese mismo año cuando los dioses atlantes descubrieron su propio destino. Porque su reina, Apolimia, descubrió que estaba embarazada de su esposo, Arcón.

Tras haber pasado siglos anhelando tener un hijo propio, la Destructora por fin veía cumplido su deseo. Según reza la leyenda, la Atlántida floreció ese mismo día y alcanzó un grado de prosperidad desconocido hasta entonces. La diosa-reina comunicó con gran alegría la noticia al resto del panteón.

Tan pronto como las Moiras escucharon el anuncio, miraron a Apolimia y Arcón, y aseguraron que el hijo nonato de la reina sería el culpable de la muerte de todos ellos.

Cada una de las tres Moiras pronunció una frase de la profecía:

«El mundo que conocemos a su fin llegará.»

«Nuestro destino en sus manos descansará.»

«Como dios, todos sus deseos se cumplirán.»

Aterrado por la profecía, Arcón ordenó a su esposa que asesinara al bebé.

Apolimia se negó. Llevaba mucho tiempo deseando tener un hijo como para verlo muerto a causa de los celos de las M

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