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EL BESO DE TOSCA

Vicente Garrido   Nieves Abarca  

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Fragmento

DRAMATIS PERSONAE

(por orden alfabético)

Anatole. Dirige un pub y un refugio donde protege a prostitutas rusas que quieren escapar de las mafias de trata de blancas.

Andrea. Trabaja en el gimnasio propiedad de Areces; entrenadora de Dídac.

Berto Areces. Empresario y traficante de armas. Tiene como empleada y amante a Vera Nanashi.

Betje, alias Susan. Terrorista.

César Andreu. Escenógrafo de ópera.

Darío Gara. Contable al servicio de Berto Areces.

Dídac Zarco. Boxeador. Amante de la mujer de Jorge.

Dolores Petrova. Prostituta.

Edurne. Detective privado amiga de Marc Roselló.

Hugo. Contratado por Edurne, labores de inteligencia y seguimiento.

Jorge, alias el Tigre. Boxeador, amigo de Dídac.

Julie y Clarisse. Estudiantes integradas en el grupo terrorista.

Lara. Mujer de Jorge y amante de Dídac Zarco.

Luka Ivanov, alias el Tártaro. Esbirro de Areces.

Marc Roselló. Barítono.

Miguel Sanchís. Tenor, amigo de Marc desde la infancia.

Pablo Bartual. Mánager de Dídac Zarco; descubrió al Gitano.

Per Stangeland, alias Thomas. Dirige el grupo terrorista.

Rafael Flores, alias el Gitano. Boxeador, antiguo pupilo de Pablo Bartual.

Raúl del Olmo. Mosso d'Esquadra, amigo de Gladys.

Rusty. Puertorriqueño al servicio de Areces.

Samir. Traficante de drogas al menudeo e informante al servicio de Rusty.

Tatiana. Prostituta, escapa del control de Areces gracias al auxilio de Marc.

Uli, alias Klaus. Terrorista.

Vera Nanashi. Crupier, amante y empleada de Berto Areces.

Violeta. Sicaria.

Todos los caracteres y elementos de esta trama son ficticios. Cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia.

PARTE PRIMERA

ÓPERA

Quien vea a Vera, la amará.

Vera,

VILLIERS DE L’ISLE-ADAM

1

El convidado de piedra

LA STATUA: Don Giovanni, a cenar teco m’invitasti, e son venuto.

DON GIOVANNI: Non l’avrei giammai creduto. Ma farò quel che potrò.

Don Giovanni, acto II, escena final,

WOLFGANG AMADEUS MOZART

Valencia. Palau de les Arts Reina Sofía

31 de julio, 23.00 horas

Final de la representación del Don Giovanni, Mozart

La voz grave de la Estatua cruza el aire de la sala, conmoviéndola, como un trueno soterrado altera la profundidad del bosque.

El director da la entrada. Detrás, los ojos brillan en la oscuridad como pequeñas luciérnagas. Conozco bien esas miradas. Desde la primera fila, los asistentes ya han pegado la espalda con fuerza a la butaca, las manos aferradas al reposabrazos, las bocas semiabiertas; la música gloriosa y preternatural que Mozart ha otorgado a la escena es capaz de perturbar cualquier alma hasta el tuétano. La electricidad recorre el escenario con una cualidad mesmérica, sé que muy pronto el público sentirá un escalofrío de pavor. Y yo también.

Don Giovanni está a punto de bajar a los infiernos.

Canto «Non l’avrei giammai creduto», otorgando al Don el orgullo del que recibe su final con entereza suicida mientras mi Leporello se mete, tembloroso, debajo de la mesa. El Comendador, cubierto con una túnica negra, un fantasma del averno, eleva su mano hacia mí.

Hace unas horas lo invité a cenar en el cementerio.

Y ha cumplido su promesa. El helor comienza a invadir mi cuerpo. El escenario arde en un claroscuro dramático y las sombras demoníacas reptan por los pantalones, agarran mi levita, mi voz se desgarra, se levanta y se entrelaza con el coro; la estatua resurrecta ha pretendido que me arrepienta de mi vida disoluta. ¿Está de broma? Don Juan jamás cederá.

La música más bella jamás compuesta al servicio de la venganza divina contra el ángel caído. «Arrepiéntete, maldito», dice el viejo Comendador.

«No.»

«Arrepiéntete.»

«No. Jamás.»

Las criaturas del averno me rodean con más fuerza, bajo mis pies se abre un abismo de dolor. Grito de espanto, y Leporello grita también al ver cómo me tragan las llamas del Hades.

Y es así como soy arrebatado de la tierra y enviado al infierno en un ciclón de fuego y violines que suenan como cuchillas afiladas. Reverbera la última nota, cae el telón y después se producen unos segundos de silencio que parecen horas. Esos silencios de emoción que te confirman si has triunfado o si la función ha sido desastrosa.

Espero, jadeante.

Al fin los aplausos atronan con fuerza y el alivio y la adrenalina se mezclan a partes iguales con la sed que me quema la garganta.

Morir en el escenario es morir un poco en la realidad. Pero cuando se vuelve a abrir el telón y el elenco se toma de la mano para saludar al público enfervorizado, me siento más vivo que nunca. Don Giovanni ha desaparecido bajo tierra, y es Marc Roselló quien recibe los últimos vítores y lanza el ramo de flores al público en pie.

—¡Marc! Joder. ¡Enhorabuena! Ha sido impresionante. ¡Menudo final! Aún tengo el vello de punta.

Marc sonrió al espejo mientras se quitaba el maquillaje, el bigote y las patillas postizas. Detrás de él asomaba por la puerta del camerino su amigo y colega de función Miguel Sanchís, que le acercó un botellín de cerveza helada.

—Tú tampoco has estado mal. Para ser tenor, claro. Y valenciano, además.

—Ser valenciano ayuda siempre. —Sanchís ahogó una carcajada, abrió los botellines y acercó el suyo al de su compañero para brindar. Se le veía exultante; no siempre podía compartir una obra con su mejor amigo—. Tenemos que celebrarlo. ¿Cuándo te vas? Yo tengo un Réquiem de Mozart en tres días en Oviedo.

—Mañana por la tarde salgo para Milán. Tengo una sustitución, un recital. Me toca un Viaje de invierno en pleno verano. —Marc estiró los brazos, desperezándose, y bebió un sorbo. Luego dejó la cerveza sobre la mesa—. Menuda pesadilla. En alemán, además. Tengo que repasar la partitura. Joder, ya no me acuerdo de nada. Odio el alemán. Y odio Milán.

—Los cojones odias Milán. Tienes fuera un montón de nenas esperando que les firmes un autógrafo. Seguro que más de una se va a ofrecer a que recuperes tu confianza en los idiomas.

—Sigues siendo tan capullo como siempre, Miguel... Me he pasado tres horas ligando con un montón de locas haciendo de Don Juan. No me han quedado más ganas después del resultado. He acabado en el infierno. —Hizo una mueca burlona—. No ha sido agradable.

Miguel alzó los ojos al techo del camerino y se tocó la piel de la cara que no estaba cubierta por la barba pelirroja. Aún tenía restos de crema, se la limpió en la camisa de cuadros con el revés de la manga.

—Me encanta cuando te pones transcendente, nano. Pero esta noche salimos, ¿no?, y pasamos de toda esta peña. —Le guiñó un ojo—. Tengo un plan brutal. Te va a gustar, ya verás.

Marc se pasó la mano por el cabello castaño y espeso, aún pegajoso de laca, y levantó una ceja. Era muy expresivo. Incluso había quien decía que sobreactuaba, pero no podía evitarlo. Era parte de su personalidad desde crío. Una de sus profesoras de canto en Roma le decía que había nacido para el «palcoscenico» y no se equivocaba. Con ocho años, sus padres lo llevaron al Liceu a ver La Bohème, y allí mismo, sentado en la platea del viejo teatro, decidió lo que quería ser en la vida.

—Miedo tengo de tus «planes brutales». Pero primero iremos a cenar con los demás al Oceanogràfic, ¿no? Estoy muerto de hambre.

—¿Y la dieta? —preguntó Miguel, que no alcanzaba el 1,80 que medía Marc pero le ganaba en peso y apetito.

Marc se miró la barriga. Había conseguido bajar cinco kilos pero seguía siendo un hombre corpulento.

—No seas tocapelotas, joder. Hoy no es día de hacer régimen. Acabo de perder dos kilos en el escenario. Y si adelgazo demasiado, perderé la voz. Mira lo que le pasó a la Callas...

El director de escena, un boloñés joven y atractivo pero de cabello prematuramente cano, llamó y entró sin esperar permiso. Iba felicitando uno a uno a todo el reparto. Aquella era la última función de la temporada y había resultado un éxito, para él inesperado. Asumió el Don Giovanni cuando el primer regista se despidió de malos modos, al igual que hizo el barítono ruso, al que reemplazó Marc Roselló. Una carambola feliz para ambos, que debutaron a la vez aquella semana en Valencia. Piero de Lucca era muy conocido en Italia, luchaba por hacerse un hueco fuera de su país y cualquier oportunidad era buena para conseguir renombre.

Palmoteó con elocuencia.

—Marc. Meraviglioso. Has estado increíble. Te aseguro que hace tiempo que no me encuentro un Don como el tuyo. Eléctrico. Duro, sádico, imponente, vulnerable. Estoy impresionado. Y esa voz... Enhorabuena. A ti también, Miguel, por supuesto. —Sonó con menos convicción al dirigirse al tenor.

El barítono, aún sentado frente al tocador, se hinchó de orgullo.

—Muchas gracias. Le tenía ganas. Llevo dos años preparándolo.

De Lucca se situó tras él y le puso las manos sobre los hombros.

—Este septiembre..., ¿cómo estás de compromisos? Me han pedido que dirija una Tosca en el Liceu. —Sonrió sabiendo que un barcelonés de pura cepa no podría rechazar la oferta—. Necesito un Scarpia de altura. Ya lo has cantado en Bolonia y en Roma. Me ha gustado lo que vi. —Lo miró a los ojos a través del espejo—. Dirigirá el Persa. Ya he hablado con él.

Marc disimuló un respingo. El Persa era el maestro iraní Thala Damir, uno de los directores de orquesta más importantes del momento, un verdadero genio y un hijo de puta al que medio mundo amaba y el otro medio aborrecía. El único que se atrevía a programar a Wagner en Israel. Una Tosca con el Persa podría ser el espaldarazo definitivo a su carrera en España.

—Bueno. Yo... —Fingió titubear a pesar de que por dentro ardía—. Sí, creo que podré arreglarme. Tengo que mirar mis compromisos, claro, pero seguro que no hay problema. El Liceu es mi casa. No hay nada que me produzca más placer que cantar allí. Hablaré con mi representante mañana mismo.

Miguel reprimió un bostezo y apartó el plato con desgana, asqueado de ver pasar tantos peces por delante de sus narices, irritado por los niños que aún estaban cenando a aquellas horas y, sobre todo, harto de aquella comida minimalista llena de algas. Se limpió la barba con la servilleta y le guiñó un ojo a Marc. El barítono bebía de su copa de Godello en el otro extremo de la mesa y parecía un tanto «alegre» mientras aguantaba la cháchara de un inglés atildado que enseñaba fotos de sus perros y a la vez sonreía con complicidad a la mezzo sueca que había actuado como Doña Anna.

Cogió el móvil y le mandó un wasap a su amigo:

«Se te ve muy cansado de ligar, no me jodas que le estás tirando la caña a la pavisosa rubia, eres insaciable», con emoticonos de corazones.

Marc disimuló antes de responder al mensaje:

«Salgamos de este Nautilus infernal antes de que me calce y me pape a la rubia leche hervida. ¿No tenías un plan?»

Miguel se limitó a poner emoticonos de las cartas del póker y billetes de dólares.

Alboraya, hotel rural del siglo XVIII

—Sí, padre. Claro. No, estoy en Valencia. Cerrando unas cosas, vuelvo el jueves. Sí, todo perfecto, un edificio entero en Ruzafa. Me ha dado un soplo un colega del banco. Tirado de precio. Es el barrio de moda, dinero seguro. Sí, por supuesto. No te preocupes, el viaje a esquiar no se cancela. Ya está todo cerrado. Las chicas también, papá. Las chicas también...

Berto Areces miró desaparecer la foto de su padre en la pantalla del iPhone y su boca hizo una mueca de desprecio. Dejó el teléfono sobre la mesa y con la Visa Oro alineó un par de rayas de cocaína en un espejito.

—Puto viejo salido. No le dará un pistonazo por la pastilla azul con alguna de las zorras, no. Tengo que hablar con ellas para que le apliquen un buen correctivo a ver si muere el hijo de puta...

Berto aspiró con fuerza y se toqueteó la nariz, nervioso. Luego se sentó en la cama y comenzó a acariciar el lomo brillante de Vera, que arqueó la espalda y le ofreció los pechos. Eran pequeñ

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