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EL BESTIARIO DE AXLIN (GUARDIANES DE LA CIUDADELA 1)

Laura Gallego

5


Fragmento

1

Las pesadillas de Axlin eran seis: los galopantes, las pelusas, los dedoslargos, los nudosos, los crestados y los robahuesos. Había sido así desde que tenía memoria, y por esa razón nunca se había planteado la posibilidad de que pudiera existir otro tipo de horrores más allá de la empalizada del enclave en el que vivía.

Su visión del mundo, no obstante, cambió la tarde en que conoció a Ixa y Rauxan.

Por aquel entonces, Axlin tenía ya nueve años y muchas responsabilidades en la comunidad. Cuando los centinelas anunciaron la llegada de los visitantes, sin embargo, dejó en el suelo el cesto medio lleno con las vainas de guisante que estaba recolectando y corrió hacia la puerta con los demás niños. Como de costumbre, y debido a la cojera que arrastraba, llegó la última, pero a nadie le importó.

Los adultos mantuvieron a los niños a una prudente distancia de la entrada, a pesar de que los centinelas nunca abrían el portón interior sin haber cerrado antes el exterior. Ellos aguardaron allí, obedientes y expectantes. Muy pocas veces recibían visitas; por lo general solía tratarse de buhoneros que arriesgaban sus vidas para viajar por los enclaves ofreciendo objetos, alimentos y materiales que no eran fáciles de encontrar en otros lugares. Por esa razón, todos se sorprendieron al ver entrar a una muchacha de unos doce años, seguida de un chico algo menor que ella. Los acompañaba un hombre adulto, pero los niños del enclave ya no se fijaron en él. Todos, incluida Axlin, lanzaron una exclamación de asombro y temor al ver a la chica. Nixi estalló en lágrimas.

Ella se detuvo y los contempló, desorientada.

—Se la llevarán los dedoslargos, se la llevarán los dedoslargos... —lloriqueaba Nixi; y el pequeño Pax, que no entendía qué estaba sucediendo, se echó a llorar también.

Axlin los abrazó a ambos para consolarlos, pero no podía apartar la mirada de la recién llegada. Jamás había visto una cabellera tan larga y tan rubia como la suya. Inquieta, se pasó los dedos por su propia cabeza, apenas cubierta por una corta pelusilla de color negro.

—¡Ixa! —dijo el otro chico, acercándose a la muchacha rubia—. ¿Qué pasa? ¿Por qué nos miran así estos niños pelones?

También él lucía unos desconcertantes rizos pelirrojos, y Axlin se preguntó cómo era posible que siguieran con vida todavía.

Tux se abrió paso y se plantó ante los recién llegados, con los brazos cruzados ante el pecho. Tenía casi trece años y no tardaría en abandonar la cabaña de los niños para ir a vivir con los adultos.

—No podéis llevar el pelo largo —informó con firmeza—. Si queréis pasar la noche aquí, tendréis que cortároslo como nosotros.

Ixa lanzó una exclamación, consternada, y se recogió el cabello con ambas manos, como si pretendiese protegerlo de las insidiosas intenciones de aquellos «niños pelones».

—¿Quién te crees que eres para darnos órdenes? —protestó el pelirrojo.

Tux no respondió ni movió un solo dedo.

—No nos cortamos el pelo por capricho —intervino Xeira con suavidad, sin comprender por qué tenía que explicar algo tan obvio—. Es la única forma de evitar que se nos lleven los dedoslargos. ¿O es que vosotros conocéis alguna otra?

—¿Dedoslargos? —repitieron a dúo los forasteros, desconcertados.

—Ixa, Rauxan —los llamó entonces el hombre que los acompañaba.

Había estado hablando con Vexus, el líder del enclave, mientras los niños conversaban. Axlin se fijó en que tampoco él cumplía las normas referentes al cabello. No lo llevaba demasiado largo, pero necesitaba afeitarse la barba con urgencia.

Se reunió con ellos y dirigió una mirada pesarosa a los «niños pelones».

—Tenéis que rasuraros la cabeza vosotros también —informó a los suyos—. Es una norma del enclave.

A Ixa se le llenaron los ojos de lágrimas y Rauxan puso mala cara, pero ninguno de los dos protestó. Al fin y al cabo, todo el mundo cumplía las normas de los enclaves. Eso era algo que estaba fuera de toda discusión.

Los otros niños los siguieron con curiosidad y se quedaron a observar mientras les cortaban el pelo. Cuando los bucles rubios de Ixa comenzaron a caer en cascada a su alrededor, la muchacha ya no lloraba; se mantenía en silencio, pálida y asustada.

Cenaron todos, como tenían por costumbre, antes de la puesta de sol. Mientras preparaban las mesas, Axlin regresó a donde había tenido lugar el corte de pelo para apropiarse de uno de los mechones de Ixa, que alguien había barrido y acumulado en un rincón, junto con los rizos rojizos de Rauxan y los restos de la barba del forastero adulto, que ya sabía que se llamaba Umax. No tenía muy claro por qué lo hacía. Estaba convencida de que ella jamás se dejaría crecer tanto el pelo, y tampoco lo deseaba.

Había una idea, sin embargo, que no cesaba de dar vueltas en su mente, aunque no fuera capaz de darle forma.

Aquella niña, con el cabello tan largo..., aquellas personas... seguían vivas.

Eso significaba algo, aunque Axlin no podía alcanzar a deducir de qué se trataba. Guardó el mechón rubio entre sus tesoros más preciados antes de correr, renqueante, a reunirse con los demás.

Los niños forasteros no se sentaron junto a ellos en la cena. Se mantuvieron junto a Umax, serios y en silencio, sin acabar de acostumbrarse a su nuevo aspecto.

Los niños del enclave, en cambio, no hablaban de otra cosa.

—¿Cómo es posible que llevaran el pelo tan largo? —planteó Xeira, todavía desconcertada—. ¿Quiénes son? ¿Y de dónde vienen?

—He oído que su enclave fue destruido hace unas semanas —informó Tux en voz baja, para que no lo oyeran Pax y Nixi, los más pequeños—. Solo ellos tres han sobrevivido.

Axlin y Xeira lanzaron exclamaciones de horror y conmiseración.

—¿Fueron los dedoslargos?

—No lo creo. —Tux reflexionó—. Es posible que no haya dedoslargos en el lugar de donde vienen.

—¿Existe un lugar donde no hay dedoslargos? —preguntó Axlin, fascinada; se pasó de nuevo la mano por la cabeza, preguntándose si podría dejarse crecer el pelo allí.

—No lo sé. Es posible.

—Pero, aunque no tuvieran dedoslargos —murmuró Xeira—, había otros monstruos a los que no pudieron vencer.

Los niños contemplaron de nuevo a Ixa y Rauxan. Ahora ya no se mostraban tan arrogantes, y la noticia de su tragedia los había conmovido.

—¿Pueden hacer eso los monstruos? —preguntó Axlin con timidez—. ¿Pueden destruir un enclave entero?

Los niños cruzaron miradas tensas, repletas de inquietud.

—Ha pasado algunas veces —respondió Xeira—, pero a nosotros no nos sucederá. Sabemos cómo defendernos de todos los monstruos.

No obstante, apenas un rato más tarde descubrió que aquello no era verdad.

Ixa y Rauxan fueron alojados en la cabaña de los niños. No pusieron ningún reparo, dado que su antiguo enclave se había organizado de la misma forma: la casa más segura de la aldea, la más sólida y mejor defendida, se alzaba justo en el centro, lejos de las empalizadas, y era allí donde vivían los niños menores de trece años y las madres con sus bebés. Cuando estos alcanzaban el año de edad, sin embargo, las madres regresaban a las casas de los adultos, que formaban un cinturón protector en torno a la cabaña central, y sus hijos quedaban al cuidado de los muchachos mayores. Así, los niños crecían sin saber a ciencia cierta quiénes eran sus padres, y los padres se desvinculaban enseguida de los hijos que habían engendrado. Todos eran hermanos entre ellos. Todos los adultos ejercían como padres, y todos los niños eran hijos del enclave.

En la época en que llegaron Ixa y Rauxan vivían en la cabaña cinco niños. También se alojaban con ellos Kalax y su bebé de tres meses. No eran muchos, y precisamente por eso el enclave los protegía con uñas y dientes. Era sumamente difícil sobrevivir a la infancia, llegar a la edad adulta y aportar una nueva generación a la comunidad. Se trataba de algo que los niños mayores sabían muy bien, aunque nunca hablaran de ello.

Hicieron sitio a los recién llegados y prepararon catres para ellos. Ixa examinaba la estancia con aprensión. Cuando alzó la vista al techo, lanzó una exclamación de horror.

—¡Rauxan, no podemos dormir aquí!

Su amigo siguió la dirección de su mirada y compartió su alarma. Los otros niños tardaron un poco en convencerlos de que no se marcharan, y en comprender que echaban de menos algo llamado «red contra babosos».

—¿Qué es la red contra babosos? —quiso saber Nixi.

—¿Qué son los babosos? —preguntó Axlin a su vez.

Los nuevos las contemplaron sin dar crédito a lo que oían.

—¿No sabéis lo que son los babosos?

No tuvieron ocasión de contestar, porque Kalax entró en aquel momento y los mandó a todos a la cama. Los niños obedecieron y ejecutaron los rituales de costumbre, en orden y en silencio. Hubo algunos murmullos cuando los forasteros extrajeron de sus equipajes unos calcetines gruesos y burdos que despedían un olor penetrante. Se los pusieron casi de forma automática, sin prestar atención a las miradas perplejas que cruzaron los demás.

Solo cuando juzgó que sus pies estaban convenientemente protegidos, Ixa alzó la cabeza y contempló a sus anfitriones con gesto incrédulo.

—Es por los chupones —les explicó, como si fuera obvio.

—Shu-pooo-neees —repitió Pax con su lengua de trapo.

Tux negó con la cabeza.

—No sé de qué estás hablando.

Ixa comenzaba a enfadarse.

—No te creo. He visto que esa niña cojeaba —añadió, señalando a Axlin—. Te atacaron los chupones, ¿verdad? No tienes por qué avergonzarte si te faltan algunos dedos; en nuestro enclave había supervivientes que estaban mucho peor que tú.

Sus palabras pretendían ser amables, pero Axlin reaccionó con desconfianza.

—No me falta ningún dedo, muchas gracias —replicó, retrocediendo un poco sobre su catre.

Ixa lo tomó como un desafío a sus palabras.

—No te creo —repitió—. Vamos, enséñame ese pie —demandó, y se lanzó sobre ella.

Tras un breve forcejeo, logró sacar el pie descalzo de Axlin de debajo del embozo. La niña lanzó una risita mientras Ixa lo alzaba en alto para verlo bien.

—Para, para, me haces cosquillas.

Pax rio también, encantado, creyendo que era un juego. Pero fue el único.

—¿Lo ves? —intervino Xeira, un tanto molesta—. Axlin tiene todos los dedos. Si cojea, no es por culpa de esos chupones de los que hablas.

—La atacó un nudoso cuando tenía cuatro años —explicó Tux.<

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