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EL BúHO

Samuel Bjork

5


Fragmento

 

 

 

Un viernes durante la primavera de 1972, justo cuando el pastor de la iglesia de Sandefjord iba a cerrar las puertas para irse a casa, recibió una visita muy especial que le hizo tomar la decisión de mantener el despacho abierto un rato más.

Nunca antes había visto a la mujer joven, pero conocía muy bien al hombre que la acompañaba. Se trataba del hijo mayor de la persona más querida de la ciudad, un naviero que no solo era una de los empresarios más ricos del país, sino también uno de los pilares de la iglesia, y cuya donación había hecho posible, entre otras cosas, la rehabilitación del gran retablo de caoba, tallado diez años antes. El retablo, obra del escultor Dagfin Werenskiold, mostraba diecisiete escenas de la vida de Jesucristo y el pastor estaba extremadamente orgulloso de él.

La joven pareja tenía una petición muy especial. Querían casarse, pero necesitaban que el pastor llevase a cabo la ceremonia en la intimidad. La petición en sí no era muy extraña, pero las circunstancias resultaban lo suficientemente llamativas como para que al principio el pastor pensara que debía de tratarse de una broma. Sin embargo, conocía bien al naviero y sabía que el viejo era muy religioso y conservador, y después de un rato comprendió que la pareja hablaba en serio. En los últimos tiempos, el naviero había estado muy enfermo y los rumores decían que no le quedaba mucho. El joven que ahora estaba delante de él iba a recibir una importante herencia en breve, pero su padre había impuesto una condición. No debían entrar personas ajenas a la familia en la ecuación. Bajo ningún concepto la mujer con la que su heredero se casara podía tener hijos de matrimonios anteriores. Y ahí residía el problema. Lamentablemente, la mujer de la que el hijo del naviero estaba perdidamente enamorado sí tenía hijos de una relación anterior: una niña de dos años y un niño de cuatro. Los niños tenían que desaparecer y el pastor debía casar a la pareja, para que la mujer cumpliera con las condiciones exigidas por el conservador naviero. ¿Era posible?

El plan que la pareja había ideado era el siguiente: el joven tenía un pariente lejano en Australia, que había accedido a hacerse cargo de los niños hasta que se formalizaran todos los documentos. Los niños estarían fuera un año o dos, y después volverían a casa. Posiblemente, el naviero incluso podía ir al cielo antes. ¿Qué opinaba el pastor? ¿Podía encontrar un hueco en su alma para ayudarles a superar esta crisis?

El pastor fingió reflexionar un rato, pero en realidad la decisión ya estaba tomada. El sobre que el joven había puesto discretamente encima de la mesa era grueso, y ¿por qué no iba a ayudar a una joven pareja en apuros? Además, las exigencias del viejo naviero no le parecían nada razonables. El pastor accedió y casó a la pareja menos de una semana más tarde, en una ceremonia sencilla, delante del colorido retablo en una iglesia cerrada con llave.

Un poco menos de un año más tarde, en enero de 1973, el pastor recibió una nueva visita en su despacho. Esta vez la mujer joven venía sola. Estaba visiblemente preocupada y le dijo al pastor que él era el único con quien podía hablar. Algo iba mal. No había tenido ninguna noticia de los niños. Le habían prometido fotos y cartas, pero no había llegado nada, ni una palabra. De hecho, empezaban a entrarle dudas de si de verdad existía ese pariente en Australia. Además, la mujer dijo que su marido ya no era la persona que ella había conocido. No hablaban, ni siquiera compartían dormitorio, y además tenía secretos, oscuros secretos, que ni siquiera podía mencionar en alto, casi ni se atrevía a pensar en ellos. ¿Había algo que el pastor pudiera hacer? Este la tranquilizó y dijo que quería ayudarla, naturalmente. Ya pensaría en un modo de hacerlo y le pidió que volviera unos días más tarde.

A la mañana del día siguiente encontraron a la mujer muerta, doblada sobre el volante de su coche, en una profunda zanja cerca de la lujosa propiedad de la familia naviera en Vesterøya, no muy lejos del centro de Sandefjord. En el periódico se dejaba intuir que la mujer había conducido ebria y que la policía consideraba que se trataba de un trágico accidente.

Después de haber atendido a la familia en el entierro, el pastor decidió hacer una visita al joven naviero. Le dijo la verdad, explicando que la mujer había ido a verle el día antes del accidente y que había expresado su preocupación por los niños. ¿Había algo que no iba bien? El joven naviero escuchó y asintió. Explicó que su mujer había estado muy enferma últimamente. Había tomado pastillas y había bebido demasiado. El propio pastor ya había visto cómo había terminado la tragedia. A continuación, el joven apuntó una cifra en una hoja de papel y la dejó sobre la mesa. ¿Esta ciudad no era demasiado pequeña para el pastor? ¿No sería mejor servir al Señor en otro lugar, tal vez más cerca de la capital? Unos minutos más tarde ya habían cerrado los detalles. El pastor se levantó de la silla y esa fue la última vez que vio al joven y poderoso naviero.

Unas semanas más tarde hizo las maletas.

Nunca más volvió a pisar Sandefjord.

 

 

 

La niña trataba de mantenerse totalmente quieta, tumbada bajo una manta en el sofá, mientras esperaba que los otros niños se quedasen dormidos. Ya había tomado la decisión. Esa noche lo haría. Ya no iba a tener más miedo. No esperaría más. Tenía siete años y ya era casi mayor. Lo haría cuando estuviera un poco más oscuro. No se había tomado la pastilla para dormir. La había colocado bajo la lengua y allí se había quedado todo el tiempo, incluso cuando había enseñado a la señora Juliane lo bien que se había portado.

—Déjame ver.

Lengua fuera.

—Buena chica. Siguiente.

Su hermano llevaba mucho tiempo haciéndolo. Desde aquella vez en que lo habían encerrado en la bodega. Lo hacía todas las noches, dejaba la pastilla bajo la lengua sin tragar.

—Déjame ver.

Lengua fuera.

—Buen chico. Siguiente.

Había pasado tres semanas ahí abajo, en la oscuridad, porque no quería pedir perdón. Todos los niños sabían que no había cometido ningún error, pero aun así los mayores lo habían encerrado. Y desde aquella vez ya no era el mismo. Todas las noches dejaba la pastilla bajo la lengua sin tragar y, en medio del letargo producido por los primeros efectos de su propia pastilla, ella veía cómo la sombra de su hermano se deslizaba por la habitación y desaparecía.

Algunas veces soñaba con el lugar al que iba. En una ocasión él era un príncipe que tenía que viajar a un país extranjero para besar a una princesa que llevaba mucho tiempo dormida. En otra, era un caballero que mataba a un dragón con una espada mágica que estaba clavada tan fuerte en una piedra que solo un chico muy especial podía sacarla. Eso pasaba en los sueños. No en la vida real. Ella no sabía lo que pasaba en la vida real.

La niña esperó hasta que oyó que los otros niños dormían, y luego salió sigilosamente de la casa. Era invierno, pero todavía hacía calor aunque la tenue luz del atardecer ya envolvía los árboles. La niña caminó descalza sobre el patio, manteniéndose entre las sombras hasta que alcanzó la arboleda. Tras comprobar que nadie la había visto, echó a correr a lo largo del sendero que bajaba entre los grandes árboles hacia la verja, la que tenía un cartel con un texto en inglés: «Los intrusos serán denunciados». Este era el lugar donde ella había decidido comenzar la búsqueda.

Había oído que su hermano y los otros chicos hablaban en voz baja sobre ello. Decían que había un lugar donde podías estar solo. Un viejo cobertizo en ruinas, una pequeña cabaña que estaba escondida en el extremo del terreno, pero ella nunca la había visto con sus propios ojos. Se levantaban a las seis de la mañana todos los días y se acostaban a las nueve. Siempre en punto, el horario nunca cambiaba, con tan solo dos descansos entre las clases, los deberes, el yoga, la colada y todas las demás tareas que tenían. La niña sonreía ante el sonido de los grillos y sintió cómo la suave hierba le cosquilleaba bajo los pies cuando salió del sendero y continuó sigilosamente a lo largo de la valla hacia el lugar en donde se imaginaba que debía de estar la pequeña cabaña. Por la razón que fuera, no tenía miedo. Se sentía casi ligera. El terrible miedo llegaría más tarde, pero de momento se sentía feliz, como una mariposa libre, totalmente sola con sus pensamientos en medio del bonito bosque, que olía tan bien. Su sonrisa se volvió más amplia y deslizó los dedos sobre una planta que se parecía a una estrella, era casi como estar dentro de uno de los sueños que solía tener cuando no le daban las pastillas más fuertes. Se agachó para pasar por debajo de una rama y ni siquiera se sobresaltó cuando oyó un ruido entre los arbustos a pocos metros de distancia. ¿Podía ser un koala que se había aventurado a bajar de los árboles, o un canguro que había saltado la valla? Sonrió para sí y pensó en lo bonito que sería acariciar un koala. Sabía que tenían zarpas afiladas y que en realidad no había que achucharles, pero aun así trató de imaginarse cómo sería, con el pelo suave y caliente entre sus dedos, el morro húmedo haciéndole cosquillas en el cuello. Casi había olvidado por qué había venido, cuando de repente se despertó y se quedó completamente inmóvil. La fachada de la cabaña estaba a tan solo unos metros de distancia. La niña ladeó la cabeza y contempló con curiosidad las grises tablas de madera que de repente se habían materializado delante de ella. Así que era verdad, después de todo, lo que habían comentado entre susurros. Había un lugar en el bosque. Un lugar donde era posible esconderse y estar totalmente a solas. Se movió sigilosamente hacia la fachada gris y sintió un escalofrío agradable bajo la piel mientras se acercaba a la puerta.

La niña todavía no sabía que lo que estaba a punto de ver la iba a cambiar para siempre, que la iba a perseguir todas las noches en los años venideros, bajo la manta en el duro sofá, en el vuelo al otro extremo del planeta después de que la policía fuera a buscarles en medio del llanto de todos los niños, bajo el edredón en la cama blanda del nuevo país donde todos los sonidos eran diferentes. No sabía nada de esto cuando levantó la mano hacia la manija de madera y abrió la puerta lentamente, con un chirrido.

Dentro estaba oscuro. Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse, pero no había dudas. Al principio solo se veía el contorno, pero luego cada vez más. Él estaba sentado ahí dentro.

Su hermano.

No llevaba ropa. Se encontraba completamente desnudo, pero su cuerpo se hallaba cubierto de… ¿plumas? Permanecía agazapado en un rincón, un ser torcido, parecido a un pájaro, una cosa de otro mundo que tenía algo en la boca. Un pequeño animal. ¿Un ratón? Su hermano estaba cubierto de plumas y tenía un ratón muerto entre los dientes.

Esa fue la imagen que le cambió la vida. Su hermano, girándose lentamente hacia ella, con una expresión ligeramente sorprendida en los ojos. Parecía que no la reconocía. La luz que entraba por la sucia ventana, por encima de la mano cubierta de plumas que se movía despacio en el aire. La boca que se convirtió en una sonrisa con unos dientes blancos y brillantes cuando sacó el ratón y clavó sus ojos muertos en los de ella. Después agitó las plumas y dijo:

—Yo soy el búho.

 

 

 

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El botánico Tom Petterson sacó la bolsa con la cámara del coche y se quedó un rato admirando las vistas de las aguas del fiordo, tranquilas como un espejo. Después echó a andar por el bosque. Era un sábado de principios de octubre y el fresco sol bañaba el paisaje a su alrededor con una luz maravillosa; los rayos incidían suaves sobre las hojas rojas y amarillas del otoño que no tardarían mucho en caer y dar paso al invierno.

Tom Petterson amaba su trabajo. Sobre todo cuando podía llevarlo a cabo en el campo. Las diputaciones de Oslo y Akershus le habían encargado la tarea de registrar ejemplares de Dracocephalum ruyschiana, una flor en peligro de extinción que crecía en la zona alrededor del Fiordo de Oslo. Tom había recibido un aviso a través de su blog y hoy iba a comprobarlo. Iba a registrar el número y la localización exacta de los ejemplares recién descubiertos.

La Dracocephalum ruyschiana era una planta extremadamente rara que alcanzaba una altura de entre diez y quince centímetros, y tenía flores pequeñas de color azul oscuro que en otoño se secaban y se convertían en frutos marrones que recordaban a aristas de cebada. No solo la especie estaba en peligro de extinción, también era el hogar del escarabajo de Dracocephalum ruyschiana, muy difícil de ver, un pequeño insecto de color azul brillante que se alimentaba exclusivamente de estas flores. Las maravillas de la naturaleza, pensó Tom Petterson, y sonrió para sí, mientras salía del sendero y continuaba siguiendo la descripción de la ruta que el perspicaz biólogo aficionado le había enviado. Nunca lo diría en alto, porque le habían educado en la creencia de que no había nada parecido a un dios, sus padres habían insistido especialmente en ello, pero algunas veces no podía evitar pensarlo. La Creación. Todas estas cosas pequeñas y grandes que estab

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