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EL BOSQUE DE LA MEMORIA

Sam Lloyd  

5


Fragmento

ELIJAH

Día 6

I

Cuando regresan a la habitación en fila india, ya no estoy en la silla. Me he sentado sobre la mesa y hago oscilar las piernas desnudas. Llevo una tirita de color rosa pegada en la rodilla. Es muy raro que no recuerde haberme hecho daño.

Levantan las cejas cuando ven que me he movido, pero nadie hace ningún comentario. La mesa está atornillada al suelo, así que no puede volcarse y caerme encima. Cuando tenía diez, me rompí la pierna corriendo por el Bosque de la Memoria y estuve a punto de morir, pero ya han pasado dos años. Ahora voy con mucho más cuidado.

—Parece que hemos terminado, Elijah —dice uno de ellos—. ¿Tienes ganas de volver a casa?

Paseo la mirada por la habitación. Por primera vez, me doy cuenta de que no tiene ventanas. Tal vez sea por la clase de personas que suele haber aquí: mala gente, no como la que está aquí dentro conmigo.

Son policías, aunque no lleven uniforme. El que me ha traído una Coca-Cola me ha dicho antes que iban de paisano. A lo mejor lo decía en broma. Tengo un cociente intelectual muy alto para mis doce años, pero la verdad es que nunca pillo las bromas.

Por un momento, se me olvida que siguen mirándome, que esperan una respuesta. Alzo la vista y asiento con la cabeza, haciendo oscilar las piernas con más fuerza. ¿Por qué no iba a tener ganas de volver a casa?

Noto que mi cara cambia. Creo que estoy sonriendo.

II

Vamos en el coche. Conduce padre. Annie la Maga, que vive en el otro extremo del Bosque de la Memoria, dice que hoy en día casi todos los niños llaman a sus padres «mamá» y «papá». Me parece que yo también lo hacía. No sé muy bien por qué empecé a decir «madre» y «padre». Leo muchos libros viejos, sobre todo porque no tenemos dinero para derrochar en novedades. Puede que sea por eso.

—¿Te han interrogado? —pregunta padre.

—¿Sobre qué?

—Bueno, sobre cualquier cosa.

Reduce la velocidad en los cruces, aunque tenga prioridad. Padre siempre es así de prudente. Le preocupa atropellar a un ciclista, a alguien que pasee un perro o a un erizo que cruce despacio.

—Me han preguntado por ti —digo.

En el asiento delantero, madre se vuelve a mirarle. La atención de padre sigue concentrada en la calzada. Sostiene el volante con delicadeza, con las muñecas más altas que los nudillos. Parece un perrito suplicante. De pronto, pienso en la reproducción de Arthur Sarnoff colgada en la pared de la salita de casa, donde se ve a un beagle jugando al billar contra un par de chuchos con pinta de sinvergüenzas que fuman puros. El cuadro se llama ¡Eh! ¡Una pata en el suelo! porque el beagle está encima de una escalera de mano, y eso es hacer trampa. Madre no lo soporta, pero a mí me gusta. Es el único cuadro que tenemos.

—¿Qué te han preguntado?

—Ya sabes, padre, un poco de todo. De qué trabajas, qué clase de aficiones tienes, ese tipo de cosas.

Decido no mencionar aún sus otras preguntas, ni mis respuestas. Antes necesito un poco más de tiempo para pensar. Han pasado muchas cosas en los últimos días y tengo que aclararme. A veces, la vida puede ser muy confusa hasta para un niño con un buen cociente intelectual.

—¿Qué les has dicho?

—He dicho que eres jardinero y que arreglas cosas. —Clavo la punta del dedo en la tirita y hago una mueca de dolor—. Les he contado que salvaste a un cuervo.

Encontramos al cuervo delante de la puerta trasera una mañana, agitando un ala rota. Padre lo alimentó durante tres días seguidos, dándole pan mojado en leche. Al bajar el cuarto día, vimos que se había ido. Padre dijo que los huesos de los cuervos se sueldan mucho más rápido que los de las personas.

III

Estamos llegando al extrarradio. Menos edificios, menos gente. En la acera, veo a dos niños con uniforme: pantalón gris, chaqueta marrón, zapatos negros rozados. Deben de tener más o menos mi edad. Me pregunto cómo será ir a clase en el colegio y no en casa. No hay un solo libro en nuestra biblioteca que no haya leído diez veces, así que creo que me iría bien. Annie la Maga dice que tengo el vocabulario de una persona mucho mayor. Hubo un escritor antiguo que sabía sesenta mil palabras. Me gustaría ganarle si pudiera.

Mientras pasamos junto a los niños, apoyo la palma de la mano contra la ventanilla. Me los imagino dándose la vuelta para saludarme. Pero no lo hacen y, de repente, ya no están.

—¿Has hablado de mí? —pregunta madre.

Todavía tiene la cabeza de lado. Me sorprende lo guapa que está hoy. Cuando el sol bajo atraviesa las nubes, le brilla el pelo como si fuera de oro. Parece un ángel, o una de esas reinas guerreras de los libros: Boudica, tal vez. O Artemisa. Me entran ganas de ir hasta el asiento delantero y acurrucarme en su regazo. En cambio, pongo los ojos en blanco fingiéndome exasperado.

—Que me haya perdido esta vez no quiere decir que sea un mentecato.

«Mentecato» es mi nueva palabra favorita. La semana pasada era «lenguaraz», que se usaba hace mucho tiempo para referirse a alguien demasiado hablador. La vida de cada persona debería contener a un par de lenguaraces, a ser posible con unos cuantos mentecatos que les hicieran compañía.

Una vez más, miro por la ventanilla. Esta vez solo veo campos.

—Espero que Gretel esté bien.

—¿Gretel? —pregunta padre.

Al instante, noto en la tripa una sensación extraña, deslizante y grasienta, como si una serpiente se enroscara y desenroscara dentro de mí. Caigo en la cuenta de que Gretel es un secreto. Levanto la vista y veo que padre me mira a través del retrovisor. Tiene el ceño fruncido. Me tiemblan las manos.

Miro a madre. Le late el pulso en la garganta.

—No hay ninguna Gretel, Elijah —dice—. Pensaba que te había quedado claro.

La serpiente sigue extendiéndose por mi tripa.

—Me... me refería a Annie la Maga —balbuceo, y añado a toda prisa—: La llamo así en broma. Es un nombre inventado. Solo es una tontería.

Los ojos de padre flotan en el espejo.

—Creo que Annie la Maga le pega más que Gretel. ¿No te parece, colega?

Tengo un sabor amargo en la boca, como si hubiese mordido un escarabajo o un sapo. Me paso la lengua por los dientes y trago saliva.

—Sí, padre.

IV

La zona en la que vivimos no es como las que he visto en la tele de Annie la Maga. No hay rascacielos ni hileras de edificios modernos; solo bosques, campos, graneros, establos y la mansión llamada Rufus Hall. También hay unas cuantas casas de piedra, incluida la nuestra. Las llaman «casas cedidas».

Al otro lado del Bosque de la Memoria se halla el lago Falanges. En realidad no se llama así; creo que no tiene nombre. Lo que pasa es que una vez, entre los juncos de la orilla, encontré un minúsculo trío de huesos unidos por ligamentos medio podridos. Se parecían al dedo índice de un niño pequeño. Los puse en mi Colección de Recuerdos y Hallazgos Extraños, un nombre pretencioso para lo que en realidad es un táper escondido debajo de una tabla suelta del suelo de mi cuarto.

No muy lejos del lago está el lugar que llamo Ciudad de las Ruedas. Es más un campamento que otra cosa, un conjunto variopinto de furgonetas y caravanas que alguien llevó allí hace mucho tiempo y que en su mayoría están demasiado oxidadas para circular. Nunca he entendido por qué los Meunier toleran la presencia de los habitantes de la Ciudad de las Ruedas en sus tierras, pero así es.

Los Meunier viven en Rufus Hall. Dos personas solas ocupando un espacio tan inmenso. Leon Meunier está casi siempre en Londres. Cuando se encuentra aquí, lo veo pasar en su Defender negro como si temiera que el cielo le cayese encima. Sería guay explorar la casa y los jardines, pero padre nunca me dejará.

El coche se detiene de golpe: me doy cuenta de que estamos en casa. En el asiento delantero, madre baja la cabeza. Me pregunto si estará rezando. Bajo la vista y veo que mis manos han dejado de temblar. Me quito el cinturón de seguridad y voy a abrir la puerta, pero, naturalmente, no puedo salir. Mis padres siguen usando el seguro para niños, aunque ya tengo doce años.

Espero a que padre abra la puerta. Luego abandono mi asiento. Echa a andar pesadamente por el sendero del jardín, cuadrando los hombros como si cargara con todos los problemas del mundo. Madre y yo le seguimos.

Las oscuras ventanas de nuestra casa no dan ninguna pista acerca de lo que hay en su interior. La puerta principal es una sola tabla de roble. No hay buzón. Padre apenas recibe correo y, cuando eso ocurre, se lo entregan directamente a Meunier. Madre no recibe nada de nada. Nuestra puerta no tiene número, porque no vivimos en una calle. Si alguien me escribiera alguna vez, tendría que poner esto en el sobre: «Elijah North, Casa del Guarda, en el domicilio de Lord Meunier de Famerhythe, Rufus Hall, Meunierfields». Son muchas palabras, lo que explica por qué madre no es la única de la que nunca se acuerda el cartero.

En el dintel hay una herradura clavada al revés que está ahí para traernos suerte. Paso por debajo y entro.

V

Estoy en mi cuarto, de pie junto a la ventana. Llevamos en casa veinte minutos. Me muero de ganas de escapar, pero no me atrevo. Aún no.

Cuando oigo que la puerta trasera se abre con estrépito, me acerco más al cristal. Abajo, en el jardín, veo aparecer a padre. Se saca un paquete de tabaco del bolsillo de la camisa y enciende un cigarrillo. Apoyado contra la carbonera, proyecta una bruma de humo hacia el cielo. Salgo al pasillo, bajo las escaleras con sigilo y cruzo la puerta delantera.

El Bosque de la Memoria está a solo cinco minutos de casa. Si echo a

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