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EL BOSQUE MáGICO (TRILOGíA LOS MAGOS 2)

Lev Grossman  

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Fragmento

1

Quentin montaba una yegua gris con cuartillas blancas llamada Dauntlcoo. Llevaba unas botas negras de cuero hasta las rodillas, mallas de colores y un sobretodo largo color azul marino profusamente bordado con aljófares e hilo de plata. Iba tocado con una pequeña corona de platino. Una espada reluciente le rebotaba contra la pierna, no de las de tipo ceremonial sino de las de verdad, de las que sirven para luchar. Eran las diez de la mañana de un día caluroso y nublado de finales de agosto. Era la viva imagen de lo que debía ser un rey de Fillory. Iba a la caza de un conejo mágico.

Al lado del rey Quentin cabalgaba la reina Julia. Les precedían otra reina y otro rey, Janet y Eliot; Fillory contaba con cuatro gobernantes en total. Cabalgaban a lo largo de un sendero boscoso de árboles cuyas copas se unían formando un arco repleto de hojas amarillentas, desperdigadas de forma tan perfecta que parecían haber sido cortadas y colocadas allí por un florista. Avanzaban en silencio, con lentitud, juntos pero absortos en sus pensamientos, con la mirada perdida en las profundidades verdosas de los bosques al final del verano.

Se trataba de un silencio fácil. Todo era fácil. Nada costaba. El sueño se había convertido en realidad.

—¡Deteneos! —gritó Eliot.

Se pararon. El caballo de Quentin no se detuvo a la vez que los otros caballos; Dauntless se salió un poco de la fila y del sendero antes de que él la convenciera definitivamente de que dejara de caminar un puñetero momento. Hacía dos años que era rey de Fillory y seguía siendo un jinete pésimo.

—¿Qué ocurre? —preguntó.

Permanecieron sentados un rato. No había prisa. Dauntless bufó una vez en el silencio en señal de arrogante desprecio equino por cualquier actividad humana que creyeran estar acometiendo.

—Me ha parecido ver algo.

—Estoy empezando a plantearme — dijo Quentin— si es siquiera posible seguirle el rastro a un conejo.

—Es una liebre —corrigió Eliot.

—Da igual.

—No da igual. Las liebres son mayores. Y no viven en madrigueras, hacen la guarida en terreno abierto.

—No empieces —dijeron Julia y Janet al unísono.

—Mi verdadera pregunta es la siguiente —reconoció Quentin—. Si el conejo ese es realmente capaz de ver el futuro, ¿no sabrá que intentamos cazarlo?

—Ve el futuro —informó Julia, que estaba a su lado, con voz queda—, pero no puede cambiarlo. ¿Vosotros tres discutíais tanto cuando estabais en Brakebills?

Llevaba un traje de amazona negro sepulcral y una capucha, también negra. Siempre vestía de negro, como si estuviera de luto, aunque a Quentin no se le ocurría qué muerte podía llorar. Con toda naturalidad, como si llamara a un camarero, Julia hizo que un pequeño pájaro cantor se le posara en la muñeca y lo alzó hasta la altura de la oreja. Trinó algo, ella le dedicó un asentimiento y el pájaro se marchó volando otra vez.

Nadie se percató, salvo Quentin. Ella siempre daba y recibía mensajitos secretos de los animales parlantes. Era como si estuviera conectada a una red inalámbrica distinta a la de los demás.

—Tenías que habernos dejado traer a Jollyby —dijo Janet. Bostezó mientras se llevaba el dorso de la mano a la boca. Jollyby era Maestro de Caza en el castillo de Whitespire, donde residían todos. Solía supervisar ese tipo de excursiones.

—Jollyby es genial —afirmó Quentin—, pero ni siquiera él es capaz de seguirle el rastro a una liebre en el bosque. Sin perros. Cuando no hay nieve.

—Sí, pero Jollyby tiene unas pantorrillas muy desarrolladas. Me gusta mirárselas. Va con esas mallas de hombre.

—Yo llevo mallas de hombre —dijo Quentin fingiéndose ofendido.

Eliot masculló algo ininteligible.

—Supongo que está por aquí. —Eliot seguía escudriñando los árboles—. A una distancia prudencial... Es imposible mantener a ese hombre lejos de una cacería real.

—Cuidado con lo que persigues —advirtió Julia—, no sea que le des alcance.

Janet y Eliot intercambiaron una mirada: más sabiduría inescrutable de Julia. Pero Quentin frunció el ceño. Las palabras de Julia tenían sentido a su manera.

Quentin no había sido siempre rey, ni de Fillory ni de ningún otro sitio. Ninguno de ellos lo había sido. Quentin se había criado como una persona normal, sin capacidad para la magia ni nada que ver con la realeza, en Brooklyn, en lo que, a pesar de todo, seguía considerando el mundo real. Había creído que Fillory era una ficción, una tierra encantada que existía solo como marco de una serie de novelas fantasiosas para niños. Pero luego había aprendido a hacer magia en un colegio secreto llamado Brakebills, y él y sus amigos habían descubierto que Fillory era verdadera.

No era lo que esperaban. Fillory era un lugar más siniestro y peligroso en la vida real que en los libros. Allí ocurrían cosas malas, cosas terribles. Había personas que resultaban heridas e incluso asesinadas. Quentin regresó a la Tierra escandalizado y desesperado. Se le volvió el pelo blanco.

Pero luego él y los demás se habían serenado y regresado a Fillory. Se enfrentaron a sus miedos y a sus pérdidas y ocuparon su lugar en los cuatro tronos del castillo de Whitespire y fueron coronados reyes y reinas. Y fue maravilloso. A veces a Quentin le costaba creer que hubiera pasado por todo aquello mientras que Alice, la chica que amaba, había muerto. Era difícil aceptar todo lo bueno que tenía ahora cuando Alice no había vivido para verlo.

Pero no le quedaba más remedio. De lo contrario, ¿qué finalidad había tenido su muerte? Descolgó el arco, se puso de pie en los estribos y miró a su alrededor. Notó una sensación agradable cuando unas burbujas de rigidez le explotaron en las rodillas. No se oía ningún sonido aparte del susurro de las hojas al caer deslizándose por encima de otras hojas.

Una bala color gris pardusco cruzó el sendero como un rayo a trescientos metros delante de ellos y se esfumó en la maleza rápidamente. Con un movimiento rápido y fluido fruto de muchas horas de práctica Quentin sacó una flecha y la colocó. Podía haber utilizado una flecha mágica pero no le pareció jugar limpio. Apuntó durante un buen rato, tensándose por la fuerza del arco, y lanzó.

La flecha se clavó en el terreno margoso hasta las plumas, justo donde había estado el destello de las patas de la liebre hacía unos cinco segundos.

—Por poco —dijo Janet inexpresiva.

No había forma humana posible de cazar a aquel animal.

—Seguidme, ¿vale? —gritó Eliot—. ¡Vamos!

Espoleó al caballo de batalla negro, que gimió, se levantó y alzó los cascos en el aire vacío antes de internarse a toda prisa en el bosque para ir a por la liebre. El estrépito de su avance por entre los árboles se disipó casi de forma inmediata. Las ramas rebotaron para recuperar su posición inicial detrás de él y volvieron a quedarse quietas. Eliot era un jinete avezado.

Janet lo observó partir.

—Hola, Silver —dijo — . ¿Qué estamos haciendo aquí fuera?

La pregunta tenía sentido. El objetivo verdadero no era cazar

la liebre. El objetivo era... ¿cuál era el objetivo? ¿Qué buscaban? En el castillo vivían una existencia colmada de placeres. Tenían a todo el personal dedicado a garantizar que todos los días de su vida fueran absolutamente perfectos. Era como ser los únicos huéspedes de un hotel de veinte estrellas del que nunca había que marcharse. Eliot se sentía en el paraíso. Era lo que siempre le había gustado de Brakebills (el vino, la comida, la ceremonia) sin ningún tipo de esfuerzo. A Eliot le encantaba ser rey.

A Quentin también le encantaba pero estaba inquieto. Buscaba algo más. No sabía de qué se trataba. Pero cuando habían avistado a la Liebre Vidente en el área metropolitana de Whitespire se dio cuenta de que quería dedicar un día a hacer algo de provecho. Quería cazarla.

La Liebre Vidente era una de las Bestias Únicas de Fillory. Había doce; la Bestia Buscadora, que en una ocasión había concedido tres deseos a Quentin, era una de ellas, al igual que la Gran Ave de la Paz, un ave desgarbada que no volaba, parecida a un casuario capaz de detener una batalla apareciendo entre los dos ejércitos contrarios. Solo había un ejemplar de cada, de ahí el nombre, y cada uno de ellos poseía un don especial. El Supervisor No Visto era un gran lagarto capaz de volver invisibles a las personas durante un año, si así lo deseaban.

Las personas raras veces las veían, y mucho menos las apresaban, así que se oían muchas tonterías sobre ellas. Nadie sabía de dónde venían ni qué sentido tenían, si es que lo tenían. Siempre habían estado allí, eran elementos permanentes del paisaje encantado de Fillory. Al parecer eran inmortales. El don de la Liebre Vidente era predecir el futuro de toda persona que la apresara, o al menos así rezaba la leyenda. Hacía siglos que nadie la había cazado.

No es que el futuro fuera una cuestión apremiante en esos momentos. Quentin se figuró que tenía una idea bastante acertada de lo que le esperaba en el futuro, y no difería demasiado del presente. La buena vida.

Habían encontrado el rastro de la liebre con anterioridad, cuando la mañana era todavía brillante y estaba cubierta de rocío, y salieron a cabalgar cantando el estribillo de «Kill the Wabbit» con la melodía de «Cabalgata de las valquirias» con sus mejores voces estilo Elmer el Gruñón. Desde entonces la liebre había recorrido kilómetros en zigzag a través de los bosques, deteniéndose y volviendo a arrancar, describiendo círculos y volviendo sobre sus pasos, escondiéndose entre los matorrales y luego cruzándose de repente por delante de su camino, una y otra vez.

—No creo que vuelva —sentenció Julia.

Últimamente no estaba muy habladora, y por algún motivo casi siempre empleaba monosílabos.

—Bueno, aunque no podamos seguirle el rastro a la liebre, sí que podemos seguirle el rastro a Eliot. —Janet indicó con suavidad a su montura que se apartara del sendero y se internara en el bosque. Llevaba una blusa color verde musgo escotada y zahones de hombre. Su tendencia a mezclar ropa de hombre y de mujer había sido el escándalo de la corte ese año.

Julia no montaba un caballo sino un enorme cuadrúpedo peludo que ella llamaba civeta, que parecía una civeta normal, larga, marrón y ligeramente felina, con un lomo curvado con fluidez, salvo por el hecho de que tenía el tamaño de un caballo. Quentin sospechaba que sabía hablar pues los ojos le brillaban con un poco más de sensibilidad de la esperada, y siempre daba la impresión de seguir sus conversaciones con excesivo interés.

Dauntless no quería seguir a la civeta, que exudaba un olor almizclado y poco equino, pero obedecía órdenes, aunque con cierto rencor y rigidez en el paso.

—No he visto a ninguna dríada —dijo Janet—. Pensaba que habría dríadas.

—Yo tampoco —reconoció Quentin—. Ya no se las ve en Queenswood.

Era una pena. Le gustaban las dríadas, las ninfas misteriosas que vigilaban a los robles. Uno se daba cuenta de que realmente estaba en un mundo mágico y fantasioso cuando una mujer hermosa vestida con un escueto vestido hecho con hojas saltaba de un árbol de forma repentina.

—Había pensado que a lo mejor podían ayudarnos a cazarla. ¿No puedes llamar o invocar a una o algo así, Julia?

—Puedes llamarlas todo lo

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