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EL BOSQUE SABE TU NOMBRE

Alaitz Leceaga

5


Fragmento

El hilo invisible

EL HILO INVISIBLE

La primera vez que sentí el fuego tenía once años. Fue la misma tarde en que la abuela Soledad saltó por el acantilado que había detrás de nuestra casa. Mi hermana Alma ya podía hablar con los muertos antes de que a nuestra abuela se la tragaran para siempre las aguas heladas del Cantábrico, pero yo tuve que esperar hasta aquella tarde.

Alma y yo habíamos salido a explorar el bosque que crecía frente a nuestra casa como solíamos hacer cuando los días se volvían luminosos y claros otra vez, después del interminable invierno. Aunque conocíamos casi de memoria cada roble centenario, cada raíz que se asomaba entre las hojas secas del suelo o las huellas que los jabalíes dejaban en la tierra húmeda, cada tarde —después de la siesta que nuestra madre nos obligaba a dormir— Alma y yo nos escabullíamos de la mansión y caminábamos de la mano para perdernos en el bosque hasta que empezaba a oscurecer.

—Estás sangrando, Estrella —me dijo Alma sin volverse para mirarme.

La noche en que yo nací, un cometa atravesaba el cielo dejando a su paso una estela de fuego, hielo y estrellas rotas. Y ese es precisamente el nombre que mi madre eligió para mí: Estrella.

—Ten cuidado —añadió—. Si te manchas el vestido, mamá te regañará otra vez. Sabes de sobra que a ella y a Carmen no les gusta que juguemos en el bosque, creen que no es propio de señoritas.

—Te equivocas, es por los lobos: mamá y Carmen tienen miedo de que se nos coman vivas y después solo encuentren nuestra ropa hecha jirones y nuestros zapatitos entre los matorrales, todo manchado de sangre —respondí, intentando asustarla.

—Sí, igual que le pasó a la hija sin padre de la maestra del pueblo. A la pobre ni siquiera pudieron hacerle un entierro decente con lo poco de ella que no se comieron los lobos. Una lástima —añadió Alma, en un tono que no me sonó nada compasivo.

Igual que todo el mundo en Basondo, yo había escuchado muchas veces esa misma historia, pero ahora, al pensar en la hija despedazada de la maestra, un escalofrío me bajó por la espalda.

—Todavía sangras —añadió Alma con voz cantarina.

Me miré la mano derecha y vi el corte en mi dedo índice: era una herida irregular que bajaba hasta el nacimiento de la uña.

—No es nada, solo me he arañado con una rama —respondí de mala gana.

El sol de la tarde apenas era capaz de llegar hasta nosotras atravesando las ramas más altas del bosque, tejidas entre sí como una cúpula vegetal, así que enseguida noté la sangre saliendo de mi herida y resbalando por mi mano: sangre de color rojo brillante, y tan caliente, que sentí una quemadura invisible formándose bajo mi piel. Nunca antes me había asustado la visión de la sangre, pero en ese momento me pareció algo horrible, casi insoportable. Mi estómago se cerró por el asco y agité la mano intentando librarme de ese hilo al rojo vivo que recorría mi piel. Algunas gotas cayeron sobre la tierra del bosque, pero la mayoría mancharon la falda de mi vestido azul.

—Te dije que tuvieras cuidado —insistió Alma mientras rodeaba el tronco de un pino enorme para seguir avanzando—. Y deja ya de portarte así, llevas de morros desde que hemos salido de la mansión. Me aburro. No eres nada divertida cuando te enfadas, Estrella.

—No estoy enfadada —mascullé—. Lo que pasa es que algunas veces te pones insoportable.

—¿Insoportable? Pero si yo soy Alma la Santa —respondió ella con voz demasiado cariñosa.

La supuesta «santidad» de mi hermana era un secreto a voces en Basondo. Algunos vecinos creían que Alma era una especie de elegida capaz de ponerles en contacto con sus seres queridos al otro lado de la muerte.

—Mamá no se enterará de que hemos estado en el bosque si tú no se lo cuentas —respondí, mirando las traicioneras gotitas de sangre que salpicaban mi falda—. Le daré el vestido a Carmen para que lo lave. Seguro que ella sí me guarda el secreto, no como tú.

Alma se volvió para mirarme, sus ojos amarillos siempre parecían más brillantes cuando estábamos en nuestro bosque:

—Yo también te guardaré el secreto, tonta.

Mi hermana solía pasar largas horas perdida en su propio universo con la mirada fija en algún rincón vacío de la casa. No solía importarme porque Alma era mi hermana gemela y yo siempre sabía lo que estaba pensando, siempre, excepto cuando ella tenía esa expresión embrujada. Teníamos seis años cuando me confesó que veía personas «que ya no existían» viviendo en nuestra casa. Fantasmas. Me contó que algunos hablaban o lloraban en silencio por las habitaciones vacías y los largos pasillos de Villa Soledad.

—¿Has visto algún espectro últimamente? —le pregunté yo, fingiendo que no estaba muy interesada en su respuesta.

Alma esquivó una raíz retorcida que salía del suelo. La primera vez que fuimos allí mi hermana se cayó al suelo alfombrado de hojas secas después de que esa misma raíz se le enredara en los pies. Se hizo un corte en la frente al caer, pero le contó a mamá que yo la había empujado mientras jugábamos en el jardín lateral de la mansión. Pasé dos semanas castigada por su culpa.

—Te aseguro que hablar con los muertos no es algo tan bueno como parece —respondió cuando ya casi habíamos llegado a nuestro claro secreto—. Carmen dice que es un mal augurio estar siempre en compañía de los difuntos, y mamá, bueno, mamá no me deja hablar de cosas de fantasmas con ella, así que solo te tengo a ti para desahogarme.

Me aparté un mechón de pelo negro de la cara. A pesar del frío que flotaba en el aire del bosque, el sudor por la caminata hacía que mi pelo se pegara a la frente.

—De todas formas me da igual, olvida que te lo he preguntado —respondí con desdén—. Además, ni siquiera me creo que puedas verlos de verdad. No eres más que una mentirosa a la que le gusta fingir que es especial para poder engañar a todo el mundo.

Tenía celos de cada cosa que Alma podía hacer y yo no. Ella se encargaba bien de que eso fuera así. Sin embargo, algunas noches la escuchaba susurrar en el dormitorio que ambas compartíamos cuando pensaba que yo ya dormía: Alma mantenía largas y misteriosas conversaciones de madrugada con personas que no estaban en nuestra habitación o se reía en voz baja; algunas veces también lloraba contra la almohada, dependiendo del fantasma que nos visitara esa noche.

—No estés celosa, Estrella.

—No estoy celosa en absoluto, muchas gracias —mentí—. Podrás engañar a otros fingiendo que eres especial o que puedes hablar con los muertos, pero yo soy tu hermana y sé muy bien cómo eres en realidad: eres idéntica a mí.

Alma acarició la hiedra que subía por el tronco del último roble. Unas pequeñas flores silvestres de color azul crecían enredadas a la hiedra igual que un collar de perlas.

—Sí, somos gemelas, pero no somos idénticas. Tú tienes un ojo de cada color: uno verde y el otro amarillo —me recordó—. Y yo tengo los dos amarillos.

—Detalles, nada más. Somos idénticas en todo lo que importa.

Ya casi habíamos llegado al claro. Podía saberlo porque reconocía las hayas retorcidas que habíamos dejado atrás o los helechos de hojas grandes y lustrosas. Desde donde estábamos ya podía escuchar el agua corriendo deprisa en el riachuelo. Después de pasar entre cuatro pinos, tan altos como torres de vigía que se levantaban formando una línea casi recta, vi el prado de flores silvestres y hierbas altas. Allí sí llegaba la luz del sol, del mismo color dorado brillante que los ojos de Alma, allí el aire olía a flores frescas y a hierba que nunca había sido cortada. Algunas semillas de diente de león flotaban entre los rayos de sol de la tarde y se perdían al otro lado del riachuelo, de vuelta al bosque oscuro.

—Si tanto miedo te dan los muertos, ¿por qué no se lo cuentas al padre Dávila? Quizás con un par de padrenuestros y unos cuantos rezos te curas y dejas de ver fantasmas —le dije de malos modos.

—¿Confesarlo todo? Nadie me creería, o peor aún: me creerían y me quemarían en la hoguera por bruja —se lamentó Alma, sentándose cerca de la orilla con las piernas cruzadas—. No, no puedo contárselo a nadie.

Alma se cubrió la cara con las manos como si estuviera sollozando, aunque yo sabía que fingía.

—Estamos en 1927, Alma, ya no queman a nadie por brujería —le aseguré—. Además, Carmen me contó una vez que solo quemaban a las mujeres que eran pobres, y tú y yo somos prácticamente marquesas. Nadie en su sano juicio se atrevería a acusarnos de brujería y mucho menos a quemarnos en la plaza del pueblo.

Me reí al pensarlo, pero Alma me preguntó angustiada:

—¿Qué te hace tanta gracia? ¿Ya no te acuerdas de la historia de Juana de Arco que nos contó la señorita Lewis? Tuve pesadillas horribles con las llamas devorándome durante semanas después de aquello.

Yo también soñaba con el fuego, pero a diferencia de Juana de Arco o de mi hermana, el fuego que me rondaba en mis sueños estaba dentro de mí y chisporroteaba bajo mi piel.

—Nadie va a quemarte, Alma —dije mientras me sentaba a su lado en el suelo—. Se supone que tú eres la hermana buena, de modo que si una de nosotras ha de consumirse entre las llamas, seré yo.

Alma sonrió y pareció extrañamente aliviada por mi comentario. Supe entonces que ella, como los demás, también pensaba que yo era la hermana prescindible.

—Una vez leí en un libro que cuando un gemelo muere el otro siente como si le faltara un brazo, una pierna o un ojo durante el resto de su vida —empecé a decir—. ¿Te imaginas? ¿Ir toda tu vida por ahí como si te faltara una parte del cuerpo? Yo desde luego no quiero sentir algo así solo porque tú hayas tenido la tonta idea de contarle al cura que puedes ver a los muertos.

—Ha sido idea tuya —me recordó Alma, cortando una flor silvestre de color azul que crecía junto a sus zapatos de charol. Acto seguido, la posó en su mano—. Así que ahora si me matan será culpa tuya.

Un escalofrío bajó deprisa por mi columna pero no tenía nada que ver con el frío que salía de la tierra esponjosa y húmeda debajo de mí. No. Había algo oscuro en las palabras de Alma: una premonición, una siniestra promesa entre hermanas. «Si me matan será culpa tuya.»

Miré fijamente la flor azul en la palma de su mano y por un momento me pareció que la florecilla comenzaba a moverse. Al principio pensé que era el viento del norte que había atravesado el bosque buscándonos. El mismo viento helado que subía desde el mar por el acantilado y se colaba entre las ventanas de nuestra habitación las noches en que los muertos nos visitaban, pero no era el viento. Sentí un hormigueo debajo de la piel, un calor febril que nacía en el centro de mi pecho y que se extendía rápidamente por mis venas como veneno caliente, entonces la florecilla empezó a dar vueltas sobre su tallo con la misma delicadeza que una bailarina da vueltas en su caja de música.

—¿Lo estás haciendo tú, Alma? —le pregunté con la boca seca—. ¿Eres tú?

Alma ya era especial, no me pareció justo que también tuviera el poder de mover la flor.

—No. Creo que eres tú, Estrella —susurró ella mirando la flor que bailaba en su mano.

La flor giraba más deprisa ahora, flotando en el aire de la tarde unos centímetros por encima de la palma de la mano de Alma.

—No te creo, eres tú, lo estás haciendo para burlarte de mí. ¡Para ya! —grité, y la flor giró más deprisa todavía—. ¡Que pares te digo!

Cuanto más me enfadaba yo, más deprisa giraba la flor. Noté el hormigueo abrasador corriendo bajo mi piel como una descarga eléctrica hasta llegar a la palma de mi mano, igual que una lupa que concentra todo el calor del sol en un único punto.

—Eres tú, estás haciendo magia, Estrella.

—No soy yo, es el fuego.

Había esperado once largos años mientras Alma, con sus imposibles ojos amarillos, hablaba con los muertos o llevaba mensajes del más allá a los vivos que lloraban emocionados y la abrazaban al escuchar las palabras de sus seres queridos ya desaparecidos. Hasta esa tarde.

Salimos de nuestro bosque y regresamos a casa por el camino más largo, el que serpenteaba junto al acantilado al otro lado de la carretera.

—No te preocupes tanto, si ese fuego que supuestamente sientes es de verdad seguro que podrás hacerlo más veces—me retó Alma por encima del rugido de las olas.

Me miré la mano disimuladamente esperando ver una quemadura o la piel agrietada por las llamas, pero todo lo que vi fue el corte que me había hecho en el dedo de camino al claro, nada más, ni rastro de heridas o ampollas. Y, sin embargo, todavía podía sentir el calor del fuego bajo mi piel, dentro de mí, parecido al calor residual que desprenden las brasas incluso después de haber sido apagadas: el recuerdo del fuego.

—Tú no tienes ni idea de cómo funciona el fuego, así que deja ya de hablar como si lo supieras todo —le dije, aunque tampoco yo tenía ni idea—. Por si se te ha olvidado, yo soy la hermana mayor.

—Solo por dos minutos de diferencia —masculló Alma con un mohín.

—Dos minutos es suficiente, te aguantas.

Yo esperaba que Alma siguiera discutiendo pero entonces su expresión cambió y se quedó quieta, paralizada mirando el cargadero de metal que sobresalía del acantilado y que se utilizaba para bajar el mineral de hierro de nuestra mina a los barcos que no podían acercarse a la pared de piedra.

—La abuela Soledad está ahí —dijo de repente.

Miré alrededor por si acaso nuestra abuela había salido a dar un paseo por el acantilado y nos había visto salir del bosque donde no teníamos permiso para jugar.

—¿Qué dices? ¿Dónde está?

—Está ahí mismo —respondió Alma—. De pie en el muelle, justo en el borde, como si fuera a saltar al mar. ¿Es que tú no la ves?

El cargadero estaba unos pasos más adelante pero no había nadie al final del saliente de hierro.

—La abuela Soledad no está ahí, idiota. A esta hora estará tomándose su Amaretto Sour en el invernadero como hace cada tarde antes de cenar.

Pero los ojos de gata de Alma estaban fijos en el cargadero, viendo algo invisible para mí, mientras luchaba por contener las lágrimas.

—Puedo verla tan claro como te estoy viendo a ti —dijo Alma con voz frágil cuando empezó a comprender lo que eso significaba—. Su pelo plateado está mojado y parece más largo ahora de lo que parecía esta mañana, le llega más abajo de la cintura. Ahora me mira, lleva puestos sus collares de perlas y uno de sus elegantes vestidos largos de seda mexicana, el de color rojo sangre. ¿De verdad no puedes verla, Estrella?

Caminé furiosa hasta el borde del precipicio, muy decidida, aunque noté cómo me temblaban las piernas y el estómago me dio un vuelco al estar tan cerca del abismo. El olor a salitre era intenso allí y se te metía por la nariz con cada respiración, igual que si una ola te hubiera dado un revolcón.

—Mientes, no eres más que una mentirosa que tiene celos de mí porque tú no puedes sentir el fuego.

—No miento. La abuela Soledad está ahí mismo, en el muelle, justo delante de ti. Ahora está diciendo algo. —Alma guardó silencio un segundo como si estuviera escuchando—. Dice que ya estaba cansada de vivir aquí, lejos de su tierra querida, donde el abuelo la trajo a la fuerza siendo una niña y la obligó a vivir todos estos años. No lo soportaba más.

Yo solo tenía once años pero sabía bien lo que eso significaba: nuestra abuela estaba muerta.

—La abuela dice que lo siente mucho —continuó Alma ya incapaz de retener las lágrimas—. Siente dejarnos solas, pero quería volver a su hogar, a su tierra. Sabía que si se moría de vieja aquí, en Basondo, papá mandaría que la enterraran en nuestro cementerio como a una Zuloaga y entonces ya nunca podría volver a su casa, su verdadera casa.

—Esta es su casa. ¡Cállate! —grité yo—. La abuela Soledad está en casa y está bien. No pienso segui

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