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EL BUFóN DORADO (EL PROFETA BLANCO 2)

Robin Hobb  

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Fragmento

Prólogo

Pérdidas sufridas

La pérdida de una bestia a la que se está vinculado resulta difícil de explicar a aquellos que no portan la Maña. Quienes resuelven la muerte de un animal con comentarios como «Solo era un perro» nunca lo entenderán. Algunos, más comprensivos, lo ven como el fenecimiento de una mascota muy apreciada. Incluso los que intuyen que «Debe de ser como perder a un hijo o a una esposa» siguen sin concebir la verdadera magnitud de la tragedia. Perder a la criatura a la que se estaba vinculado deja un vacío mucho mayor que la desaparición de un compañero o la persona a quien amamos. Sentí como si de pronto me hubieran cercenado la mitad del cuerpo. La vista se me nubló y la insipidez de los alimentos me quitó el apetito. Dejé de oír con la agudeza de antes y

El manuscrito, iniciado muchos años atrás, concluye con una maraña de manchurrones y furiosas estocadas de mi pluma. Recuerdo el momento en el que me di cuenta de que había dejado de escribir generalidades para centrarme en mi interpretación personal e íntima del dolor. Algunas partes del documento se encuentran arrugadas, recuerdo de los momentos en los que lo tiré al suelo para pisotearlo después. Lo que me extraña es el hecho de que me limitara a darle una patada en lugar de arrojarlo a las llamas. No sé quién se apiadaría del maldito texto y decidiría arrinconarlo en la estantería de los manuscritos. Tal vez Tordo, con su modo metódico e inconsciente de hacer sus tareas. En verdad, yo no encuentro nada que hubiera preferido conservar.

Casi siempre que he empezado a escribir algo ha sucedido lo mismo. Con frecuencia, al intentar redactar la historia de los Seis Ducados he terminado perdiéndome en la mía propia. Si comenzaba a perfilar un tratado sobre herbolaria, mi pluma acababa divagando acerca de los distintos tratamientos para las dolencias de la Habilidad. Mis estudios sobre los Profetas Blancos profundizan en exceso en la relación que guardan con sus catalizadores. Ignoro si es la vanidad lo que siempre me lleva a centrarme en mi experiencia, o si mis textos no suponen más que un esfuerzo lamentable de explicarme mi vida a mí mismo. Los años han transcurrido con su plétora de encrucijadas y, una noche tras otra, sigo cogiendo la pluma y sentándome a escribir. Aún hoy sigo luchando por comprender quién soy. Aún hoy sigo haciéndome la misma promesa: «la próxima vez lo haré mejor», llevado por la arrogancia, tan humana, de dar por hecho que siempre se me brindará una «próxima vez».

No fue eso lo que hice, empero, cuando perdí a Ojos de Noche. Nunca me prometí que algún día volvería a vincularme, y que haría mejor las cosas con el apoyo de mi nuevo compañero. Esa postura habría supuesto una traición. La muerte de Ojos de Noche me había destrozado el alma. Durante los días que siguieron anduve malherido, ignorante del verdadero alcance de la mutilación que acababa de sufrir. Actuaba como quien se queja del picor que sigue sintiendo en una pierna amputada. El hormigueo hace que dejes de darle vueltas a la insoportable certeza de que pasarás el resto de la vida cojeando. Así, el pesar que su muerte me produjo en un primer momento ocultaba el verdadero daño que se me había infligido. Estaba confuso y creía que el dolor y el sentimiento de pérdida que me embargaban se reducían a la misma cosa, cuando en realidad el uno no era sino un síntoma del otro.

En cierto modo, inicié una nueva etapa de madurez. No se trataba de que me hubiera hecho adulto, sino de que poco a poco empezaba a tomar conciencia de mí mismo como individuo. Las circunstancias me habían lanzado de cabeza al mar de intrigas que azotaba la corte del castillo de Torre del Alce. Contaba con la amistad del bufón y Chade. Estaba a punto de comenzar una relación seria con Jinna la bruja Vulgar. Mi hijo, Percán, se había entregado con pasión tanto a su aprendizaje como al amor, y parecía debatirse desesperadamente entre el uno y el otro. El joven príncipe Dedicado, quien muy pronto celebraría sus desposorios con la narcheska marginada, me había tomado como mentor; no solo para que lo instruyera en la Habilidad y la Maña, sino para que lo guiase entre las procelosas aguas de la adolescencia y la madurez. No me faltaba quien se preocupara por mí, ni por quien sentir un profundo cariño. Y pese a todo, me encontraba más solo de lo que había estado nunca.

Lo que más me extrañó fue lo mucho que tardé en entender que ese aislamiento lo había elegido yo.

Ojos de Noche era imposible de sustituir; había operado un cambio en mí durante los años que habíamos compartido. El animal no aportaba mi otra mitad; juntos, conformábamos un todo. Incluso cuando Percán llegó a nuestra vida, los dos lo consideramos un menor del que debíamos responsabilizarnos. El lobo y yo constituíamos la unidad que tomaba las decisiones. La alianza se sustentaba tanto sobre él como sobre mí. Con su marcha, sentí que jamás volvería a establecer una relación igual con nadie, ni animal ni humano.

Cuando era un muchacho y pasaba el tiempo en compañía de lady Paciencia y su compañera Cordonia, a menudo las oía hablar sin reparos sobre los hombres de la corte. Las dos daban por hecho que si una persona llegaba soltera a la treintena estaba destinada a permanecer así. «Es de costumbres fijas», declaraba Paciencia cada vez que cuchicheaban acerca de algún lord entrecano que de pronto empezaba a cortejar a una muchacha. «La primavera le ha alterado la sangre, pero ella no tardará en darse cuenta de que él ya no tiene sitio en su vida para una pareja. Lleva demasiado tiempo viviendo solo.»

Y así, muy poco a poco, empecé a verme a mí mismo. A menudo me sentía solo. Sabía que la Maña buscaba compañía. Pero ni ese sentimiento ni esa búsqueda eran más que un reflejo, la contracción nerviosa de una extremidad amputada. Nadie, persona o animal, podría jamás llenar el vacío que Ojos de Noche había dejado en mi vida.

Así se lo hice saber al bufón durante una de las escasas conversaciones que mantuvimos de regreso a Torre del Alce. Fue una de las noches en las que acampamos junto al camino. Lo había dejado con el príncipe Dedicado y Laurel, la cazadora de la reina. Estaban acurrucados junto al fuego, protegiéndose como podían del frío de la noche y apurando la escasa comida. El príncipe se mostraba abstraído y malhumorado, apesadumbrado todavía por la pérdida de la gata. Para él mi proximidad equivalía a acercar una mano a una llama después de habérsela quemado, lo cual acentuaba el dolor que yo sentía. De modo que, con la excusa de que iba a por leña para la hoguera, me alejé del grupo.

El invierno anunció su llegada con una noche opaca y gélida. El mundo penumbroso se había desprendido de todo rastro de color y, lejos del resplandor de la hoguera, comencé a andar a tientas, como un topo, en busca de leña. Al final desistí y me senté sobre una roca que había junto al arroyo para esperar a que mis ojos se adaptasen a la oscuridad. Pero allí sentado, a solas, mientras el frío hacía presa en mí, se me quitaron las ganas de buscar madera y, de hecho, de hacer cualquier otra cosa. Permanecí sentado, la vista extraviada, escuchando el borboteo del agua y dejando que la noche me imbuyera de su melancolía.

El bufón se acercó a mí, caminando sigiloso a través de la negrura. Se sentó en la tierra, a mi lado, y durante unos instantes ninguno de los dos dijo nada. Al cabo alargó el brazo y me puso la mano en el hombro.

—Ojalá pudiera ayudarte a superar tu duelo —deseó.

Era una declaración huera, y así pareció sentirlo él también, porque tras manifestar su intención guardó silencio. Acaso el fantasma de Ojos de Noche me reprochase que insistiera en mostrarme desabrido y callado con nuestro amigo, ya que pasados unos momentos busqué algunas palabras con las que salvar la oscuridad que nos distanciaba.

—Es como el corte que tienes en la cabeza, bufón. El tiempo lo curará, pero por mucho que los demás quieran lo mejor para ti, la herida no sanará antes. Aunque existiera algún modo de aliviar el dolor, alguna hierba o bebida que lo mitigara, no tendría elección. Nada hará su muerte más soportable. Lo único que puedo esperar es acostumbrarme a estar solo.

Pese a que hice cuanto pude por evitarlo, mi explicación no dejó de sonar a reproche. Aún peor, pareció que me compadecía de mí mismo. Debo reconocerle a mi amigo el que no se lo tomara como una ofensa. De hecho, se levantó con un movimiento grácil.

—Te dejaré a solas, entonces. Creo que prefieres afrontar el duelo sin compañía, y si es ese el caso, respetaré tu decisión. No me parece la más sensata, pero la respetaré. —Hizo una pausa y exhaló un suspiro leve—. Intuyo que estoy comprendiendo algo sobre mí mismo; he venido porque quería que supieras que soy consciente de tu sufrimiento. No porque pueda librarte de él, sino porque quería hacerte saber que comparto tu dolor por medio de la relación que nos une. Sospecho que hay cierto egoísmo en ello; me refiero a mi deseo de que a ti también te conste. Cuando el peso de una carga se comparte es más fácil sobrellevarla; se puede establecer un vínculo entre quienes la aguantan. Así nadie tiene por qué soportarla en soledad.

Sentí que sus palabras encerraban cierta sabiduría, algo acerca de lo que debería recapacitar, pero estaba demasiado cansado y afligido para considerarlo con detenimiento.

—Enseguida regreso a la hoguera —me limité a decir, lo que bastó al bufón para saber que la conversación había terminado. Retiró la mano de mi hombro y se alejó.

No fue hasta unos momentos después, al reflexionar sobre lo que me había dicho, cuando lo entendí. Estaba optando por apartarme; no se trataba de la consecuencia inevitable del perecimiento del lobo, ni de una decisión tomada después de sopesarla en profundidad. Me había decantado por entregarme a la soledad, por cortejar a mi dolor. No era la primera vez que escogía ese camino.

Manejé el pensamiento con cautela, pues era lo bastante afilado para matarme. Fui yo quien eligió vivir aislado en la cabaña con Percán durante años. Nadie me obligó a exiliarme de esa manera. La ironía radicaba en que aquella fue la materialización del deseo que tantas veces había expresado. Me pasé toda mi juventud diciendo que lo que de verdad quería era vivir en un lugar donde pudiera tomar mis propias decisiones, ajeno a los «deberes» propios de mi cuna y mi posición. Hasta que el destino no satisfizo mi voluntad, no supe el precio que debía pagar. Podía zafarme de mis responsabilidades para con los demás y vivir como me placiese únicamente si además rompía los lazos que me unían a ellos. No podía tener las dos cosas. Formar parte de una familia, o de una comunidad, implica asumir deberes y responsabilidades, ceñirse a las reglas del grupo. Llevaba tiempo alejado de todo eso, pero ahora sabía que fue mi decisión. Fui yo quien decidió renunciar a mis responsabilidades con mi familia, y acepté pagarlo con el consiguiente aislamiento. En su día me repetía a mí mismo una y otra vez que eso era lo que el destino me había deparado. De igual modo, ahora estaba tomando otra decisión, aunque intentaba convencerme de que tan solo me limitaba a seguir la senda por la que el destino pretendía llevarme a la fuerza.

Admitir que tú mismo eres la causa de tu soledad no sirve para acabar con ella. Pero ayuda a comprender que no es inevitable, y que la decisión se puede revocar.

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Los picazos

Los picazos siempre han asegurado que lo único que deseaban era poner fin a la persecución a la que los Mañosos de los Seis Ducados venían siendo sometidos desde hacía generaciones. Se podría decir que esta aseveración es mentira además de un artero engaño. Los picazos ansiaban el poder. Su intención era moldear a la totalidad de los Mañosos de los Seis Ducados con el fin de formar un colectivo unido que se alzase para tomar el control de la monarquía y situar a los suyos en el poder. Parte de su estratagema consistía en declarar que todos los reyes posteriores a la abdicación de Hidalgo fueron simples pretendientes, que se impidió de manera equivocada que Traspié Hidalgo Vatídico heredase el trono debido a su bastardía. Las leyendas sobre el Bastardo Leal, quien regresó de la tumba para servir al rey Veraz durante su búsqueda, se extendieron más allá de lo imaginable, atribuyendo a Traspié Hidalgo una serie de poderes que elevaban al Bastardo a la condición de semidiós. Así, también se conocía a los picazos por el nombre de Culto del Bastardo.

En principio estas ridículas manifestaciones debían darle cierta legitimidad al empeño de los picazos por derrocar a los Vatídico y llevar al trono a uno de los suyos. Con este fin los picazos iniciaron una inteligente campaña, consistente en obligar a los Mañosos a aliarse con ellos si no querían correr el riesgo de que los delataran. Acaso esta táctica fuese concebida a partir de la figura de Kebal Ganapán, cabeza de los marginados durante la Guerra de las Velas Rojas, puesto que se dice que aquellos que lo seguían no lo hacían llevados por su carisma, sino por el miedo a lo que podría hacerles a sus casas y familias si se negaban a plegarse a sus planes.

La técnica de los picazos era muy sencilla. O las familias mancilladas por la magia de la Maña se sumaban a su alianza o se les desenmascaraba por medio de acusaciones públicas que derivaban en su ejecución. Se comenta que a menudo los picazos iniciaban sus ataques insidiosos actuando contra aquellos que rodeaban a una determinada casa poderosa, de modo que primero delataban a algún sirviente o a algún primo menos adinerado, mientras dejaban claro que si el cabeza de la obstinada familia no accedía a satisfacer sus deseos, también él conocería el mismo fin.

Esta táctica no es propia de un grupo que desea que se deje de perseguir a los suyos. Es propia de una facción inclemente decidida a ascender al poder, para lo cual primero debe sojuzgar a sus miembros.

ROWELL,

La conspiración de los picazos

Había llegado el relevo de la guardia. El tañido y el grito que el vigilante de la ciudad emitió llegaron amortiguados por la tormenta, pero aun así los oí. La noche acababa de terminar oficialmente; dentro de poco amanecería y yo aún estaba en la cabaña de Jinna esperando a que Percán regresase. Jinna y yo compartíamos el calor de su acogedora hoguera. Su sobrina, que ya había vuelto, se detuvo a charlar un rato con nosotros antes de acostarse. Jinna y yo estábamos matando el tiempo, echando un leño tras otro al fuego y hablando de trivialidades. La humilde morada de la bruja Vulgar era cálida y cómoda; su compañía me resultaba agradable y esperar al chico terminó por convertirse en una excusa para hacer lo que quería, lo cual no era otra cosa que permanecer sentado en silencio.

La conversación fluía a saltos. Jinna me preguntó qué tal había ido el recado que debía atender. Le dije que se trataba de un asunto de mi amo y que yo solo me limité a acompañarlo. A fin de que la explicación no sonara demasiado brusca, añadí que lord Dorado había adquirido algunas plumas para su colección, tras lo que desvié la charla hacia el tema de Mibruna. Sabía que en realidad Jinna no sentía interés por mi cabalgadura, pero tuvo el gesto de escucharme. Las palabras llenaron apaciblemente la reducida distancia que nos separaba.

En realidad el recado no consistió en una búsqueda de plumas, y tuvo que ver más conmigo que con lord Dorado. Juntos salvamos al príncipe Dedicado de los picazos, quienes entablaron amistad con él para después capturarlo. Lo llevamos de regreso a Torre del Alce sin que ningún noble sospechara nada. Esta noche la aristocracia de los Seis Ducados celebraba un festín y mañana formalizaría los desposorios del príncipe Dedicado con Elliania, la narcheska de las Islas del Margen. En apariencia, todo estaba como siempre.

Pocos imaginaban el alto precio que el príncipe y yo pagamos para que las cosas siguieran su curso normal. La gata a la que el príncipe estaba vinculado por medio de la Maña tuvo que sacrificarse para salvarle la vida. Yo perdí a mi lobo. Porque durante casi una veintena de años, Ojos de Noche había sido mi otro yo, el contenedor de la mitad de mi alma. Ahora ya no estaba. Tuvo lugar un cambio muy profundo en mi vida, tanto como el que se produce cuando un farol se apaga en una estancia penumbrosa. Su ausencia parecía tangible, una carga que debía soportar junto a la de mi pena. Las noches se hacían más oscuras. Nadie me vigilaba las espaldas. Y aun así, sabía que seguiría viviendo. A veces esa certeza se convertía en la peor parte de mi pérdida.

Me contuve antes de abandonarme por completo a la autocompasión. Yo no era el único que se había quedado sin su compañero. A pesar de que el príncipe llevaba menos tiempo vinculado a su gata, me constaba que su sufrimiento era inmenso. El vínculo mágico que la Maña establece entre una persona y un animal alcanza una gran complejidad. Cortarlo nunca resulta fácil. No obstante, el muchacho terminó por dominar su dolor y ahora seguía cumpliendo con sus deberes demostrando una gran ecuanimidad. Al menos yo no tenía que enfrentarme a mis desposorios mañana por la noche. En cuanto regresamos a Torre del Alce, ayer por la tarde, el príncipe hubo de asumir nuevamente su rutina. Anoche asistió a las ceremonias de bienvenida a su futura esposa. Esta noche debía sonreír y comer, hablar con unos y otros, aceptar buenos deseos, bailar y aparentar sentirse satisfecho con lo que el destino y su madre habían decretado para él. Pensé en las luces deslumbrantes, la música estridente, las carcajadas y las conversaciones a gritos. Meneé la cabeza compadecido de él.

—¿Y qué es lo que te hace mover así la cabeza, Tom Mechatejón?

La pregunta de Jinna me sacó de mi ensimismamiento, haciéndome comprender que el silencio se había alargado en exceso. Tomé todo el aire que pude y recurrí a una mentira fácil.

—La tormenta no tiene pinta de amainar, ¿verdad? Me lamentaba por los que hayan tenido que salir esta noche. Doy gracias por no contarme entre ellos.

—Sí, y a eso yo añadiré que doy gracias por la compañía —dijo ella con una sonrisa.

—Lo mismo digo —aporté con algún embarazo.

Pasar la noche con la amena compañía de una mujer tan agradable suponía una nueva experiencia para mí. El gato de Jinna ronroneaba acurrucado en mi regazo mientras ella tejía a mano labores de punto. La acogedora calidez del resplandor de la hoguera se reflejaba en las mechas cobrizas del cabello rizado de Jinna y el racimo de pecas que salpicaban su rostro y antebrazos. Tenía un rostro bien perfilado, no hermoso, pero sí apacible y amable. La conversación había serpenteado entre un tema y otro a lo largo de la velada, desde las hierbas con las que había hecho el té hasta el modo en que las hogueras que se encienden con madera de deriva

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