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EL CAMINO DEL SOL (FRIDAY HARBOR 2)

Lisa Kleypas  

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Fragmento

Título original: Rainshadow Road

Traducción: Jordi Vidal

1.ª edición: mayo 2012

 

© 2012 by Lisa Kleypas

© Ediciones B, S. A., 2012

para el sello Vergara

Consell de Cent 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Depósito Legal:  B.15616-2012

ISBN EPUB:  978-84-9019-107-1

 

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidas en el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

 

 

 

 

 

A Jennifer Enderlin,

con mi gratitud

por tu perspicacia, paciencia y aliento...

Eres un regalo que nunca he sabido valorar.

 

Con todo mi afecto,

L. K.

Contenido

Portadilla

Créditos

Dedicatoria

 

1

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Epílogo

1

 

Cuando Lucy Marinn tenía siete años, ocurrieron tres cosas: su hermana pequeña Alice enfermó, le asignaron su primer trabajo para la feria de ciencias y descubrió que la magia existía. Más concretamente, que tenía la capacidad de hacer magia. Y durante el resto de su vida, Lucy supo que la distancia entre lo ordinario y lo extraordinario no era más que un paso, un soplo, un latido.

Pero no era esa la clase de conocimientos que hacía a una valiente y atrevida. Por lo menos, no en el caso de Lucy. La hizo prudente. Discreta. Porque la revelación de una facultad mágica, sobre todo si no se podía dominar, significaba que una era distinta. Y hasta una niña de siete años comprendía que no deseaba encontrarse en el lado equivocado de la línea entre distinta y normal. Quería integrarse. El problema era que, por muy bien que guardara su secreto, el mero hecho de tenerlo bastaba para separarla de todos los demás.

Nunca supo con certeza por qué la magia surgió cuando lo hizo, qué sucesión de hechos habían llevado a su primera aparición, pero creía que todo empezó la mañana en que Alice despertó con tortícolis, fiebre y un sarpullido rojo intenso. Tan pronto como la madre de Lucy vio a Alice, gritó a su padre que llamara al médico.

Asustada por el revuelo en la casa, Lucy se sentó en una silla de la cocina en camisón, con el corazón desbocado al ver cómo su padre colgaba el auricular del teléfono con tanta precipitación que se cayó del soporte de plástico.

—Ve a ponerte los zapatos, Lucy. Date prisa.

La voz de su padre, siempre tan tranquila, se resquebrajó al pronunciar la última palabra. Tenía la cara pálida como la de un cadáver.

—¿Qué pasa?

—Tu madre y yo nos llevamos a Alice al hospital.

—¿Yo también voy?

—Tú pasarás el día con la señora Geiszler.

Al oír mencionar a su vecina, que siempre gritaba cuando Lucy iba en bicicleta por su césped, protestó:

—No quiero ir. Da miedo.

—Ahora no, Lucy.

La mirada de su padre hizo que las palabras se secaran en la garganta de Lucy.

Fueron hasta el coche, y su madre subió al asiento de atrás sosteniendo a Alice como si fuera un bebé. Los sonidos que emitía Alice eran tan alarmantes que Lucy se tapó los oídos. Se acurrucó en el menor espacio posible, mientras las fundas húmedas de vinilo se adherían a sus piernas. Tras dejarla en casa de la señora Geiszler, sus padres se alejaron tan deprisa que los neumáticos del monovolumen dejaron marcas negras en el camino de entrada.

La señora Geiszler tenía la cara arrugada como una persiana cuando advirtió a Lucy que no tocara nada. La casa estaba llena de antigüedades. El agradable olor a humedad de los libros viejos y el perfume de limón del abrillantador de muebles impregnaban el aire. El lugar era silencioso como una iglesia, sin sonidos de televisión de fondo, ni música, ni voces, ni timbres de teléfono.

Sentada muy quieta en el sofá de brocado, Lucy observó un servicio de té que habían dispuesto con esmero sobre la mesilla. Era de una clase de vidrio que Lucy no había visto nunca. Las tazas y los platitos brillaban con una luminosidad multicolor y el vidrio estaba adornado con remolinos y flores pintados en oro. Hipnotizada por el modo en que los colores parecían cambiar en distintos ángulos, Lucy se arrodilló en el suelo e inclinó la cabeza de un lado a otro.

La señora Geiszler, de pie en el umbral, soltó una risita parecida al crujido de los cubitos de hielo cuando se les echa agua.

—Es vidrio tallado —dijo—. Hecho en Checoslovaquia. Ha pertenecido a mi familia durante cien años.

—¿Cómo metieron los arcos iris? —preguntó Lucy en voz baja.

—Disuelven el metal y los colores en vidrio fundido.

Lucy quedó asombrada por aquella revelación.

—¿Cómo se funde el vidrio?

Pero la señora Geiszler ya se había cansado de hablar.

—Los niños hacen demasiadas preguntas —dijo, y se retiró a la cocina.

 

 

Lucy no tardó en aprender la palabra que designaba la enfermedad de su hermana de cinco años. Meningitis. Significaba que Alice regresaría muy débil y cansada, y que Lucy debía ser una buena chica, ayudar a cuidarla y no dar problemas. Implicaba también que Lucy no debía discutir con Alice ni contrariarla en nada. «Ahora no» era la frase que los padres de Lucy le decían con mayor frecuencia.

El largo y tranquilo verano había sido una penosa desviación de la rutina habitual de citas de juegos, campamentos y puestos de limonada destartalados. La enfermedad había convertido a Alice en el centro de masa en torno al cual el resto de la familia giraba en órbitas angustiosas, como planetas inestables. En las semanas que siguieron a su regreso del hospital, su habitación se llenó de montones de juguetes y libros nuevos. Le permitían corretear alrededor de la mesa a la hora de las comidas, y no le exigían nunca que dijera «por favor» o «gracias». Alice no estaba nunca satisfecha con comerse la porción más grande del pastel o acostarse más tarde que los demás niños. Nada era demasiado para una niña que ya tenía demasiado.

Los Marinn vivían en el barrio de Ballard, en Seattle, originariamente poblado por escandinavos que trabajaban en la pesca del salmón y en las fábricas de conservas. Si bien la proporción de escandinavos había disminuido a medida que Ballard crecía y se desarrollaba, todavía quedaban numerosas huellas del legado del barrio. La madre de Lucy cocinaba con recetas que se habían ido transmitiendo desde sus antepasados escandinavos: gravlax, salmón curado en frío y sazonado con sal, azúcar y eneldo; cerdo asado con relleno de ciruelas pasas, o krumkake, galletas de cardamomo enrolladas en conos perfectos sobre el mango de cucharas de madera. A Lucy le gustaba ayudar a su madre en la cocina, sobre todo porque a Alice no le interesaba cocinar y nunca participaba.

Cuando el verano se convirtió en un otoño repentino y empezó la escuela, la situación en casa no dio muestras de cambio. Alice volvía a estar bien, y sin embargo la familia parecía seguir actuando según los principios de su enfermedad: no contrariarla. Dejar que se saliera con la suya. Pero cuando Lucy se quejaba, su madre la abofeteaba como no lo había hecho nunca.

«Debería darte vergüenza tener celos. Tu hermana ha estado a punto de morirse. Ha sufrido terriblemente. Tienes suerte de no haber pasado por lo que ella ha vivido.»

Durante los días sucesivos la culpabilidad aquejaba a Lucy y se renovaba en ciclos como una fiebre persistente. Hasta que su madre le habló con tanta aspereza, Lucy no había sido capaz de identificar el sentimiento continuo que había tensado su fuero interno como las cuerdas de un violín. Pero eran celos. Aunque no sabía cómo librarse de ellos, sabía que no debía decir ni media palabra al respecto.

Entretanto, Lucy solo podía esperar que las c

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