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EL CASO DE LAS JAPONESAS MUERTAS

Antonio Mercero  

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Fragmento

1.

Me gusta mucho que la gente sea infeliz. Miro a las personas que pasan por la calle, me fijo en ellas, juego a adivinar qué preocupaciones arrastra cada una. Intuyo las desgracias ajenas y eso me trae consuelo y alivio. Es mezquino, ya lo sé, pero creo que es mi pasatiempo favorito. También me gusta extraviarme en esta ciudad que no conozco y caminar sin mapas ni planes previos, dejando que sea el instinto o el capricho el que guíe mis pasos. Ese es el placer de viajar sola.

Izumi levanta la vista de su diario y se queda pensativa. «El placer de viajar sola», vuelve a escribir.

Ve a la señora Shiburi acercándose desde un extremo de la plaza y lamenta no haberse escondido mejor. Sentada en el suelo, la espalda apoyada en el pedestal de la estatua ecuestre, debe de ser poco más que una mota minúscula en la inmensidad de la plaza Mayor, llena de turistas, mimos, vendedores callejeros y músicos. ¿Cómo la habrá encontrado?

—Te estábamos buscando. Nos vamos a comer.

Comen en un restaurante de la calle Cuchilleros. Hay cinco mesas reservadas para todo el grupo. Allí, qué remedio, Izumi se abandona a la conversación banal con unos y con otros. Después, bajo un sol de justicia, caminan hasta el autobús, que está aparcado en la calle Bailén.

Su siguiente destino es el Museo del Prado.

El guía local cuenta curiosidades de la ciudad durante el trayecto. Micrófono en mano, habla para todos pero por alguna razón solo la mira a ella. Serán trucos de orador inexperto, se dice Izumi. En algún sitio ha leído que centrar la vista en un punto concreto relaja los nervios en el trance de hablar en público. Su fijación por ella no puede obedecer a ninguna otra razón, pues no atraviesa por su mejor momento: tiene ojeras, está flaca, bebe y fuma cada vez más, le cuesta encontrar la gracia a la vida… Por eso ha emprendido este viaje. Confía en la distancia, en la soledad, en el desarraigo. En algún punto del camino verá la luz.

El guía se expresa en un japonés correcto, pero con acento español. Se atranca un poco al hablar. Izumi evoca el tartamudeo del señor Omura, el socio de su padre en la fábrica de maderas de Yufuin. Era un hombre iracundo, o así lo recuerda ella. Cuando tenía cinco años, presenció, oculta tras un biombo, una bronca tremenda que el señor Omura le estaba echando a su padre. El hombre tartamudeaba en medio de su enfado y la niña no entendía por qué su padre no se reía de eso en vez de agachar la cabeza y musitar palabras de disculpa.

Furusato, escribe en su cuaderno, «la tierra natal». Recuerda la vieja canción infantil con una punzada de nostalgia.

En el Museo del Prado, se separa del grupo y vaga de aquí para allá como un espíritu libre. Pasa una hora en una sala de retratos del siglo XVII. Admira la seriedad de los rostros, la decadencia rotunda de un banquero de Delft, ya entrado en años; la fiereza en la mirada de un médico holandés de la corte. Algo hay en esas expresiones que la hipnotiza.

Se sienta a descansar frente a Las meninas. Sonríe a la más bajita y se pone a llamarla con voz infantil, como si quisiera atraerla para jugar con ella. Deja de hacerlo al notar que está desconcentrando a un dibujante que, a su lado, trata de replicar la escena en un cuaderno enorme. ¿Cómo explicarle que a veces le gusta interpelar a los personajes de los cuadros?

El guía local entra en la sala y se acerca a ella resoplando, como si llevara un buen rato buscándola. Todos sus compañeros están ya en el autobús. La visita ha terminado.

«El placer de viajar sola.» Tacha esa frase y escribe otra: «Viajar está sobrevalorado». Lamenta la decisión de haberse unido a un grupo de turistas, con sus horarios y sus visitas cronometradas. ¿Por qué no se habrá lanzado a la aventura en plan mochilera? Su primera intención había sido esa, pero sus amigas le metieron el miedo en el cuerpo: una joven de veinticinco años no debe viajar sola.

Está de mal humor. Ahora los han llevado al hotel para descansar antes de la cena, programada en un café con flamenco en directo. Pero Izumi no está cansada.

Sale a dar un paseo por la Gran Vía. Le apetece confundirse con la gente, beber cerveza y pensar.

Furusato.

El guía local, con su acento extraño y sus tartamudeos, le ha traído recuerdos de infancia.

La clientela del Corral de la Morería está compuesta por grupos de turistas mezclados con algún español amante del flamenco. El grupo es bueno: dos guitarristas, una cantaora y tres bailaores que irrumpen en el escenario por turnos. El ambiente vibra de palmas, taconeos y acordes de guitarra, la cantante se retuerce en la expresión del sentimiento más hondo que se pueda imaginar y, a pesar de todo, Izumi se aburre. Lo peor es que debería estar disfrutando de la actuación. Siente curiosidad por las cosas que no conoce, quiere empaparse de una música racial y dejarse sacudir por su ritmo, su dolor y su verdad, pero una resistencia en su interior se lo impide.

Saca su diario y escribe sus reflexiones.

Noche de flamenco, el grupo es bueno, el ambiente musical a más no poder. Debería estar disfrutando y no lo hago. No soy capaz. Pero tengo que insistir. Creo que eso es viajar: someterse al cambio. A base de música, de cuadros, de paseos y de descubrimientos conseguiré recuperar el gusto por la vida.

En una de las mesas, un joven bebe una copa de vino. A Izumi le parece que la mira más a ella que a los artistas. Se pregunta si no lo ha visto también en el Museo del Prado. No está segura. Escribe en su diario.

Le entran ganas de fumar. Por cortesía, espera a que termine una canción y aprovecha el clamor de los aplausos para levantarse y alcanzar la salida. Le gusta aspirar el aire de la noche. Dentro del café hacía mucho calor. Busca su mechero y comprende que está en el bolso, colgado en el respaldo de la silla.

Un hombre se acerca con algo en la mano. Le va a dar fuego, seguro. Pero cuando está a un paso, Izumi siente un pinchazo en el cuello y le sale un maullido de gatito con sueño. Se desmaya en brazos del hombre, que la recoge y la mete en una furgoneta con sorprendente agilidad. Después se fija en el colgante que ella lleva puesto: es una estrella de mar azul con reflejos de esmeralda. Lo sostiene en la mano mientras lo observa con ojos febriles. No es un colgante cualquiera, él sabe lo que significa. Se lo arranca de un tirón que provoca una sacudida en el cuerpo de Izumi. El abdomen se ha levantado de un modo poco natural. El hombre aprieta la estrella de mar en la mano hasta hacerse sangre. Mira a Izumi con una sombra de recelo. ¿Está fingiendo el desmayo? Sí, tiene los ojos cerrados, pero está despierta, sería capaz de incorporarse.

Como en un duermevela, como si llegara a través de un filtro, Izumi oye el flamenco, la voz desgarrada de la cantaora, los taconeos, las palmas. Su conciencia es apenas una neblina, como la que siempre tiñe el lago de su pueblo. Desde un lugar muy profundo, cada vez más lejano, piensa en su padre, que la ha repudiado pero puede estar buscándola. No dio con ella en Tokio, aunque Izumi a veces había sentido que la podían estar siguiendo. Quizá su padre la haya encontrado en Madrid, quizá la haya mandado matar por escaparse de casa, por saltarse las normas familiares y hacer su santa voluntad. Lo último en lo que piensa antes de recibir un puñetazo en la cabeza es su padre durmiendo en el futón, su rictus severo borrado por el sopor de la siesta.

2.

Sofía Luna se contempla en el espejo y llega a la conclusión de que ha engordado mucho más de lo que indica la báscula. Puede que sean los nervios, se dice, puede que la inseguridad de volver al trabajo después de un año de suspensión le haga verse más fea de lo que está. O quizá sea Carlos Luna quien se ríe al otro lado del cristal. El hombre que ella era antes de la operación de cambio de sexo se despide para siempre con una carcajada final: ¿no querías convertirte en una mujer? Pues toma. Ahora te toca apechugar con la ropa que no te queda bien y con los kilos de más. En ese diálogo imaginario, Sofía le diría que los hombres también se preocupan por su imagen y por el peso. Pero lo cierto es que ella está mucho más pendiente de esos temas desde que es una mujer. Parece cosa de brujas, o como si el cirujano hubiera tocado algún botón.

Tal vez haya sido demasiado obediente. El médico insistió tanto en la importancia de guardar reposo después de la operación que ella apenas se ha movido. Las primeras semanas eran las más críticas. Tenía prohibido casi respirar hasta que las heridas hubieran cicatrizado del todo. A partir de ese instante debía recuperar lentamente su vida habitual, pero con mucho cuidado de no exponerse a las infecciones. Eso, en la práctica, equivalía a evitar los lugares públicos. En cuanto al ejercicio físico, podía dar paseos cortos, aunque sin forzar la máquina, para no sufrir sangrados vaginales.

—Yo he hecho bien mi parte —le dijo el médico—. A partir de ahora, el éxito de la operación depende

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