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EL CASO DEL CASTILLO DE COMPER (COMISARIO DUPIN 7)

Jean-Luc Bannalec  

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Fragmento

El primer día

—¡El Valle sin Retorno, jefe! ¡Ya hemos llegado!

Al inspector Le Ber le brillaban los ojos. Estaba exultante.

El comisario Georges Dupin y su pequeño equipo de la comisaría de Concarneau habían llegado hasta allí sin problemas; el trayecto apenas les había llevado una hora. Dupin había conducido como siempre, ignorando por completo la velocidad máxima permitida. Su anguloso Citroën tenía unos años, sí, pero conservaba una maniobrabilidad excelente; de hecho, lo demostró con creces en un par de ocasiones. Le Ber y Labat, sus dos inspectores, iban en el asiento trasero, mientras que Nolwenn, su mano derecha, viajaba a su lado, en el asiento del copiloto.

Al principio, a Dupin no le entusiasmó demasiado la «magnífica ocurrencia» de Nolwenn de combinar una salida de servicio del comisario al bosque de Brocelianda, por desgracia ineludible, con una excursión de todo el equipo. Pero Nolwenn estaba decidida. Incluso a Labat, que por naturaleza siempre tenía algo que objetar, le había parecido una idea excelente.

Con tono severo, Nolwenn les recordó que habían pasado más de dos años desde la última excursión, cuando visitaron la costa bretona más noroccidental, y Dupin tenía que admitir que fue muy agradable. De hecho, su falta de entusiasmo se debía al compromiso que había contraído a principios de verano, durante su último caso, con su viejo amigo de la policía de París, Jean Odinot, quien le había facilitado información relevante desde la «zona gris» de la policía y él, a cambio, prometió investigar en nombre de su amigo un asunto relacionado con un caso no resuelto de la policía de París.

Dupin no pretendía zafarse. Para él, cumplir con su parte era una cuestión de honor; de hecho, por Jean Odinot haría muchas cosas, con compromiso o sin él. No, el problema no era Odinot. El problema era la policía de París. Tras ser apartado del cuerpo, es decir, suspendido por ofensa grave y, por desgracia, manifiesta contra el alcalde, se había jurado a sí mismo no tener nada que ver nunca más con la policía de París. El comentario de Odinot por teléfono el día anterior afirmando que el asunto que investigaban era «completamente absurdo» tampoco contribuía a aumentar su motivación.

—¡Brocelianda! —Nolwenn sacó un librito delgado de la bolsa de provisiones en la que había comida suficiente para alimentarlos a todos durante varios días—. ¡Brocéliande! ¡Cuántos hermosos recuerdos en una sola palabra! Toda la Europa medieval pronunciaba este nombre con reverencia. El último reducto del reino de las hadas. Aquí es donde tienen lugar algunas de las más maravillosas creaciones de la imaginación que han conmovido los corazones de miles de personas.

Aquella era la primera visita de Dupin al bosque de Brocelianda —conocido también con el nombre, menos pomposo, de bosque de Paimpont—, el más grande de la Bretaña y, sobre todo, el más famoso. No solo en la Bretaña, sino también en Francia y en toda Europa. Era, sin duda, el corazón fantástico de la región. El más místico de todos los lugares místicos. La leyenda de todas las leyendas. Y, considerando la profusión de leyendas de la Bretaña, aquello ya era destacable por sí solo. Dupin ya se había hecho a la idea de que, durante aquella salida, Le Ber y Nolwenn adoptarían el papel de guías con más diligencia de la que ya era habitual en ellos, y que lo comentarían todo como verdaderos expertos. Se juró a sí mismo mantener la calma más absoluta.

—Lo mejor será que aparquemos junto a la iglesia del Grial. Es un buen punto de partida.

Nolwenn señaló a la izquierda.

Allí todo sugería lugares espectaculares. Ya en los carteles del borde de la carretera se podía leer: «Iglesia del Grial», «Mar de Lancelot», «Escalinata de Merlín», «Tumba del Gigante»…

—¡Siete mil setecientas hectáreas! —Le Ber se había desabrochado el cinturón de seguridad y se inclinó hacia ellos—. Con extensiones de bosque y brezales y multitud de estanques y lagos. Un magnífico vestigio del bosque que, en tiempos de los galos, ocupaba toda la Bretaña. Tiene forma de dragón dormido. ¡Desde el aire se aprecia perfectamente! El significado vulgar de su nombre deriva de broce, bosque, y lianda, landa, o sea, «tierra de brezos». Sin embargo, su verdadero significado proviene del celta y es «fortaleza del otro mundo».

Le Ber hizo una breve pausa y prosiguió al instante con más énfasis:

—Aquí es donde tienen lugar innumerables leyendas celtas y bretonas, las más extraordinarias historias de hace varios milenios. Sin embargo, el bosque alcanzó renombre por el rey Arturo y su Mesa Redonda. Como ya sabe usted —dijo, utilizando una vieja triquiñuela retórica para captar la atención—, para nosotros, los bretones, Arturo tiene una importancia inmensa. En concreto, es la personificación de ¡la persistencia! —La pasión de Le Ber iba en aumento—. Una de nuestras mayores virtudes, la esencia de nuestro ser. La persistencia a la hora de defender los ideales máximos, los principios del reinado de Arturo: igualdad, fraternidad y bondad. ¡Nosotros, los bretones, creímos siempre en el retorno de Arturo! ¡Le guardamos una lealtad inquebrantable!

—Pero si ni siquiera se sabe si Arturo existió de verdad —murmuró Labat, que miraba con indiferencia por la ventanilla.

Le Ber no se amilanó.

—En cualquier caso, la leyenda y su enorme repercusión sí existen. —Una frase muy propia de Le Ber—. ¡Y el poder y la fuerza de su aura! Además, hay muchas evidencias científicas que apuntan a que detrás de esas historias fantásticas existió, en efecto, un personaje real.

—Y un buen número de historias del mundo artúrico se ubican en este bosque —intervino Nolwenn.

Tréhorenteuc era el nombre de la pequeña aldea situada en el Val sans Retour, el Valle sin Retorno, ubicado en el límite occidental del bosque. A la izquierda de la pequeña carretera había un par de casas aisladas; a la derecha, un campo segado. Dupin ya vislumbraba la iglesia y el cementerio que se erigía justo detrás. No cabía duda: era un lugar muy agradable, con mucho encanto.

Durante el último cuarto de hora, tras abandonar la carretera nacional, el camino los había conducido por el tipo de paisajes que más le gustaban a Dupin. Campos ligeramente ondulados, de las más diversas tonalidades de verde, armoniosos, cercados por muros de piedra antiguos; prados, bosques silvestres, pequeñas carreteras serpenteantes y bonitas aldeas. Una combinación muy particular de cultura y naturaleza. El interior de la Bretaña, el Argoat.

Le Ber volvió a pasar la cabeza entre los asientos delanteros.

—En la primera versión en francés de la memorable Historia Regum Britannie de Godofredo de Monmouth, de mediados del siglo XII, el bosque de las aventuras del mundo artúrico se ubica sin lugar a dudas en la Bretaña. El iniciador de las novelas artúricas fue Chrétien de Troyes, que vivió entre 1135 y 1188. Provenía de la Champaña y…

—¡Esto no está nada mal! Sn duda, una excelente circunstancia para fantasías de fábula.

Labat quería hacerse el gracioso, pero solo logró que Le Ber siguiera con mayor ímpetu.

—Chrétien recogió las crónicas de la Historia —continuó, y puso especial énfasis en la palabra «crónica»—, pero también narraciones celtas muy antiguas. Y las numerosas historias sobre Arturo y su Mesa Redonda, que al principio se transmitían de forma oral. Existen cinco novelas de Chrétien. —Por desgracia, Dupin sabía lo que venía a continuación—. Y estas están sobre su escritorio desde hace dos semanas, jefe.

El comisario se esforzó por clavar la vista al frente. Había visto aquellos libros gruesos, pero ni siquiera los había hojeado.

—En todo caso —prosiguió Le Ber—, las novelas de Chrétien se tradujeron a otras lenguas, dando lugar a obras de una excelente calidad literaria, y generó también numerosas versiones populares en torno al mismo tema. Debe usted imaginar la literatura artúrica como un exuberante arriate de primavera. Con brotes por doquier, en todas las direcciones. —Le Ber estaba completamente entusiasmado—. Es una historia eterna; el tema es inagotable, se reversiona una y otra vez, nunca terminará.

—Pare aquí, a la derecha, junto a la carretera —interrumpió Nolwenn—. Aquí es perfecto.

—Y también le dejé sobre el escritorio una edición del famoso Ciclo de la Vulgata, conocido como los libros de Lanzarote y el Grial. Está considerada una de las narraciones artúricas más importantes. Muchos de los sucesos relatados tienen lugar aquí, en este bosque. Las historias sobre el joven Arturo; sobre Merlín, el mayor mago de todos los tiempos; el hada Viviana; Morgana, la hermanastra de Arturo; Lanzarote e Yvain, el Caballero del León. Hay que…

—Ya hemos llegado.

Dupin aparcó el Citroën detrás de otro coche, a apenas veinte metros de la iglesia. Apagó el motor, abrió la puerta y se apeó. Los demás hicieron lo mismo.

Se quedó quieto e inspiró profundamente.

En el interior de la Bretaña el tiempo también era de fábula. El bosque se encontraba a medio camino entre la costa norte y la sur, la bahía de Vizcaya y el canal de la Mancha, entre Vannes y Saint-Malo. Las nubes se imponían con frecuencia. Pero aquel día era distinto. Era fantástico.

Estaban a mediados de agosto, una época peculiar: verano con tintes melancólicos. El tiempo podía cambiar de repente, como dos semanas antes, cuando unas nubes enormes y tormentosas se deslizaron a toda velocidad por el cielo, llovió y se levantó un temporal que arrancó las primeras hojas de los árboles. Uno no podía dejar de sorprenderse cuando, de pronto, el ambiente volvía a cambiar por completo. La luz se tornaba más templada, más suave, de un tono dorado aterciopelado, incluso al mediodía. Se podía saber con precisión el día en que todo era distinto. Esto no significaba que el verano se hubiera acabado, por supuesto que aún quedaban días calurosos, quizá hasta finales de octubre: calor veraniego y puede que canícula, aunque tampoco ese calor era ya el mismo.

De todos modos, ese día no había ni asomo del otoño. Cuando salieron de Concarneau, pasada la una de la tarde, el termómetro marcaba veintisiete grados. El sol seguía calentando con todas sus fuerzas. El cielo era de una claridad penetrante, de un azul intenso y magnífico.

—Repasemos el plan para hoy. —Nolwenn rebosaba energía. Se habían reunido detrás del coche, junto al maletero, con las bolsas y las mochilas—. Los inspectores y yo iremos al establecimiento de Marie Line, a la Maison des Sources. —También ahí, cómo no, Nolwenn conocía a todo el mundo. Miró la hora—. Usted, señor comisario, tiene una cita ahora mismo, y cuando termine se reunirá con nosotros. —Arrugó la frente—. No cr

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