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EL CASO FITZGERALD

John Grisham

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Fragmento

1

El robo

1

El impostor tomó prestado el nombre de Neville Manchin, profesor de Literatura americana en la Universidad de Portland State que no tardaría en hacer el doctorado en Stanford. En su carta, con el membrete de la universidad falsificado a la perfección, el supuesto profesor Manchin aseguraba ser un estudioso en ciernes de F. Scott Fitzgerald y tener un enorme interés en ver «los manuscritos y los papeles» del gran escritor durante su próximo viaje a la Costa Este. La carta iba dirigida al doctor Jeffrey Brown, director de la división de Manuscritos del departamento de Libros Raros y Colecciones Especiales de la biblioteca Firestone, de la Universidad de Princeton. Llegó junto a unas cuantas más, se clasificó y se repartió debidamente hasta que acabó en la mesa de Ed Folk, un bibliotecario de carrera cuya labor consistía, entre otras tareas monótonas, en verificar las credenciales del remitente.

Cada semana llegaban a manos de Ed varias cartas similares, que decían más o menos lo mismo y que firmaban autoproclamados entusiastas y expertos en Fitzgerald, a veces incluso algún erudito de verdad. El año anterior Ed había autorizado y registrado el acceso a la biblioteca de unos ciento noventa solicitantes. Acudían de todo el mundo asombrados y con los ojos como platos, como peregrinos que pisaran un lugar santo. En los treinta y cuatro años que llevaba sentado a esa misma mesa, Ed había revisado todas aquellas solicitudes. Y nunca se terminaban. F. Scott Fitzgerald seguía despertando fascinación. El volumen de correo que recibían entonces era el mismo que tres décadas atrás. A esas alturas Ed se preguntaba qué podía quedar de la vida del gran escritor que no hubiera sido ya objeto de escrutinio, estudio detallado y análisis profundo. Poco antes un erudito de verdad le había dicho que había al menos cien libros y más de diez mil artículos académicos sobre Fitzgerald, el hombre y el escritor, sobre su obra y sobre la locura de su mujer.

¡Y eso que murió a causa del alcohol a los cuarenta y cuatro años! ¿Y si hubiera llegado a la vejez sin dejar de escribir? Ed habría necesitado un ayudante, tal vez dos, tal vez incluso un equipo entero. Aunque sabía que a menudo una muerte prematura era la clave para la aclamación posterior (por no hablar del incremento de derechos de autor).

Tardó unos días, pero Ed tramitó por fin la solicitud del profesor Manchin. Con una comprobación rápida en el registro de la biblioteca, descubrió que ese profesor nunca antes había estado allí. Se trataba de una petición nueva. Algunos veteranos habían ido a Princeton tantas veces que se limitaban a llamarlo por teléfono para decirle: «Hola, Ed. Me paso el martes que viene», lo cual no suponía ningún problema para él. No era el caso de Manchin. Ed visitó la web de la Universidad de Portland State para echar un vistazo y encontró al señor Manchin: licenciatura en Literatura americana por la Universidad de Oregón; máster en UCLA; tres años como profesor adjunto. La foto mostraba a un hombre joven, de unos treinta y cinco años tal vez, con una apariencia bastante sosa, un principio de barba que probablemente era temporal y unas gafas de cristales estrechos y sin montura.

En su carta, el profesor Manchin pedía que quienquiera que respondiese le escribiera por correo electrónico y daba su dirección privada de Gmail. Decía que no solía mirar el correo de la universidad. Ed pensó: «Eso es porque no eres más que un pobre profesor adjunto que es probable que no tenga ni despacho». Pensaba esas cosas a menudo, aunque, por supuesto, era demasiado profesional para decírselas a nadie. Por precaución, al día siguiente envió su respuesta a través del servidor de la Portland State. Daba las gracias al profesor Manchin por su carta y lo invitaba al campus de Princeton. También pedía que le indicara una fecha aproximada de llegada y le explicaba algunas reglas básicas de la Colección Fitzgerald. Eran muchas, de modo que sugería que el profesor Manchin las leyera atentamente en la página web de la biblioteca.

Al momento recibió una respuesta automática que le informaba de que Manchin no podría atender el correo durante unos días. Uno de los compinches del falso Manchin había hackeado el directorio de la Portland State lo justo para tener monitorizado el servidor de correo del departamento de Literatura, algo fácil para un hacker experimentado. El impostor y él se enteraron al instante de que Ed había respondido.

«Vaya», pensó Ed. Al día siguiente, se vio obligado a enviar el mismo mensaje a la dirección privada de Gmail del profesor Manchin. En menos de una hora Manchin contestó dándole las gracias con gran entusiasmo, diciendo que estaba deseando llegar, etcétera. Continuaba hablando de que se había estudiado bien la página web de la biblioteca, que había pasado muchas horas consultando los archivos digitales de Fitzgerald, que hacía años que poseía todos los volúmenes de la serie que contenía las ediciones facsímil de los primeros borradores manuscritos del gran autor y que tenía un interés especial en los estudios críticos sobre su primera novela, A este lado del paraíso.

«Genial», se dijo Ed. Ya lo había visto todo antes. El tipo estaba intentando impresionarlo antes incluso de pisar la biblioteca, algo que no era nada inusual.

2

F. Scott Fitzgerald se matriculó en Princeton en el otoño de 1913. A los dieciséis años ya soñaba con escribir la gran novela americana y había empezado a trabajar en una primera versión de A este lado del paraíso. Dejó los estudios cuatro años después para alistarse en el ejército e ir a la guerra, pero esta terminó antes de que desplegaran a su unidad. Su clásico, El gran Gatsby, se publicó en 1925, pero no alcanzó la fama hasta después de su muerte. Tuvo problemas económicos durante toda su carrera y en 1940 estaba trabajando en Hollywood, escribiendo guiones malos a destajo, lo que le supuso una merma física y creativa, hasta que el 21 de diciembre murió de un ataque al corazón como consecuencia de años de grave alcoholismo.

En 1950 Scottie, su única hija, donó sus manuscritos, notas y cartas originales (todos sus «papeles») a la biblioteca Firestone de Princeton. Sus cinco novelas estaban escritas en un papel barato que no envejecía bien. La biblioteca se dio cuenta pronto de que no era aconsejable permitir que los investigadores las manipularan. Hicieron copias de alta calidad y guardaron los originales bajo llave en una cámara acorazada situada en un sótano, donde la calidad del aire, la luz y la temperatura estaban perfectamente controladas. A lo largo de los años, se habían sacado de allí en contadas ocasiones.

3

El hombre que se hacía pasar por el profesor Neville Manchin llegó a Princeton un bonito día otoñal de principios de octubre. Lo condujeron al departamento de Libros Raros y Colecciones Especiales, donde conoció a Ed Folk, quien pronto lo dejó en manos de un auxiliar, que examinó y fotocopió su permiso de conducir, de Oregón. Era una falsificación, por supuesto, pero una perfecta. El falsificador, que era el mismo hacker, se había formado en la CIA y tenía un largo historial en el turbio mundo del espionaje privado. Violar la seguridad del campus no representaba ningún problema.

A continuación le hicieron una foto y le entregaron una acreditación de seguridad que tenía que llevar a la vista en todo momento. El ayudante de biblioteca lo acompañó al segundo piso, a una sala grande con dos mesas largas y las paredes forradas de cajones retráctiles de acero, todos cerrados con llave. Manchin se fijó en que había por lo menos cuatro cámaras de vigilancia a plena vista en los rincones, cerca del techo. Supuso que habría más, bien escondidas. Intentó entablar conversación con el ayudante, pero no consiguió sacarle gran cosa. Preguntó en broma si podía ver el manuscrito original de A este lado del paraíso y el ayudante sonrió con aire de suficiencia y dijo que no era posible.

—¿Ha visto usted alguna vez los originales? —preguntó Manchin.

—Solo una vez.

Manchin no dijo nada, esperando que contara algo más, pero, como no lo hizo, insistió:

—¿Y a qué se debió el honor?

—Un estudioso muy famoso quiso verlos. Lo acompañamos hasta la cámara y echó un vistazo. Aunque no tocó los documentos. Solo puede hacerlo el bibliotecario jefe, y siempre con guantes especiales.

—Claro. Bueno, será mejor que nos pongamos manos a la obra.

El ayudante abrió dos de los grandes cajones, ambos con una etiqueta en la que ponía A ESTE LADO DEL PARAÍSO, y sacó unos cuadernos gruesos y enormes.

—Aquí están las reseñas que se hicieron cuando se publicó el libro por primera vez. Tenemos muchas más posteriores —explicó.

—Perfecto —contestó Manchin con una sonrisa.

Abrió su maletín, sacó una libreta y pareció preparado para ponerse a trabajar con todo lo que había en la mesa. Al cabo de media hora, cuando Manchin ya estaba enfrascado en su trabajo, el ayudante se disculpó y desapareció. Para las cámaras, Manchin no levantó la vista ni una sola vez. Al final, con la excusa de ir al baño, salió de la sala. Giró donde no debía aquí y allá, se perdió y cruzó la zona de colecciones evitando todo contacto visual. Había cámaras de vigilancia por todas partes. Dudaba de que estuvieran visualizando las imágenes en ese momento, pero seguro que podían recuperarlas más adelante si fuera necesario. Encontró un ascensor, pasó de largo y bajó por unas escaleras cercanas. El

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