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EL CASO GOLDENBERG

Nacho Toro  

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Fragmento

1

El cadáver

El cadáver de Abraham Bernardo Goldenberg Levy yacía al pie de la cama de sus aposentos, sobre el cine Victoria de Hongkew, en la antigua Concesión Americana de Shanghái. Aquel día, el boy que cada mañana, a las ocho en punto, le traía el té que le servía de todo desayuno hasta entrada la tarde no halló respuesta. Aunque no llovía, seguía haciendo frío en ese 27 de noviembre de 1922, el undécimo año de Minguo.

Bernardo Goldenberg —o Bernard, como era conocido más allá de los círculos de españoles— llevaba en realidad entre diez y doce horas «sin estar», según determinó el doctor E. L. Marsh, médico forense. Por eso aquella mañana no había respondido al habitual «Su té, señor» del boy, que rondaba los cuarenta y cinco años y se dirigía al patrón en shanghainés porque era uno de los escasos blancos que se manejaban en chino en la ciudad del río Huangpu.

Era casi mediodía.

Goldenberg dirigía la Ramos Amusement Company y el propio cine Victoria, coqueto y todavía lujoso en su decadencia, vestido de terciopelos rojos y discretos dorados. Su cadáver, todavía en ropa de calle, estaba tendido en el suelo, al pie de la cama. Asía un periódico y el abrigo bajo el brazo, igual que hizo la noche anterior al subir las escaleras de sus aposentos. Tenía toda la parte superior del cuerpo encharcada en sangre. Junto a él se halló un madero de más de medio metro, también bañado en sangre. La puerta de la habitación estaba cerrada con llave, y la lámpara, cubierta con parte del pijama de la víctima. La otra pernera, deshecha en tiras parcialmente quemadas, había sido utilizada para ahogarle, y ahora cubría su rostro sanguinolento.

Según publicaba la prensa anglosajona de Shanghái —que se volcó con el crimen, clasificándolo de inmediato como uno de los más misteriosos de la historia de la ciudad—, Antonio Ramos Espejo llegó al cine Victoria sobre las nueve de la mañana. Al extrañarle no ver allí a Goldenberg, preguntó a uno de los guardias indios, quien le dijo que el gerente había abandonado el teatro hacia las siete de la mañana. Tras dos horas de trabajo y de ausencia de Goldenberg, Ramos llamó de nuevo al guardia, que se reafirmó en sus palabras. Añadió que él mismo le había entregado al director un telegrama que había llegado al teatro a altas horas de la madrugada.

La Ramos Amusement Company se dedicaba a la importación, distribución y producción de películas, la gestión de teatros y la venta de maquinaria y materiales relacionados con el cine. A mediados de la Primera Guerra Mundial, había sustituido a la exitosa Ramos & Ramos en el dominio de la industria cinematográfica en China. Ambas habían sido fundadas por Antonio Ramos, y en ellas había sido determinante Bernardo Goldenberg, español hasta la muerte, pero no durante buena parte de su vida, ya que nació en Singapur y fue casi siempre francés. Pero Ramos, originario de Alhama de Granada, sería siempre español, desde 1878 hasta su muerte en 1944. Como tal se sumó en 1896, a los dieciocho años, al esfuerzo bélico con que Madrid intentaba apaciguar las revueltas en sus provincias más lejanas, Cuba y Filipinas. Se vendió a la guerra, sustituyó a otro joven con posibles, y —a cambio de 1.500 pesetas con las que ayudaba a su familia, venida a menos económicamente— embarcó el lunes 7 de septiembre en el vapor-correo Montserrat rumbo a Manila, como soldado de segunda clase.

El destino quiso que, en agosto de 1897, poco tiempo después de que se inventara el cinematógrafo, Ramos exhibiera el espectáculo de los hermanos Lumière en Manila, por entonces considerada la Perla de Asia. Lo hizo en la calle Escolta, la arteria que vertebraba el centro comercial y empresarial de la ciudad, y concretamente en el salón de unos suizos llamados Leibman y Peritz. También en Manila conoció al valenciano Ramón Ramos, recluta, joven y ambicioso como él. Y probablemente a Bernardo Goldenberg, unos años menor y miembro de una familia que apoyaba el otro bando del conflicto, el que acabó venciendo en 1898 y convirtiendo las islas Filipinas en una colonia norteamericana.

Eran las once de la mañana y Goldenberg seguía sin aparecer en las oficinas del cine Victoria, desde las que dirigía el entramado empresa

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