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EL CASO MALAUSSèNE (VOL. 1: ME MINTIERON)

Daniel Pennac

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Fragmento

1

* Los nombres seguidos de un asterisco remiten a un directorio que figura al final de este volumen.

¿Lapietà?* ¿Georges? Ya lo conoces, es de esa clase de gente que se maneja entre secretos como el típico perro de granja en un charco de estiércol. (¡Ese movimiento helicoidal que lo hace embarrarse de cabo a rabo!) Pues él, lo mismo. En todo se mete. Ya que estamos, metámonos también nosotros en su cabeza. Y no es indiscreción, él mismo lo contó todo aquel día. Empezando por el esmero con que se preparó para ir a por su cheque. Y sus buenas razones para no llegar puntual: Tengo la sartén por el mango, llego a la hora que me parece, pillo la pasta y de vacaciones. Eso es lo que quería hacerle entender al amable comité: Ménestrier,* Ritzman,* Vercel* y Gonzalès.* Semanas enteras escogiendo el disfraz con cuidado. Ariana,* ¿unas bermudas? ¿Te imaginas la cara que pondrían si me ven aparecer con chanclas y bermudas? ¿Y una caña de pescar? ¡Tuc,* búscate la vida para conseguirme una caña de pescar! La más vieja que encuentres, una de esas de bambú, estilo Charlot, ¿sí o qué? Ah, imaginarlos de plan­tón con ese cheque corroyéndoles las tripas, allí plantados en el silencio artesonado del gran salón, rumiando la opinión que de él tenían, de Georges Lapietà, pero los cuatro bien calladitos, ya que los cuatro tenían el rabo pillado por la misma chequera. Deja de emperifollarte, Georges, llegas tarde. Precisamente, Ariana, eso es lo mejor del asunto. Ah, el silencio de su espera. El tintineo de las cucharillas en unas tazas en que el azúcar no se decide a deshacerse. El vaivén de sus mi­radas: del reloj a la puerta del gran salón. Las conversaciones frustradas, y él que no llega. Ariana, ¿y si le pides a Liouchka* que nos haga otro cafelito? Él los quería a los cuatro allí, esa había sido una condición sine qua non. Ellos o la rueda de prensa, ese era el trato. ¿Y por qué no la rueda de prensa? Why not?, de hecho. ¡Pues porque en la rueda de prensa habría explicado públicamente a qué venía el cheque! Porque les habría dado a los periodistas la receta completa del acuerdo. No, ¿verdad? Pues eso. Además, tenía en mente un desquite más secreto. No quería perderse el careto que iban a poner cuando le entregasen el cheque, ni eso ni los cuatro apretones de manos. ¡Bien fuerte, hombre! Era capaz de obligaros a darle la mano por segunda vez. Vaya que sí. Y si la segunda vez no bastaba, os daba un besito, en público, un besito bien sonoro que iba a dejaros en la mejilla un pequeño rastro de saliva ideal para una buena foto, como una baba de caracol. Discreción en la entrega del cheque pero franqueza en la mirada. Entre nosotros, nada de segundas intenciones. Cinco buenos amigos, perfectamente al corriente de las reglas del juego. Y que sin duda serán llamados a trabajar juntos alguna otra vez. Sí, sí, vosotros veréis. Ah, y otra cosa. Dejadles también un recuerdo olfativo. ¡Que se vayan bien bañaditos en el perfume de su after-shave! ¡Así que apretad esas manos! ¡Mejor un buen abrazo! Un abraço a la brasileña, barriga contra barriga y golpecitos en la espalda. Y sus cuatro trajes a medida listos para el cubo de la basura. Tuc, me buscas el after-shave más… el más… inolvidable… de esos tipo jarabe… bien azucarado… el más… vulgar… el más tenaz en su vulgaridad… te he criado bien, ya sabes lo que dicen por ahí… ten en cuenta su idea de la vulgaridad… ¡Eso es! Una bañera entera.

Semanas de preparación. Y ahora otro cafelito más. Georges, déjate de cafés, mejor sería que salieses ya, ¡en serio! Y alíviate antes de irte, es más prudente. Ariana, te juro que no hay prisa, tienen tiempo… Y en cuanto a mear, ya mearé al volver, será mucho mejor.

La cuestión del coche estaba arreglada desde hacía tiempo. ¡No, el Aston Martin no, ni chófer tampoco! Bermudas, caña de pescar y… Tuc, ¿me dejas tu carro? Gracias. Tienes una semana para enguarrarlo como Dios manda. Llegar en el coche de su hijo. Un hijo que no quiere deberle nada a su padre tiene a la fuerza un coche pintoresco. Por lo menos, pintoresco para quienes esperan que llegues nada menos que a un patio de honor mientras miran a través de las cortinas de una ventana renacentista.

Y ese es el punto en que estamos. Con Georges Lapietà metido en un Clio asmático, completamente ridículo con sus bermudas, su vieja caña de pescar y su after-shave; en un carro de chavalito con unas ventanillas que ya no se abren y ese deseo de epatar que nunca lo ha abandonado… Una risa… Todo un parásito atrapado en su tierna infancia… Y sin embargo un hombre endiabladamente serio. ¡Una de las quince carteras más importantes de Europa, nada menos!

—Tú y tus vaciles —le decía Tuc—, estás hecho un oxímoron, papá, ni más ni menos.

Dadles una educación a vuestros hijos y os acribillarán con su armamento conceptual. Aunque, precisamente Tuc… lo que era acribillar… Fue él quien le puso ese apodo a su hijo, Tuc, al verlo ayudar a las criadas tan pronto como aprendió a andar, hacerse la cama él solito, quitar la mesa sin que nadie se lo pidiese, encargarse de los pequeños arreglos de la casa, encontrar lo que unos y otros perdían. Tuc: Trabajos de Utilidad Colectiva. Y así se le quedó. A Ariana le pareció coqueto. Prefería Tuc que Mimi, Cucú, Titi o cualquiera de esas sílabas dobles tan llenecitas de ternura. Trabajos de Utilidad Colectiva… Eso es en lo que Georges Lapietà va pensando este lunes por la mañana en la calle des Archers, atrapado tras un camión de mudanzas cuyo chófer descarga las últimas cajas diciendo ya voy. Cierto que eso todavía le está retrasando más, pero Lapietà nunca ha necesitado ayuda: de pronto con prisas, se dispone a salir del Clio cuando aparece la pequeña.

Inclinada sobre él, la espátula en una mano y el detergente en la otra, se dispone a limpiar el parabrisas de Tuc. En circunstancias normales, no le hubiese permitido hacerlo. Pero con esas tetas… ¡Vaya tetas! ¡Vaya tetas, virgen santa! Está claro, no hay duda, nunca antes había visto unas tan conmovedoras. ¡Por Dios! Jamás. Dos apariciones que enseguida de­saparecen, la espuma que ha cubierto la superficie del parabrisas. Se pone a esperar el primer golpe de espátula, a esperar la resurrección de esos senos como examina uno su propia piel tras la pasada de la navaja de afeitar. Pero nada de espátula. Solo el blanco. Blanco también en el retrovisor, luego en la luna posterior, en las ventanillas. Como una especie de nata. El Clio bajo la nieve como en un cuento de invierno. Y esa sacudida. El morro del coche que se levanta. Dios mío, ¿se me llevan al depósito o qué? Su pie que pisa el freno en vano. Su mano izquierda que arranca el asa de la portezuela. Cerrada. La otra, lo mismo. Y el Clio que sube una rampa en una rodadura de cabestrante bien engrasado. Y sus falange

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