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EL CASTILLO (TRILOGíA MEDIEVAL 1)

Luis Zueco  

5


Fragmento

Prefacio

Esta novela narra el sueño de unos hombres que desafiaron su destino hace mil años, en un inhóspito enclave que ha quedado suspendido en el tiempo.

Me atrevo a decir que no existe en todo el mundo otro castillo que nos permita transportarnos a la Edad Media de la manera que lo hace Loarre. Olviden las películas, la publicidad y todo lo que les hayan contado; nada de lujosos palacios, ni ingenuas princesas. Si quieren sumergirse en la verdadera época medieval y llegar a sentir lo mismo que aquellos hombres y mujeres del Medievo, no lo duden, crucen el umbral de este libro y viajen a Loarre.

En una recóndita sierra, poco poblada y en plena frontera con sus enemigos, un aguerrido monarca decidió levantar una fortaleza militar, pero no una cualquiera. No una más de esas fortificaciones que encaramadas en las montañas, dominando lo más profundo de los valles o enriscadas en auténticos nidos de águila, poblaban los paisajes de reinos y condados en la Edad Media.

No. Esta es la epopeya del más grandioso e imponente castillo que han visto mis ojos, una de las más impresionantes construcciones de su tiempo, sobre la que se gestó uno de los más importantes reinos medievales.

Una época oscura y peligrosa, donde una vida no valía nada, donde las religiones se enzarzaban en sangrientas guerras en nombre de sus respectivos dioses. La Edad Media puede ser el más evocador de los tiempos de la historia del hombre, pero no fueron unos siglos de prosperidad, ni de avances tecnológicos ni culturales. No fue esa época de caballeros y princesas que han grabado en nuestro imaginario colectivo las películas y la literatura. El Medievo es un tiempo de desigualdades, lucha y muerte. Donde unos hombres con escasos medios y menos conocimientos lograron desafiar las limitaciones que les imponían la ignorancia y el poder.

Y el elemento, el emblema de ese tiempo, son los castillos. Por ello, cuando los divisamos oteando todavía el horizonte, orgullosos de su antaño esplendor o visitamos sus restos, en la mayor parte de ocasiones tan solo unas ruinas, siempre dejamos volar nuestra imaginación. Recorremos sus torres y murallas divisando enemigos en el horizonte, fantaseamos con concurridos torneos y alborotados banquetes, o caballeros salvando bellas doncellas en apuros.

Pero como les decía antes, eso no fue la Edad Media.

Si quieren descubrir cómo eran los hombres y mujeres que forjaron aquel tiempo lejano, de qué manera eran capaces de levantar espectaculares monumentos como el castillo de Loarre, pasen esta página y adéntrense camino de los Pirineos, en plena frontera entre la cruz y la media luna, y vivirán la consecución de un sueño. Porque no hay arma más poderosa en este mundo, tanto hoy como hace mil años, que creer en tus sueños.

Por muchos obstáculos, desgracias e impedimentos que les ponga delante la vida, sueñen, como hicieron aquellos hombres que construyeron el castillo de Loarre.

Loarre está considerado el castillo románico mejor conservado del mundo y se espera que en breve pase a formar parte de la Lista de Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO.

Dramatis personae

Personajes históricos de la primera mitad del siglo XI

Sancho Garcés III de Pamplona, apodado el Mayor, fue rey de Pamplona con el condado de Aragón, dominó por casamiento en los territorios de Castilla, Álava y Monzón, añadió los condados de Cea, Sobrarbe y Ribagorza. Bajo su mandato el reino de Nájera-Pamplona alcanzó su mayor extensión territorial, abarcando casi todo el tercio norte peninsular, desde Astorga hasta Ribagorza. Contrajo matrimonio con la reina Munia de Castilla, con quien tuvo cinco hijos.

Ramiro I de Aragón, hijo extramatrimonial del rey Sancho el Mayor con doña Sancha de Aibar. Recibió el condado de Aragón, debiendo prestar vasallaje al rey de Pamplona. Llegaría a ser el primer rey de Aragón, territorio al que añadió los condados de Sobrarbe y Ribagorza desde la muerte de su hermanastro pequeño, Gonzalo.

García Sánchez III de Pamplona, apodado «el de Nájera», rey de Pamplona, primero de los hijos legítimos del rey Sancho el Mayor.

Fernando Sánchez, conde de Castilla y rey de León, apodado «el Grande». Segundo hijo de Sancho el Mayor y la reina Munia. Casado con Sancha de León, hermana del rey leonés Bermudo III.

Jimena Sánchez, reina consorte de León por su matrimonio con el rey Bermudo III de León, única hija de Sancho el Mayor y de su esposa, la reina Munia.

Gonzalo Sánchez, conde de Sobrarbe y Ribagorza, hijo menor del rey Sancho el Mayor.

Personajes históricos de la segunda mitad del siglo XI

Sancho Garcés IV rey de Pamplona, apodado «el de Peñalén». Hijo y sucesor de García Sánchez III de Pamplona y de Estefanía de Foix, fue proclamado rey a la muerte de su padre en la batalla de Atapuerca a la edad de catorce años.

Sancho Ramírez, rey de Aragón y Pamplona, primer hijo de Ramiro I de Aragón y Ermesinda de Foix. Se casó en primeras nupcias con Isabel de Urgell, de la que nació un único hijo, el futuro rey aragonés Pedro I.

La condesa Sancha de Aragón, primera hija de Ramiro I, casada con el conde Ermengol III de Urgell, tras enviudar de ese matrimonio, dirigió el monasterio de Siresa y el obispado de Pamplona.

El infante-obispo García Ramírez, segundo hijo del rey Ramiro I, obispo de Aragón y de Pamplona.

Personajes no históricos de la primera mitad del siglo XI

Juan, carpintero nacido en los Pirineos, su esposa murió a los dos años de dar a luz a su único hijo.

El lombardo, último de los constructores de su región que trabajó en el reino de Sancho III el Mayor.

Fortún, hijo de Juan, comenzó como aprendiz de carpintero y alcanzó el nombramiento de maestro de obras de Loarre.

Eneca, hija del señor de Xabier, al quedar huérfana debió valerse por sí misma desde muy joven, rendía culto a los viejos dioses y estaba muy unida a las costumbres paganas.

Javierre, hijo de un pastor de los valles cercanos a Loarre, de la misma edad que Fortún.

Ava, hija de un hombre de armas del Sancho, fue una arquera diestra.

El sacerdote, religioso defensor del viejo rito hispano, antiguo monje del monasterio de San Juan de la Peña.

Isidoro, maestro cantero que trabajó en los diferentes reinos cristianos.

Galindo, hombre de armas de origen pamplonés, de gran envergadura y con especial destreza en el uso de los cuchillos.

Constanza, esclava del harén del gobernador de la ciudad de Wasqa.

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PARTE I

EL REY SANCHO III

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1

Castillo de Xabier. Noviembre del año 1027

Empezó a respirar con dificultad, su pulso se aceleró y sintió una presión dolorosa en el pecho. Separó sus labios todo lo que pudo para lograr que entrara más aire, era inútil. La penumbra era espesa y fría como la nieve de la montaña. Alzó la vista y miró a su alrededor, no lograba ver con claridad, pero ella sabía que allí había algo.

Entonces lo percibió.

Su respiración volvió a serenarse, la presión desapareció y fue calmando el ritmo de su joven corazón. Por extraño que pareciese, aquello no le causaba terror. Y, sin embargo, sabía que debía tenerlo.

«El miedo es bueno —solía decirle su padre—. Te mantiene alerta, te hace valorar todas las opciones. El miedo es el aliado de los valientes y el peor enemigo de los cobardes.»

La niña no entendía esas palabras, no comprendía ese sentimiento. Veía el mal en aquellos ojos enrojecidos que la escrutaban rebosantes de sangre y, aun así, ella le mantenía la mirada. Quería saber, quería conocer de dónde procedía. Ni siquiera se aterrorizó cuando se abalanzó sobre ella y...

—¡Eneca! ¡Despierta!

La niña abrió los ojos, mostrando unas pupilas más oscuras que la propia noche que envolvía a aquellas horas la torre del castillo de Xabier.

—¿Te encuentras bien, hija mía? Estás sudando, tenías una pesadilla.

—¡Madre! —gritó, abrazándola con todas sus fuerzas, enrollándose entre los dorados tirabuzones de una extensa melena.

—Sssh. Ya pasó, estás a salvo —dijo, intentando apaciguar su miedo mientras acariciaba con suavidad su cabello.

—No madre, no estamos a salvo —susurró la niña—, viene a por nosotros.

—¿De qué estás hablando, Eneca?

—Lo he visto, me quiere atrapar.

—Pequeña, solo ha sido un mal sueño. Nadie va a venir a hacerte daño. No tengas miedo, entre estos muros estamos a salvo de cualquier peligro.

—Está cerca.

—¿Qué ocurre? —Una mujer de mayor edad entró alterada en la alcoba, portando una vela entre sus manos.

—Eneca ha tenido una pesadilla —contestó la madre de la niña—, pero ya está mejor, ¿verdad? —La pequeña no respondió.

—Yo me quedaré con ella. Iguazel, vete a dormir con tu marido.

La hermosa mujer besó a su hija en la frente. Eneca se tranquilizó al ver la dulzura que rebosaban los ojos grisáceos de su madre, que se levantó de la cama y lanzó una mirada cómplice a la recién llegada. Observó a su hija de nuevo y se despidió de ella con un gesto de su mano. Cerró la puerta a la vez que la anciana se acurrucaba en el jergón y apagaba la mecha de la vela. La penumbra regresó, tan pesada e infinita como antes. Eneca volvió a sentir la presión y la dificultad para respirar. Esta vez, su abuela la abrazó, pero no era suficiente. Sintió que el mal retornaba y tomaba de nuevo posesión de aquella estancia.

—Tú nunca tienes pesadillas, Eneca. ¿Qué te ocurre? A mí puedes contármelo...

—Abuela, está aquí.

—¿Quién? ¿Quién está aquí, Eneca?

—Viene a por mí. Lo he visto —se acurrucó contra el pecho de la anciana—, sus ojos eran de sangre.

—¿Estás segura de eso?

—Sí —respondió con una firmeza impropia de su edad.

—¿Qué es? ¿Un lobo o un oso?

—No, un monstruo.

—Cariño, no hay... —La abuela se detuvo al comprobar cómo su nieta temblaba y su piel estaba fría como la nieve—. Eneca, ¿qué te sucede?

Entonces, la joven sufrió una punzada en medio del pecho que le hizo agitarse con tal brusquedad que asustó a la anciana, cuyos ojos no podían ocultar el pánico y la angustia que sentían.

—Abuela, ya han llegado.

Sonaron las campanas de la iglesia, replicaban como llevadas por el diablo. Como si el mismísimo Lucifer golpeara el badajo con toda su ira. La anciana sintió un escalofrío, aquel sonido infernal solo podía tener un significado.

—Pase lo que pase, no le cuentes a nadie lo que dices haber visto —le advirtió mientras se levantaba—. ¿De acuerdo? La gente odia a los que no son como ellos, y tú, tú eres especial, cariño.

La muchacha asintió con la cabeza. Su abuela se abalanzó hacia la ventana, la abrió y descubrió frente a ella una aldea en llamas. Los gritos comenzaron a rasgar la noche cuando unos jinetes irrumpieron por el flanco del puente. El primero de ellos seccionó de un tajo la garganta de la hija del herrero. El segundo elevó la hoja de su espada por encima de su cabeza para hacerla bajar con toda la violencia posible contra el pecho de otro de los aldeanos, rasgando su piel y dejando escapar su vida. Otro estaba siendo degollado en el suelo como un animal. Mientras, dos más eran lanceados sin compasión, incluso cuando yacían inertes, desangrándose como animales.

Uno de los pocos que salió armado a enfrentarse a ellos, fue ensogado por el cuello y arrastrado por un jinete hasta caer en uno de los fuegos que habían prendido los asaltantes. Sus gritos no se oían desde la torre, pero se veía cómo gateaba desesperado por la tierra, intentando sofocar las llamas que consumían su cuerpo. Alguien se apiadó de él y le decapitó para que no siguiera sufriendo en vano.

El resto, desesperado, se afanaba por huir. Unos en dirección al bosque y otros hacia la torre.

—¿Qué sucede, abuela?

—¡Vístete! —exclamó, cerrando la ventana—. ¡Rápido!

El techo sobre sus cabezas retumbó con abundantes pisadas. Su abuela alzó la mirada, debían de ser los guardias que corrían a defender la fortificación. Entre aquellos muros estaban a salvo, pero toda la gente en el exterior, su gente... Para ellos era tarde, solo Dios podía salvarles.

Mientras Eneca se abrigaba, su abuela se frotaba las manos atemorizada. Miraba a un lado y otro de la alcoba, buscando un consuelo que no hallaba. Juntó las yemas de los dedos a la altura de su barbilla y rezó una plegaria al Señor.

De forma sorprendente, los gritos cesaron y el silencio se adueñó de nuevo de la noche. Lejos de hacerla más apacible, la sembraron de una insoportable incertidumbre. La mujer entreabrió la ventana y asomó sus ojos temerosos al exterior. Entre el calor de las llamas, los atacantes ya no perseguían a los que huían, sino que se dedicaban a rodear la torre donde ellas se guarnecían. Fue entonces cuando unas hiladas de luces iluminaron la entrada a la aldea y fueron avanzando en perfecta formación hasta situarse frente a la fortaleza.

La mirada atónita de la anciana no se percató de lo que iba a acontecer, no podía imaginarse el futuro que les esperaba. Los asaltantes parecían como luciérnagas en una extraña coordinación de movimientos. Hasta que de pronto, esos puntos de luz se duplicaron y se despegaron de la tierra para surcar la noche estrellada, como crías en su primer y, a la postre, último vuelo.

La mujer se apresuró a cerrar la ventana y oyó los gritos de alarma en los pisos superiores. Pasados unos instantes, volvió a abrir con precaución y descubrió de nuevo los pájaros de fuego volando contra lo alto de la torre. Así una y otra vez, en un incesante acto ceremonial.

—¡Dios mío! ¿Estáis bien? —La madre de Eneca entró en la alcoba entre sofocos, con un rostro empañado de temor.

—Sí, hija... —la anciana la miró con pesadumbre—, no podrán detenerlos, ¿verdad?

—Me temo que no, madre.

—¿Cuánto resistirá el castillo? ¿Vendrán a socorrernos, verdad? El rey tiene que hacerlo, tiene que ayudarnos...

No contestó, y a la vez ese silencio fue la peor de las respuestas posibles. La mujer corrió a asomarse por la ventana y las piernas le temblaron al ver la escena con las decenas de arqueros disparando sin descanso contra ellos. Un resplandor en el cielo demostraba que ya habían logrado hacer blanco en el tejado y que los cadalsos de la torre ardían presa de las llamaradas. A pesar de todo, aquello no fue lo que más asustó a la dama. Fue el ver una balista de desmedido tamaño, posicionada junto a las cuadras del pueblo. Tirada por un par de mulas espoleadas por varios hombres, que estaba orientándose hacia la puerta de acceso a la torre del castillo.

—Os dije que venían, que ya estaban aquí —pronunció la niña para asombro de su madre y de su abuela.

—Dios santo... —La mujer de la melena dorada temblaba de miedo y apenas podía articular las palabras que ansiaban escapar de su garganta—. Madre, hemos de poner a salvo a Eneca, las defensas no resistirán.

—¡El túnel! —La abuela cogió a Eneca del brazo.

—No podemos...

Un terrible estruendo recorrió toda la torre, los muros temblaron como si fueran a venirse abajo y los gritos sobre sus cabezas volvieron a retumbar.

—¡Hija, corred! Antes de que entren —insistió la anciana.

Ella fue la primera en salir de aquella estancia, mientras Eneca iba en brazos de su madre, hacia la escalera que descendía al nivel inferior de la fortificación. Cuando las tres bajaron, la puerta de entrada ardía en llamas y cuatro soldados, armados con espadas y escudos, se disponían a repeler a los asaltantes.

—¿Qué hacéis aquí? ¡Volved arriba! —gritó uno de ellos. Fue lo último que dijo porque una flecha le arrancó uno de los ojos de su cuenca, salpicando el rostro de Eneca.

Su madre la agarró con fuerza y cogió una de las antorchas que colgaban de los muros. Continuó decidida bajando por la siguiente escalera, que descendía hasta la bodega de la torre, dejando tras de sí a los tres soldados restantes rezando en voz alta, sabedores de que pronto verían al Señor.

Una vez abajo, Iguazel iluminó la estancia y prosiguió hasta llegar al extremo más alejado.

—Madre, ayudadme —Entre ambas mujeres desplazaron unos sacos de trigo, dejando ver una trampilla en el suelo—. ¡Rápido!

La abrió e introdujo dentro a su hija, al tiempo que limpiaba, con la manga de su saya, la sangre que había salpicado su rostro.

—Yo no voy. —La abuela de Eneca se apartó de ellas.

—¿Qué decís, madre? ¡Vamos!

—No. ¡Idos! ¡Deprisa! Yo ocultaré de nuevo la trampilla, así tendréis más tiempo para huir.

—De eso nada. —Y la agarró de la muñeca.

—Soy demasiado mayor para arrastrarme por ese túnel y correr a campo abierto —dijo con voz serena, mientras se liberaba de la mano que la retenía—. Salva a Eneca y deja a esta vieja ser útil por última vez. Concédeme ese deseo.

La miró con las lágrimas rebosando hasta sus mejillas. Se abrazaron como hacía tanto tiempo que ninguna lo recordaba, conscientes de que no se volverían a ver. Dejaron una última mirada como adiós. La trampilla se cerró tras ellas y avanzaron por un estrecho túnel, húmedo y frío, con el aire podrido y gusanos e insectos rastreando por sus ennegrecidas paredes. En alguna zona, su anchura era tan escasa, que tenían que arrodillarse y gatear. El espacio se asemejaba a las madrigueras de una de esas alimañas que vivían en el bosque. Era difícil saber dónde acababa, lo que parecía seguro es que había cierta pendiente y eso facilitaba la marcha. El suelo estaba cada vez más embarrado, sus pies se hundían sin remedio, haciendo cada paso más difícil que el anterior. Eneca no pronunciaba palabra alguna, se limitaba a seguir a su madre, que la guiaba cogida de la mano. La mujer de melena dorada no quería ni imaginarse qué les sucedería si la antorcha que portaba se apagaba y, lo que era peor aún, qué encontrarían

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