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EL CEMENTERIO DE LAS HESPéRIDES (UN CASO DE FLAVIA ALBIA, INVESTIGADORA ROMANA 4)

Lindsey Davis  

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Fragmento

Créditos

Título original: The Graveyard of the Hesperides

Traducción: Gema Moral

1.ª edición: junio 2017

© Lindsey Davis, 2016

First published in Great Britain in 2016 by Hodder & Stoughton

a Hachette UK Company

© Ediciones B, S. A., 2017

Consell de Cent, 425-427 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

ISBN DIGITAL: 978-84-9069-762-7

Todos los derechos reservados. Bajo las sanciones establecidasen el ordenamiento jurídico, queda rigurosamente prohibida, sin autorización escrita de los titulares del copyright, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

Contenido

Portadilla

Créditos

Mapa roma

DRAMATIS PERSONAE

ROMA. 25 de agosto, año 89 d.C.

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Notas

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DRAMATIS PERSONAE

DRAMATIS PERSONAE

En casa...

Flavia Albia: una novia feliz

Tiberio Manlio Fausto: muy convencional, su afortunado novio

Julia y Favonia: hermanas de Flavia Albia, organizan la boda

Por parte de la novia: demasiados parientes para mencionarlos a todos

Por parte del novio: el taimado tío Tulio, la desaliñada tía Valeria, la desdichada Fania Faustina, el grosero Antistio, tres niños lloricas

El fabuloso Estertinio: un citarista que extasía

Genio: el afamado cocinero (que no cocina)

Larcio: un capataz digno de confianza

Esparso y Sereno: dos obreros bobalicones

Trifo: un heroico vigilante

Lares y Penates: torcidos

y fuera de casa...

Julio Liberal: el próspero dueño de una taberna

El viejo Tales: un popular tabernero (fallecido, gracias a Dios)

Rufia: moza de taberna para todo (desaparecida misteriosamente)

Nipio y Natal: dos mozos de taberna libidinosos (que aparecen demasiado)

Artemisa y Orquiva: dos vírgenes (en serio) de Dardania

Menendra: una comerciante (que no parece honrada)

Nona: la mujer sabia (en su negocio, no preguntes)

Costo: la mejor apuesta para un sacrificio religioso

Paso, Erasto y Víctor: que realizarán el sacrificio con:

Nieve: una oveja (para el caldo del día siguiente)

Estaberio: un complaciente augur (pídele lo que quieras)

Silvino: un enterrador que no tiene mucho trabajo

Prisca: la abuela de todo el mundo

Gavio: uno de sus nietos, proveedor de mármol

Sus padres: muy orgullosos de él

Aglaya, Eufrósine, Talía: las Tres Gracias, muy grandes

Apio: mano derecha, honrado

Lépida y Lepidina: propietarias de un puesto de comida

Las macedonias: proporcionan otros servicios

Chía: una macedonia muy joven

Rodina: una madre ambiciosa

Morelo: oficial de la Cuarta Cohorte, burdo pero efectivo

Macer: de la Tercera Cohorte, igual de burdo pero menos efectivo

Juventus: [información confidencial censurada]

Manteca: abuela de las Tres Gracias

Una cena con pollo: probable

Los egipcios: mercaderes de productos muy solicitados

Rabirio: un criminal debilitado

Roscio: su pujante heredero (que se mantiene en segundo plano, pero no por mucho tiempo)

Galo: no quiere saber dónde están enterrados los cuerpos

ROMA. 25 de agosto, año 89 d.C.

ROMA

25 de agosto, año 89 d.C.

Ocho días antes de las calendas de septiembre

(a.d. VIII Cal. Sept.)

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Todo el mundo sabía que había una moza de taberna muerta y enterrada en el patio.

El Jardín de las Hespérides era una taberna típica, aunque bastante grande, situada en la esquina de una calle bulliciosa, con dos mostradores de mármol, cinco hornacinas para tinajas de comida, tres estantes llenos de jarras agrietadas, una lista de precios ilegible colgada en una pared desconchada y un desvaído fresco de mujeres desnudas que parecía pintado por un artista tímido que nunca hubiera visto a nadie desnudo. Las mujeres representadas en él formaban una nerviosa fila de tres, apiñadas bajo ramas nudosas de las que colgaban frutas deslucidas. Hércules se disponía a cumplir con su tarea de robar las manzanas, observado por una serpiente aburrida en lugar de Ladón, que debería de haber sido un temible dragón de cien cabezas que nunca dormían. Sin duda, la serpiente era más fácil de dibujar. Las legendarias manzanas de oro estaban tan picadas que yo personalmente no habría enviado a Hércules a trepar por el árbol para robarlas. Bajo tanta porquería, resultaba difícil saber si sencillamente era arte malo o si la pintura se estaba despegando de la pared.

Sin duda, cuando la taberna estaba abierta la atendían mozos que servían con gran lentitud y chicas guapas que hacían todo el trabajo. Arriba había una habitación que se usaba para citas; la pareja la llevabas tú mismo o podías pagar a alguien del personal.

De su dueño, un famoso personaje local, un tipo horrible, se creía que había asesinado a la mujer, desaparecida hacía años, y que luego había enterrado el cadáver en el patio, donde los clientes se sentaban al fresco bajo una pérgola. Los habituales se referían a la tragedia con total naturalidad, añadiendo los detalles escabrosos solo cuando querían entablar conversación con recién llegados que pudieran invitarlos a beber. Cualquier persona cabal opinaba que se trataba de una leyenda. Sin embargo, resultaba extraño que la leyenda especificase que el nombre de la moza en cuestión era Rufia.

Unos seis meses antes de que yo entrase por primera vez en aquella taberna, el antiguo propietario había fallecido. El nuevo decidió realizar mejoras. Había estado años esperando a que muriera su predecesor, de modo que no le faltaban ideas. En su mayor parte eran horribles. Una empresa de reformas lo convenció de que necesitaba adecentar el patio; al fin y al cabo, la taberna llevaba el nombre del jardín más famoso del mundo. Le aseguraron muy en serio que debía mejorar aquella zona fría, húmeda y poco atractiva mediante la colocación de una deliciosa fuente que invitara a los bebedores a quedarse allí. Afirmaron que resultaría muy fácil hacerlo. Y si quería ser realmente auténtico, incluso podía plantar un manzano...

El propietario picó. Suele ocurrir.

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