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EL CHICO DE AL LADO

Katie Van Ark  

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Fragmento

PRÓLOGO

MADDY

Eran unos patines hermosos. No como esos de plástico para niños, color rosa y con adornos como de princesa, que parecen salidos de alguna caricatura. Eran unos patines de verdad, iguales a los del álbum de recortes de la señora Nielsen. Idénticos a los que usan los patinadores de la televisión: de piel, blancos, nuevos y míos.

Me senté en la banca mientras la señora Nielsen me ataba las agujetas. Sentado a mi lado, con sus patines negros ya atados, Gabe apretaba su casco contra su pecho.

—¿Y si me caigo?

La señora Nielsen le enfundó con decisión el casco.

—¿No te caías cuando estabas aprendiendo a andar en tu bici?

—Sobre pasto —respondió—. Pasto suave.

Mi bici aún tenía las ruedas de entrenamiento. Pero miré hacia esa superficie brillante. Observé a las niñas más grandes que estaban en el centro, cerca de los conos anaranjados. Al girar, sus faldas revoloteaban al ritmo de sus piruetas, tal como en las fotografías de la señora Nielsen.

Ella hizo que nos paráramos sobre los tapetes de espuma.

—No te preocupes, Gabe. Empezaremos aquí, donde es suave, y practicaremos cómo caer.

Gabe le hizo una mueca a su mamá.

—¿Practicar cómo caer?

—Sí —la señora Nielsen sonrió—, extiende los brazos y piensa en algo que sea realmente importante para ti. Vas a tomarlo entre tus brazos y a abrazarlo con fuerza.

Miré de reojo a Gabe. Él me miró. Giramos y nos tomamos el uno al otro, los cascos golpeteaban y la fuerza del abrazo de Gabe levantaba mis patines del tapete.

La señora Nielsen se rio.

—Quise decir que la abrazaras como a un osito de peluche.

Ella nos enseñó a colocar los brazos en el pecho para que no nos lastimáramos las manos, ni nos machucaran los dedos otros patinadores; también nos enseñó a dejarnos caer y aterrizar sobre nuestras nalgas.

—Eso es, Maddy. Sólo relájate. Pelear contra la caída es lo que te lastima. Muy bien, chicos, ¿están listos para el hielo?

Me dirigí hacia la puerta que daba a la pista de hielo. El seguro era pesado, pero pude quitarlo. Y ahí estaba yo, en esa suavidad. Di un paso hacia delante y… ¡Fantástico!

Apreté los brazos firmemente y dejé que mi cadera golpeara primero. No estuvo tan mal. Me levanté, extendí los brazos para equilibrarme y di un par de pasos con mucho cuidado. De repente, ya me estaba deslizando. Di unos cuantos pasos más. Y cada vez fui más y más deprisa.

—¡Estoy volando!

Como nadie respondió, giré la cabeza, Gabe ni siquiera estaba en la pista, seguía en la entrada y su mamá lo estaba alentando.

Patiné de regreso hacia él.

—Vamos, Gabe.

Me miró.

—Tú ya te caíste.

Le extendí mi mano envuelta en un guante.

—Vale la pena.

Como siempre, muy lentamente tendió su mano hacia la mía. Agarrados, llegamos hasta el centro. Estábamos cerca de los conos cuando busqué con la mirada a la señora Nielsen.

—¿Me enseña a girar, por favor?

—Claro que sí —contestó.

Flexionó las rodillas y se impulsó hacia arriba haciendo un giro, estrechando los brazos en su pecho para girar y girar.

La imité y tensé los brazos. Me agaché. Me impulsé. Giré y caí… enamorada.

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MADDY

El calor de principios de agosto derrite el maquillaje del rostro de papá, pero detrás del grueso armazón de sus lentes su mirada es suave y su voz tranquila.

—Puedes lograrlo, Maddy. Sólo tienes que sacar el clutch poco a poco.

El hedor del hule quemado me hace lagrimear mientras agarro con fuerza el volante. Parpadeo y lo intento una vez más, pero no nos movemos. Mi coordinación falla una vez más y el viejo Dodge Neón se estremece como un insecto en su último estertor.

Gabe hace que parezca muy sencillo, ¿por qué yo no puedo? El calor inflama mi pecho y quiero aventar algo. Desahogar mi frustración con un primitivo alarido de guerra. Pero no suelo hacer eso en el entrenamiento, y tampoco lo haré aquí, sobre todo con el equipo de filmación sentado en el asiento trasero.

Papá aprieta mi hombro.

—Todo está muy bien.

En el espejo retrovisor, miro el rostro del asesor que ofreció su auto para esta lección de manejo, porque papá opinó que las lecciones de manejo en un automóvil estándar serían más interesantes. Él no se ve muy bien aunque tiene una gran sonrisa, sus párpados se arquean hacia su frente de una manera que no creí posible, y sus ojos están a punto de salirse de sus órbitas. Necesito hacer algo para que ganemos los dos. ¿Qué queremos el asesor y yo? Yo, salir de este auto ahorita. ¿Qué quiere papá? Material para sus anuncios de campaña. Sonrío, media sonrisa hacia papá, media sonrisa a la cámara.

—Gracias por creer siempre en mí, papi.

La mujer bajita a cargo de nuestra pequeña grabación publicitaria tiene lágrimas en los ojos. Quizá se deba a mi frase cursi, pero creo que más bien es por la peste del clutch quemado. De cualquier forma, anuncia con voz cantarina:

—¡Corteeee! ¡Harold estará encantado!

Un poco de edición esconderá el pequeño detalle de que aún no logro conducir el auto. Beso a papá en la mejilla.

—Te amo.

—Y yo a ti. Nos vemos después, señorita Hielo en los Pies.

Voy saliendo del auto pero me detengo y sonrío.

—Encantador, Senna-dor1 —digo y corro del estacionamiento hacia la arena.

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Me miro en el espejo del vestidor durante la mitad de un segundo para cerciorarme de que mi peinado aún es digno de aparecer ante las cámaras y me cambio a la velocidad de una súper heroína. Salgo corriendo del vestidor y por fin purifico mis pulmones con la fragancia de la nieve fresca, con un ligero toque de combustible por el paso de la pulidora de hielo Zamboni. En cuanto inhalo, siento un cosquilleo causado por la expectativa. El hip-hop resuena en los altavoces y yo, al igual que la música, me arranco.

Cuando estoy retirando las protecciones de las cuchillas de mis patines siento un tirón suave de mi coleta.

—Hola, Mad.

De repente siento un cosquilleo muy distinto recorriendo todo mi cuerpo y percibo el único aroma que puede compararse con el del hielo: jabón Irish Spring. Doy la vuelta para ver a Gabe.

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