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EL CIELO EN LA TIERRA

Nerea De Carreras  

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Fragmento

Contenido

PRIMERA PARTE: 1919-1936

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SEGUNDA PARTE: 1936-1966

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TERCERA PARTE: 1967-1986

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CUARTA PARTE: 1986-2014

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Nota de la autora y agradecimientos

Bibliografía

A mi madre. Áurea Martínez de Luco Lizarraga

PRIMERA PARTE

1919-1936

Casi nada importante tiene una fecha precisa.

JULIÁN MARÍAS, Una vida presente.
Memorias 2

1

El país que conocí, aquel que siempre he amado y al que he querido volver, no es el que luego fue sino el que un día soñó que podía ser.

La tierra que tal vez sea.

Cuando llegué siendo apenas una niña supe al instante que ya no podría interesarme el cielo sin antes conquistar esa tierra. Porque allí descubrí que amor es sinónimo de alma. Y entendí que si esta huye al cielo solo para buscar un lugar donde reposar, la mía no pararía hasta encontrar su cielo en la tierra.

Desde entonces he amado todo lo que he hecho en la vida. Y, pese a que ese amor no siempre ha sido correspondido, ahora puedo decir que todo ha valido la pena.

Esta carta que ahora me entregan es la prueba escrita que lo certifica.

Las manos me tiemblan mientras la sujeto. No es extraño, si acaso molesto: mis noventa y cuatro años tratan constantemente de llamar la atención; y, a pesar de que esa circunstancia me irrita profundamente, yo hago caso omiso, ignorando con tozudez su indiscreción. Así que agarro con fuerza el pequeño sobre y trato de contener con pudor ese vaivén respirando profundamente, mientras busco la calma entre las notas de Chopin que componen la melodía de mi vida.

El día, como de costumbre, es gris. Una fina e incansable lluvia oscurece la mañana. Lo peor no es soportar a diario la pesada llovizna: tras tantos años viviendo en Inglaterra, apenas reparo ya en su presencia. Lo que verdaderamente me molesta es la incomprensible insistencia de mis vecinos por perder el tiempo hablando de ella, como si con eso fuesen a cambiar algo; siempre mirando al cielo en lugar de a la tierra.

Enciendo la lámpara de la mesilla y agarro casi a tientas la pesada lupa que reposa en mi cuello atada a un cordel, un aterciopelado pero firme cordel que sujeta con fuerza esa extensión de mis ojos que han abandonado hace años la batalla contra la oscuridad. Toda mi vida en este momento pende de una fina cuerda de la que yo no estoy dispuesta a soltarme hasta que no quede más remedio, hasta que todo lo demás esté hilvanado. Un momento, no obstante, que empieza a anunciarse a través de esta misiva.

Ceremoniosa y sin prisa leo en voz alta los detalles del remitente, con voz profunda y solemne, como un sacerdote oficiando misa. Mientras lo hago, siento el desconcierto de mi muerte. Ella, que tan cercana y paciente ha esperado su momento en los últimos años, constata en este preciso momento que mi descanso eterno escapa a su control bajo su impotente mirada.

Esta esperada carta que al fin sujeto en mis manos contiene las coordenadas de mi panteón, una prístina tumba sin cuerpo. Un pedazo de tierra donde mi alma podrá al fin reposar.

Al descifrar a través de mis ojos postizos las palabras escritas en mi lengua paterna no puedo contener una profunda pero cansada emoción. Como quien tras una larga enfermedad asiste exhausto, aunque atraído por la promesa de descanso, a su funeral. Mi corazón, cada día más lento, se acelera y empieza a temblar al mismo compás que mis manos. Con mi arrugado dedo índice, cuya visión me contraría pero no puedo evitar, acaricio el código postal. A continuación, como hacía de pequeña en la escuela para aprender a leer, resigo delicadamente el trazo de cada uno de los caracteres que forman ese querido topónimo con el que concluye el remite: España.

Seis letras que al pronunciarlas arrojan a mi memoria de forma tan nítida como inesperada a Miguel Ángel. Siento como mi alma se estremece amando de nuevo con solo pronunciar su nombre, y mi débil cuerpo renace recordando las huellas que él dejó grabadas para siempre.

Con catorce años emprendí con mi familia un viaje que llevábamos años preparando hacia un lugar del que ya nunca más he querido volver, un destino lleno de luz en los albores de un tiempo sin guerra que se interrumpió; un refugio que me ha dado cobijo toda la vida. Años después conocí la historia de Catalina la Grande y comprendí que hay viajes que cambian el futuro para siempre. Ella, al igual que yo, partió hacia su destino siendo una niña. Ambas nos hicimos mujeres en un nuevo hogar.

—Lady Julia, ¿se encuentra usted bien? ¿Quiere que avise al doctor? —La voz de Margaret se entremezcla en mis pensamientos, arrancándome de esa dulce ensoñación.

La miro aturdida sin comprender dónde

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