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EL CIELO EN UN INFIERNO CABE

Cristina López Barrio  

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Fragmento

1

Toledo, 3 de noviembre del año del Señor de 1625

Tribunal de la Santa Inquisición

Audiencia de la tarde

Una cicatriz atravesaba el rostro del fiscal clamando venganza. Era púrpura, rojiza, como la luz que aquella tarde de noviembre envolvía el cielo de Toledo y se filtraba a través de las ventanas emplomadas de la sala de audiencias, confundiéndose con el cortinón de terciopelo carmesí que colgaba detrás de la mesa donde se erguían el fiscal y los inquisidores. Pero a la testigo no le conmovió tal presagio de sangre; se había presentado voluntariamente a contar su verdad y no pensaba detenerse. Ante el crucifijo que presidía la sala, alzado en un pedestal, juró que en su testimonio no habría ni la más leve sombra de engaño. Juró también guardar el secreto de cuanto sucediera en ese atardecer de otoño. El Cristo del crucifijo le pareció victorioso a pesar de las terribles heridas talladas en la madera noble: había cumplido su misión y moría amparado en la gloria del Padre. Cruzó las manos sobre los muslos, asegurándose de que quedaba a la vista el rosario de cuentas amarillas que sostenía en ellas, y respondió con orgullo cuando el fiscal le preguntó su nombre; paladeó cada sílaba, mientras le miraba a los ojos. Sin embargo, tras la pregunta de si sentía odio o enemistad hacia la mujer contra la que iba a testificar, negó con la cabeza, enfrentándose a la desafiante cicatriz. Comenzaba en el lado izquierdo de su frente, y descendía atravesándole una ceja negra, la nariz y el pómulo, para morir en el extremo derecho de la mandíbula. Una perfecta línea oblicua que partía el rostro del fiscal en dos mitades y le dotaba de un aspecto temible en una y solitario en la otra. Dos meses habían transcurrido tan sólo desde que se instaló en la ciudad para ocupar su cargo, y eran muchas las historias fabulosas que se contaban en las calles y en las plazas sobre cómo se había convertido en un hombre marcado. Todas inciertas. Sin embargo, decían que se hallaba en Toledo para vengarse. Estaba escrito en el filo rugoso de su cicatriz, en la piel deforme.

A la testigo no le interesaban en ese momento aquellas habladurías. Había ido a contar su historia, la que encerraba en el vestido burdo de domingo, abotonado hasta el cuello, pobre y envejecido como su dueña. La que revelaría nuevos datos sobre la mujer que yacía en la cárcel.

El fiscal sonrió con malicia antes de continuar con su interrogatorio. Sólo entonces la testigo sintió un latigazo en el estómago. Se había dirigido sin ningún temor hasta la plaza de San Vicente, donde se alzaba el caserón con las dependencias del Santo Oficio, cuando la mayoría de sus vecinos temblaban con sólo mencionar su nombre. Había atravesado sin inmutarse los pasillos lóbregos por los que la condujo un alguacil escudriñándola con la hostilidad de la sospecha; incluso había podido escuchar el alarido de algún desgraciado al que, imaginó, estarían retorciendo los huesos en el potro. Había entrado con paso firme en la sala de audiencias y, tras sentarse en un banco, había esperado impaciente a que se cerrara la puerta maciza que la dejaba a solas con aquellos cuatro hombres vestidos de negro. Frente a ella, la mesa, sobre un estrado, larga y de nogal, tras la cual reconoció al viejo inquisidor que llevaba más de veinte años en el tribunal de Toledo: Lorenzo de Valera, gordo en su sotana, congestionado, y con una mueca rigurosa en los carrillos fofos. A su derecha, las cejas gruesas y hostiles del otro inquisidor, Pedro Gómez de Ayala; también provisto de sotana, pero enjuto y áspero. Y a su izquierda, el fiscal, el más joven de los tres, que respondía al nombre de Íñigo Moncada, e iba ataviado con una loba severa y de buen paño que demostraba su condición de civil. En la cabeza de los inquisidores se erguía un bonete amenazador de cuatro puntas, mientras que en la del fiscal lo hacía una cabellera oscura recogida en una coleta. El cuarto hombre, sentado frente a una mesa aparte, más pequeña que la primera y colocada de forma perpendicular fuera del estrado, anotaba minuciosamente cuanto allí se decía. Era el notario del secreto. Un joven delgado, ojeroso, pálido como si no tuviera más alma que su caligrafía.

Por un instante, la testigo dudó. Dudó de su valentía, dudó del propósito de contar su historia, dudó incluso de la certeza del paso del tiempo, detenido, pétreo en aquella sonrisa del fiscal. Pero cuando éste quiso retomar el interrogatorio, la testigo ya se había repuesto. Oprimió unas cuentas del rosario y se anticipó a la siguiente pregunta revelando lo que anhelaba decir desde que entró en la sala de audiencias.

—La acusada no se llama Isabel de Mendoza. —¿Afirmáis que encarcelamos a otra mujer en su lugar? —repuso Pedro Gómez de Ayala con un gesto fiero.

Antes de contestar, la testigo se percató de que al fiscal le había molestado la intervención repentina de su colega.

—No, señoría. ¿Es adecuado este tratamiento o debo llamar a vuestra merced de otro modo?

—Señoría está bien, pero contestad de una vez y cuidaos de no decir blasfemias que os costarían muy caras.

—Lo que les aseguro es que ése no es su nombre. —Sin embargo, la acusada responde por Isabel de Mendoza. Y por ese nombre la reconoció su delator y los testigos que hasta ahora han depuesto en su contra —replicó el inquisidor enarcando sus temibles cejas.

—Reos, delatores y testigos mienten cuando les viene en gana. Unos para salvar el pellejo, otros para conseguir provecho con la desdicha ajena —dijo el fiscal.

—Señorías, apostaría mi vida a que la mujer que se halla presa cometió como Isabel de Mendoza todos los actos de que la acusan. Sólo ella podría haberlo hecho. Pero esa mujer no es quien dice ser. Oculta la verdad de su historia, y motivos no le faltan. Insisto en que su nombre verdadero es otro.

—Que vos conocéis —afirmó el fiscal. Su voz ronca se clavó en el pecho de la testigo.

—Esa mujer se llama Bárbara de la Santa Soledad. —Decid de nuevo vuestro nombre a este tribunal —le ordenó Pedro Gómez de Ayala.

—Berenguela de la Santa Soledad. —¿Acaso sois hermanas? —No, señoría, sólo somos huérfanas. —Explicaos si no queréis que os encerremos en una celda junto a la acusada. —La amenazó con una mirada fría.

La testigo sonrió como si aquellas palabras hubieran despertado un deseo remoto.

—Yo les contaré lo que sucedió, a eso he venido a este Santo Tribunal. Pero cómo podría hacerles comprender el horror de aquella noche calurosa y pestilente en la que esa niña vino al mundo…

Guardó silencio durante unos segundos. Íñigo Moncada cambió de posición en la silla recia, y la testigo sintió que su cicatriz crecía de pronto oscureciéndole aún más el rostro.

El cortinón carmesí se agitó bajo un soplo fantasmal. En la mente de la testigo se acumulaban atropelladamente las palabras, enturbiándose con las imágenes de la muerte. Reconoció ese momento, pues lo había esperado a lo largo de muchos años: aquel momento aportaría la luz o la oscuridad definitiva a su existencia.

El notario permanecía con la pluma en vilo, la punta suspendida en el secreto y unas manchas de tinta goteando sobre las hojas.

Berenjena comenzó su historia.

En la Villa de Madrid, señorías, con apariencia robusta y sólida, fac

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