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EL CIELO áRIDO

Emiliano Monge  

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Fragmento

LA RENUNCIA

Ésta es la historia de un hombre que sin saberlo fue su siglo y la de un lugar que se condensa aquí en un nombre propio: Germán Alcántara Carnero. Una historia de violencia incontenible y natural que exige ser contada como una biografía discontinua y que no debía empezar aquí: el 13 de mayo de 1956, minutos antes de que el sol se pose en el cenit y las mujeres corran las cortinas en sus casas, a la hora en que recogen las exiguas nopaleras a las sombras que arrastran como capas y las aves vuelan a esconderse entre las grietas de los muros encalados y en las ramas que hace poco renovaron su follaje, sentado en su oficina, una oficina desprovista de detalles, de cuidados y de lujos, Germán Alcántara Carnero, el primer y único hijo que tuvieron Félix Salvador Germán Alcántara Arreola y María del Pilar y del Consuelo Carnero Villalobos, atestigua la hora en que se encuentra como si ésta fuera el atlas de su vida: ha imaginado este momento tantas veces que no cree que haya llegado, que no cree que finalmente esté pasando.

Por fin acabo con todo esto, piensa Germán Alcántara Carnero y en su alma una docena de emociones aletean como aletea una parvada cuando se alza de la tierra. Ya era hora de que todo esto acabara, insiste este hombre al que encontramos hace apenas un momento y cuyas manos ahora trazan una línea imaginaria en su escritorio: en este lado está la vida que he llevado y en este otro la existencia que ahora empiezo… acá quedan el coraje, el odio y la tristeza y allá aguardan la esperanza y el consuelo. Sacudiendo la cabeza y aplaudiendo Germán Alcántara Carnero, a quien vamos a seguir durante toda esta historia, una historia que no habrá de acontecer continuamente pues es antes que una historia una vida y de una vida importan sólo los instantes deslumbrantes, borra la línea imaginaria que trazara en su escritorio y observando un pequeño brazo de hojalata se extravía en la dilatada perspectiva de una brecha que conduce hacia un jacal en cuya puerta hay dos mujeres que de pronto se deshacen: golpea una mosca el rostro de Germán Alcántara Carnero y el pequeño brazo de hojalata que conserva de los días de su infancia vuelve a ser sólo un objeto.

Borracha de calor, la mosca que sacó de su memoria a este hombre al que observamos traza una espiral en el espacio y se posa en un pesado armatoste que remata el escritorio por la izquierda: hace ya un montón de tiempo que las aspas de este gris ventilador que bajo el polvo fue amarillo no dan vueltas, hace ya un montón de tiempo que Germán Alcántara Carnero debería haberse deshecho de este objeto: no podía, sin embargo, deshacerse del regalo que le dio Anne Lucretius Ford el primer día que visitó esta oficina. En la memoria de este hombre, a quien también referiremos de esta forma: nuestro hombre, es decir: en la memoria de nuestro hombre el ventilador sucio y descompuesto echa a andar este recuerdo: da la vuelta nuestro hombre en el pasillo de allá abajo y levantando la cabeza ve a Anne Lucretius Ford subiendo la escalera, arrastrando la caja que contiene el aparato que él dejará hoy en este sitio. Tú no cabes en la vida que hoy empiezo, afirma Germán Alcántara Carnero observando las tres aspas oxidadas pero haciendo referencia en realidad a Anne Lucretius: ¡tú no cabes en la vida que hoy empiezo! Sacudiendo la cabeza nuevamente nuestro hombre convierte el ventilador en un ventilador y vuelve hasta el instante en el que estamos: no debo pensar en mi pasado… hoy sólo quiero imaginarme lo que sigue.

Porque hoy empiezo nuevamente, afirma nuestro hombre a voz en cuello y sin dejar quieta aún su cabeza insiste: no debo pensar en mi pasado… hoy no necesito recordarlo… hoy todo empieza nuevamente. Cuando Germán Alcántara Carnero por fin deja quieto el cráneo ya se ha convencido de que Anne Lucretius Ford se ha marchado y de que no habrá otro recuerdo que abandone de repente su pasado y se entrometa en esta hora en la que se halla, en esta que es su hora más deseada. Una mosca diferente a la anterior, sin embargo, cruza enfrente de los ojos de nuestro hombre, que curioso como es sigue su vuelo y posa luego la mirada en el retrato de Teobaldo Pascua Gómez. Viendo la nariz del que un día fuera su jefe, sus dos pómulos rocosos, sus dos sienes macizas, sus cejas encrespadas, su cabellera deslucida, su quijada sin mentón y su mirada hueca y fría, nuestro hombre se consiente: hago muy bien en marcharme… si me quedo yo tendría la misma suerte… acabaría como acabaste esa mañana que subimos a la sierra a destruir aquella iglesia. Por suerte para el hombre que es nuestro hombre la mosca alza otra vez el vuelo y comprendiendo que empezaba nuevamente a recordar Germán Alcántara Carnero también alza los ojos del retrato de Teobaldo, aprieta luego en puño las dos manos y en voz baja se regaña: no debo pensar ya en nada de eso.

No debo pensar ya en nada de antes de este día… es éste el primer día de los días que me quedan, afirma nuestro hombre paseando sus dos ojos por la pared que tiene enfrente y viendo allí las cosas que hay colgadas: un par de cuerdas gruesas, tres cadenas, seis candados, un serrucho y varias herramientas de dentista, se sonríe por vez primera en varios meses y otra vez se dice, a las 12.33 del 13 de mayo de 1956, a la hora pues en la que el sol toma el cenit y el mundo es desprovisto de sus sombras: de ese lado queda la existencia que he llevado y de éste la que ahora mismo empieza… aquí quedan pues el odio, la tristeza y el coraje y aquí

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