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EL COLLAR ROJO

Jean-Christophe Rufin  

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Fragmento

1

A la una del mediodía, con el calor que aplastaba la ciudad, los ladridos del perro eran insoportables. Llevaba allí, en la plaza Michelet, dos días, y hacía dos días que ladraba. Era un perro grande, marrón y de pelo corto, sin collar, con una oreja desgarrada. Ladraba metódicamente, una vez cada tres segundos más o menos, con una voz grave que volvía loco.

Dujeux le había tirado dos piedras desde el umbral del antiguo cuartel, que había sido transformado en prisión durante la guerra para los desertores y los espías. Pero no servía de nada. Cuando notaba que el guijarro se acercaba, el perro retrocedía un momento, para luego volver a las andadas con renovados bríos. Solo había un preso en el edificio y no parecía tener intención de evadirse. Lamentablemente, Dujeux era el único guardia y su conciencia profesional le impedía alejarse. No tenía manera de perseguir al animal, ni de asustarlo de verdad.

Con aquella canícula, nadie se atrevía a salir. Los ladridos repercutían de muro en muro por las calles vacías. Por un momento, a Dujeux se le ocurrió recurrir a su pistola. Sin embargo, en la actualidad se hallaban en tiempo de paz, y se preguntaba si tenía derecho a abrir fuego así como así, en plena ciudad, aunque fuese contra un perro. Sobre todo, el preso habría podido reforzar con ello sus argumentos para soliviantar todavía un poco más a la población contra las autoridades.

Decir que Dujeux detestaba a aquel tipo era quedarse corto. También a los gendarmes que lo habían atrapado les había causado mala impresión. El hombre no se defendió cuando lo condujeron a la prisión militar. Los miró con una sonrisa demasiado dulce, que no les gustó nada. Se lo veía seguro de que lo asistía la razón, como si hubiera aceptado lanzarse por propia voluntad, como si solo dependiera de él desencadenar una revolución en el país...

Después de todo, tal vez fuese cierto. Dujeux no habría podido poner la mano en el fuego. ¿Qué sabía él, un bretón de Concarneau, de aquella subprefectura del Bas-Berry? Sea como fuere, no se sentía a gusto allí. El tiempo era húmedo a lo largo de todo el año y demasiado cálido durante las escasas semanas en que el sol brillaba todo el día. En invierno y en las estaciones lluviosas, la tierra exhalaba vapores malsanos, que olían a hierba podrida. En verano, un polvo seco subía de los caminos, y la pequeña ciudad, sin otra vecindad que la campiña, se las arreglaba, nadie sabía cómo, para apestar a azufre.

Dujeux había cerrado la puerta y se sujetaba la cabeza con las manos. Los ladridos le producían migraña. Debido a la falta de personal, jamás lo sustituían. Dormía en su despacho, sobre un jergón que durante el día guardaba en un armario metálico. Había pasado las dos últimas noches en blanco a causa del perro. Ya no tenía edad para eso. Pensaba sinceramente que a partir de los cincuenta año

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